Santuario

James Herbert · Capítulo 38 de 49

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Santuario

Treinta y dos

 

Allí ella nunca más pasea

a la luz del sol, la luna o las estrellas;

mira abajo, donde no hay

ni días ni noches.

 

Novia de las sombras

J. R. R. TOLKIEN

 

Fenn fue arrojado hacia atrás, más por el sobresalto que por la fuerza. Dio un

traspiés y cayó. Sintió la dureza del suelo contra su espalda, pero ningún dolor; sólo

cierto entumecimiento.

El viento aullaba alrededor de la iglesia, como una hada maligna enloquecida, de

manera que incluso la pileta de plomo pareció temblar bajo su furia. Las ropas de

Fenn fueron zarandeadas por el viento; su cabello, barrido hacia atrás, y el cuello del

chaquetón aleteó contra su mejilla. Se vio obligado a volver la cabeza a un lado para

evitar la acometida inicial, sus ojos entornados contra la onda de choque. La lluvia

penetraba ahora en la iglesia, mojando las paredes y los bancos, cual aliado del

viento. El rugido del aire era amplificado por los estrechos límites del edificio de

piedra, ensordeciéndole con su frenético chillido.

Algo se movía a su derecha; algo negro, pequeño, que se levantaba de la silla en

la habitación lateral; que estaba de pie en la entrada del recinto, que se inclinaba para

tocarle.

Fenn no se atrevía a mirar. Sentía su presencia, atisbaba la oscura forma sólo al

borde su visión. No quería ver.

Fenn consiguió ponerse de rodillas, tambaleándose durante unos momentos,

sacudido por el viento circular. Trató de levantarse y descubrió que sus piernas no

eran lo bastante fuertes para sostenerle, aunque el vendaval no era tan intenso, y su

fuerza quedaba amortiguada por las paredes y escindida en corrientes confusas y

separadas. Empezó a moverse hacia delante, arrastrando la bolsa de mano por el

suelo, temeroso de la tormenta que penetraba por la abierta puerta, pero más temeroso

aún de la encapuchada figura que le observaba.

Se encogió como si le hubieran tocado, pero la razón le decía que no estaba al

alcance de la cosa que había allí. Parecía como si unos crueles dedos le hubiesen

arañado el brazo, dejando desgarrada y quemada la carne bajo sus ropas. La misma

sensación sintió en su mejilla, y jadeó, abrasado por el dolor, aunque era irreal. Más

calor —porque eso era lo que sentía, un calor tremendo, al rojo vivo, contra su piel—

tocó su mano estirada, y cuando bajó los ojos, vio que empezaban a formarse en ella

rojos verdugones.

Su cabeza fue proyectada hacia atrás como si unos largos dedos se hubieran enredado en su cabello y tirado de él con violencia. Su cuerpo se arqueó cuando unas

melladas uñas trazaron sangrientos surcos en su espalda.

Sin embargo, la figura estaba aún demasiado lejos como para que pudiera tocarle.

Se puso en pie vacilante; el temor le dio la fuerza suficiente para ello, y caminó

dando tumbos por el pasillo, luchando contra el viento como un hombre que se ahoga

lucha contra la resaca, obligándose a sí mismo a dirigirse hacia la gris luz de la

puerta; cayó contra una separación y se agarró al borde de ella, empujándose hacia

delante, sin dejar de sentir en su nuca la maligna mirada. Volvió a caer; ahora era el

viento que le había sacudido con gigantescas e invisibles manos y derribado.

La ancha puerta de madera giró sobre sus goznes, golpeó contra la pared y agrietó

la piedra enyesada. Fuera, la lluvia caída había convertido el paisaje en un confuso

dibujo de apagados verdes.

Fenn seguía temiendo volver la cabeza, sin llegar a comprender aún de dónde

había surgido la figura; sólo sabía que estaba allí, una sobrenatural presencia que

quemaba con malevolencia. Se arrastró otra vez, y algo se agarró a su tobillo. Gritó

cuando la desolladora presa se endureció y tiró de él hacia atrás.

Se aferró con una mano a la esquina de un banco de madera, y con la otra en las

grietas del irregular suelo. Sintió como si el corazón fuera a saltársele del pecho, tan

salvajemente estaba golpeando. Fenn gritaba ahora, lanzando maldiciones contra la

cosa que tiraba de él, los tendones de sus muñecas tirantes contra la carne mientras

luchaba por liberarse. Luego empezó a dar patadas, asustado y enfurecido, los ojos

empañados por lágrimas de ira y frustración. Patadas, patadas… sus rodillas arañaban

el suelo, glóbulos de sangre se formaban bajo las uñas de la mano que se aferraba al

áspero suelo. Patadas, patadas… los ojos cerrados por el esfuerzo, pero la boca

abierta para gritar.

De repente se sintió libre, mientras seguía dando patadas al aire. Se encontró

moviéndose hacia delante una vez más, el viento presionándole todavía los hombros,

azotando su cara con cristalitos de lluvia. Estaba de pie, se dirigía vacilante hacia la

puerta, negándose todavía a mirar por encima de su hombro y sintiendo en la nuca la

cálida y pútrida respiración. Sus pasos eran cada vez más lentos… más lentos… la

compulsión seguía tirando de él hacia atrás, creando la pesadilla de tener las piernas

en un cenagal… los sueños infantiles de…

…el monstruo de Frankenstein avanzando torpemente, los brazos estirados para

agarrar, sus enormes botas retumbando contra el suelo…

…el sonriente gigante Fe-Fi-Fo-Fum esgrimiendo su hacha…

…la espantosa Criatura emergiendo de la Laguna Negra…

…el hijo muerto regresando de la tumba, golpeando al otro lado de la puerta de su

madre, que sujetaba la pata del mono, para que le dejara entrar…

…la cosa que estaba siempre esperando en la oscuridad al pie de las escaleras del

sótano…

…el coco de verde cara que daba golpecitos en la ventana del dormitorio a mitad de la noche…

…Norman Bates, vestido de Madre, detrás de la cortina de la ducha…

…la forma blanca a los pies de la cama, que no le dejaría despertar de la pesadilla

hasta que se hubiera disuelto otra vez en la noche…

…la mano que le aprisionaría el tobillo si sacaba éste de las sábanas…

…todos los compañeros de pesadilla de su infancia se habían reunido allí detrás

de él en la iglesia, cada uno de los temores nocturnos se arrastraba sobre él, sus

imágenes eran tentáculos que le sujetaban…

Y, al igual que en una pesadilla, la cosa se rompió cuando el terror se tornó

excesivo.

La liberación fue como ser disparado por un cañón. Pasó como una exhalación a

través de la puerta, resbalando y cayendo pesadamente en el sendero fuera de la

iglesia. Dio la vuelta, apoyándose en un codo, y la lluvia empezó a golpearle la cara

con tanta fuerza, que tuvo la certeza de que dejaría huellas en ella. La arqueada puerta

se alzaba sobre él, el interior era una fangosa cueva de gárgolas; la achaparrada torre

se perfilaba dominándole, y por un breve instante se imaginó que, desde las almenas,

miraba su propio cuerpo tendido boca abajo en el sendero. Parpadeó contra la lluvia y

contra su propia confusión.

Empezó a forzarse hacia delante para huir de la amenazadora puerta, utilizando

talones y codos, con las ropas y la piel ya empapadas y sin dejar de arrastrar la bolsa

de mano. Una suave frialdad le rozó la espalda mientras resbalaba por la hierba.

Volvió la mirada hacia la vieja iglesia, con los ojos abiertos de par en par y

mortalmente pálido. Su cerebro le gritaba que se levantara y corriera. Mientras se

esforzaba por ponerse en pie, vio una fugitiva figura justo al otro lado de la valla que

marcaba el perímetro.

La figura se había levantado del mar de hierba como un nadador que rompiera la

superficie, y luego se puso a correr, abriéndose camino a través del follaje y

alejándose de Fenn y de la iglesia.

La figura le pareció familiar, pero su pensamiento era demasiado confuso todavía

como para permitirle reconocer algo durante unos momentos. Cuando, finalmente, se

dio cuenta de quién era, se sintió aún más aturdido. Agarrando la bolsa de mano y

poniéndosela debajo del brazo, corrió hacia la cerca, usó una mano para pasar por

encima de ella torpemente y fue a caer en medio del follaje del otro lado. Cuando se

puso en pie, la figura había ya desaparecido.

Una fuerte ráfaga de viento se filtró a través de la maleza, creando una ondulación

que le alcanzó y casi le desequilibró.

—¡Nancy! —gritó; pero la tormenta sofocó cualquier posible respuesta.

También él se abrió paso a través del follaje, ganando velocidad mientras lo hacía

y sin dejar de gritar el nombre de la mujer. No es que tuviera miedo por ella; la

necesitaba. Estaba asustado por sí mismo.

Fenn corrió bajo la lluvia, contra el viento, casi cegado, arrollando la maleza. De repente cayó, resbaló, dio tumbos y rodó hacia un abismo que no había visto. Tallos y

zarzas le golpeaban la cara y las manos; pensó que aquello jamás terminaría, que el

mundo nunca volvería a estabilizarse. Pero, finalmente, su caída tuvo un

almohadillado térmico al pie de la pendiente, y las hojas se cerraron sobre sus ojos

como traviesas manos.

Se sentó y trató de quitarse el mareo sacudiendo la cabeza. El movimiento no hizo

más que empeorarlo, y el mundo siguió girando durante largos segundos. Cuando,

finalmente, todo dejó de girar, buscó la figura fugitiva. Se encontraba en un estrecho

valle, y al otro lado se alzaban los bosques. Un desigual sendero de tierra cruzaba el

valle, desapareciendo en la lejanía tras una ladera. Directamente delante, a no más de

unos doscientos metros, había un granero, de una forma extraña; jamás había visto

antes uno como aquél. Era muy viejo, y evidentemente hacía mucho tiempo que no se

utilizaba, en tan mal estado se hallaba. Inmediatamente debajo de un techo de paja,

sostenido por gruesas vigas, había unas aberturas, y los lados cubiertos del granero

llegaban sólo a cierta altura. La madera estaba descolorida y gastada, y la paja era

espesa, pero oscura por el paso del tiempo.

Fenn sabía que Nancy estaría allí.

Se puso en pie y cogió la bolsa. Luego, encogiendo los hombros contra la lluvia,

se dirigió hacia el granero. El viento se había debilitado en la parte baja de la

depresión suavizándose, por tanto, su espantoso rugir. Fenn se volvió rápidamente

para mirar la colina, y vio que St. Peter estaba fuera de su visión; ni siquiera se

divisaba la torre por encima del falso horizonte; el follaje de la cima de la vertiente se

agitaba a uno y otro lados, inclinándose, pero resistiendo a los elementos.

No había puerta en el granero; sólo una vasta abertura que abarcaba la mitad de

uno de sus lados, con un poste en medio que dividía la entrada. Desde donde estaba

Fenn, podía ver el interior, atestado de viejos troncos, entablados de madera y restos

de maquinaria oxidada. No tenía deseos de entrar, porque parecía aún más oscuro e

igualmente lleno de malos presagios que la iglesia. Sólo los gemidos que oía por

encima del apagado viento le empujaron a hacerlo.

La encontró acurrucada detrás de una pila de madera en la parte trasera del

granero; lo guiaron hasta ella sus sollozos de miedo. Tenía la cabeza hundida entre las

rodillas, y se sujetaba las piernas fuertemente con los brazos. Tembló con violencia

cuando él le tocó un hombro.

—Nancy, soy yo, Gerry —dijo suavemente, pero ella no le miró.

Se arrodilló a su lado y trató de tomarla entre sus brazos; con un gañido animal, la

mujer le empujó contra la pared del húmedo granero, gateando para librarse de él.

—¡Por el amor de Dios, Nancy, cálmate! Soy yo. —Suavemente la atrajo hacia sí

y la meció en los brazos—. Soy yo —no cesaba de repetirle, con voz falsamente

suave, porque tampoco él andaba lejos de la histeria.

Le llevó algún tiempo conseguir que levantara la cabeza y le mirara.

Y cuando lo hizo, la expresión que Fenn vio en sus ojos le asustó tanto como la cosa que había dentro de la iglesia.