Santuario
Cuarenta y uno
Rodea y rodea el círculo
completando el encantamiento
Para que el nudo puede ser desatado,
La cruz, descruzada,
lo encorvado, enderezado
y la maldición, acabada.
La maldición debe acabar
T. S. ELIOT
—Ven con nosotros.
Fenn sonrió a Sue, que estaba mirando la abierta portezuela del coche y,
suavemente, sacudió la cabeza.
—Ve con Ben —dijo—. Os recogeré más tarde.
El muchacho salió a gatas del asiento trasero del coche al bordillo. Sue se inclinó
hacia el «Mini», con una rodilla en el asiento del pasajero, y se estiró para besar a
Fenn en la mejilla. Tiernamente lo acarició, y luego se fue.
Fenn los observó mientras caminaban por el largo sendero hacia la entrada de la
iglesia; el pelo de Sue despedía reflejos dorados en los bordes, y Ben, sujetando su
mano, daba brincos a su lado.
Era un domingo por la mañana, un día fresco y brillante, y en el aire flotaba un
fuerte olor a mar. La iglesia era de diseño contemporáneo, elegante en su sencillez, y
su estructura huía de toda solemnidad y opresividad. Más invitadora que un par de
iglesias que Fenn podía recordar, pensó el periodista torvamente. Pocas eran las
personas que paseaban por la calle en aquella parte de la ciudad balnearia, aunque era
una mañana brillante y soleada, todavía envuelta en la brisa invernal; sólo las que
tenían perros que necesitaban hacer ejercicio; las que se sentían demasiado solitarias
para permanecer en casa y las que asistían a los servicios dominicales en los
múltiples y variados templos y capillas de Brighton, habían abandonado el calor de
sus hogares. Una de tales personas, un paseante de perro, andaba por el lado contrario
de la calle, y Fenn captó una palabra de los titulares de la primera página del
periódico que el hombre iba leyendo.
Decía SANTUARIO, y Fenn apartó la cabeza.
Estaba cansado de sus teorías, sus conjeturas, su desesperada necesidad de
racionalizar. La opinión favorita del momento era que una tempestad eléctrica se
había centrado en el campo, y que un rayo había destruido la plataforma donde estaba
levantado el altar, haciendo que el árbol ardiera y cayera; el rayo había golpeado
también el suelo, provocando sacudidas que recorrieron la tierra. Los técnicos de
cine, radio y televisión presentes, se quejaron de que la interferencia eléctrica había
provocado averías en sus equipos. Incluso la película de las cámaras de los fotógrafos de Prensa había sido velada, aunque nadie podía explicar completamente cómo una
tempestad electromagnética podía producir semejante efecto. La Policía, que recibió
severas críticas por no haber controlado el pánico, afirmaba desmayadamente que su
propio sistema de comunicaciones había quedado perturbado por la tormenta. Las
ondas de shock habían producido histeria de masas entre la ya sumamente cargada y
emocional multitud, causando alucinaciones, desmayos y pánico. Ésa era la mejor
clasificada, la Número Uno, entre todas las conclusiones a que se había llegado. Otras
eran más fantasiosas, pese a lo cual, no habían sido totalmente rechazadas: Alice
Pagett había adquirido algunos poderes paranormales mentales, y, al perder el control
de los mismos, había trastornado el delicado equilibrio de la Naturaleza; una erupción
subterránea había sacudido la zona, asustando a todos los reunidos hasta provocar la
histeria (por desgracia, no había ninguna prueba sismográfica que corroborara la
idea); una organización antirreligiosa había colocado una bomba bajo el altar
(probablemente el mismo grupo que había matado al monseñor). Más y más
soluciones, más y más confusión.
Más de veinte mil peregrinos habían ido al santuario aquel negro domingo, y, si
realmente hubo un milagro aquel día, ése fue el hecho de que sólo se produjeran
ciento cincuenta y ocho muertes en el pánico. Muchos habían sido aplastados hasta
morir bajo los pies de sus correligionarios; algunos habían sufrido ataques al corazón
de desenlace fatal; otros —aquellos que se encontraban en la plataforma central o
cerca de ella, habían muerto por el fuego, y otros murieron en accidentes cuando
huían del campo. Muchos, muchos más habían resultado gravemente heridos o
lisiados, en tanto que el estado de una serie de inválidos asistentes se había agravado
hasta un grado alarmante. De forma extraña, los que habían sido curados por Alice
Pagett, volvían a ser víctimas de sus enfermedades e incapacidades, como si la
muerte de la niña hubiera cancelado los milagros.
Montones de los desgraciados adoradores —clérigos y monjas entre ellos—
afirmaban haber visto cómo la tierra se abría bajo ellos. Pero estas personas estaban
confusas incluso semanas más tarde, y su estado mental podía ser, a lo sumo, descrito
como «inestable». Lo cierto era que centenares, tal vez millares, de personas, habían
borrado por completo el incidente de su mente; cuanto podían recordar era la
tremenda tempestad y su huida del campo.
La especulación entre los medios de difusión era para todos los gustos, oscilando
entre el más salvaje sensacionalismo de la llamada Prensa popular —como si el
incidente necesitara de cualquier tipo de sensacionalización— hasta los puntos de
vista científicos y psicológicos, deliberadamente falseados, de los medios más
conservadores. Fenn ya no formaba parte de este particular circo. Se había despedido
del Courier y rechazado ofertas de empleo en los grandes Nacionales. Se había
negado incluso a responder preguntas concernientes a los acontecimientos de aquella
noche. Quizás algún día, cuando su cabeza estuviera clara y sus nervios más
controlados, se sentaría y escribiría un libro definitivo sobre el santuario de Banfield. Pero tendría que etiquetarlo como ficción, porque, ¿quién iba a creer los hechos?
Sonrió al recordar la frenética llamada telefónica de Nancy desde Estados Unidos.
Sus jefes querían que fuera allí, le ofrecían un trabajo en el Post —«di tú mismo la
cifra»—, a cambio de la historia completa del santuario. Fenn rechazó la oferta, y
Nancy bufó de cólera y echó pestes en el otro extremo de la línea. Había sido una de
las primeras en huir al darse cuenta de que «algo iba mal», pues aún tenía muy
presente lo ocurrido en St. Peter. Tan asustada estaba, que, apenas percibió la menor
señal de problema, echó a correr. A diferencia de la mayoría de gente asustada, se
encaminó directamente a los terrenos de la iglesia, sabiendo que todas las salidas
estarían atestadas; siguió a un hombre que a ella le pareció Southworth, el hotelero
del pueblo, al que perdió de vista en algún lugar del cementerio. Había utilizado la
entrada de St. Joseph como su ruta de escape y se había perdido el finale. Por este
motivo estaba tan entristecida. Encantada de seguir viva, desde luego, pero furiosa
por haberse perdido el grand slam. Nancy había apremiado, suplicado, amenazado,
pero él se negó a satisfacer su petición. Estaba todavía furiosa al final de su
conversación, pero consiguió gruñir «Te quiero, esquirol», antes de colgar el
auricular.
Fenn se frotó las sienes con rígidos dedos y recordó a aquellos que habían muerto
en el campo. El gordo hombre de negocios, Tucker, al que encontraron agonizando en
el barro, su cara violácea a consecuencia de un ataque al corazón. Su principal
ayudante, una mujer cuyo nombre no podía recordar Fenn, yacía encima de él, como
tratando de proteger su grueso cuerpo de los pies de los demás. Se encontraba en un
estado de shock. Irónicamente, su madre fue encontrada muerta allí cerca, también de
un ataque al corazón. Empleador y madre, ambos perdidos al mismo tiempo y por la
misma causa. No era extraño que se encontrara en estado de shock. La mujer de
Tucker, encontrada también allí cerca, no podía recordar nada; sólo que se había
desmayado al tratar de escapar del campo.
El obispo Caines había muerto, junto con otros clérigos y monaguillos, en el
incendio. Aplastado por el árbol, quemado por las llamas.
George Southworth había sido más afortunado, aunque algunos pudieran pensar
otra cosa. Fue encontrado escondido en St. Joseph, convertido en una temblorosa y
babeante ruina humana. Tuvieron que sacarle a rastras de la iglesia, mientras él no
dejaba de gritar, porque se negaba a caminar por el pasillo hacia la puerta. Aparte la
puerta astillada y una vidriera rota (ambas por el rayo, se creía), la iglesia no había
sufrido ningún otro daño, aunque Southworth insistía en que el edificio yacía en
ruinas a su alrededor.
Luego estaba Molly Pagett.
Fenn cerró los ojos, pero la visión de su cuerpo inflamado era aún más aguda.
¡Aquella pobre mujer! Cuánto había sufrido en los minutos finales de su vida, viendo
cómo disparaban contra su hija, luego resucitaba, se transformaba en algo
indescriptible, y, finalmente, sufría una espantosa agonía. Quizás era mejor que hubiera muerto, por terrible que fuera el modo, ya que el recuerdo de todo aquello la
habría matado también, y la muerte habría sido más lenta y cruel.
¿Por qué Alice —¡no, Elnor!— la había llamado Rosemund? Una de las dos
mujeres mencionadas en la crónica del sacerdote del siglo XVI se llamaba Rosemund.
Era una de las dos jóvenes novicias a las que Elnor había seducido, la que fuera
arrojada de la iglesia y de quien se afirmaba que vivía en los bosques que rodeaban el
pueblo. ¿Podía Molly Pagett haber sido una descendiente de aquella muchacha? ¿O la
criatura Elnor, aquella resurrección, aquella encarnación, estaba confundida por su
propio odio? Nunca lo sabría, porque no había respuestas claras.
Tampoco había una respuesta clara al motivo por el que el joven había disparado
contra Alice. Su cuerpo muerto fue encontrado entre los demás, apaleado y aplastado;
nadie sugeriría siquiera que hubiera sido hecho pedazos por el populacho. La pistola
alemana fue encontrada allí cerca, encasquillada. Su nombre era Wilkes, y la única
anormalidad de sus antecedentes de típica clase media era que parecía sentir —a
juzgar por los recortes de periódico recogidos que se encontraron en su mesilla de
noche— fascinación por el asesino de John Lennon y los asesinos frustrados del Papa
Juan Pablo y de Ronald Reagan. Si hubiera sido algo mayor, quizá sus héroes habrían
sido Oswald, Ray y Sirhan.
Fuera cuales fueran sus retorcidas razones, una manera de conseguir fama, un
rechazo de lo que él creía que era la bondad absoluta, lo cierto era que Alice estaba
muerta. Quizás el mal había derrotado al mal.
Elnor había buscado su venganza y había exigido mucha. Sólo la imprevisible
muerte de la niña había desbaratado su total consumación, y el santuario había sido
destruido con tanta seguridad como por la mano de… Fenn no podía aceptarlo.
Estaba todo demasiado confuso en su mente. Tal vez había imaginado que había
visto… todo estaba tan confuso…
El cuerpo de Alice —lo que quedaba de él— fue encontrado bajo los restos
calcinados del árbol. Y había sido enterrado, junto con los restos de su madre, en el
cementerio de St. Joseph. Curiosamente, cuando se excavó el lugar donde se alzaba el
santuario, una semana más tarde, se hallaron los restos de otro cuerpo enterrados bajo
las raíces del caído roble.
Pero éste tenía siglos de antigüedad, y era sólo un esqueleto retorcido.
Parecía el de una persona pequeña, y muchos de sus huesos estaban rotos en el
momento de su muerte. Y calcinados también.
Estos despojos fueron retirados para ser estudiados por expertos, quienes
decidirían la fecha de su origen. Finalmente, los huesos irían a parar al Museo
Británico, donde serían exhibidos en una vitrina a los turistas, y todas las personas
interesadas en la evolución de la Humanidad podrían venir y contemplar el sonriente
cráneo.
Fenn levantó la mirada y vio a Sue y Ben cerca de la puerta de la iglesia. Ben
estaba distraído, acurrucado al borde del sendero, observando algo en el suelo, quizás un insecto. Sue le estaba hablando; evidentemente le decía que iban a llegar tarde a
misa.
¿Qué extraño poder tenía Ben? ¿Era su inocencia total lo que le protegía, lo que
no le había dejado ver lo que los otros creían ver, lo que no le había dejado oír lo que
los demás creían oír?
No había sido testigo de la irradiación de Alice ni de su levitación.
Y no había visto a Elnor. No había sentido estremecerse la tierra, ni visto cómo
se abría. Y no era el único, porque otros niños del campo tampoco habían compartido
el terror de sus padres y guardianes. Sin embargo, otros sí lo habían compartido.
Fenn había notado que recuperaba su fuerza cuando tocaba al muchacho; igual
que Sue. Era como si su debilidad hubiera fluido a través del niño, actuando éste
como un conductor humano y disipando su debilidad en el suelo. ¿Era tan poderosa la
inocencia contra semejante maldad?
Quien hubiera dicho que las preguntas eran más importantes que las respuestas,
era un loco. Las preguntas sin responder podían conducir a la locura.
Se obligó a relajarse. Fuera, el cielo tenía un color azul claro, y el sol mostraba
sus bordes neblinosos, suaves. Aunque no había fuerza en su brillo, resultaba
doloroso mirarlo, y Fenn se protegió los ojos, apoyando el codo en la ventanilla.
Recordó la luz que viera en el santuario, el brillante resplandor en la base del árbol;
de todas las visiones de aquella terrible noche, aquélla era la que más le obsesionaba.
Sin embargo, no se trataba de una obsesión desagradable. De alguna manera le daba
valor. Algo más… ¿Fe? Se rascó la barbilla y cambió de postura en el asiento,
sintiéndose agitado interiormente.
¿Por qué le inquietaba tanto eso? ¿Por qué, de todo lo que había ocurrido, era esto
lo que le producía más aturdimiento? ¿Por qué la cosa llamada Elnor había tenido
tanto miedo cuando, también ella, vio el resplandor?
¿Y había él captado la visión de una vaga figura de mujer vestida de blanco
dentro de aquella irradiación?
¡No podía ser! ¡Había sufrido demasiadas ilusiones aquella noche! ¡Su mente se
había llenado de demasiados terrores! Su propio mecanismo de supervivencia había
funcionado de pronto contra ellos, creando una clase diferente de ilusión, que
esparcía calma, paz, una visión que rezumaba una suave tranquilidad.
Sin embargo, ¿por qué Ben —que no había visto los demás horrores— preguntó
más tarde quién era aquella hermosa dama de blanco que estaba de pie junto al árbol
aquella noche, cuando todo el mundo gritaba y el altar ardía?
¿Quién era ella?
¿Quién era ella?
¿Qué era ella?
Tenía los ojos cerrados, cubiertos por su mano. Los abrió y se dirigió a la iglesia.
Sue llevaba a Ben por el corto tramo de escaleras hacia la abierta puerta.
Fenn cerró el puño y apretó los nudillos contra sus dientes. Abrió la portezuela del coche y se dirigió, dando grandes zancadas a la puerta de la iglesia. Vacilaba.
Sue se volvió y le vio. Sonrió.
Y él recorrió rápidamente el sendero para unirse a ellos. Juntos entraron en la
iglesia de Nuestra Señora de la Asunción.
Pequeña Alice, dulce y pura.
Ven a verla si precisas una cura
Curará tus diviesos y te aclarará la cabeza.
Y sonreirá dulcemente cuando estés muerto.
Nueva poesía infantil
Terminaste Santuario
James Herbert
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