Santuario

James Herbert · Capítulo 19 de 49

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Santuario

Quince

 

Cuando leía cuentos de hadas,

me imaginaba que esa clase de cosas nunca ocurrían,

¡y heme aquí ahora en medio de una de ellas!

 

Alicia en el país de las maravillas

LEWIS CARROL

 

—Santo Dios, ¿se encuentra usted mal, Andrew?

El obispo Caines se quedó mirando fijamente al sacerdote, preocupado por el

cambio producido en el hombre. Ya tenía aspecto enfermizo cuando el obispo habló

con él unas semanas antes, pero ahora su aspecto físico se había deteriorado de

manera alarmante. El obispo Caines avanzó unos pasos y tomó la mano del sacerdote,

indicando luego con un gesto un sillón delante de su mesa. Miró interrogadoramente

a monseñor Delgard, pero la expresión del alto clérigo permaneció impasible.

—Creo que quizás un poquito de brandy le sentaría bien.

—No, no, estoy bien, de verdad —protestó el padre Hagan.

—¡Tonterías! Le devolverá el color. Peter, ¿lo mismo para usted?

Delgard movió negativamente la cabeza.

—¿Quizás un poco de té? —sugirió, mirando directamente a la secretaria del

obispo que los había introducido en el estudio.

—Sí, desde luego —respondió el obispo Caines, regresando a su asiento detrás de

la mesa—. También para mí, me parece, Judith. Quizá lo necesite.

Sonrió a su secretaria, y ésta salió de la habitación. La sonrisa del obispo

desapareció en cuando se hubo cerrado la puerta.

—Estoy sumamente molesto, caballeros. Habría preferido que vinieran a verme

ayer.

Monseñor Delgard había dado unos pasos hacia la emplomada ventana que daba

al recoleto jardín. La débil luz del sol de finales de febrero iluminaba el otro extremo

del limpio y parcialmente sombreado césped, incapaz de arrebatarle la humedad,

haciendo brillar las gotas de rocío. Había llovido durante la noche y la tarde

anteriores; parecía como si el sol se estuviera recobrando todavía del remojón.

Monseñor se volvió hacia el corpulento obispo.

—Me temo que eso no era posible. —Su voz era baja, pero las palabras llenaron

el oscuro estudio de paredes revestidas con paneles de madera—. No podíamos

abandonar la iglesia, obispo, después de lo que había ocurrido. Había demasiada

histeria.

El obispo Caines no dijo nada. Había destinado a monseñor Delgard a la

vigilancia del joven sacerdote y su iglesia, para controlar cualquier situación que

pudiera surgir relativa a la niña y sus apariciones. Su misión era observar, influir e informar. Peter Delgard era un sacerdote para quien no eran extraños los incidentes

supuestamente paranormales o sobrenaturales, y en los medios eclesiásticos tenía

cierta reputación de aportar cordura a situaciones insensatas. Era un hombre

tranquilo, distante, que a veces intimidaba por su fuerza; pero uno se daba cuenta

instantáneamente de que era un hombre compasivo, alguien que compartía el

sufrimiento de los demás como si de una carga suya sé tratara. Su autoritaria

tranquilidad no contribuía mucho a revelar esta faceta de su carácter, pero estaba

presente en su aura como debía de haberlo estado en la de Cristo. El obispo confiaba

en monseñor Delgard, respetaba su juicio, reconocía su sabiduría en cuestiones que

eran a menudo demasiado extrañas para que la aceptara su propia sensibilidad; y le

tenía un poco de miedo al alto sacerdote.

Delgard estaba mirando otra vez por la ventana.

—Pensé también que el padre Hagan necesitaba un poco de descanso —añadió.

El obispo Caines estudió al sacerdote sentado en el sillón. Sí, podía notarlo: el

padre Hagan parecía haber sufrido un shock excesivo para él. Su cara tenía un tono

más grisáceo que la última vez; sus ojos eran oscuros, y había en ellos una mirada de

desesperación.

—Padre, parece usted agotado. ¿Es a causa de lo que sucedió ayer? —preguntó.

—No lo sé, señor obispo —respondió el sacerdote, con voz que era casi un

suspiro—. No duermo bien estas últimas semanas. La noche pasada apenas dormí

nada.

—No me sorprende. Pero no veo por qué todo esto ha de causarle tanta ansiedad.

Realmente, hay mucho que celebrar en ello.

El obispo se dio cuenta de que monseñor Delgard le estaba observando.

—¿No está de acuerdo, Peter?

Monseñor meditó antes de responder, y luego dijo:

—Es demasiado pronto para decirlo. —La inclinación de los hombros de

monseñor pareció más pronunciada mientras lentamente regresaba de la ventana y se

sentaba en el otro sillón del despacho. Miró al obispo con ojos que veían demasiado

—. Lo que ocurrió es completamente inexplicable, supera cualquier cosa que yo haya

visto anteriormente. Cinco personas se curaron, obispo, cuatro de ellas, niños. Es algo

pronto para decir si sus curas son completas, pero, hasta hace dos horas, cuando hice

mis comprobaciones, no se habían producido recaídas.

—Por supuesto, no podemos aceptar estas curas como milagrosas hasta que las

autoridades médicas hayan efectuado un examen detallado de los afectados —dijo el

obispo, y había una ansiedad cuidadosamente reprimida en su tono.

—Le llevará mucho tiempo a la Iglesia poder aceptarlas como curas, y más como

«milagrosas» —replicó Delgard—. El procedimiento antes de que se haga semejante

proclamación es lento, por no decir otra cosa.

—En efecto —reconoció el obispo—. Y así debe ser. —Encontró desconcertante

la mirada de Delgard—. Conseguí hablar con el cardenal arzobispo la noche pasada, después de que usted me telefoneara. Reiteró mis propios sentimientos de que

debemos proceder con cautela: no desea que parezca insensata la Iglesia católica

romana en Inglaterra. Quiere un informe completo antes de que se anuncie nada a los

medios de difusión, y cualquier declaración que se haga debe proceder directamente

de su oficina.

Hagan movía la cabeza.

—Me temo que todo esto está fuera de nuestro control, señor obispo. El reportero,

Gerry Fenn, estaba allí otra vez ayer. No hemos visto todavía la primera edición del

Courier, pero puede usted estar seguro de que el acontecimiento estará ampliamente

reflejado en él.

—¿Estaba allí? ¡Buen Dios, la intuición de ese hombre debe de ser increíble!

—Me parece que no —intervino Delgard—. Aparentemente, el rumor de que

Alice iba a tener otra «aparición» se había extendido por Banfield mucho antes del

domingo.

—Le prohibí a su madre que la trajera —dijo Hagan justo en el momento en que

se abría la puerta y entraba Judith con una bandeja de bebidas.

—No me parece juicioso. —El obispo Caines hizo un gesto con la cabeza hacia

su secretaria para que dejara la bandeja en la mesita situada a un lado de la

habitación. Esperó a que la mujer hubiera salido, antes de volver a hablar—: Muy

imprudente. No puede usted prohibir a la gente que vaya a la iglesia, padre.

—Creí que lo mejor sería que Alice permaneciera aparte durante un tiempo.

—¿Mejor para quién?

—Para Alice, por supuesto.

Delgard se aclaró la garganta.

—Creo que el padre Hagan estaba preocupado por el efecto traumático que la

obsesión de la niña ejercía en ella.

—Sí, ésa fue una razón. ¡La otra es que no deseo que St. Joseph se convierta en

una feria!

Su voz se había vuelto tensa, casi estridente, y sus dos colegas le miraron

sorprendidos. Delgard le estudiaba con ojos preocupados.

El obispo Caines se levantó con un suspiro audible y se dirigió a la bandeja de

bebidas. Tendió el coñac al pálido sacerdote.

—Es un poco temprano para esta clase de brebaje, lo sé, pero le sentará bien,

Andrew.

Observó que la mano del cura temblaba al coger la bebida, y rápidamente miró a

Delgard. La cara del monseñor estaba impasible, aunque —él también— observaba al

padre Hagan.

El obispo Caines se volvió hacia la mesita auxiliar.

—Sin azúcar para usted, ¿verdad Peter? Ahora recuerdo. —Le tendió el té a

Delgard, y luego puso en la mesa el suyo y el brandy—. Cuénteme algo más de este

periodista —dijo mientras se sentaba nuevamente—. ¿Qué es lo que vio?

Hagan sorbió su bebida, sintiendo un rechazo ante el sabor y la quemadura que le

producía en la garganta.

—Lo vio todo. Estaba allí desde el comienzo.

—Bien, no importa. Las noticias se habrían extendido pronto. Lo que hemos de

tener en cuenta ahora es cómo hay que actuar. ¿Dónde está la niña, Alice Pagett?

Delgard habló:

—Creí que lo mejor sería que ella y su madre se trasladaran a un convento del

pueblo por unos días; allí no les puede molestar la Prensa.

—¿Su madre se mostró de acuerdo?

—Es una devota católica y desea seguir nuestra guía. Su marido, me temo, ya es

otro asunto. Dudo de que nos permita mantener a Alice allí mucho tiempo.

—¿No es católico?

El padre Hagan consiguió sonreír.

—De una manera categórica, puedo afirmar que no. Es ateo.

—¡Hum, es una lástima!

Delgard se preguntó por el significado que había detrás de aquella observación

del obispo: ¿Era una lástima que el hombre no creyera en Dios, o que, como no

católico, no pudiera ser fácilmente manipulado por la Iglesia? A Delgard no le

gustaba tener tales sospechas sobre los motivos del obispo Caines, pero sabía que éste

era un hombre ambicioso. Ni siquiera los clérigos estaban exentos de esta mancha.

—Me parece que quizá deberíamos ver a la niña y a su madre —dijo el obispo,

sorbiendo su brandy pensativamente—. Si Alice ha sido realmente bendecida, esto

podría significar ciertas consecuencias para la Iglesia en Inglaterra.

—¿Una ola de fervor religioso? —preguntó Delgard bruscamente.

—Un retorno a la fe de millares de personas —repuso el obispo.

El padre Hagan miró rápidamente a uno y otro.

—¿Quiere decir que St. Joseph podría convertirse en un santuario?

—¿No se ha dado usted cuenta? —preguntó el obispo Caines—. Si esta niña ha

tenido realmente una visión de la Santísima Virgen, llegarán peregrinos de todo el

mundo para adorar el lugar de la aparición. Sería algo maravilloso.

—Sí, lo sería —replicó Delgard—. Pero, como dije antes, hay un largo y

extremadamente laborioso proceso antes de que se pueda hacer semejante

declaración.

—Me doy perfecta cuenta de ello, Peter. Lo primero que debo hacer es

presentarme ante la Conferencia Episcopal y ofrecerle toda la información que

tengamos. Pediré al Delegado Apostólico que esté presente, de manera que el asunto

pueda ser sometido a la atención del Papa sin demora, y quizá discutido en el

próximo sínodo en Roma.

—Con el debido respeto, señor obispo, creo que vamos demasiado deprisa —dijo

Hagan, sujetando con fuerza su vaso de coñac—. No tenemos ninguna prueba de que

Alice viera realmente a Nuestra Señora, o de que las curas fueran milagrosas.

—Eso es lo que hay que averiguar —replicó rápidamente el obispo—. Tanto si

nos gusta como si no, las noticias se propagarán rápidamente. Tengo miedo de

imaginar el sensacionalismo que este hombre, Fenn, sacará de ello. Cinco curas,

Andrew, cinco. Seis, contando la propia recuperación de Alice Pagett. ¿Se da cuenta

de la excitación que esto provocará, no sólo entre los católicos, sino en los corazones

de todos aquellos que creen en el Divino Poder? El que St. Joseph sea declarado o no

un santuario será completamente irrelevante; la gente acudirá en tropel por millares al

lugar por pura curiosidad. Por esto, la Iglesia católica debe controlar la situación

desde el comienzo.

El padre Hagan parecía irse recogiendo en sí mismo, pero el obispo no se

aplacaba.

—Existen muchos precedentes —continuó—, el más famoso de todos, Lourdes.

Hubo una tremenda resistencia por parte de las autoridades eclesiásticas, a aceptar

que Bernadette Soubirous hubiese visto realmente a la Inmaculada Concepción, y no

fue sólo la abrumadora prueba de las curas milagrosas y la evidente integridad de

Bernadette lo que influyó en su decisión final: fue la opinión pública. La Iglesia no

podía hacer caso omiso de la situación porque la gente —y no se trataba sólo de la

gente del entorno— no se lo iba a permitir. ¿Se da usted cuenta de cuántos miles de

personas acuden al santuario de Nuestra Señora en Aylesford cada año? Y no hay

ninguna prueba de que la Virgen se hubiera aparecido allí. De hecho, las autoridades

de la Iglesia ni siquiera lo sugieren. No obstante, acuden peregrinos a visitarla cada

año de todas las partes del mundo. Lo mismo podemos decir del otro santuario, el de

Walshingham. Si la gente quiere creer, no hay edicto de la Iglesia que les persuada de

lo contrario.

—¿Está usted diciendo que deberíamos admitir la historia de Alice? —preguntó

Hagan.

—En absoluto. Todo el asunto debe ser cuidadosamente examinado antes de

hacer una declaración oficial. Lo que digo es que debemos actuar rápidamente para

dirigir lo que pueda ocurrir en St. Joseph. ¿No está usted de acuerdo, Peter?

Echó una mirada al alto sacerdote, cuyos ojos estaban bajos.

Éste habló lentamente, midiendo sus palabras:

—Estoy de acuerdo en que la situación se desarrollará por sí sola. Ya tenemos

experiencia en este sentido con la gran multitud que se reunió ayer en la iglesia.

Incluso esta misma mañana, antes de que las noticias hayan estallado en la Prensa, y

en un día laborable, había congregada mucha gente en la iglesia. En cierto modo, es

un alivio estar aquí lejos de ellos. No obstante, creo que no debemos prestarles

ningún aliento.

—No, no, por supuesto que no.

—Debemos primero hablar con cada una de las personas que aparentemente

fueron curadas ayer. Sus médicos personales deben ser también entrevistados para

que nos permitan examinar sus expedientes médicos. Creo que obtendremos fácilmente el permiso de los pacientes, así que los doctores en cuestión no pondrán

objeciones. Propongo que se forme en seguida una Comisión Médica, independiente

de la Iglesia católica, que pueda investigar completamente las historias médicas de

estas seis afortunadas personas, incluyendo a Alice, por supuesto. Con el enorme

interés que se generará después del grandioso espectáculo de ayer… —Una seca

sonrisa apareció en su cara—… no veo que haya ningún problema al respecto.

Verdaderamente, imagino que se realizará una investigación sin que nosotros lo

pidamos.

El obispo Caines asintió con la cabeza y evitó mirar directamente los penetrantes

ojos del monseñor.

—Igualmente —prosiguió Delgard—; si vamos a seguir el ejemplo de Lourdes,

creo que deberíamos considerar la posibilidad de organizar nuestra propia Oficina

Médica en el mismo lugar del santuario.

El obispo Caines no pudo contener ya más su ansiedad:

—Sí, eso sería juicioso. Muchos supuestos milagros han sido desechados en el

pasado por falta de datos científicos o médicos.

—Debemos ser conscientes, obispo, de que en eso hay peligro para la propia

Iglesia. Podríamos quedar expuestos al ridículo si se encuentran razones lógicas y

válidas para lo ocurrido. En este momento, uno de los más grandes misterios de la

Iglesia católica puede ser explicado por la ciencia, y las creencias de millones de

personas sufrirán a causa de ello.

—¿Se refiere usted al Sudario?

—Sí, al Sudario de Turín. La investigación termográfica, la espectroscopia de

infrarrojos, la radiografía, la microscopía electrónica y el análisis químico… todos

estos medios científicos se han utilizado para probar o refutar que la imagen que

aparece en el trozo de lino hallado en 1356 es la de Cristo. Hasta el momento, nada

concluyente ha surgido de todas estas pruebas. Inútil decir que la Iglesia es vista con

cierta sospecha por no permitir una prueba vital… según los científicos. Me refiero al

proceso de datación mediante el carbono.

—¡Pero eso requeriría destruir un trozo bastante grande del paño! —protestó el

obispo Caines—. Nunca podríamos permitir eso.

—Los métodos de investigación han mejorado muchísimo desde que se pidió el

permiso por última vez. No se necesitarían más que unos 25 mm de material. Sin

embargo, seguimos diciendo «no», y el público se pregunta de qué tenemos miedo.

—Con mucha más razón, no deberíamos ocultar nuestros hallazgos en este

asunto. Creo que no tenemos nada que temer, aunque estoy completamente de

acuerdo en que hay que proceder con cautela.

—Yo… creo que estamos cometiendo un grave error.

Los dos clérigos se volvieron hacia el padre Hagan. Éste se hallaba inclinado

hacia delante en su asiento, sus manos fuertemente unidas.

El obispo Caines se alarmó ante la congoja que observó en la cara del sacerdote.

—¿Por qué dice eso, Andrew? ¿Qué es lo que le inquieta?

El sacerdote se frotó una mano contra la sien.

—Es sólo una sensación, señor obispo. No sé por qué, ni qué es, pero siento que

las cosas no están bien. Hay una atmósfera en la iglesia…

—¿Siente usted esa… esa atmósfera, Peter? —preguntó el obispo.

Delgard hizo una pausa antes de responder.

—No, me temo que no. Al menos, no la clase a que se está evidentemente

refiriendo el padre Hagan. Ayer había una tensión en el aire que casi era tangible,

pero eso era provocado por los propios feligreses. He experimentado histeria de

masas anteriormente, aunque no puedo decir tajantemente que fuera lo mismo. Estoy

seguro de que los científicos se referirán a hipnosis colectiva y sugestión de masas y

tal vez demuestren que tienen razón. Sé que yo caí de rodillas para adorar lo que tenía

ante mí.

—¿A la niña?

—Lo que ella representaba. O parecía representar.

—Entonces, ¿percibió usted su santidad?

—No puedo estar seguro. Una debilidad pareció apoderarse de toda la multitud,

no sólo del padre Hagan y de mí, pero no puedo recordar mis emociones. Sólo puedo

recordar la debilidad, la incredibilidad de lo que acababa de suceder. Quizás un

psicólogo podría explicar el fenómeno. O un parapsicólogo.

—Me refiero a la atmósfera de St. Joseph —dijo el padre Hagan tranquilamente

—. Siento que es tan fría…

El obispo soltó una risita:

—Es invierno, ¿sabe? La iglesia está probablemente fría.

—No, no se trata de frialdad física. Y no se limita a la iglesia; está en el

presbiterio, en el terreno.

—Parecía estar usted bajo una fuerte tensión la última vez que nos vimos,

Andrew —dijo el obispo Caines, de manera no muy amable—. Ésa fue una de las

razones por las que pedí a monseñor Delgard que le ayudara… eso, y también a causa

de su inexperiencia en asuntos tan extraordinarios. Francamente, su salud parece

haber empeorado mucho desde la última vez que le vi. ¿Está usted seguro de que su

estado general no explica las extrañas sensaciones de que nos habla?

—Estoy seguro. Admito que últimamente no me encuentro muy bien de salud,

pero que creo que eso, puede ser debido a las actuales circunstancias.

—No veo cómo, a menos que la publicidad sea lo que le está trastornando. Si ése

fuera el caso…

—¡No!

El obispo parpadeó, asombrado.

—Lo siento, señor obispo —se excusó el sacerdote—. No quería levantar la voz.

Por favor, perdóneme. Pero hay algo más, está ocurriendo, algo que no comprendo.

—Todos nos damos cuenta de ello, padre —dijo el obispo Caines, conteniendo la irritación en su voz.

—No me refiero sólo a Alice Pagett. Hay algo más…

—Sí, sí, ya ha dicho usted eso antes. ¿Puede explicar exactamente a qué se

refiere?

El sacerdote se dejó caer hacia atrás en su sillón y cerró los ojos.

—Quisiera poder hacerlo —dijo al cabo de un rato.

—Entonces, creo que lo mejor…

Un suave golpecito en la puerta interrumpió sus palabras:

—¿Sí, Judith? —gritó el obispo.

La secretaria asomó la cabeza por la puerta.

—Una llamada de Londres, señor obispo. Es el Daily Mail, me temo. Dicen que

les gustaría una declaración de usted sobre el incidente de la iglesia de St. Joseph en

Banfield ayer.

—Bien, caballeros —dijo el obispo—, al parecer, la historia ha estallado a nivel

nacional. Pase la llamada, querida; luego póngame en comunicación con Su

Eminencia, cuando acabe.

Levantó el auricular, y Delgard no estuvo seguro de si su sonrisa era de

resignación o de anticipación. Cuando el obispo empezó a hablar, Delgard observó

que las manos del padre Hagan agarraban fuertemente los brazos del sillón. Los

apretaba con tanta fuerza, que los nudillos mostraban un brillo blanquecino a través

de la pálida piel.