Santuario
Treinta y tres
¡Despertad todos los muertos! ¡Arriba! ¡Arriba!
¿Cuán profundamente duermen?
No se preocupan de los pobres amantes que caminan encima,
en las cubiertas del mundo en tormentas de amor.
Ningún susurro ahora, ninguna ojeada puede
atravesar portilla o paneles de cristal;
Porque nuestras ventanas y puertas están cerradas y atrancadas,
yacen cerca en la iglesia y en el patio.
En cada tumba, hace sitio, ¡hace sitio!
El mundo está en un extremo, y nosotros venimos, venimos
¡Despertad todos los muertos! ¡Arriba!¡Arriba!
SIR WILLIAM DANENAT
Delgard se quitó las gafas de lectura y se frotó los cansados ojos. El reflejo de la
luz ultravioleta proyectaba un matiz blancoazulado sobre sus rasgos, y el rígido y
artificial resplandor mostraba crudamente las líneas de la fatiga. Los descoloridos
papeles estaban esparcidos sobre la mesa ante él, los bordes del pergamino áspero y
escamosos por el paso del tiempo; a un lado había un grueso libro encuadernado en
piel, una ayuda para la traducción del antiguo pero duradero lenguaje de los
pergaminos. Apagó el fluorescente, pues ya no necesitaba su peculiar luz para
subrayar la semiborrada escritura, y rápidamente garabateó más notas en su bloc.
Luego dejó la pluma, sujetó las gafas con una mano y se frotó la frente con la otra.
Sus hombros parecieron aún más encorvados; su pecho, más hundido.
Cuando apartó la mano, sus ojos tenían una expresión de asombro, de
incredulidad. No podía ser cierto; aquellos papeles tenían que ser el sueño de un loco,
las imaginaciones impulsadas por la culpa de un hombre nacido casi quinientos años
antes.
La boca de Delgard se secó, y el sacerdote se pasó la lengua inútilmente por sus
quebradizos labios. Había tirantez en su piel, rigidez en sus articulaciones; la causa de
ello era la tensión de las últimas horas.
Estiró el cuello hacia el reportero, que yacía desplomado en un sillón cercano, e
imaginó que podía sentir cómo rechinaban sus propios huesos al volverse. Fenn se
había quedado rápidamente dormido, demasiado exhausto, y quizás incluso aburrido,
como para soportar la vigilia con el sacerdote hasta hora tan avanzada de la noche.
Debería despertar al reportero, contarle lo que había descubierto, pero, por el
momento, Delgard sintió otra necesidad mayor. Una necesidad de limpiarse, de rezar
pidiendo fortaleza y guía espiritual. Y rezar por el alma manchada de alguien que
había muerto siglos antes.
Delgard se levantó, y su voluminoso cuerpo vaciló ligeramente. Tuvo que
mantener apoyadas las manos en la mesa durante unos momentos, antes de poder permanecer totalmente erguido. La habitación se estabilizó en torno a él una vez más,
pero su fuerza y su vitalidad seguían desvaneciéndose. Empujó la silla hacia atrás y
se encaminó a la puerta, deteniéndose para echar una mirada a Fenn antes de salir.
—Gerry —dijo, aunque no lo bastante alto.
El reportero dormía, y no era demasiado sorprendente; su mente se refugiaba de
los terrores del día. Cuando Fenn trajo los viejos manuscritos a casa del sacerdote, a
primera hora de aquella noche, todo su comportamiento había sido de desorientado
nerviosismo. Un cínico que no creía en fantasmas creía —sabía— que había visto
ahora una de esas apariciones. Y había necesitado dos whiskies, tragados
apresuradamente, antes de calmarse lo suficiente como para contar una historia
coherente. Delgard lamentaba haber dejado que el reportero fuese sólo a la iglesia de
Barham; debería haberse dado cuenta antes del peligro.
Después del incidente de St. Peter —y que el periodista había descrito con gran
detalle, como si necesitara racionalizarlo con la palabra hablada—, Fenn encontró a
la periodista americana, Nancy Shelbeck, oculta allí cerca. La mujer se había negado
a que la llevara a un hospital, donde Fenn esperaba que pudiera ser tratada del
evidente shock que sufría, y el reportero tuvo miedo de dejarla sola en su
apartamento. De manera que se la llevó a casa de Sue Gates, en cuyo piso la mujer
cayó en un aturdido sueño.
Sueño. El cansancio le dominaba también a él. Era como si la no vista presencia,
la presencia que había emanado aquí, en los terrenos de la iglesia, fuera parasitaria,
succionando su fuerza de la psique humana. La debilidad que había sentido al
comenzar los milagros, la interferencia con la maquinaria accionada eléctricamente,
la extraña atmósfera, la vibración en el aire mismo, todo, todo sugería que se estaba
produciendo una reacción, quizás una manera de socavar la energía existente para
crear una nueva forma. Y —ahora estaba seguro— el catalizador, tanto físico como
espiritual, era Alice Pagett.
Echó otra mirada a los descoloridos manuscritos. La respuesta estaba allí, escrita
en latín, la antigua lengua común a todos los sacerdotes desde los comienzos de la
religión cristiana. Era increíble, pero él había sido testigo de cómo lo increíble se
hacía realidad muchas veces en su vida. El vínculo, de siglos de antigüedad, estaba en
aquellos papeles; aquella torturada y floreada escritura daba pruebas del atormentado
e incluso demente hombre que había escrito aquellas palabras llenas de vergüenza. Y
aquel hombre era sacerdote, un clérigo del siglo XVI, que había pecado no sólo contra
su fe, sino contra la humanidad misma.
Y lo que hacía la iniquidad del sacerdote más imperdonable aún era que había
tenido destellos de comprensión en una Era de superstición e ignorancia. Había sido
consciente de la existencia de las fuerzas parapsicológicas; había sido capaz de
diferenciarlas de los descaminados conceptos de la brujería; no obstante, había
alentado y usado las falsas percepciones de su compañero para sus propios
propósitos, y, al hacerlo, había invocado un poder mucho más maligno contra él. El pueblo de aquella época creyó que había destruido a una bruja bajo la autoridad e
incitación de su gobernante, una reina llamada María. María Tudor. Pero ellos habían
destruido algo más que una mítica invención; habían destruido a alguien cuyos
extraordinarios poderes mentales trascendían su propia muerte y que, con el tiempo,
cuando se reunieran algunos elementos psíquicos, podría quizá recrear su propio ser
físico.
Brujería, el nombre de María, la energía mental liberada por el fervor religioso:
éstos eran los extraños e intrínsecos ingredientes. El moderno sacerdote que había
pecado, la niña que había sido concebida en pecado: éstos eran los catalizadores. Y
Alice era la que desempeñaba el papel más importante en la metamorfosis, porque
ella había sido creada en el mismo campo en que la monja había sido despedazada y
luego quemada hasta morir, casi quinientos años antes.
Delgard se apoyó contra la puerta, mientras en su mente se agolpaban increíbles y
absurdas teorías.
¿Podía haberse producido una metempsícosis al cabo de siglos, la migración de
un alma a otro cuerpo? ¿Había sido Alice invadida en el inicio mismo de su
existencia? Había crecido hasta convertirse en una niña, guiada por su madre, devota
hacia la Iglesia, que adoraba el nombre de María, que sufrió una grave enfermedad a
los cuatro años, una enfermedad que los médicos no habían podido explicar a
satisfacción, para ser inexplicablemente curada siete años más tarde. Milagrosamente.
Las curas de los demás habían parecido también milagrosas. Pero ¿eran en realidad
inducidas psíquicamente?
Sacudió la cabeza, como si quisiera desprenderse de toda aquella mescolanza de
pensamientos.
Alice hablaba en una lengua extraña para ella, con voz madura, palabras en inglés
arcaico, de contenido… perturbador, lascivo. ¿Estaba poseída? ¿O… era una
reencarnación? Como sacerdote católico, la idea no debería tener validez para él, pero
era una idea punzante, que le resultaba imposible erradicar.
Sin embargo, había una cuestión que dominaba todas las demás: ¿Cuál era el
propósito de todo aquello?
Negros presentimientos se apoderaron de él con tanta intensidad, que su cuerpo se
hundió y se vio obligado a apoyarse en la puerta. La premonición de un desastre no
era nada nuevo —la sensación de amenaza lo acosaba hacía varias semanas—, pero
ahora sabía que era inminente. La breve visión interior fue como una descarga física,
que le golpeó y le hizo desvanecerse instantáneamente, dejándole una sensación de
desolación total, un perturbador conocimiento de… nada. Un vacío, un absoluto
vacío. Era la cosa más espantosa que jamás hubiera percibido.
La necesidad de hallarse en terreno santo hizo salir a Delgard tambaleándose de la
habitación. Tenía que rezar, tenía que buscar guía espiritual para combatir el
inminente peligro.
Abrió con fuerza la puerta delantera; fuera, la noche parecía tan negra como el vacío que se había visto empujado a contemplar momentos antes.
Una fría corriente de aire se coló por el pasillo y penetró en la habitación en que
dormía el reportero. Fenn cambió de posición, inquieto, cuando la caída de
temperatura le afectó; pero siguió durmiendo, y sus sueños no constituyeron ningún
refugio, sino tan sólo simples prolongaciones de la pesadilla diurna. Las esquinas de
los descoloridos papeles sobre el pequeño escritorio se agitaron bajo la fresca brisa.
Sue echó una mirada a su reloj. Casi las once. ¿Qué entretendría tanto a Gerry?
¿Pensaba dejar a Nancy Shelbeck allí toda la noche? Dijo que volvería.
Removió el café y lo llevó de la cocina al salón. La puerta que daba a su
dormitorio estaba ligeramente entreabierta, y se detuvo para escuchar durante unos
segundos. La respiración de Nancy parecía más regular, más profunda; los primeros
alocados jadeos habían ido cediendo, hasta convertirse en pequeños gimoteos
infantiles, antes de que un sueño más natural se apoderara de ella. Sue se dirigió al
sofá, se sentó y dejó la humeante cafetera sobre la mesita de café, ante ella. Se hundió
en los blandos cojines y cerró los ojos.
De pronto los abrió y se puso en pie; fue a la ventana y corrió las cortinas. Por
alguna razón había sentido la noche como intrusa. Volvió al sofá y, abstraídamente,
removió el café.
¿Qué les había ocurrido a los dos, que tanto les había asustado? A primera hora de
aquella noche llegó Gerry farfullando algo sobre que había hallado a la
norteamericana en una iglesia de Barham, en estado de shock, y luego le rogó que
cuidara de la mujer hasta que volviera. Se había marchado apresuradamente,
agarrando su bolsa como si contuviera el salario de un año y diciéndole que había de
ver a monseñor Delgard, pues tenía que mostrarle algo importante. ¿Qué podía haber
sido tan importante? Y, ante todo, ¿por qué habían ido a Barham él y aquella mujer?
¿Y qué era lo que temían tanto?
Sue se dio unos golpecitos de frustración en la barbilla. ¿Y por qué la había traído
aquí? ¿Por qué era Fenn tan insensible a la situación? Resultaba evidente que había
algo entre ellos. No obstante, Sue sabía que la insensibilidad de Gerry era a menudo
una pose, que era plenamente consciente de las emociones que suscitaba en los
demás, que prefería la reacción a la inercia. Pero ahora había en él una desesperación
que descartaba toda noción de juegos de amantes; necesitaba la ayuda de Sue, y no
importaba que ello involucrara a otra mujer con la cual él había tenido relación.
Sorbió el café. ¡Maldita sea! Había tratado de reñir con él; incluso había intentado
despreciarle durante algún tiempo, pero de nada había servido. Su religión, el trabajo
en la iglesia, el tiempo pasado con Ben, todo lo había inventado para compensar, pero
la satisfacción había sido efímera, y —si tenía que ser completamente sincera consigo
misma— nunca del todo lograda. Había encontrado una conciencia espiritual
renovada, pero ello no podía llenar sus necesidades emocionales, no podía sustituir una diferente clase de amor, el amor de una persona por otra. Al principio, sólo unas
semanas antes, creyó que dicho amor físico no era necesario; sus traumas, la
dependencia de otro —en especial cuando la otra persona no era tan dependiente—,
los celos, la responsabilidad, era una prueba de la que podía prescindir
perfectamente. Pero poco a poco fue cayendo en la cuenta de que era esencial amar y
ser amado en los mismos términos, con todas sus consecuencias. Al menos para ella.
Sue frunció el ceño mientras sostenía la taza con ambas manos, descansando los
codos en las rodillas. Había estado tratando de escapar, pensando que disponía de
otro refugio, una alternativa, sólo para descubrir, al fin, que ambas cosas eran
igualmente importantes. Esta noción le había acompañado durante los últimos días,
pero fue preciso que se reunieran a primera hora de aquella noche para que el hecho
diera en el blanco. Quizá fuera su nueva vulnerabilidad —la de Fenn— la que le
había conmovido. O quizás era la idea de que aquella otra mujer pudiera significar
algo para él. El temor a perder ha sido siempre un motivador fundamental.
Lo único que había de…
El grito la hizo derramar el café sobre sus manos. Rápidamente, Sue soltó la taza
sobre la mesa y corrió hacia el dormitorio. Buscó a tientas el interruptor, lo pulsó y
miró, asustada, a la mujer, que trataba de enterrar la cabeza en la almohada. Sue se
acercó a la cama:
—Bueno, todo va bien, está usted segura, no hay nada que temer…
Nancy le apartó las manos con violencia.
—¡Nancy! ¡Pare! ¡Está usted bien ahora!
La voz de Sue era firme, mientras trataba de hacer que la norteamericana la
mirase.
—No… no…
Los ojos de Nancy estaban desenfocados, mientras trataba de apartarlos de Sue.
Ésta la cogió por las muñecas cuando sus largas uñas trataron de arañarle la cara.
—¡Calma, Nancy! Soy yo, Sue Gates. ¿No recuerda? Gerry la trajo aquí.
—¡Oh, Dios, no me toque!
Sue dobló los brazos de la mujer sobre su pecho y se inclinó pesadamente sobre
ella.
—Calma. Nadie va a hacerle daño. Estaba usted soñando.
Hablaba suavemente, repitiendo las palabras; finalmente, los esfuerzos de Nancy
se fueron debilitando. Sus ojos empezaron a perder aquella mirada vidriosa y se
posaron en la cara de Sue.
—¡Oh, nooooo! —gimió Nancy, y empezó a llorar, su esbelto cuerpo sacudido
por los sollozos.
—Todo va bien, Nancy. Está usted completamente a salvo.
Nancy echó los brazos en torno al cuello de Sue y se aferró a ella como un niño
trastornado a su madre. Sue la apaciguó, acariciándole el pelo y sintiéndose
incómoda, pero lo bastante compasiva para no apartarla. De la calle llegaban las risas, las de los trasnochadores que regresaban a sus casas. El reloj de la mesita de noche
iba desgranando los minutos con un suave tictac.
Pasó un buen rato antes de que cesaran los sollozos de Nancy y las manos
aflojaran su presa alrededor de los hombros de Sue. Su cuerpo temblaba cuando
murmuró algo:
—¿Qué? —Sue la apartó ligeramente—. No la he oído.
Nancy soltó un suspiro estremecido.
—Necesito una copa —dijo.
—Creo que tengo un poco de brandy. ¿O prefiere ginebra?
—Cualquier cosa.
Sue la soltó, fue a la cocina y abrió la despensa en la que guardaba su escasa
provisión de alcohol. Sacó la achaparrada botella de brandy y luego cogió una copa
de otro armario. Pensándolo mejor, tomó dos vasos. Sus nervios estaban también
destemplados.
Llevó los dos brandies al dormitorio, descubriendo que la norteamericana se
había incorporado y estaba ahora sentada, apoyada en la cabecera. Tenía la cara
blanca, y la palidez resultaba grotesca debido a las rayas de maquillaje corrido.
Miraba con expresión vacía hacia la pared opuesta, y sus manos retorcían el borde de
las ropas.
Sue le tendió uno de los vasos, que ella agarró con ambas manos. El ambarino
líquido casi se derramó por el borde cuando ella levantó el vaso hasta sus labios.
Nancy bebió y empezó a toser, mientras sostenía el brandy lejos de ella. Sue le tomó
el vaso de la mano y esperó a que se le calmara la tos.
—Trate de tomarlo más despacio esta vez —aconsejó cuando Nancy alargó otra
vez la mano. La periodista hizo caso de la advertencia, y Sue tomó su propio trago.
—Gr… gracias —jadeó Nancy, finalmente—. ¿No tiene… no tiene usted un
cigarrillo?
—Lo siento.
—No importa. Tengo algunos en el bolso.
—Me temo que no llevaba usted consigo ningún bolso cuando Gerry la trajo aquí.
Debe usted de haberlo dejado en el coche.
—¡Oh, mierda, no! Fue allí en la iglesia, probablemente entre la maleza.
—¿Qué ocurrió? ¿Por qué lo dejó allí?
Nancy miró a Sue.
—¿No se lo contó Fenn?
—No tuvo tiempo de hacerlo. Dijo algo sobre St. Peter en Barham, me pidió que
cuidara de usted y luego marchó precipitadamente. ¿Qué hacían ustedes en la iglesia?
Nancy tomó un trago de brandy, apoyó la cabeza contra la pared y cerró los ojos.
—Yo estaba buscando algo. Supongo que él fue por lo mismo.
Le contó a Sue lo del cofre y los archivos históricos que habían esperado
encontrar en su interior. Su voz aún temblaba, debido a la tensión.
—Eso es lo que debía de llevar en su bolsa de mano —señaló Sue. Nancy apartó
la cabeza de la pared.
—¿Los encontró?
—Creo que sí. Dijo que tenía que llevar algo a monseñor Delgard.
—¿Fue… a ver a Delgard, a St. Joseph?
Sue asintió.
—Sé que esto parecerá extraño —siguió Nancy, agarrando el brazo de Sue—;
pero ¿qué le dije yo? No… no puedo recordar nada después de escapar de aquella
condenada iglesia.
—No lo sé. Se encontraba usted en estado de shock.
—Ya, así debió de ser. —Todo su cuerpo se estremeció—. ¡Dios mío! creo que vi
una especie de fantasma!
Sue la miró con sorpresa.
—No parece usted de ese tipo de personas.
—Bueno… eso es lo que yo pensaba. Pero algo había en aquella iglesia que me
asustó terriblemente. —Cerró una vez más los ojos, tratando de revivir el recuerdo.
Sus ojos se abrieron con violencia cuando la imagen acudió a su mente—. ¡Oh, no!
—exclamó, y luego gimió—: ¡Oh, no!
Sue la sacudió suavemente.
—Tómeselo con calma. Fuera lo que fuera, ahora está usted a salvo.
—¿A salvo? Era una maldita cosa muerta lo que vi allí. ¿Cómo puede una estar a
salvo de una cosa así?
Sue estaba asombrada.
—Debe usted de haberlo imaginado. No pudo haber…
—¡No me diga eso! ¡Sé lo que vi!
—No se trastorne otra vez.
—¿Trastornar? ¡Tengo todo el derecho a trastornarme, maldita sea! Se lo digo, vi
algo que jamás me abandonará, algo que nunca olvidaré.
Las lágrimas fluían nuevamente, y el vaso de brandy chocó contra sus dientes
cuando intentó beber. Sue le sujetó la mano.
—Gracias —dijo Nancy cuando consiguió ingerir un poco más de alcohol—. No
quería gritar. Sólo que… usted no sabe a qué diablos se parecía.
—¿Quiere usted contármelo?
—No, no quiero contárselo, quiero borrarlo de mi mente. Pero sé que nunca
podré.
—Por favor, eso podría ayudarle.
—¿No tiene usted otra copa?
—Tome la mía. —Las mujeres se intercambiaron los vasos. Nancy necesitó dos
sorbos para volver a hablar. Sus palabras eran lentas, como si tratara de controlarlas,
de racionalizarlas en su propia mente.
—Yo estaba en la iglesia de St. Peter, en la Propiedad Stapley. ¿La conoce?
—He oído hablar de ella. Nunca estuve allí.
—Pues no se le ocurra. Había encontrado el cofre…
—Dijo usted que buscaba unos archivos históricos.
—En efecto. Fenn dijo que una parte de la historia de St. Joseph se había
extraviado. Seguimos la pista del cofre que quizá la guardaba. Estaba en St. Peter.
—¿Fueron allí juntos?
—No, por separado. Fenn no quería que yo estuviera en el ajo. Ya sabe usted
cómo es.
Sue no comentó.
—Yo había encontrado el cofre, estaba segura de que lo era. Luego oí, quizá sólo
presentí, que había alguien más en la iglesia. Fui al altar a echar una mirada. Había
algo sentado detrás de una especie de alcoba, en un recinto de madera cerrado en un
lado. Parecía… parecía una monja. Ingirió un poco más de brandy.
—Sólo que no era una monja —continuó—. No era una monja…
Su voz se desvaneció.
—Siga, Nancy —la apremió Sue.
—Llevaba una de esas ropas con capucha, un hábito de alguna clase, pero no
como los que se ven hoy. Era antiguo, estoy segura de que era condenadamente
antiguo. Al principio no pude verle la cara. —Nancy estaba temblando nuevamente
—. Pero ella… aquello… se volvió hacia mí. ¡Oh, Dios, Dios, qué cara!
Sue sintió cómo se le erizaban los cabellos de la nuca, y la espina dorsal y los
brazos se le ponían de carne de gallina.
—Siga —volvió a decir, horrorizada, pero especialmente fascinada.
—Era sólo una masa de cenizas, carbonizada. Los ojos eran negros; sólo unas
rendijas con el cartílago quemado que asomaba. Los labios y la nariz habían sido
quemados, y los dientes no eran más que raigones calcinados. ¡No quedaba nada
humano en aquel rostro, ningún rasgo! Pude oler a carne quemada. Y empezó a
moverse. Estaba muerta, pero empezó a moverse, a levantarse, a venir hacia mí. ¡Me
tocó! ¡Tocó mi cara con el calcinado muñón que tenía por mano! Y trató de sujetarme
allí. ¡Respiraba su fétido aliento en mi cara! ¡Pude sentirlo, pude olerlo! Sus dedos,
sólo consumidos muñones, ¡tocaron mis ojos! Y reía, ¡oh. Dios, reía! ¡Pero seguía
quemando! ¿Comprende usted? ¡Seguía quemando!