Santuario
Ocho
¿Te unirás, no te unirás, te unirás, no te unirás,
te unirás al baile?
¿Te unirás, no te unirás, te unirás, no te unirás,
no te unirás al baile?
Alicia en el país de las maravillas
LEWIS CARROLL
El tamaño del «Crown Hotel» estaba en consonancia con el del pueblo: pequeño,
íntimo, del tipo apreciado por los amantes de fin de semana. Una placa colgada en la
pared de recepción informó a Fenn de que otrora había sido una posada para coches
de posta del siglo XVI, ampliamente reformada en 1953, año en que se le habían
añadido algunas habitaciones. El comedor, de vigas de roble, albergaba
confortablemente a cincuenta personas, y las dieciséis habitaciones estaban bien
amuebladas, algunas de ellas, con baño privado, y todas, con televisión y radio. El
rótulo también indicó a Fenn que la dirección estaba convencida de que él disfrutaría
de la buena comida y atento servicio del establecimiento, y le daban la bienvenida.
«Gracias —se dijo—, pero no creo que me quede mucho tiempo.»
Observó que el bar, a su izquierda, estaba abierto, y decidió que las 10,35 de la
mañana era demasiado temprano para tomar una cerveza. El olor a café matutino
flotaba en el aire, y de vez en cuando alguna pareja de edad entraba y desaparecía en
el bar. Decididamente, aquel aroma era un canto de sirenas subliminal para los viejos.
—¿Mr. Fenn?
Fenn se volvió y se vio frente a un hombre de cara juvenil, pero pelo grisáceo,
que le sonreía desde el umbral de una puerta al otro lado del vestíbulo.
—¿Mr. Southworth?
—Yo soy.
El hombre de pelo gris se adelantó un paso, con un brazo levantado hacia la
abierta puerta, en una clara invitación a que el reportero le acompañara. Fenn lanzó
una mirada agradecida a la bonita recepcionista que había ido a buscar al director del
hotel, considerando demasiado atrevido hacerle un guiño en presencia de su jefe.
—Me alegro de conocerle, Mr. Fenn.
Southworth tendió al reportero una firme mano, que él estrechó brevemente antes
de entrar en la habitación. Otro hombre se levantó de su silla y alargó la mano a Fenn.
Éste estrechó también la regordeta mano, y resistió la tentación de secarse en la
pernera del pantalón la humedad transferida.
El director del hotel cerró silenciosamente la puerta, dio la vuelta a una gran mesa
forrada de piel y se sentó. Vestía traje negro con chaleco gris claro y corbata de seda
gris. Mirándole más de cerca, su cara no parecía tan juvenil, aunque la piel era suave, salvo algunas indiscretas arrugas en torno a sus ojos y la comisura de la boca. Fenn y
el otro hombre se sentaron frente a la mesa en dos sillas de respaldo recto.
—Éste es Mr. Tucker —dijo Southworth.
Mr. Tucker hizo un gesto de asentimiento con la cabeza, y, durante un incómodo
momento, Fenn pensó que tendría que volver a estrechar aquella sudorosa mano; pero
el hombre barrigudo simplemente inclinó la cabeza hacia él; su sonrisa no parecía
estar en consonancia con los penetrantes y astutos ojos que valoraban a Fenn.
Southworth continuó la presentación:
—Mr. Tucker reside en Banfield… ¿cuánto hace, Rodney… diez años?
—Once —corrigió Tucker.
—Sí, once años. Se trata de un miembro muy estimado por la comunidad, si se
me permite decirlo.
Tucker se pavoneó, y Fenn arrugó el ceño secretamente ante la zalamera sonrisa
de aquellos labios lloriqueantes. Observó la pesada cadena de oro en la gruesa
muñeca, los anillos, uno de ellos con un soberano, en los carnosos dedos, y se
preguntó cuántos kilos de peso adicional añadían a la ya sobrecargada humanidad.
—Muy amable por tu parte al decirlo, George. —Había un ligerísimo acento del
Norte en la voz de Tucker. Éste se volvió hacia el reportero—: Soy el dueño del
supermercado local.
—Eso es maravilloso —replicó Fenn.
Tucker le miró durante unos momentos, sin estar completamente seguro de cómo
tomar el cumplido. Decidió que el reportero era sincero.
—Leí su maravillosa historia del Courier ayer noche, Mr. Fenn. Una muestra de
periodismo de primera clase.
—Evidentemente, por eso querían ustedes verme esta mañana, ¿no?
—Sí, sin duda —respondió Southworth—. Como puede usted imaginar, las
noticias corrían por toda la ciudad el domingo por la noche, pero fue su reportaje lo
que dio a esas noticias una mayor importancia en la región. Por ello le quedamos
agradecidos.
—Esto quizá sea prematuro.
—¿Perdón?
—Tal vez se encuentren con un montón de visitantes indeseables en la ciudad en
las próximas semanas, ahora que los Nacionales se han apoderado también de la
historia.
Fenn observó la mirada que se cruzó entre los dos hombres. Los ojos de Tucker
brillaron unos instantes, pero Southworth permaneció impasible.
—Semanas, Mr. Fenn —dijo el director del hotel—, pero, desgraciadamente, no
meses.
—¿Desgraciadamente?
Southworth se echó hacia atrás en su silla y cogió una estilográfica de encima de
la mesa; fríamente miró al reportero mientras jugueteaba con la pluma.
—Déjeme que sea absolutamente franco con usted, Mr. Fenn. Me había enterado
de lo ocurrido en la iglesia de St. Joseph, por supuesto, pero no había prestado mucho
crédito a la historia, ni incluso, mucho me temo, demasiada atención. Naturalmente,
supuse que la historia había sido exagerada o, simplemente —para decirlo de una
manera suave—, había existido mala información. Pero cuando Mr. Tucker me llamó
por teléfono ayer por la noche y tuve la oportunidad de leer su relato de lo ocurrido,
hube de admitir que el asunto merecía más atención. En la posterior reunión que
celebré con Mr. Tucker, me convencí de que este asunto podría tomar mayores
proporciones.
—Deje que pasen un par de semanas, como les dije, y todo se olvidará. El público
es muy voluble cuando se trata de noticias; le gustan frescas.
—Ésa es precisamente la cuestión.
Fenn enarcó las cejas.
Southworth se inclinó hacia delante, con los codos descansando en la mesa, y la
pluma sujeta aún entre los dedos de ambas manos, como un puente delicadamente
suspendido sobre un barranco. Sus palabras eran lentas, mesuradas, como si
considerara importante que su significado fuera captado correctamente en toda su
intención.
—El mundo, no creo que haga falta decírselo, se halla en una grave recesión. Los
problemas económicos ya no se limitan individualmente a los países; afectan a la
totalidad del Planeta. Pero son las personas individualmente las que sufren, Mr. Fenn;
no los continentes, no los países. El hombre corriente tiene que soportar la errónea
gestión mundial.
Fenn se removió en su asiento.
—Em… no veo la relación…
—Por supuesto que no, Mr. Fenn. Le presento mis excusas. Permítame que sea
más directo. Nosotros somos una pequeña ciudad, realmente un pueblo, en un
pequeño país, y somos nosotros, los pueblos y ciudades pequeños, los que sufrimos
bajo la desafortunada política económica del Gobierno. Nadie subvenciona nuestras
industrias locales o negocios porque, individualmente, su pérdida es insignificante
cuando se comparan con las grandes cadenas o las industrias nacionalizadas.
Nuestros negocios locales están agonizando, Mr. Fenn. Banfield se está muriendo
lentamente.
—No puede ser tan malo.
—No, quizás esté exagerando, para ir a parar adonde quiero. No es tan malo, pero
lo será dentro de unos años. Si no detenemos la descomposición.
—Sigo sin ver qué tiene esto que ver con lo ocurrido el domingo.
Pero esto no era del todo cierto. Fenn había empezado a columbrar algo, aunque
la idea estaba sólo empezando a filtrarse.
Tucker movió su voluminoso cuerpo en el asiento y lanzó un profundo suspiro,
como si se dispusiera a hablar. Southworth lo cortó apresuradamente, como si temiera que su colega llegara a expresar sus pensamientos.
—Ya debe de haber visto usted bastante de Banfield a estas alturas como para
formarse una opinión del lugar, Mr. Fenn.
—No puedo decirlo todavía. Había pasado por aquí una o dos veces antes, pero
hasta hace una semana más o menos, cuando casi atropellé a la pequeña Pagett,
realmente no le había prestado mucha atención.
—¿Y ahora?
—Es un lugar bastante bonito. Bastante bonito…
—Pero carente de excitación.
—Ya, quizá podría decirse eso. Hay muchas otras ciudades y pueblos del Sur que
son más bonitos, más tradicionales.
—¿Y más atractivos para el negocio turístico?
Fenn asintió con la cabeza.
—Eso es exactamente. Nosotros, como comunidad, realmente no tenemos
demasiado que ofrecer. En verano, este hotel es un lugar muy concurrido, pero mis
huéspedes lo usan sólo como base para viajar por el campo de Sussex, o visitar
Brighton u otras ciudades balnearias de la costa del Sur. El beneficio para Banfield es
mínimo. Sin embargo, yo, personalmente, estaría dispuesto a invertir más dinero en el
pueblo si creyera que iba a producir unas ganancias razonables. Sé que Mr. Tucker
piensa de la misma manera, pero se resiste a despilfarrar buen dinero.
—Y no somos sólo nosotros, Mr. Fenn. —Tucker consiguió hablar al final—. Hay
muchos otros hombres de negocios por aquí que están buscando una buena inversión.
—Lo siento, no les sigo. ¿De qué clase de inversión están ustedes hablando?
—Por lo que a mí se refiere —dijo Southworth—, me gustaría mucho abrir un
nuevo hotel. De tipo moderno, con más comodidades que las que puede ofrecer el
«Crown». Quizás, incluso, un motel en las afueras; eso sería muy adecuado para el
comercio de paso que recibimos.
—Y a mí me gustaría abrir más tiendas —intervino Tucker entusiásticamente—,
quizás un par de restaurantes… ya sabe, del tipo barato donde los padres puedan
llevar a sus pequeños en un día de excursión.
—Y hay mucha tierra por aquí esperando ser urbanizada —dijo Southworth—. El
pueblo podría crecer, extenderse y convertirse en una auténtica ciudad.
«Y de paso, usted y algunos amigos suyos ganarían un poco de dinero», pensó
Fenn maliciosamente.
—De acuerdo —dijo—. Ya veo lo que ustedes pretenden. Pero aún no estoy
seguro de qué tiene que ver todo esto conmigo. Cuando mi redactor jefe me telefoneó
la noche pasada dijo que usted, Mr. Southworth, quería verme personalmente, que
tenía más información sobre el «milagro» de Banfield… éstas son palabras de usted,
no de él. Como no dijo usted nada más, decidió que yo me diera una vueltecita por
aquí esta mañana, que quizá fuera importante. ¿Estaba en lo cierto?
Nuevamente, los dos hombres intercambiaron una mirada; esta vez había en ella cautela.
—Consideramos su relato de lo ocurrido en la iglesia de St. Joseph como una
pieza maestra del periodismo, Mr. Fenn. Exacta en los detalles e imaginativa en las
cuestiones que plantea.
Tucker asentía haciendo ruiditos.
«¡Oh, sí!», pensó Fenn.
—¿Qué cuestiones?
—Bueno, realmente fueron comparaciones. Eso fue lo que indujo a Mr. Tucker a
ponerse en contacto conmigo en mi calidad de presidente del concejo municipal.
Comparó usted Banfield con Lourdes. De hecho, hizo usted la pregunta: ¿Puede
Banfield ser otro Lourdes?
Dejó la pluma en la mesa y sonrió al reportero.
—Admito que desproporcioné un poco las cosas.
—En absoluto, Mr. Fenn. Por el contrario, nosotros creemos que fue una
observación muy acertada.
La metafórica bombilla se encendió sobre la cabeza de Fenn, con brillante
relampagueo. Ahora veía con claridad adonde conducía todo aquello, aunque seguía
sin ver qué papel le tocaba representar.
—Ha habido más de un supuesto milagro en Lourdes, Mr. Southworth. Hablando
con absoluta seriedad, no creo que Banfield llegue a cumplir los requisitos; ¿ustedes
sí?
—¡Oh, yo creo que sí! Fíjese en Walshingham y Aylesford, ambas, ciudades de
Inglaterra. Se han convertido en santuarios para muchos peregrinos cada año. En
cuanto a Aylesford, nadie está completamente seguro de si alguna vez tuvo o no lugar
una aparición de la Virgen María; muchos creen que se produjo en Francia.
Asimismo, nunca se han producido milagros espectaculares en ninguna de estas
ciudades; no obstante, lo místico está presente ahí, la gente acude a ellas en tropel, en
la firme creencia de que se trata de lugares santos. Al menos tenemos la prueba de
que algo extraordinario ocurrió en St. Joseph, algo que permitió a una niñita oír y
hablar después de años de silencio.
—Extraordinario, sí, pero no necesariamente un milagro —estimó Fenn.
—¿Conoce usted una de las mejores definiciones de milagro? «Una excepción
decretada por la divinidad.» Creo que eso es más bien apropiado en este caso.
—«¿Decretado por la divinidad?» ¿No necesita usted alguna prueba de eso?
—La Iglesia, sí, desde luego. Pero la niña afirma que vio a la Inmaculada
Concepción. ¿Por qué iba a mentir?
—¿Y por qué iba usted a creerla? —Opuso Fenn rápidamente.
—Creo que es irrelevante el que la creamos o no. Quizá, como católico que soy,
estoy más dispuesto a hacerlo que Mr. Tucker, pero, como digo, ésa es una cuestión
marginal. El hecho es que muchos miles de personas —quién sabe, quizá millones, si
la historia circula lo bastante ampliamente— lo creerán. Y querrán visitar la iglesia de St. Joseph.
—Dando nueva vida a un pueblo moribundo.
—¿Es eso tan malo?
Fenn hizo una pausa, antes de contestar.
—No, quizá no sea malo. Pero me perdonarán ustedes si digo que suena un poco
cínico de su parte.
Tucker no pudo contenerse por más tiempo.
—Ése es el mundo real en que vivimos, Mr. Fenn. Las oportunidades pasan, y hay
que agarrarlas.
Southworth se mostró algo embarazado.
—Vamos, Rodney, las cosas no son tan blancas o negras como eso. Estoy
profundamente convencido, Mr. Fenn, de que algo —y vaciló en utilizar la palabra,
pero la consideró necesaria—, algo divino ha tenido lugar en la iglesia. Algo
ordenado por Dios. Y si esto es así, tiene que haber una razón. Quizás el verdadero
milagro sea el que a Banfield se le haya dado la oportunidad de renacer, una
oportunidad de salvarse del olvido. Y una oportunidad de que la gente recuperara sus
creencias. Fue Shaw quien escribió: «Un milagro es un acontecimiento que crea fe.»
¿Por qué la fe no podía ser creada o renovada aquí?
Fenn estaba confundido. Southworth parecía sincero, aunque admitía
abiertamente que obtendría beneficios si Banfield se revitalizaba. El gordo, Tucker,
no se andaba con rodeos sobre sus motivos; estaba en aquello por el dinero. ¿Pero
qué, exactamente, esperaban de él?
—Aprecio su franqueza, Mr. Southworth, pero aún no estoy seguro de por qué me
cuentan ustedes esto.
—Porque nos gustaría que escribiera usted más sobre lo que será conocido como
el Milagro de Banfield. —Los ojos de Southworth estaban fijos en Fenn, y su
expresión era seria, casi grave—. Su historia ha despertado ya enorme interés. No sé
si ha tenido usted la oportunidad de visitar St. Joseph esta mañana…
Fenn negó con la cabeza.
—Yo mismo fui a ver al padre Hagan esta mañana temprano —continuó
Southworth—. No estaba allí, pero su casa estaba asediada por un pequeño ejército de
periodistas.
—¿De los Nacionales?
—Así lo creo. Hablé con ellos, mas, por desgracia, sé muy poco sobre ese
increíble suceso. No había mucho que pudiera contarles.
«Apuesto a que te las arreglaste, de todos modos», musitó Fenn para su coleto.
—Bien, puede usted estar seguro de que el «Milagro de Banfield» tendrá ahora
buena difusión. Quizá demasiada.
Estaba un poquito resentido de que aquellas personas metieran las narices en lo
que él consideraba una exclusiva suya, pero sabía —y lo había sabido siempre— que
era inevitable.
—Estoy seguro de que será así… durante uno o dos días. Como usted dice, el
público es voluble cuando se trata de noticias, y así es también la Prensa.
Tucker intervino una vez más:
—Ésta es una historia demasiado maravillosa como para permitir que muera en
un par de días, Mr. Fenn.
El reportero se encogió de hombros.
—No hay nada que puedan ustedes hacer al respecto. A menos, por supuesto, que
ocurra algo más…
¡A menos que ocurra algo más, a menos que ocurra algo más! ¿Qué es lo que no
funciona en este idiota? Tucker retorció con impaciencia el tacón izquierdo sobre la
roja alfombra de dibujos. Había intentado convencer a Southworth de que tratara con
los grandes y de que no perdiera el tiempo con la Prensa local. Los Nacionales podían
dar el máximo de publicidad ahora, cuando la cosa estaba aún caliente; Southworth
estaba demasiado preocupado por la futura pérdida del interés, si no ocurría nada más
en la iglesia. Había insistido en que mantener la conciencia de una manera sostenida
y constante sería más provechoso a largo plazo que una difusión sensacionalista,
masiva, a corto plazo. Apoyando al Courier, esperaba garantizar ese interés
continuado. El periódico era, a fin de cuentas, un reflejo de los asuntos locales; tenía
un deber para con sus lectores —y para sí mismo, en términos de cifras de circulación
— de informar coherentemente (y, desde luego, proporcionar) cualquier historia
periodística que generara interés (y comercio) en la zona. Pero ¿estaba aquel hombre,
Fenn, tragando el anzuelo, o tenía demasiados sesos de mosquito para ver las
posibilidades?
—Ahí está el problema —decía Southworth—. No hay garantía de que vaya o
ocurrir algo más en St. Joseph. Por eso creemos que el Courier concederá al incidente
y a sus consecuencias más dedicación que cualquier otro medio de comunicación.
Podemos prometerle a usted, personalmente, Mr. Fenn, toda clase de cooperación, de
ayuda, que pueda usted precisar.
Fenn permanecía en silencio.
—Nos damos cuenta —dijo Tucker— de que su periódico probablemente no es
muy generoso con sus gastos, así que es nuestra intención ayudarle…
Sus palabras se fueron apagando ante las heladas miradas que recibió tanto del
reportero como del propietario del hotel.
—Lo siento, Mr. Fenn —replicó Southworth rápidamente—. Lo que Rodney está
tratando de decir, sin demasiado tacto, es que nosotros no quisiéramos que saliera
usted perdiendo en este asunto. Realmente, como miembro del concejo municipal,
propondré que se constituyan unos fondos para cubrir cualesquiera gastos que se
precisen hacer para el desarrollo de este… bueno… proyecto. Esto cubriría el
material de promoción inicial, los gastos personales en que incurran los miembros del
concejo y cualesquiera gastos extra.
—¿Y yo entraría en el epígrafe de gastos «diversos extra»? —preguntó Fenn.
Southworth sonrió.
—Justamente.
Para Fenn, la cosa no sonaba mejor que del modo como el gordo lo había
sugerido. Se inclinó hacia delante, los codos sobre las rodillas.
—Miren, Mr. Southworth y Mr. Tucker, yo trabajo para el Courier; este periódico
paga mi salario, y mi redactor jefe me dice qué asuntos tengo que cubrir. Si quiere
que escriba sobre entierros durante un mes, eso es lo que hago. Si quiere que al mes
siguiente me dedique a hablar de fiestas de jardín, no me queda más remedio que
hacerlo también. Si quiere que me pase el tiempo hurgando en los extraños sucesos
ocurridos en la iglesia local de un pueblo, me sentiré muy feliz. —Hizo una profunda
aspiración—. Lo que digo es que mi redactor jefe es el que da el tono. Él toca la
gaita, yo bailo. Soy independiente hasta cierto grado, y este grado no es muy grande,
pero no hay manera de que me deje perder el tiempo en una historia que él considere
acabada. Ahora, como he dicho, si sucede algo más, entonces volveré como una
exhalación.
Southworth asintió con la cabeza.
—Apreciamos su postura. Sin embargo…
—No hay sin embargos en este caso. Es así, y no hay más que decir.
—Iba simplemente a decirle que la pequeña, Alice Pagett, mencionó que la figura
que supuestamente veía le pidió que volviera.
—Mas no dijo cuándo.
—Pero si tiene otra… otra aparición, usted debería considerar esto de interés
periodístico.
—No estoy tan seguro. Las alucinaciones de una niña prepubescente no merecen
demasiada atención.
—¿Después de lo ocurrido el domingo?
—Eso fue el domingo. Hoy es martes. Mañana será miércoles. Las cosas avanzan,
Mr. Southworth, y vivimos en una época apática. Lo que usted necesita es otro
milagro; entonces quizá tengamos una continuación de la historia. Durante los
próximos días, Banfield tendrá toda la atención que necesita, así que mi consejo es
que la aprovechen ahora. La semana que viene serán noticias muertas.
Fenn se puso en pie, y Southworth se levantó con él. Tucker permaneció sentado,
con una mezcla de decepción y mal disimulado desprecio en su cara.
Southworth se acercó a la puerta y la abrió para dejar pasar al reportero.
—Gracias por haber venido, Mr. Fenn, y gracias por ser tan franco.
—De acuerdo. Mire, si sucediese algo, me gustaría saberlo.
—Desde luego. ¿Va usted a ir a la iglesia?
Fenn asintió con la cabeza.
—Y echaré una mirada por el pueblo, para ver las reacciones de la gente.
—Muy bien. Espero volver a verle.
—De acuerdo.
Fenn salió de la habitación.
Southworth cerró la puerta y se volvió para enfrentarse con el gordo.
—Esto pasa por mezclar en el asunto a la maldita Prensa local —se burló Tucker.
Southworth cruzó la habitación y se sentó a su mesa una vez más.
—Valía la pena intentarlo. Me temo que ha sacado la impresión de que hemos
tratado de sobornarlo para que escribiera la historia.
—¿Y no es así?
—No, en el sentido verdadero de la palabra. Sólo le hemos ofrecido ayuda
financiera.
Tucker gruñó.
—¿Y ahora qué?
—Nosotros, yo me aseguraré de que el concejo municipal se interese por nuestro
plan. Si no, todo lo que podemos hacer es esperar a que suceda algo más, como ha
dicho Mr. Fenn.
—¿Y si no ocurre eso?
El sol brilló a través de la ventana en rayos de polvo, iluminando con un matiz
dorado un lado de la cara de Southworth.
—Entonces, recemos porque sea así —dijo simplemente.