Santuario

James Herbert · Capítulo 13 de 49

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Santuario

Diez

 

En cuanto hubo cruzado el agua,

se encontró a las puertas del Infierno.

Todo se veía negro y fuliginoso allí,

y el Diablo no estaba en casa,

pero su abuela se encontraba

sentada en un gran sillón.

los tres cabellos dorados del diablo

THOMAS EL RIMADOR

 

Bip bip bip-dip…

Los ojos de Molly Pagett parpadearon. Y se abrieron. ¿Qué era aquel sonido? Su

delgado cuerpo yacía, rígido, en la cama; su marido, pesadamente tumbado a su lado.

Contuvo la respiración, escuchando, deseando oír el sonido otra vez, pero temiendo

oírlo.

…Bip bip bip bid-dip bip…

Era débil. Y familiar.

Apartó la ropa, cuidando de no despertar a Len. Su bata descansaba en el extremo

de la cama; se la echó encima de los hombros para resguardarse del frío de la noche.

Len gruñó y se dio la vuelta.

…bip-dip…

El sonido, el familiar sonido, llegaba del cuarto de Alice. Molly se sentó en el

borde de la cama durante unos momentos, organizando sus pensamientos,

ahuyentando los últimos restos de un inquieto sueño. El día había sido largo: una

confusa mezcla de ansiedad y alegría. Habían tratado otra vez de quedarse con Alice

toda la noche en el hospital, pero Molly no lo consintió. De alguna manera sentía que

sus manoseos, sus pruebas, sus tests —sus interminables preguntas— estaban

arruinando el milagro.

…bip dip…

Y era un milagro. No tenía dudas en su mente. La Santísima Virgen María había

sonreído a su hija.

…bip…

Molly se levantó de la cama, abrochándose la bata. Anduvo rápida y

silenciosamente hacia la abierta puerta, temerosa de despertar a Len, y salió al

descansillo. Había dejado abierta la puerta por si Alice lloraba durante la noche —

¡qué alegría el que Alice llorara por la noche!—. Era un sonido que Molly no oía

desde que su hija era muy pequeña. ¡Cómo había escuchado durante aquellos

primeros días, atenta a oír el más ligero gemido, el comienzo de un llanto! Molly se

precipitaba escaleras arriba, o por el pasillo, en una demostración de pánico que sólo

provocaba la burla de su marido. Pero lo cierto es que a éste nunca le gustó mucho el exceso de afecto que la pequeña había despertado en Molly. Alice había llenado un

vacío, una vida sin aliciente; era una respuesta a años de plegaria. Dios, por la divina

intercesión de María, Madre de Jesús, a la cual Molly había rezado fervientemente, la

había bendecido con un matrimonio y una hija. ¡Cuán cruel, sin embargo, castigar a

la pequeña tan joven! (¡Y cuán decepcionante el matrimonio!)

…bip bid-dip…

Ahora, nuevamente, había intervenido Nuestra Señora. La aflicción había

desaparecido tan repentinamente como viniera. La fe de Molly en la Santísima Virgen

no había languidecido durante los años de prueba, y había alentado a Alice a venerar

a la Virgen María tal como ella misma hacía. En todo caso, la veneración que la

pequeña sentía por la Virgen era aún mayor que la suya. Y los años de devoción la

habían recompensado.

Molly estaba ahora de pie ante la puerta de Alice. Silencio durante un rato, y

luego…

…bid-dip bid-dip bip bip…

La excitación de los últimos dos días había sido demasiado para Alice; en mitad

de la noche, y aún no había podido dormir. Le gustaba observar cómo los luminosos

invasores verdes descendían por la negra pantalla del juguete electrónico y los

destruía con un rápido golpe del botón rojo, accionando un interruptor con la otra

mano para que su nave espacial barrenara de un lado a otro, eludiendo las mortales

bombas de los invasores. Ahora la niña ya podía oír la máquina, oír los

computerizados pitidos de victoria cuando el último invasor había sido eliminado del

oscuro espacio de plástico. Debía de parecerle como un juguete nuevo.

…bip dip…

Pero la niña tenía que dormir. Los médicos habían insistido en que descansara. Y

Molly no deseaba una recaída. Eso sería demasiado duro por parte de Dios…

…bip…

Empujó la puerta y la abrió.

…bi…

Molly no estaba segura de haber visto desvanecerse la lucecita verde en el otro

extremo de la habitación. Había sido sólo un parpadeo vislumbrado por el rabillo del

ojo, y quizá no había sido nada en absoluto. Miró a la cama de Alice, esperando

encontrar a su hija sentada, los ojos abiertos y felices y a los Invasores Galácticos en

sus manos.

Todo lo que vio, a la luz de la calle que se filtraba a través de las cortinas, fue la

forma del pequeño cuerpecito bajo las ropas de la cama.

—¿Alice? —Molly se dio cuenta de cuán naturalmente había pronunciado aquel

nombre, cuán rápidamente se había acostumbrado al retorno de los sentidos de su

hija, como si nunca hubiera aceptado su pérdida—. Alice, ¿estás despierta?

No hubo ningún sonido. Nada procedente de la niña, ni de la máquina. Molly

sonrió en la oscuridad y se acercó a la cama. Pequeña simuladora, se burló silenciosamente, engañando a su mamá.

Se inclinó sobre su hija, dispuesta a pellizcarle en la nariz y terminar con la farsa.

Pero su mano se detuvo. Alice estaba realmente dormida. Su respiración era

demasiado profunda, y su cara, demasiado relajada como para estar simulando.

—Alice —dijo Molly nuevamente, tocándole el hombro. La pequeña no se

movió.

Molly levantó las ropas, esperando encontrar el juguete electrónico en los brazos

de Alice. No estaba. Y tampoco en el suelo, al lado de la cama. Pero tenía que estar

cerca; Alice no podía haber corrido a través de la habitación para volver a la cama

antes de que ella entrara. No era posible. Molly se arrodilló y bajó la cabeza a nivel

del suelo, atisbando debajo de la cama. No había allí forma alguna de plástico.

Recordó entonces la luz verde que se desvanecía.

No, era ridículo. Simplemente, imposible.

Pero, de todos modos, miró.

El juego electrónico estaba en el tocador al otro lado de la habitación; su

interruptor, en la posición de CERRADO, y la pantalla, negra y sin vida.

Molly sabía que no había imaginado el familiar sonido. Sabía también que no

podía haber estado en las manos de su hija. Y no había nadie más en la habitación.

Sólo sombras y el ruido de la acompasada respiración de Alice.