Santuario
Veintiseis
Había una niñita, con un ricito
justo en mitad de la frente.
Cuando era buena, era muy, muy, buena.
pero cuando era mala, era horrible.
Jemima
ANON
La marcha de monseñor Delgard había perdido mucho de su vivacidad, y su alta
figura se veía más encorvada que de costumbre. La Calle Mayor estaba oscura y
tranquila, al no haber regurgitado aún las dos tabernas sus clientes del sábado por la
noche. Sus pasos sonaban duros y solitarios a lo largo del firme. No había muchos
escaparates iluminados y las luces de las escasas farolas de la calle eran débiles,
proyectando unas sombras más amenazadoras que la oscuridad natural. Otra vez
hacía un frío glacial, y aunque estaba terminando febrero, no se observaba un cambio
significativo en el clima. El sacerdote se subió las solapas del abrigo, preguntándose
si el frío que le penetraba hasta los huesos no sería debido a algo más que al tiempo.
Se estremeció, sintiendo que unos fríos dedos le tocaban los nervios.
Podía ver las luces del convento, allá delante; bajo sus pesados párpados, sus
ojos, generalmente agudos, seguían teniendo una clara visión, que sólo unos
pensamientos perturbados o un dolor de sienes podían algunas veces enturbiar. La
cabeza le dolía, el aire frío no era ninguna panacea, y sus pensamientos estaban
también perturbados. Las luces del convento brillaban como un faro, como guiándole
hacia un amistoso refugio, un lugar de retiro, lejos de la acechante iglesia. Pero ¿era
quizás un falso refugio? ¿Qué temía dentro de su santuario? Apartó sus dudas con un
encogimiento de hombros. Dentro de aquellas paredes había sólo una niña, una niña
asustada, aturdida. Pero quizás una niña que estaba siendo utilizada…
Delgard se había enfrentado ya muchas veces con el fenómeno llamado
«posesión», había ayudado a las víctimas a derrotar al diablo en su interior, había
ayudado a que sus mentes se liberaran de emociones esquizofrénicas que
encadenaban y atormentaban. Con el tiempo casi resultó excesivo para su agotado
cuerpo el esfuerzo de tales batallas psicológicas, y su mente (o su alma) necesitaba
cada vez más tiempo para recuperarse. Pero también los huesos rotos necesitaban
cada vez más tiempo en curarse, a medida que la edad los iba desgastando. De
repente volvió la cabeza, como si un dedo desencarnado le hubiera dado un golpecito
en el hombro.
Una calle vacía. Los curiosos habían regresado a su lugar de origen, y los
reporteros y fotógrafos se habían retirado ya, ansiosos de la llegada del día siguiente:
domingo. Miró una vez más hacia el convento, su paso se hizo más rápido, y se negó a aceptar que huía de una espantosa inseguridad y se dirigía a otra inquietante
inseguridad.
Pasó por delante del quemado esqueleto del garaje y pensó en Gerry Fenn. El día
después del terrible accidente, Delgard recibió una agitada llamada telefónica del
reportero para explicarle lo ocurrido, lo que él, Fenn, había contemplado, y luego…
nada. El periodista había desaparecido, sin informar a nadie, ni siquiera a su redactor
jefe, ni siquiera a Susan Gates, de dónde podían encontrarle, qué estaba haciendo.
Delgard estaba preocupado por el reportero; ¿y si hubiera empujado a aquel hombre
hacia algo que él no podía comprender y, por tanto, no podía tratar con el respeto (y
el temor) que exigía? El hombre no era ningún estúpido, y su cinismo le
proporcionaba cierta protección. Pero sólo hasta cierto punto. Más allá de él, era tan
vulnerable como cualquiera. Delgard suspiró en aquel frío aire, y expelió una niebla
blanquecina, como un alma que se escapara.
El coche a rayas estaba aparcado a medias en el bordillo ante el convento, y el
policía que estaba dentro observó al alto sacerdote mientras éste se acercaba a la
puerta. Los faros deslumbraron a Delgard, paralizándole como un conejo asustado.
—Lo siento —dijo una voz desde la ventanilla—. Es monseñor Delgard, ¿verdad?
Los faros se apagaron, dejando al clérigo sin visión durante unos momentos. Oyó
abrirse la portezuela de un coche, y sólo pudo distinguir una oscura sombra cuando el
policía se aproximó.
—No esperaba visitantes a esta hora de la madrugada —dijo la voz.
La puerta del convento se abrió al empujarla el policía, que se echó a un lado para
dejar que el cura pasara.
—Gracias —dijo Delgard cuando entraba en el patio—. ¿No hay periodistas hoy?
El policía soltó una risita.
—No hay peligro. Es sábado. Están en las tabernas locales emborrachándose, o
metidos en cama esperando el gran día de mañana. Como conozco el paño, yo diría
que lo más probable es lo primero.
Delgard asintió, cruzó el patio y subió los tres escalones que conducían a la puerta
principal, mientras la del jardín chirriaba detrás de él. Llamó al timbre de la puerta y
esperó.
Pareció transcurrir mucho tiempo antes de que se abriera la puerta, mientras le
azotaba el frío con deliberada intensidad, castigándolo porque se atrevía a
permanecer inmóvil cuando sólo el movimiento podía mantenerlo a raya. La monja
atisbo por la rendija; su cara apenas era distinguible a causa de la luz que brillaba
detrás, y mostraba una actitud cautelosa.
—¡Oh, monseñor! —exclamó con alivio. La puerta se abrió de par en par.
—La Reverenda Madre me está esperando —dijo a la monja, mientras entraba en
el recibidor.
—Sí, desde luego. Deje que le muestre a usted…
—Me alegro de que haya venido, monseñor Delgard —dijo una voz desde el otro extremo del corredor.
La madre Marie-Claire, la Reverenda Madre del convento y la directora de la
escuela conventual, se dirigió hacia él, mientras la cruz de plata que colgaba a un lado
de su túnica gris relampagueaba brevemente al reflejar la luz del techo. Era una mujer
bajita, delgada y vulnerable, como parecían serlo la mayoría de las monjas, aun las
más robustas. Unas gafas de montura ligera, colgadas de su estrecha nariz, y sus cejas
sin depilar, le conferían una severidad que Delgard sabía que no iba con su carácter.
Iba con las manos juntas, como siempre; era como si estuviese rezando
constantemente, y monseñor sabía que probablemente así era. Se detuvo ante él, y
Delgard pudo captar su ansiedad detrás de las delgadas gafas.
—Lamento haber venido tan tarde, Reverenda Madre —dijo—. Había muchas
cosas que preparar para mañana.
—Lo comprendo, monseñor. Ha sido muy amable de su parte venir a esta hora.
—¿Está en su habitación?
—Sí, pero no duerme. Parece muy ansiosa de verle.
—Entonces, ¿sabía que yo vendría?
La madre Marie-Claire asintió con la cabeza.
—¿Puedo ofrecerle algo caliente antes de que vaya a verla? Debe de estar usted
helado.
—No, gracias. Estoy bien. Creo que subiré ahora mismo.
—¿No le gustaría que bajara ella? ¿A mi despacho, quizá?
Delgard sonrió:
—No, quizá se sienta inclinada a hablar con más libertad en la intimidad de su
propio cuarto, por provisional que éste sea.
—Como usted quiera, monseñor. Le acompañaré arriba.
Delgard levantó una mano.
—Sé dónde está su cuarto. Reverenda Madre. Por favor, no se moleste.
Se dirigió a la escalera, se desabrochó el abrigo mientras caminaba y lo tendió a
la hermana que había abierto la puerta.
—¿Monseñor?
El hombre se detuvo y se volvió hacia el corredor.
—¿Cree que será prudente permitir que Alice asista a misa mañana?
—Es lo que ella desea. Reverenda Madre. Insiste en ello.
—Es sólo una niña…
La monja dejó que se apagaran las palabras.
—Y una niña que debe ser tratada con gran cuidado —añadió Delgard
amablemente.
—Pero la multitud. Tanta gente…
—No podemos mantenerla encerrada. Me temo que el público pensaría en algún
siniestro motivo.
—Pero es por su bien.
—Ya sabe usted cuánto se trastorna cuando tratamos de apartarla de la iglesia.
Soy de la misma opinión que usted. Reverenda Madre, pero este asunto no está del
todo en mis manos.
—Probablemente el obispo Caines…
—No, no es sólo el obispo quien desea que Alice sea vista en público. Ninguna
de estas decisiones son tomadas ya por una sola persona. No se preocupe por su
seguridad, se lo ruego; estará bien protegida.
—Lo que me inquieta es la paz de su mente, monseñor. —No había crítica ni
dureza, en su tono; sólo una triste preocupación.
—Todos estamos inquietos, Reverenda Madre. Le aseguro que lo estamos todos.
Delgard empezó a subir por las escaleras con pasos más bien lentos, como si no
tuviera muchas ganas de llegar al piso superior.
La madre Marie-Claire tocó inconscientemente la cruz de plata que colgaba de la
cadena atada en torno a su cuello, y luego regresó a la diminuta capilla situada al otro
lado del pasillo, en donde estaba rezando antes de la llegada del sacerdote. La monja
que había abierto la puerta a monseñor Delgard la cerró ahora y siguió a su superiora
por el corredor, deteniéndose en el camino para colgar el abrigo del sacerdote en un
perchero debajo de las escaleras. Echó una mirada a la alta figura antes de que ésta
desapareciera en la penumbra del piso superior, y luego volvió a su trabajo en la
cocina del convento.
Delgard se detuvo en lo alto de la escalera, para que sus ojos se acostumbraran a
la escasa luz. Había puertas a ambos lados del pasillo, cada una de las cuales
correspondía a la celda de una monja. La habitación que él buscaba estaba a medio
pasillo, a su derecha. Se preguntó por qué era tan urgente para ella verle aquella
noche, y se dijo que pronto lo sabría. Fue hacia la puerta y llamó suavemente.
No se oyó ningún sonido durante unos momentos, pero luego una voz dijo:
—¿Quién hay?
—Soy monseñor Delgard —replicó, con voz suave, no deseando molestar a los
que estaban durmiendo.
La puerta se abrió casi inmediatamente, y la pálida y cansada cara de Molly
Pagett se quedó mirándole.
—Muchas gracias por venir —dijo; se notaba temblor en su voz.
—La madre Marie-Claire dijo que usted necesitaba…
—Sí, sí, necesitaba verle. Lamento que haya tenido usted que venir tan tarde. Por
favor, pase.
La habitación tenía un camastro, un lavabo, una silla de respaldo recto y
apariencia incómoda, un pequeño armario y un crucifijo negro en la pared. Después
de la penumbra del corredor, la única luz de la celda resultaba fuerte, desagradable.
Molly Pagett se sentó en el borde de la cama, con las manos entrelazadas en el
regazo, y Delgard tomó la silla que estaba junto a la pared y la puso cerca de ella. Se
sentó, con un débil gemido de placer, pretendiendo que le dolían mucho los huesos, pues sabía que ella le tenía un poco de miedo y quería con ello aparecer menos
intimidador.
—Me temo que el tiempo frío me anquilosa las articulaciones —le dijo,
sonriendo.
Ella le devolvió la sonrisa, pero ésta fue efímera, nerviosa.
Delgard se sentía demasiado cansado para los preámbulos, pero comprendía que
la mujer necesitaba acomodarse.
—¿Cómo la tratan aquí, Molly? No parece muy confortable, a juzgar por su
aspecto.
La mujer se miró las manos, y Delgard vio que las mantenía fuertemente
apretadas.
—Son muy amables con nosotras aquí, padre… perdón, monseñor.
El clérigo se inclinó hacia delante y dio unos golpecitos en las inquietas manos de
la mujer. Éstas quedaron completamente cubiertas por la mano del cura, tan grande
era.
—Está bien. No hay ninguna diferencia real entre un monseñor y un sacerdote; es
sólo un título más fantasioso; eso es todo. Parece usted cansada, Molly. ¿No ha
dormido bien?
—No muy bien, monseñor.
—Bueno, eso es comprensible; ha pasado usted por tantas cosas… ¿No le ha
recetado nada el doctor? Algo que la relaje, que la ayude a dormir.
—Sí, sí, me mandó unas píldoras. Pero no me gusta tomarlas.
—Estoy convencido de que no la harán ningún daño. Su médico no le daría algo
si creyera que no iba a ser lo mejor para usted.
—No, no, no es eso —respondió ella rápidamente—. Se trata de Alice, ¿sabe?
Podría necesitarme durante la noche. Podría llamarme.
—Estoy seguro de que las monjas sabrán cuidar de ella.
—Pero ella quiere a su madre. Si se despierta en mitad de la noche, se asustará.
Quiere a su madre…
Delgard vio que las lágrimas empezaban a humedecer sus ojos antes de que
inclinara la cabeza.
—No se preocupe, Molly —dijo amablemente—. Sé que todo es una enorme
carga para usted en este momento, pero le prometo que todo se arreglará. La pérdida
de su querido esposo, esta extraña cosa que le está ocurriendo a Alice…
La mujer levantó la mirada, y sus ojos brillaron a través de las no derramadas
lágrimas, con una gloria interna que no podía ni quería ocultar.
—Es algo maravilloso, sagrado, monseñor. Leonard… Leonard… no podía
comprenderlo, no podía apreciar lo que le está ocurriendo a Alice. Él no creía en
Dios, monseñor, así que todo esto no tenía ningún significado para él.
Delgard se sorprendió del disgusto que se traslucía en la voz de Molly al hablar
de su difunto marido.
—En lo único que pensaba es en que podía sacar dinero de esto, ¿lo sabía usted,
monseñor? —Movió la cabeza negativamente, como si no creyera en su propia
afirmación—. Quería hacer dinero con mi niñita.
—Estoy seguro de que le preocupaba su bienestar, igual que a usted, Molly. No
creo que pensara en explotarla.
—No le conocía usted. Al principio odiaba todo lo que estaba sucediendo, la
reñía, como si fuera culpa de la niña. No quería que viniéramos a este convento, no
quería vernos rodeadas por estas buenas hermanas. Luego se dio cuenta de que la
pequeña Alice podía hacerle ganar dinero. «Todo el mundo está ganando —dijo—,
así que, ¿por qué no iba a hacerlo yo, su propio padre?» Se disponía a contárselo todo
a los periódicos, al mejor postor, absolutamente todo sobre Alice, sobre él y yo. ¡Era
malvado, monseñor, malvado!
—¡Por favor, cálmese, Molly! —Su voz se había vuelto firme, aunque todavía era
baja—. Ha soportado usted muchas cosas, no sabe lo que está diciendo.
—Lo siento, no quería…
Empezó a dar vueltas arriba y abajo de la cama, y las lágrimas le cayeron en el
regazo.
—¿Quiere que le traiga un poco de té, o agua?
Molly sacudió la cabeza y siguió mirando al suelo; su lento movimiento de vaivén
se hizo ahora más regular.
Delgard estaba enojado consigo mismo por permitir que la mujer se trastornara,
exactamente lo contrario de sus intenciones, pero el estallido había sido tan repentino,
tan inesperado… Decidió que no valía la pena intentar remediar la situación.
—¿Por qué quería usted verme, Molly? ¿Se trataba de algo sobre Alice? La mujer
pareció encogerse un poco, y no respondió en seguida. Finalmente, se sacó un
arrugado pañuelo de la manga del jersey de lana y se secó las lágrimas antes de
levantar la mirada.
—Tiene que ver más conmigo y con Len —declaró, con voz insegura.
Delgard se inclinó hacia delante en la silla.
—¿Qué la trastorna?
—Yo… yo nunca se lo dije al padre Hagan. En todos estos años no se lo confesé.
Ahora es demasiado tarde.
—Puede usted hacerme la confesión a mí, Molly. Ya sabe que cualquier cosa que
me diga quedará entre nosotros y Dios.
—Siempre me sentí demasiado avergonzada para decírselo, monseñor.
—Estoy convencido de que el padre Hagan habría comprendido. No la habría
juzgado, Molly.
—No podía…
Un estremecimiento le recorrió el cuerpo, y pareció hacer un esfuerzo por
recobrar el control.
—¿Qué es lo que no podía usted decirle al cura de su parroquia? —apremió suavemente Delgard.
Ella no le miraba, y vacilaba al hablar.
—El… el padre Hagan sabía que yo estaba embarazada cuando nos casó a Len y
a mí. Le dije eso, le confesé que…
Delgard permaneció en silencio, con las anchas manos entrelazadas.
—Pero no se lo dije todo.
Las palabras surgieron atropelladamente, aunque nada las siguió.
—¿Qué omitió decirle a su sacerdote? —Se vio obligado a preguntar Delgard—.
Ya sabe usted que no puede haber perdón completo si no lo confiesa todo.
Molly soltó un pequeño gemido.
—Lo sé, lo sé, pero no podía decírselo, ¡no podía decírselo!
—Puede decírmelo usted ahora, Molly. No hace falta que se castigue más.
Ella sorbió sus lágrimas y levantó ligeramente la cabeza, pero sus ojos seguían
mirando hacia abajo.
—Es… es sólo que el campo… el campo cercano a St. Joseph… se ha convertido
en un terreno sagrado, monseñor. Es un santuario.
Delgard esperó pacientemente.
—Len… Leonard solía esperarme junto a la iglesia antes de casarnos. No quería
entrar, decía que no se sentía bien allí. No me daba cuenta entonces de cuánto odiaba
la religión. Quizá nunca me habría casado con él de haberlo sabido. —Se pasó el
pañuelo por las húmedas mejillas—. Yo también trabajaba para la iglesia por aquellos
días, monseñor. Me gustaba el lugar, igual… igual que a Alice. Y Len… él me
esperaba, como le he dicho.
Hizo una profunda aspiración, como resignándose a la confesión.
—Un día él estaba allí, al otro lado de la pared, observándome. Yo recogía las
flores secas de las tumbas. Me llamó. Hacía ya un par de meses que salíamos, pero…
pero aún no había ocurrido realmente nada entre nosotros. Ya sabe lo que quiero
decir… nada realmente serio…
Delgard asintió lentamente.
—Pero aquel día… aquel día… no sé lo que nos pasó a ambos. Era una noche de
verano y estaba realmente muy oscuro. Hacía calor, había sido un día muy hermoso.
Nos besamos a través de la pared, convencidos de que nadie podía vernos. Y luego él
me levantó en brazos. Era tan fuerte… tan exigente. Y no pude resistir, monseñor, no
pude evitarlo. —Sus pechos se alzaron y empezó casi a jadear, como si el recuerdo de
su pasión estuviera aún vivo en su interior. Se ruborizó, aturdida por sus propias
emociones—. Yacimos junto a la pared, en aquel campo, en aquel terreno sagrado, e
hicimos el amor. ¡No sé lo que se apoderó de mí! Nunca había ido tan lejos con nadie
hasta entonces, por favor, créame, pero aquel día me sentí indefensa, me sentí
arrastrada. Ambos nos sentimos. Era como si fuéramos personas diferentes, casi
extrañas el uno al otro. Más aún, no creo que hubiera ningún amor en todo aquello…
sólo, sólo pasión, ¡sólo lujuria! ¡Oh, Dios!, ¿podré ser perdonada algún día?
Los encorvados hombros de monseñor parecían aún más pronunciados mientras
hablaba.
—Desde luego que está perdonada. Ha sido muy tonta al mantener encerrada
dentro de usted esta irrazonable culpa todos estos años. Si cree que necesita la
absolución, yo…
—Alice fue concebida en aquel campo, monseñor, ¿no lo entiende? Y ahora es un
santuario a la Santísima Virgen…
Monseñor Delgard sintió de pronto náuseas. ¡Aquello era ridículo! ¡Un pecado
semejante cometido hacía tanto tiempo no podía guardar relación con lo que estaba
sucediendo hoy! Sin embargo, la idea le causaba vértigo. Luchó por ocultar su
consternación.
—Usted… usted confesó su pecado al padre Hagan hace todos estos años.
—Él era nuevo en la parroquia. Yo era demasiado tímida para contarle lo que
había sucedido, tan cerca de la iglesia y todo eso.
—Eso no era importante.
—Pero fue en un terreno sagrado.
—No, Molly, fue más allá de los límites de la iglesia. Ni siquiera ahora está
consagrada la tierra, aun cuando mañana vaya a celebrarse misa en ella. No hay
necesidad de su confesión. —Delgard buscaba las palabras correctas, pues necesitaba
asegurarse, pero también era consciente de la congoja de la mujer. Sin embargo, no
había forma delicada de preguntar—. ¿Por qué… por qué está usted tan segura de que
Alice fue concebida allí? ¿No hubo otras ocasiones…?
—No, no, monseñor. Sólo hubo aquella vez. Luego me sentí tan avergonzada, tan
avergonzada. Y estaba embarazada, lo supe casi inmediatamente. No me pregunte
cómo lo sabía; sencillamente, lo sabía. Nunca permití que Leonard me tocara después
de aquello, hasta que nos hubimos casado. Pero me sentía feliz de estar embarazada.
Quería a mi hijo. A pesar de nuestro pecado. Sentía que mi hijo era un regalo de Dios.
Y lo fue, lo es, ¿no cree usted? Yo ya no era joven, monseñor, podía haberme
quedado solterona. —Soltó una risita—. Casi me había resignado a ello. ¡La solterona
de la parroquia! Quizá por eso dedicaba tanto tiempo a la iglesia. Se había convertido
en mi vida. Pero Dios me dio algo para mí misma, algo que querer como quería a la
iglesia. Pero eso no puede estar bien, ¿verdad, monseñor? Mi pecado no debería
haberme proporcionado un regalo así, ¿verdad? Dios no recompensa a los pecadores.
Delgard suspiró para sus adentros, entristecido por la confusión de la mujer y
deprimido por la suya. ¡Ojalá existieran respuestas simples! Un sacerdote tiene que
ocultar sus dudas, sus confusiones; tenía que aparecer fuerte en sus creencias,
convencido de que los caminos de Dios son siempre los correctos y no permitiendo
jamás que la confusión de aquellos caminos hiciera tambalear su fe. ¿Cómo
tranquilizar a aquella mujer cuando su pregunta espoleaba su inseguridad? Y cuando
sus palabras provocaban una especial repulsión en él. La revelación no podía tener un
significado especial; entonces, ¿por qué le afligía tanto?
—Fue usted bendecida con un hijo, y por ello debe estar agradecida. No necesita
mirar más lejos. —Esto era inadecuado; pero ¿qué otra cosa podía decir?—. No se
preocupe por lo sucedido años atrás. Usted crió una hija estupenda según las normas
de la Iglesia, tal como Dios sabía que lo haría. Conténtese con eso, Molly. no trate de
ver más allá. Dios puede recompensar ahora por lo que tenga que venir después.
La mujer sonrió, con el brillo de las lágrimas todavía en sus ojos.
—Me parece que puedo comprender lo que está usted diciendo, monseñor. Sí,
Alice es un regalo muy especial; Él me eligió como madre de… de…
—Ahora, ¡chitón! Los milagros no han sido demostrados todavía. No debe estar
usted tan convencida, no todavía.
Su sonrisa se ensanchó, diciéndole que ella estaba segura, que ella sabía. Su cara
se nubló por unos instantes.
—Entonces… entonces, ¿no hubo profanación de un lugar santo?
—Pero ¿cómo podía ser así? Hace más de once años, mucho antes de que el
campo fuera considerado… —Hizo una pausa—…como sagrado. Su pecado fue de
pasión, no de irreverencia, y por él ha sido usted perdonada hace tiempo.
La mujer pareció desprenderse de un gran peso.
—Gracias, monseñor. Lamento que me considere estúpida.
Él le dio unos golpecitos en las manos.
—Nada de estúpida, Molly. Su mente está preocupada por recientes
acontecimientos, que no son tan importantes como pueda usted pensar. Lo único que
me cabe hacer es pedirle que aparte de usted estas preocupaciones; las semanas, los
meses venideros, le impondrán sus nuevas cargas. ¿Le gustaría rezar una corta
plegaria conmigo?
—¿Una penitencia?
—No, no una penitencia. Ya le he dicho que el pecado de que usted habla, le fue
perdonado hace mucho tiempo. Roguemos ambos porque nos sostenga en lo que el
futuro pueda deparamos.
Delgard inclinó la cabeza, y durante unos minutos, ambos rezaron juntos. Él hizo
la señal de la cruz, y luego se puso en pie. La mujer le sonrió, y Delgard pudo ver que
aún había ansiedad oculta en sus ojos.
—Gracias, monseñor —dijo Molly.
—La paz sea contigo. —Se volvió a la mujer antes de abrir la puerta, no muy
seguro de lo que le impulsaba a hacer la pregunta—. ¿Hay algo más que le gustaría
decirme sobre Alice?
Molly le miró, sorprendida:
—¿Alice? ¿Qué quiere decir, monseñor?
Se quedó mirándola fijamente durante unos segundos, antes de dar otra vez la
vuelta.
—No importa, Molly. —Abrió la puerta—. Pero si alguna vez necesita hablar
conmigo, si hay algo en su hija que le cause preocupación, por favor, no vacile en decírmelo.
Cerró la puerta detrás de sí y permaneció de pie en el oscuro pasillo durante unos
momentos, reorganizando sus pensamientos. ¡Alice, concebida en el campo donde
ahora tenía las visiones! Aquello no podía tener ningún significado. ¿Seguro que no
lo tenía? Su enfermedad, cuando quedó sordomuda, ¿había ocurrido también en el
campo? No, no, aquello no tenía nada que ver. Había sido sólo el maligno legado de
una enfermedad normal en un niño. No podía haber ninguna relación. ¿Por qué
entonces aquella inquietud en su mente? ¿Por qué le trastornaba tanto lo que Molly
Pagett le acababa de revelar? Sus dedos se alzaron hasta la frente y se movieron hacia
un punto situado debajo de ella, entre los ojos; apretó allí el hueso para aliviar el
dolor. Nunca se había sentido tan vacilante como ahora. Quizá la repentina muerte del
padre Hagan le había trastornado más de lo que se imaginaba.
Empezó a caminar tranquilamente por el corredor hacia las escaleras, procurando
no despertar a los que pudieran dormir al otro lado de las puertas, a ambos lados del
pasillo. El padre Hagan parecía tan…
Se detuvo de repente, mientras una oleada de sangre hizo que su corazón
empezara a latir con fuerza. Una sombra oscura se separaba de las demás sombras y
se dirigió a él.
—¿Quién…?
—Soy yo, monseñor Delgard, la madre Marie-Claire. Lamento haberle asustado.
Delgard suspiró.
—Reverenda Madre, un hombre de mi edad no debería ser sometido a semejantes
sobresaltos. —Se esforzó porque su voz sonara ligera—: Un corazón cansado no
disfruta con los sustos.
—Perdóneme, pero quería que oyera usted algo.
Sus palabras fueron más bien un susurro.
—¿De qué se trata, Reverenda Madre? —preguntó el clérigo, preocupado
inmediatamente.
Ella le precedió por el corredor.
—Cada noche, desde que Alice está con nosotros, yo, o una de las hermanas, nos
detenemos ante su habitación para ver si la niña duerme profundamente. He oído dos
veces su voz al otro lado de la puerta. La hermana Theodore también la ha oído.
—¿Tiene Alice alguna dificultad para dormir? Muchos niños hablan consigo
mismos cuando están solos.
—¡Oh, no, monseñor, no tiene ningún problema para dormir! En realidad, yo diría
que duerme demasiado y demasiado a menudo. Sin embargo, el doctor cree que la
pequeña está bien, considerando el stress que sufre.
—¿Quiere decir que habla en sueños? —La voz del clérigo sonó demasiado alta,
y él la ajustó al añadir—: No es nada para alarmarse, Reverenda Madre. Es sólo un
síntoma del torbellino por el que está pasando. La pérdida de su padre…
—Lo que me preocupa son las palabras que dice, monseñor. Son extrañas… impropias de una niña.
Intrigado, Delgard se acercó más a la puerta de la celda.
—¿Qué clase de palabras? —susurró—. ¿Qué dice?
—Óigalas usted mismo, monseñor.
La monja dio la vuelta suavemente al picaporte y abrió con lentitud la puerta unos
centímetros. Ambos escucharon. Delgard miró a la Madre Marie-Claire con
curiosidad, y, aunque no podía ver su cara en la penumbra, la monja sintió su
asombro:
—Estaba hablando justo hace unos momentos…
Su voz se quebró al oír murmullos procedentes de la cama. La monja abrió
entonces completamente la puerta y se deslizó dentro, seguida muy de cerca por
Delgard. Una lamparilla en la mesita de noche arrojaba una pálida luz en torno a la
sencilla habitación, revelando la pequeña cama de blancas sábanas y el bulto que
yacía bajo las ropas. La figura se agitaba, y el sacerdote y la monja contuvieron la
respiración.
—¡Oh, no me lo niegues, dulce…!
Delgard se puso tenso. Era la voz de Alice, que hablaba bajo, casi en un
murmullo, pero había una diferencia en ella. Se esforzó por oír las palabras.
—…deja que la pasión me llene…
La voz tenía mucho acento, las vocales se oían ampliadas, casi toscas. —…loco,
excesivamente loco…
Casi ininteligible, a veces demasiado suave para ser oído, otras demasiado…
demasiado extraño para ser comprendido.
—…me han explotado…
No era un acento forastero, sino de un condado inglés, que no acababa de
localizar. Del Sudoeste, aunque no exactamente. Demasiado cerrado, demasiado
fuerte… Ella dijo un nombre, pero Delgard no lo entendió.
—…pasión que azota mi cuerpo…
Delgard hizo ademán de acercarse a la cama, pero sintió su brazo sujetado por la
madre Marie-Claire.
—Es mejor no molestarla, monseñor Delgard —susurró la monja.
Él vaciló, deseando oír más. Pero la voz de Alice se había ido desvaneciendo
hasta convertirse en un confuso ronroneo, y las palabras eran apenas articuladas y se
unían formando un sonido continuo. Mientras Delgard miraba, la niña pareció
hundirse en un sueño más profundo, y pronto no se oyeron ya más palabras; sólo una
respiración profunda y regular.
La monja le hizo señas para que la siguiera y, de mala gana, así lo hizo Delgard.
La madre Marie-Claire cerró la puerta con cuidado.
—¿Qué manera de hablar es ésa, Reverenda Madre? —preguntó monseñor
Delgard en voz baja—. ¿Siempre es igual?
—Al parecer, sí, monseñor —replicó ella—. Por favor, venga conmigo, hay algo más que quisiera mostrarle.
Delgard echó otra mirada a la puerta antes de seguir a la oscura forma por el
pasillo. Mientras bajaban las escaleras, la monja dijo:
—Es difícil comprender lo que está diciendo. Al principio pensé que podría ser
un defecto del habla que actuara inconscientemente en su sueño. Todos estos años de
mudez tal vez hayan ejercido algún efecto.
—No, estoy seguro de que eso sería imposible. Si la situación fuera la contraria,
si ella hablara con algún defecto mientras está consciente y lo hiciera sin dificultad al
dormir, eso sí podría tener sentido. Pero no al revés.
—Estoy de acuerdo, monseñor. Fue sólo una tonta idea, que deseché rápidamente.
Además, creo que las palabras están bien formadas, aunque suenen extrañas a
nuestros oídos.
—¿Son quizás un dialecto?
—Creo que podrían serlo, pero un dialecto que no acierto a localizar.
—Yo tampoco. De Cornualles, quizá, pero no del todo.
—No, no del todo. Por desgracia, pronuncia sus sueños sólo en breves
fragmentos, nunca lo bastante largos como para que se pueda identificar el origen de
su acento o el significado de sus palabras.
Llegaron al pie de las escaleras, y la madre Marie-Claire cruzó el pasillo y abrió
la puerta de su despacho privado. Con un gesto de la mano indicó una silla al
sacerdote.
—¿Puedo ofrecerle algo caliente, monseñor Delgard?
El clérigo hizo un gesto negativo con la cabeza.
—No, no, quizá dentro de un momento. Ha dicho usted que tenía algo que
mostrarme.
La monja se volvió y se acercó a una cómoda. Antes de abrir el cajón de arriba,
dijo:
—Alice se ha visto obligada a pasar mucho tiempo sola en su habitación. Quizá
demasiado tiempo para una persona tan joven. No hay muchas cosas que el convento
pueda proporcionarle para mantenerla ocupada, pero, al parecer, disfruta trabajando
con las pinturas y carboncillos.
Regresó a su mesa y dejó la carpeta encima de ella.
—La fascina un solo tema.
—¿Ah, sí? —exclamó Delgard, inclinándose hacia delante—. El padre Hagan me
mostró algunas de sus pinturas antes de morir. Su madre le había permitido que las
cogiera de la casa. Todas tenían como tema una persona, que supusimos era la
Santísima Virgen.
—Sí, monseñor, es cierto. Alice no es muy hábil como artista, pero tiene cierto…
entusiasmo por su tema. Hasta el punto de la obsesión, diría yo.
—La niña adora a María. —El cura se permitió una sonrisa—. Creo que eso es
obvio para todo el mundo. Me parece que su devoción puede…
—¿Devoción? ¿Es eso lo que piensa usted, monseñor?
La madre Marie-Claire abrió la carpeta y sostuvo la primera hoja ante él. Delgard
la tomó, y la hoja tembló en su mano.
—No puede…
—La misma figura en todas partes, monseñor.
La monja esparció por la mesa las otras hojas de la carpeta. Todas mostraban la
misma torpe destreza, los mismos colores chillones, los mismos trazos anchos,
ásperos.
Hasta las obscenidades pintadas eran las mismas, aunque el falo erecto de una
podía ser diferente, en tamaño y color, de la siguiente; la forma de los pechos,
distinta, en cuanto a tamaño, de otra, y la sonriente y roja boca, más distorsionada que
la de al lado.