Santuario
Veintisiete
Su creencia en la magia era algo duradero.
El jardín secreto
FRANCES HODGSON BURNETT
Ben corrió rápidamente por entre las filas de bancos, cual Indiana Jones huyendo
de centenares —no, millares— de vociferantes árabes, listo para dar la vuelta y
arrancar las espadas de las manos de cualquiera que se acercara demasiado, con su
imaginario látigo de cuero cómodamente puesto en su hombro izquierdo, sin el menor
peso. Un banco y luego el siguiente, para deslizarse a la húmeda hierba, pero
enderezándose en un instante y deteniéndose sólo para disparar contra el asesino de
negras ropas y más de dos metros de altura, que esgrimía una espada larga y curvada;
reía ante su grito de sorpresa y aceleraba en su carrera para encontrar el Arca Perdida
antes de que la consiguieran los sucios nazis y utilizaran su poder para hacerse con el
mundo. Indiana Jones es mejor que Han Solo (aun cuando era el mismo hombre), y
Han Solo, mejor que Luke Skywalker. Corre, sin aliento, no debes detenerte, no
deben cogerme, sin aliento, sigue corriendo, no deben… ¡el pie de alguien!
Cayó al suelo cuan largo era, y unas manos le ayudaron a ponerse en pie. No se
había hecho daño; sólo lastimado ligeramente la rodilla. Se sacudió la tierra de los
tejanos, y una voz dijo:
—Cuidado, hijo, vas a hacerte daño si sigues corriendo así como un loco.
Él no replicó nada, recordando que era aún Indiana, un hombre de pocas palabras.
Las manos le soltaron y, con un pequeño salto, quedó libre.
El campo se estaba llenando de gente, y los bancos que se encontraban cerca de la
tarima central —no los reservados especialmente para determinados dignatarios de la
Iglesia y seglares— estaban cada vez más repletos. La muchedumbre se estaba
extendiendo a partir del centro, como una flor que abre su capullo. Todavía era
temprano, faltaban dos horas para que empezara la misa, pero ya la gente se agolpaba
en la recién construida entrada al campo, ansiosa por encontrar un asiento cerca del
altar; muchos de ellos deseaban sólo ver a la Niña de los Milagros, y otros querían
acercarse para que les bañara su santidad, temerosos de que quizá sus efectos no
llegaran hasta las últimas filas.
El sol era sólo un débil resplandor en el neblinoso cielo, y la aspereza del aire
resultaba especialmente rigurosa para los inválidos de la multitud. El zumbido de
conversación, de excitación y de cierto temor, aumentaba a medida que crecía el
número de asistentes; los bien preparados organizadores, acomodadores y jóvenes
sacerdotes llamados para ayudar a manejar la enorme multitud que se esperaba, no
podían evitar un temblor a medida que se extendía la intoxicante atmósfera. Todos hablaban en susurros, de manera reverente, como si estuvieran dentro de una catedral,
pero aún así su número hacía que el conjunto fuera bastante ruidoso. Las sillas de
ruedas —cuyo paso a través del campo no había sido fácil porque la blanda tierra
había sido pisoteada y removida por demasiados pies—, empezaban ya a obstruir los
pasillos, y los organizadores tomaron mentalmente nota de que en el futuro debería
disponerse una zona apartada para tales inválidos.
Ben siguió corriendo, evitando esta vez caer en la trampa de los pies, limitándose
a los bancos menos ocupados. Era un niño de siete años que disfrutaba de su juego,
ignorante de la tensión que reinaba en el recinto, perdido en la excitación de su propia
creación. Un camión cargado de sucios nazis estaba precipitándose contra él, y el
niño rodó bajo el banco situado a su derecha, disparando contra el conductor mientras
lo hacía. Luego se puso en pie de nuevo, continuando su carrera, temeroso, y
despertando él también temor. Era vagamente consciente de que el juego pronto
tendría que terminar; que su madre le había hecho prometer que regresaría a la iglesia
antes de que el campo se llenara demasiado. Si no se encontraba allí, estaría en casa
del párroco. Todavía no estaba demasiado lleno, había un montón de bancos vacíos,
un montón de oscuros callejones árabes, un montón de…
El hombre acababa de entrar en aquella determinada fila, y la acometida de Ben le
hizo perder el equilibrio y chocar violentamente contra el banco en el que se disponía
a sentarse. Sujetó al muchacho por los hombros, y Ben, asombrado y sin respiración,
levantó los ojos para mirarle. El hombre se encogió cuando vio cómo los ojos del
muchacho se abrían de par en par ante la sorpresa, y cómo abría también su boca, y
su cuerpo quedaba rígido. El hombre no pudo por menos de sonreír para
tranquilizarle, pero esto no hizo más que aumentar su grotesco aspecto.
Soltó su presa, y el muchacho se separó lentamente, sin apartar los ojos de la
llagada boca y nariz del hombre, la terrible desfiguración de la tuberculosis facial. Se
levantó la bufanda de seda, que había caído a consecuencia del choque con el niño, y
se cubrió otra vez la cara, algo que parecía natural en un día frío como aquél. No
debería haber estado allí, no con su terrible enfermedad; la gente tenía miedo de él;
los amigos, los supuestos amigos, tenían miedo de que su enfermedad fuera
contagiosa. En el pasado, la lupus vulgaris era conocida como «hocico de perro», y la
descripción era apropiada; a veces le trataban con cautela, como a un perro furioso,
temeroso de que pudiera morderles y ellos se tornaran igual que él. La enfermedad de
la piel era rara, pero eso no le daba ningún sentimiento de distinción, sino sólo una
sensación de desesperación, una sensación de impotencia y de furia por haber sido
elegido para llevar el espantoso estigma que, en su caso, ningún antibiótico podía
curar. Una última esperanza. Hoy, una última esperanza. Si no, si no podía volver a
sentir los labios de otra persona contra los suyos, no volver a mirar los ojos de otro
ser humano sin ver en ellos la repulsión apenas contenida —si no podía tocar a un
niño sin sentir que todos sus músculos se tensaban para echar a correr—, entonces,
todo aquello no tenía sentido, no había ninguna razón para seguir. ¿Qué tiene la vida que sea tan precioso como para que uno se sienta obligado a vivirla? Era mejor el
frío, el olvido insensible, que una existencia de desprecio. Observó al muchacho que
escapaba de él y trató de mantener aquella sensación de entumecimiento en su mente,
su única barrera contra la autocompasión. Ben corrió, temeroso ahora de aquel gran
campo, de aquella gente que seguía llegando, todos extraños, todos repentinamente
convertidos en una amenaza. Ya era hora de volver con mami; Indiana Jones se había
desvanecido sin los títulos de crédito finales.
—Tendrás que seguir. No hay ningún sitio para aparcar.
—Prensa.
Fenn se asomó por la ventanilla del coche y mostró su carné al policía.
—Ya, usted y ocho mil más. No se detenga.
Fenn reanudó su marcha, incorporándose de nuevo al lento tráfico.
—¡Otra vez un maldito día de carnaval! —murmuró.
—¿Qué? —preguntó Nancy.
—Resulta sorprendente cuántas personas vuelven para asistir a un espectáculo
gratis, ¿no?
—Me parece que un buen montón de ellas tienen motivos más poderosos que ése
para venir, Fenn.
—Quizá.
Se acercaban al sendero que conducía a la casa del párroco, y Fenn vio que
también estaba bloqueado por vehículos, probablemente los de los clérigos y
ayudantes que habían venido para el acto. Lanzó un juramento:
—Debería haber aclarado con Delgard que reservara un lugar para aparcar. Se
supone que yo soy «oficial».
—Imagino que deberíamos haber venido más temprano.
Nancy contempló a la multitud que iba arrastrando los pies, la cola que llegaba
hasta la calle, la Policía y los organizadores esforzándose en diversos puntos por
mantener cierto orden e impedir que la calzada quedara bloqueada. Se detuvo el
autocar que iba delante del coche de Fenn, y éste, de mala gana, tuvo que apretar el
pedal del freno. Nancy sacó la cabeza por la ventanilla para ver qué los había
detenido.
—Hay una ambulancia ahí delante, a la entrada del campo, me parece —le dijo
—. Sí, está descargando. ¡Jesús, un par de camillas!
—No me sorprende. Dentro de poco van a traer hasta a sus muertos.
Nancy hurgó en su bolso en busca de cigarrillos.
—No sé por qué sigues mostrándote tan cínico —dijo mientras encendía uno—.
Tienes que enfrentarte con ello, ha habido resultados.
—Lo sé, pero mira, mira allá.
Indicó el lado contrario de la carretera, en cuyo arcén habían montado tenderetes.
A través de los claros que la multitud dejaba en torno a los tenderetes pudieron ver
pequeñas estatuas y baratijas sagradas colgando de armazones de alambre, en tanto
que ajados pósters de la Virgen María, de la Virgen con el Niño y de la Virgen en la
Crucifixión colgaban fláccidamente de largos cordeles atados a las ramas de los
árboles, detrás de los puestos.
Captaron una visión de un cartel en el que aparecía el Papa tocado con sombrero
de cowboy, y otro, borroso, en el que le disparaban. Los comerciantes parecían
malhumorados, aunque el negocio parecía marchar bien. Una furgoneta de helados
era la más atestada de todas, y Fenn se preguntó si venderían polos con la imagen de
la Virgen.
—Me sorprende que lo permita vuestra Policía.
—Probablemente está demasiado ocupada manteniendo las multitudes bajo
control como para preocuparse de pequeños mercachifles sin licencia —replicó Fenn,
poniendo de nuevo el coche en marcha cuando la fila empezó a moverse.
—Parece como si nadie fuera a St. Joseph hoy —comentó Nancy mientras se
acercaba a la puerta de la iglesia.
Fenn vio cómo el policía que hacía circular la cola ante la cerrada puerta,
explicaba con paciencia a los más insistentes, que la misa se celebraría hoy en el
campo, no en la iglesia.
—No me extraña, hace un frío espantoso.
—Eso no les va a hacer ningún bien a algunos de estos inválidos. —Fenn sacudió
la cabeza, con disgusto—. No puedo comprender cómo sus médicos se lo permiten.
—No puedes detener a la naturaleza humana, Fenn. Si ellos creen que van a ser
curados, nada les detendrá. ¿Cómo te sentirías, dime, si tuvieras una enfermedad
incurable, o en fase terminal? ¿No aprovecharías una última posibilidad desesperada,
aunque supieras que la posibilidad de curar era sólo de una contra mil… o contra un
millón?
Él se encogió de hombros.
—¡Quién sabe!
—No tendrías nada que perder.
—Excepto sentirme absolutamente estúpido.
—¿Qué es la estupidez contra la posibilidad de volver a vivir?
Fenn permaneció en silencio, aceptando el punto de vista. Luego dijo:
—Mira la entrada del campo. Está atascada.
Ahora podían ver que la cola convergía hacia la puerta, procedente de ambas
direcciones y formando una desordenada masa frente a la entrada.
Si al menos vendieran entradas… —murmuró Fenn.
Siguieron moviéndose, más lentamente aún; coches, furgonetas y autocares
aparcados ahora parachoques contra parachoques, a lo largo de la carretera, dejaban
libre sólo la zona inmediata alrededor de la iglesia y la entrada del campo, gracias a la
acción de la Policía.
—¿Quieres bajar aquí, mientras yo busco algún sitio para aparcar? —sugirió
Fenn.
—Vas a ver a Delgard, ¿no?
Fenn asintió.
—Entonces me pegaré a ti.
—Haz lo que gustes.
—Como una lapa.
—De acuerdo.
Más adelante vio al conductor de un autocar discutiendo acaloradamente con un
policía, su vehículo metido a medias en el arcén de hierba. Suponiendo que la disputa
estaba acabada, Fenn giró repentinamente el volante hacia el vehículo y se detuvo
junto a su rueda trasera. Ásperos bocinazos saludaron su maniobra, mientras los
demás conductores se veían obligados a girar a su vez el volante y deslizarse por el
estrecho pasillo que Fenn había dejado entre su «Fiesta» alquilado y el tráfico que
venía del otro lado.
—¿Qué diablos estás haciendo, Fenn?
—El pasillo no es lo bastante ancho como para que el autocar aparque, de manera
que el conductor tendrá que marcharse, ahora que ha descargado a sus pasajeros.
—No parece que se esté moviendo.
—Lo hará.
Fenn tenía razón. Con un último gesto de disgusto, el conductor del autocar
desapareció en el interior del vehículo, y el autocar cobró repentinamente vida.
Penetró violentamente en el tráfico sin hacer ninguna señal y sin esperar a que
hubiera espacio. Fenn se lanzó rápidamente a ocupar el lugar vacío y dos coches más
siguieron su estrategia.
—¡Ahí lo tienes! —exclamó triunfalmente mientras echaba el freno de mano.
Salieron del coche y retrocedieron hacia St. Joseph, procurando hacerlo por el
lado de la calle contrario al de la cola.
—Hoy se congregarán aquí muchos miles de personas —observó Nancy,
envolviéndose el cuello con la bufanda para resguardarse del frío.
—Ya los hubo la semana pasada.
—Sí, pero no tantos. Ni siquiera el Papa podría arrastrar ese número de personas.
Pronto se vieron obligados a bajar a la calzada para no chocar con la gente
apiñada en torno a los puestos de venta. Se detuvieron para examinar más
detenidamente las mercancías.
—Increíble —comentó Fenn, sacudiendo la cabeza y sonriendo—: ¡Mira, mira
allí! —Señaló con la mano—. ¡Frascos con Tierra Sagrada del campo de la Madona!
¡Qué barbaridad!
Nancy tomó un pequeño recipiente cupuliforme transparente lleno de agua, en el
que aparecía una mal definida versión en plástico de la Virgen. Lo agitó, y los copos
de nieve casi borraron la imagen.
Fenn sacudió la cabeza de nuevo en un gesto de divertido desaliento al ver un
altar de trece centímetros, también de plástico, con pequeñas velas rojas dentro de
candelabros a ambos lados de una fotografía de Alice que, sin duda, había
remplazado apresuradamente a otra imagen santa. La fotografía, en blanco y negro,
era una reproducción de un periódico, porque la ampliación revelaba con mucha
crudeza los finos puntos impresos.
Nancy señaló a una gruta, pintada de blanco, cuyas luces relampagueaban
intermitentemente revelando una Virgen y lo que sólo podía ser Bernadette de
Lourdes.
Observaron cómo un peregrino cogía una diminuta muñeca, que se parecía
ligeramente a Alice Pagett, y una parodia mecánica de voz infantil decía: «Dios te
salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo…»
—¡Increíble! —exclamó Fenn—. ¿Cómo pueden manufacturar estas cosas con
tanta rapidez?
—Lo llaman iniciativa —explicó Nancy, a la que no divertían aquellas
trivialidades—. Son sólo rápidas y sencillas adaptaciones de la mercancía que llevan
años vendiendo. Apostaría a que bajo esas etiquetas que rezan «Alice, la autora de
milagros» o «Nuestra Señora de Banfield», encontrarás otras que se refieren a algo
totalmente distinto.
Luego pasaron delante de medallones de todas las formas y tamaños imaginables,
crucifijos sencillos y ricos, porcelana china, bolsos de mano e incluso sombrillas,
aludiendo de alguna manera al hecho de que todos los objetos estaban tocados por la
santidad. Se acercaban a un hombre que vendía postales de pueblos de Sussex,
aunque Banfield no figuraba entre ellos. Fenn rechazó la oferta con abstraído
ademán.
Cruzaron la calle cuando se encontraron frente a la puerta que conducía a St.
Joseph, sorteando los coches que se movían con lentitud y zambulléndose en la cola.
El policía al que habían visto antes dirigir a la multitud, les impedía ahora el paso.
Fenn sacó su carné de Prensa.
—Monseñor Delgard me está esperando.
El policía se volvió hacia uno de los organizadores, que estaba oculto más allá de
la entrada.
—¿Sabe usted algo de un tal Mr. Gerald Fenn?
El hombrecillo, que había hablado con Fenn en una ocasión anterior, asintió con
la cabeza.
—Está bien, puede dejarle pasar.
La puerta osciló para abrirse, y Nancy hizo el gesto de acompañar a Fenn.
—Lo siento, señorita, sólo Mr. Fenn.
—Yo voy con él. —Nancy abrió el bolso y sacó el carné de Prensa—. Mire, soy
también de la Prensa.
—Miss… ¿Shelbeck?
El policía examinó el carné y se volvió de nuevo hacia el otro hombre.
—No, no sé nada de ella.
—Lo siento, señorita, tendrá usted que usar la entrada de más abajo. Sólo se
permite pasar aquí a las personas autorizadas.
—Pero ya se lo he dicho; voy con él.
Señaló a Fenn, el cual procuraba no sonreír.
—Me gustaría complacerla, señorita, pero me temo que no puedo.
—Fenn, ¿quieres hablar con este individuo?
—Lo siento, Nancy, supongo que las órdenes son las órdenes.
—¡Bastardo! Sabías que iba a pasar esto.
Fenn levantó las manos en una negativa burlona.
—¿Y cómo podía saberlo?
La boca de Nancy se convirtió en una línea recta.
—Bueno, mire, oficial, soy del Washington Post. Estoy aquí para cubrir esta
información…
—Seguro que tiene razón… —replicó el policía, cortés, pero firmemente—, pero
sólo si se une a la cola. Puede usted seguir ahí delante, limítese a mostrar su carné de
Prensa.
—Pero… —Nancy comprendió que no tenía objeto discutir—. Te veré más tarde
—dijo bruscamente a Fenn antes de abrirse paso hacia la multitud.
Fenn cruzó la puerta, con una amplia sonrisa brillando en su cara, sonrisa que fue
desvaneciéndose lentamente a medida que avanzaba por el sendero hacia la iglesia.
Se sentía incómodo, como si el viejo edificio estuviera observándole, y la negra
puerta abierta esperase devorar su alma. Si es que existía eso que llaman alma. Él no
estaba seguro (no había llegado a ninguna conclusión definida —¿y cómo podía
llegar alguien?)—, pero le parecía que creía en la «chispa» de la vida, una esencia
interior que daba al hombre su impulso y generaba energía y pensamientos, a través
de impulsos derivados químicamente. Una tenue luz piloto, si se prefiere, necesaria
para ponerlo todo en movimiento. Así que, ¿qué era Dios? ¿Una chispa mayor? ¿Eran
él y todos los demás sólo vástagos del mayor? ¿O Dios era todo lo que las diferentes
religiones querían que fuese? ¿Y eso importaba realmente? No a Fenn. Y quizá
tampoco a Dios.
Pero la iglesia le desconcertaba. Había en ella una frialdad que parecía hacerse
más y más perceptible cada vez que la visitaba… a menos que él mismo estuviera
absorbiendo los temores del padre Hagan, primero, y ahora de Delgard.
«Espiritualmente vacía» era una extraña expresión para alguien que no tenía
especiales creencias en esa dirección, así que, ¿por qué le parecía tan adecuada? Se
había sentido decepcionado de que su investigación de aquella semana no hubiera
descubierto profundos misterios o actividades calumniosas en torno a St. Joseph o al
pueblo, pero sólo porque ello habría proporcionado una historia interesante, quizá
intrigante. Sin embargo, ¿había sido tan cínico cuando inició la investigación, o se trataba sólo de racionalización después de descubrir que no había esqueletos
encerrados?
Recordó que su ataque a los archivos había sido casi obsesivo. El incendio, las
muertes del cura y del padre de Alice, lo extraño de la propia Alice y las veladas
insinuaciones de monseñor Delgard habían introducido dudas y sospechas en su
propia mente, habían despertado en él un especial temor, un temor que él no había
comprendido y ni podía ignorar. Quizá la semana de incesante investigación le había
liberado del temor, confundiendo el verdadero propósito de sus investigaciones la
multitud de hechos y fechas históricos mundanos.
Permaneció de pie frente al viejo edificio y contempló la pequeña torre. Sus
orígenes eran muy antiguos —nadie estaba seguro de la época—, y Fenn se preguntó
cuántas cosas habrían contemplado las viejas piedras, cómo los tiempos habían
cambiado bajo sus agujas, intensificándose dichos cambios con cada nuevo siglo.
Había resistido o partes de él habían resistido desde la Inglaterra premedieval hasta la
Era de los microchips y los cohetes espaciales, a través de la brujería y la superstición
hasta la Era del realismo. Si la iglesia fuera humana; si la piedra y el mortero fueran
carne y sangre; las ventanas, sus ojos, y el altar, su cerebro, ¿cómo absorbería
aquellos vastos cambios, qué efecto tendrían en su ser viviente? ¿Y sobreviviría su
aura espiritual al devastador ataque de materialismo? ¿O transmitirían los años
dadores de sabiduría una nueva percepción, que superaría con mucho los logros del
conocimiento científico?
Sacudió la cabeza. Allí estaba Fenn, un filósofo a pesar de todo. Era sólo un
montón de piedras lo que se alzaba ante él, sin sentimientos, sin cerebro, y sin alma.
Hecho por el hombre, envasado y sellado por la Iglesia católica. Fin de la profunda
contemplación filosófica. Unos pasos le hicieron volverse bruscamente.
—¿Puedo servirle en algo?
Era un sacerdote distinto del joven irlandés con el que Fenn hablara en la iglesia
más de una semana antes.
—¡Ah, sí! Me llamo Fenn. Estoy buscando a monseñor Delgard.
—¡Oh, sí, Mr. Fenn, he oído hablar de usted! Acabo de dejar a monseñor en el
presbiterio.
—Gracias.
El periodista se volvió hacia dicha dirección.
—Está muy ocupado ahora, preparándose para la misa.
—No le robaré demasiado tiempo —replicó Fenn por encima del hombro.
El sacerdote entró en la iglesia.
Mientras caminaba, Fenn pudo ver a la multitud reunida en el campo justo más
allá del cementerio. Se detuvo y entornó los ojos, mirando hacia el distante roble y
contemplando con interés la plataforma construida delante de él, el altar. «La hora del
espectáculo», murmuró, y siguió su camino.
Dio un golpecito en la puerta del presbiterio y luego llamó al timbre, su método usual de anunciar su llegada cuando se le daban dos opciones, y levantó los ojos con
sorpresa al ver que era Sue la que respondía.
—Hola —dijo.
—Hola, Gerry.
—¿Estás en el equipo ahora?
—Sólo ayudando. ¡Hay tanto que hacer! —Sue se echó a un lado, para que
pudiera entrar—. ¿Querías ver a monseñor Delgard? —preguntó Sue, y luego añadió
inútilmente—: Claro que querías.
—Me alegro de verte. —Y se alegraba, aun cuando la mujer parecía cansada, con
oscuras ojeras y un pelo que no se veía tan elástico y vibrante como de costumbre—.
¿No duermes mucho últimamente, Sue?
—¿Qué? —La mujer se apartó un mechón de pelo de la cara y desvió la mirada
como si se sintiera molesta—. ¡Oh, no, no, estoy bien! —añadió con falsa animación
—. Trabajando demasiado duro, supongo.
Fenn se acercó.
—Haciendo dos trabajos: en la emisora de Radio y en la iglesia.
—St. Joseph no me lleva realmente demasiado tiempo.
—¿Qué haces aquí?
—No estoy sola; algunas mujeres del pueblo vienen a ayudar. Limpiamos la
iglesia, la casa. Compramos la comida para monseñor; él está terriblemente ocupado,
ya sabes. Esta mañana he estado respondiendo al teléfono en su nombre; parece como
si no hubieran dejado de llamar ni un momento.
—¿Y atendiendo la puerta?
—Sí, también.
—¿Está contigo Ben?
—Está por ahí, en alguna parte, en el campo, creo. Te he llamado un montón de
veces esta… la pasada… semana.
Sue miró a Fenn con preocupación.
Él sonrió, encantado de que ella la tuviera.
—He estado agobiado de trabajo. Pensé que necesitaba alejarme de la gente
durante un tiempo.
—No estabas en el Courier.
—No; he tenido que hacer algunas averiguaciones para monseñor Delgard.
Lamento que no pudieras encontrarme, pero no sabía que lo quisieras.
—¿Después del accidente de la semana pasada, del incendio? ¿No pensaste que
me preocuparía? Oí que habías tenido algo que ver.
Sus ojos brillaron suavemente.
—¡Oh, Jesu…! Realmente lo siento, Sue, pero ya sabes que te habías mostrado
muy rara conmigo. Ni siquiera sabía que quisieras volver a verme.
Alargó el brazo y puso una mano en el de ella.
Ella bajó los ojos, e iba a decir algo cuando sonó el teléfono, muy cerca, en el pasillo.
—Tengo que contestar. —Se alejó de él y cogió el auricular—. ¡Oh, señor obispo!
Sí, ¿quiere hablar con monseñor? No, hace mucho rato que no estoy allí, pero uno de
los sacerdotes me dijo que va llegando mucha gente… Delgard salió de una puerta
que daba al pasillo. Sonrió e hizo un pequeño ademán al ver a Fenn. Sue le tendió el
teléfono, susurrando:
—Es el obispo Caines, que quiere saber cómo va todo.
Delgard asintió y tomó el teléfono. Sue se volvió hacia Fenn.
—Hay mucho barullo ahora —dijo en voz baja, para no molestar al sacerdote.
—¿Puedo verte más tarde? —preguntó Fenn, sintiéndose ligeramente ridículo de
tener que pedirlo.
—¿Quieres verme realmente?
—¿Qué clase de pregunta es ésa?
—¿Dónde estuviste la semana pasada? Quiero decir, ¿dónde te alojaste?
La mentira surgió fácilmente. Sólo que él no quiso decirla.
—Hablaremos de eso más tarde.
Se sorprendió a sí mismo por no haberle contestado inmediatamente que se había
alojado en un hotel de Chichester, cerca de la casa de John Dene, donde se guardaban
los archivos históricos de Sussex.
—¿No me estás ocultando algo?
Él decidió que no podía ser del todo honesto.
—Nada —repuso.
Delgard había colgado el auricular y se dirigía hacia ellos.
—Gerry, me alegro realmente de volver a verle. Pensé que quizá le había
asustado.
Sue miró al sacerdote agudamente, pero no dijo nada.
—No sabe usted cuánto me dio que masticar —dijo Fenn—. No había empollado
tanto desde que dejé la escuela. —Y añadió, como reflexionando mejor—: Aunque
me temo que tampoco empollé mucho entonces.
—Puede usted contármelo camino de la iglesia. Tengo que ir a revestirme para la
misa.
—¿Va usted a celebrar el servicio?
—Al parecer, he heredado una parroquia, al menos temporalmente. Susan,
¿querrá usted cuidar de Alice y de su madre mientras nosotros vamos a la sacristía?
—¿Está aquí Alice? ¿En la casa?
La voz de Fenn se alzó a causa de la sorpresa.
—Pensé que lo mejor sería que la instaláramos aquí al principio. De esta manera
no tendrá que abrirse camino a la fuerza a través de toda la gente que ha venido a
verle. Sólo tendremos que cruzar el patio de la iglesia para ir al campo.
—Parece una buena idea. ¿Puedo verla?
—Yo debo prepararme para el servicio ahora, y estoy ansioso por saber lo que ha descubierto usted. Me gustaría que viniera a la iglesia conmigo.
—Desde luego. ¿Quizá más tarde?
El sacerdote no respondió, pero consultó su reloj y dijo a Sue:
—El obispo Caines viene de camino; estará aquí dentro de veinte minutos más o
menos, si el tráfico no se lo impide. ¿Querrá usted esperar aquí con Alice y la
Reverenda Madre hasta que él llegue, y luego llevarlos a su lugar antes que empiece
la misa?
La joven asintió.
—Tal vez el obispo llegue con algún séquito.
—Cuidaré de ellos, monseñor.
Delgard sonrió dando las gracias y llevó a Fenn afuera. Mientras se dirigían a la
iglesia, comentó:
—Parece usted cansado, Gerry.
—Mire, iba a decir lo mismo de usted. Y de Sue. Creo que ella se ha cargado
demasiado sobre sus hombros.
—Quizá todos lo hemos hecho. —Volvió la cabeza para examinar la cara del
reportero—. Es una buena mujer, muy capaz, muy sincera. Me dijo que su fe se había
desviado durante un tiempo, pero que ahora parece haber regresado con renovado
vigor.
—¿A causa de Alice?
—Dicen que el verdadero milagro de Lourdes no son las curaciones, sino el
fortalecimiento, e incluso la iniciación de la fe en muchos peregrinos. —Sue parece
haber pillado el microbio.
El cura rió.
—Creo que es una descripción apropiada. Es más bien como pillar un microbio,
aunque no hay efectos dañinos, sino sólo buenos.
—Eso es cuestión de opinión.
—¡Ah, sí, veo que su relación está sufriendo cierta tensión! Pero no puede usted
echar la culpa de eso a Sue, ¿verdad Gerry?
—No del todo.
Delgard pensó que sería mejor cambiar de tema; había cuestiones mucho más
importantes que le preocupaban en aquel momento. Fenn era un joven impulsivo, y
ciertamente egoísta. Algunos aspectos de su escepticismo eran saludables y,
evidentemente, intrínsecos a la profesión que él había elegido, en tanto que otros
eran, en cierto modo, destructivos. Había en él un aire de crueldad, aunque a menudo
esto aparecía disfrazado bajo una actitud aparentemente indiferente; aunque Delgard
sospechaba que el reportero era un hombre compasivo, y que esta sensibilidad se
ocultaba bajo una capa exterior de indiferencia. La comprensión del sacerdote
respecto a la naturaleza humana a través de años de escuchar, ahondar y consolar, era
lo que permitía que su dura valoración —que no juicio— de Fenn fuera atemperada
por impresiones más suaves. El hombre en cuestión era complejo, pero, en última instancia, simpático, alguien cuyas faltas podían irritar, pero que pronto serían
olvidadas.
—¿Ha descubierto algo de interés, Gerry? —preguntó Delgard.
Fenn hizo una profunda inspiración.
—Nada que guarde relación con nuestro… su particular problema. Pondré a
máquina mis notas para usted, con cierto orden, dando fechas y nombres correctos,
pero ahora puedo hacerle una especie de resumen.
Llegaron a la puerta de la iglesia, y Fenn se estremeció cuando entraron en el
oscuro interior.
—Hace frío.
—Sí —fue todo lo que el sacerdote dijo.
La iglesia estaba vacía, y el cura con el que Fenn se había encontrado antes debía
de estar ahora en la sacristía, o quizá se había unido a la multitud del campo.
—Sentémonos aquí.
Delgard señaló a uno de los bancos.
—Pensaba que tenía usted prisa.
—Hay tiempo de hablar. Por favor, continúe.
Se sentaron: Fenn, en uno de los bancos, y Delgard, en el de delante, con el
cuerpo girado, para dar la cara al reportero, y, por tanto, de espaldas al altar.
—De acuerdo, aquí está —dijo Fenn, sacándose del bolsillo una libreta de notas
—. Me temo que este lugar no tiene muchas cosas que le hagan famoso. Rectifico: no
tiene nada. Su primera mención oficial se remonta al 770 de nuestra Era, cuando los
sajones poseían un castillo cercano en Stretham. Al señor feudal le concedió un
estatuto Osmund, el rey de los sajones occidentales, para ceder quince hides de tierra
con los que dotar a la iglesia de Banefelde. Probablemente se trataba de ésta, St.
Joseph, ya que no hay mención de que existieran otras iglesias en el lugar en aquella
época. El nombre del pueblo parece haber variado a lo largo de los años, digamos de
pasada. Banefelde, Banedryll, Banefeld, sin la «e» final y, al fin, Banfield.
»Antes de la llegada de los sajones, los hombres prehistóricos habían recorrido el
condado de Este a Oeste, y en su camino establecieron el asentamiento que, con el
tiempo, se convirtió en este pueblo. Recordará usted que esta parte del país era casi
todo bosque; el poblado fue en su día probablemente sólo un pequeño claro en el
bosque.
»Su segunda mención oficial aparece en el Estudio de Domesday en el 1085,
cuando Guillermo el Conquistador quiso saber cuánto valían sus posesiones y quién
estaba en ellas exactamente. No parecen haber ocurrido muchas cosas desde
entonces. Un poco de excitación durante la época de la Reforma y la Guerra Civil, en
el siglo siguiente. Sesenta y dos lugareños murieron de peste en el siglo XVII. Pocas
más cosas de importancia hasta que se convirtió en parada de diligencias en el
trayecto de Londres a Brighton, en el XVIII. ¡Oh, sí! entonces fue cuando fundó su
propio asilo para pobres, para los indigentes de la parroquia. Los habitantes del pueblo consiguieron también su primera línea de ferrocarril en 1880, y la conservaron
hasta las reducciones de cien años más tarde. Podría ser que la línea fuera
restablecida, con toda la atención que Banfield está despertando ahora.
»A lo largo de los años aparecen algunos nombres familiares, algunos de ellos se
remontan a los siglos XIII y XIV. Southworth es uno de ellos. Otros dos, Backshield y
Oswold, están con él en el concejo municipal. Hay un Smythe que consigue varias
menciones, Breedehame, Woolgar, Adams y un tal Charles Dunning, que parece
haber tenido cierta relevancia. Fue investido caballero en tiempo de Enrique VIII. La
mayoría fueron propietarios y granjeros independientes. Hubo conflictos entre
algunas familias durante la Guerra Civil unos apoyaban a Carlos I, y otros estaban
con Cromwell.
Conociendo los odios hereditarios que se dan en los pueblos, es probable que
sigan enemistados hoy en día. Algunos de los lugareños han estado implicados en el
contrabando. Supongo que era un camino abierto desde la costa, con multitud de
lugares para ocultar la mercancía en el camino. Eso fue toda la actividad fraudulenta
que se llevó a cabo, o, al menos, la que ha sido registrada.
Fenn sonrió al sacerdote.
Delgard esperó a que el reportero continuara, y frunció el ceño cuando no lo hizo.
—¿Eso es todo? —preguntó, sorprendido.
—El esqueleto, al menos. Ya tendrá los detalles en mis notas mecanografiadas.
Siento no poder proporcionar datos sobre asesinatos, sacrificios paganos o quema de
brujas, pero simplemente no sucedieron.
—Es una especie de anticlímax.
—Especialmente cuando uno ha examinado todo lo que hay escrito sobre el lugar
desde la época sajona. Los callejones sin salida nunca son divertidos.
—¿Y la iglesia? Debe de haber algo más sobre la iglesia.
—Lo hay. Aunque no mucho. En Inglaterra, Sussex fue una de las últimas
fortalezas paganas. Estaba limitada al Norte por bosques, al Este y el Oeste, por las
marismas, y al Sur, por el mar. Agustín y sus seguidores cristianos de Roma
consiguieron pocas conversiones en aquella época. Le correspondió a un obispo
llamado Wilfred —que había sido empujado a las costas de Sussex por mares
tempestuosos— llevar a cabo la penetración. Quedó asombrado del salvajismo
existente, y decidió volver y convertir a los habitantes. Lo hizo, veinte años más
tarde, y consiguió su propósito. La Historia sigue diciendo que Banfield, o Banefelde,
como era conocida entonces, fue uno de los pueblos que más resistió. Lo interesante
es que la primera iglesia cristiana —y no podemos hacer otra cosa que suponer que
era St. Joseph— fue construida sobre un lugar de adoración pagana. Y sus
cementerios.
Había una frialdad en la mirada de Delgard que era más bien un reflejo de sus
pensamientos, y no se dirigía a Fenn. Dijo:
—Eso probablemente no tiene importancia; muchas iglesias han sido construidas sobre altares paganos como un rechazo firme y simbólico de lo que anteriormente
había tenido lugar. Y los cementerios siempre han sido sagrados en las mentes de los
hombres, tanto cristianos como paganos.
—Desde luego. Es sólo una exposición simple de un hecho, por mi parte, no una
insinuación.
El sacerdote asintió.
—Por favor siga.
—El primer coadjutor de que se hace mención aquí fue… —Fenn consultó su
libreta de notas—…un tal John Fletcher. Eso sucedió en 1205. Los archivos de la
iglesia, digamos de pasada, sólo se remontan hasta 1565, y tratan sólo de
matrimonios y fallecimientos. Conseguí la información sobre Fletcher en el pueblo.
—¿Está usted seguro?
—Sí. Pero descubrí algo más, de lo que hablaré dentro de un momento. Como he
dicho antes, Banfield se mostró especialmente resistente al obispo Wilfred y sus
seguidores cuando éstos empezaron a convertir a la gente de Sussex. Se derramó
mucha sangre. Sin embargo, una vez que la iglesia se estableció, ya no hubo más
problemas, al menos, no se ha registrado ninguno. Algunos conflictos con Carlos II
—el pastor de aquí era realista y estuvo implicado en la huida del rey a través de los
Downs hacia la costa, en donde tomó un barco para Francia—. Cromwell hizo
ejecutar al párroco. Aparte eso, el clero no se había distinguido demasiado en
Banfield; nada de escándalos, ni apropiación de fondos de la Iglesia, ni anarquía.
»Pero los archivos no se remontan más que hasta el siglo XVI. No sabemos cómo
esta iglesia se vio afectada por la extensión del luteranismo en Inglaterra. Éstos
fueron tiempos difíciles para los católicos.
»La Reforma produjo cambios y problemas en todas las iglesias de esta región,
pero no he podido encontrar nada específico sobre St. Joseph. Uno o dos dignatarios
de la zona tuvieron grandes problemas cuando se negaron a jurar vasallaje a
Enrique VIII como cabeza de la Iglesia de Inglaterra, pero la mayoría decidió aceptar
la idea en aras de la paz. Además, muchos se beneficiaron de la transformación;
Enrique VIII se dedicaba a vender las tierras disponibles después de la disolución de
los monasterios, y los miembros de la pequeña nobleza eran los recipiendarios.
Algo empezaba a incordiar en el fondo de la mente de Delgard, un pensamiento
atormentador que se disolvía como un sueño perturbador cuando trataba de
localizarlo.
—Había facciones opuestas en Banfield —continuó Fenn—, y la controversia fue
utilizada probablemente para continuar enemistades antiguas que habían permanecido
dormidas durante algún tiempo. De todas maneras, en los archivos no hay registros de
la iglesia que abarquen ese período. Y eso nos lleva al asunto que mencioné antes.
Delgard se inclinó hacia el reportero, como si quisiera oírle en confesión.
—¿Existe un viejo cofre en algún lugar de la iglesia? —preguntó Fenn.
El sacerdote le miró con sorpresa.
—¿Un viejo cofre hecho de gruesa madera de roble? —prosiguió Fenn—. Está
rodeado de flejes de hierro de Sussex. Y… ¡oh, sí, tiene tres candados! El sacerdote
sacudió lentamente la cabeza.
—No sé nada de semejante cofre. No lo he visto.
—¿No podría estar guardado en algún lugar?
—Hay sólo la sacristía y la cripta. Estoy seguro de que no está en ninguno de los
dos lugares.
—¿Y en la casa parroquial? ¿En el desván?
—¿Qué tamaño tiene el cofre?
—No estoy seguro. Un metro sesenta por sesenta centímetros. Es antiguo, data
del siglo XIV.
—No, no está en el presbiterio. ¿Por qué es importante?
—Porque en él se guardan viejos documentos, objetos de valor, libros y registros
de la iglesia. Hallé mención de él en los archivos. Enrique VIII ordenó que cada
iglesia tuviera un cofre sólido, pagado por los feligreses, en el que se guardaran los
registros. Eso ocurrió en el siglo XV, más o menos, pero, según los archivos, Banfield
tenía ya su propio cofre, que se remontaba a dos siglos antes. Podríamos descubrir
muchas más cosas sobre St. Joseph gracias a él.
Era importante. De alguna manera, Delgard sabía que el cofre era importante.
Tenía alguna relación con el escurridizo pensamiento que lo había asaltado momentos
antes.
—Puedo registrar la cripta más tarde, después de la misa.
—Yo puedo hacerlo ahora.
Delgard vaciló, consultó su reloj y dijo:
—Muy bien. Venga conmigo a la sacristía y le daré la llave. La entrada de la
cripta está fuera.
Se puso en pie, un hombre alto, de ropas oscuras y ojos marcados por profundos
círculos. Fenn, todavía sentado, levantó su mirada hacia él y recordó lo indomable
que le había parecido el sacerdote cuando le viera por primera vez; ahora parecía
haberse desvanecido algo de aquella fuerza, como si Delgard se estuviera
encogiendo, su vibración no desaparecida, pero sí disminuida. Aunque el cambio
apenas era perceptible, Fenn estaba seguro de que no se trataba de su propia
imaginación.
—¿Algo no va bien? —preguntó el sacerdote.
Fenn se serenó.
—¡Uh, no, sólo estaba pensando! Vamos por la llave.
Mientras caminaba hacia la sacristía, los pasos sonaban extrañamente fuertes en
la vacía iglesia. Fenn echó una mirada de reojo a la estatua de la Virgen. No quedaba
ninguna blancura en ella.