Santuario

James Herbert · Capítulo 35 de 49

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Santuario

Veintinueve

 

«¿Cómo estás?» —gorjeo ella—.

Me alegro de que no sea ayer, ¿verdad?

 

Poliana

ELEANOR H. PORTER

 

Riordan cerró cuidadosamente la puerta del establo, pues no deseaba molestar a

las criaturas del interior; ya estaban bastante nerviosas. Cruzó el patio y se dirigió a la

puerta trasera de la granja, guiado, en su camino hacia la cálida atmósfera del interior,

por las luces de las ventanas. Sacudió la cabeza y murmuró algo para sí. Los tiempos

eran ya bastante difíciles de por sí, sin necesidad de que el ganado diera guerra. Se

detuvo un momento y escuchó, mientras el frío le envolvía como el brazal de un

esfigmomanómetro. Aquel condenado perro volvía a aullar como un hada maligna en

la noche. El que empezaba siempre era el perro mestizo del viejo Fairman. El suyo,

Biddy, sería el siguiente, y luego seguiría el de Rixby, en la casa de más abajo de la

carretera. Tres noches llevaban así, ¡y ni siquiera había luna, que excitara a los

perros! Como si fuera una señal convenida, su perra labrador, Biddy, empezó a gañir

y luego a aullar desde el interior de la casa.

Quizás era el foco que estaba encendido toda la noche en el campo de allá abajo.

Parecía bastante misteriosa la forma en que alumbraba aquel condenado roble; quizás

el perro de Fairman podía ver el resplandor desde su perrera y reaccionaba ante

aquella luz tan poco familiar para él. A Riordan nunca le había gustado el árbol

cuando era propietario del campo donde se alzaba, aunque jamás comprendió por qué

—sólo por su fealdad, suponía—, pero el campo se usaba sólo para pastar, de manera

que el roble no hacía ningún daño, por lo cual no valía la pena preocuparse por él. Sin

embargo, la tierra pertenecía ahora a la iglesia, que había pagado un buen precio por

ella. No podía imaginar por qué pensaban que un roble muerto era especial sólo

porque una niña hacía cosas peculiares ante él. Pero era una condenada molestia tener

la luz encendida así, asustando a los perros.

Oyó que su mujer reñía a Biddy dentro de la casa, gritándole que se estuviera

quieta.

¡Y era también una maldita molestia que todas aquellas personas invadieran el

campo los domingos! Eso era lo que su ganado temía; los animales se mantenían

lejos de la zona, acurrucados en el extremo más lejano de su propio campo, como si

creyeran que la multitud pudiera causarles daño; lo miraban con ojos desorbitados

cuando él llegaba para llevarlos al corral, y temblaban como si hubiera tormenta en el

aire.

Permaneció en medio del patio mirando más allá del cubierto pozo de ensilaje y

almacén de maquinaria y observando el rayo de luz que cortaba el azul índigo del cielo dos campos más allá. De alguna manera, incluso a él le hacía sentirse incómodo.

Era un intruso plateado, poco familiar y mal recibido, que perturbaba la estabilidad de

la noche campestre. Levantó la mirada a las estrellas: el cielo estaba claro, no había

nubes que empañaran los enjambres resplandecientes; sin embargo, había tormenta en

el aire, una electricidad que le hacía hormiguear los sentidos. Era algo sobrenatural y

no le gustaba, no le gustaba ni un pelo. Cuando los perros aullaban por la noche, era

generalmente un aviso de muerte; esta noche, de pie allí solo, en el patio, con el frío y

la oscuridad abrazándole como hermanas de la opresión, presintió que el aullido era

una advertencia de algo más. Mucho más.

 

¡Oh, maldita sea, no más problemas! Terminó cuidadosamente de llenar el vaso

de cerveza, ignorando las roncas voces procedentes del otro extremo del bar. Tomó el

dinero de la ronda, lo metió en la registradora, y luego, sin darle importancia, se

dirigió hacia la fuente del problema, suspirando levemente cuando descubrió que eran

tres individuos de la localidad los que estaban creando el alboroto.

Él era un hombre grandote, aunque no rudo, y su simple entrada en escena

bastaba en general para pacificar al más beligerante de los clientes. Había tenido que

hacer sentir su presencia dos veces aquella noche, y una —por desgracia sin resultado

— la noche anterior. Aunque agradecía el negocio extra que toda aquella publicidad

le proporcionaba, ya no recibía con tanto agrado la exasperación que lo había

acompañado. El «White Hart» había sido siempre una taberna pacífica —al menos,

relativamente—, y él tenía intención de que siguiera siéndolo. —De acuerdo, chicos,

ahora tranquilos.

Ellos le miraron con resentimiento, pero —se imaginó él— con respeto. Sin

embargo, el vaso que pasó volando por encima de su cabeza no tenía nada de

respetuoso. No pudo hacer otra cosa sino mirar a los tres hombres, aturdido, mientras

éstos se abrían paso a través del atestado local y desaparecían en el exterior, soltando

una obscenidad como despedida.

Toda conversación había cesado cuando el vaso se estrelló contra el espejo

situado detrás de la barra, y ahora los clientes observaban al alto barman, tan

sorprendidos como él. Una camarera acudió apresuradamente a limpiar la cerveza

derramada y recoger los trozos de cristal; el barman no dejaba de sacudir la cabeza,

asombrado.

—¿Qué le pasa hoy a todo el mundo? —dijo, y sus clientes inclinaron las cabezas

en un gesto de simpatía.

La conversación se reanudó —primero, un hilillo de agua, y luego, un torrente—,

y el barman se volvió de espaldas a la barra y se sirvió un whisky doble, rompiendo

así su propia regla de no beber nunca antes de las diez. A aquellos tres les prohibiría

la entrada, se dijo hoscamente. Nunca le habían causado problemas antes, pero estaba

convencido de que no se los volverían a causar nunca más. ¿Qué estaba sucediendo en Banfield? Había sido una localidad viva, boyante, a lo largo de las últimas

semanas, pero el humor parecía estar cambiando. Por la noche parecía planear una

pesadez sobre el pueblo, como en verano cuando negras y tristes nubes se ciernen

bajas y amenazadoras; no obstante, el aire, afuera, era vivificante y no había nubes.

Ingirió de un trago el whisky e hizo una mueca, aunque agradeció el calorcillo que

le proporcionaba.

 

—¡Lo prometiste, bastardo!

Tucker alzó una mano como para aplacar su malhumor, mientras mantenía fija su

mirada en la carretera.

—Son los primeros días, Paula —dijo apaciguadoramente—. Aún no sé si los

planos van a ser aprobados.

—Lo sabes, bastardo. ¡Todo va a ser aprobado!

—No, no, hemos de esperar a que el Concejo Comarcal dé el visto bueno, y ya

sabes cuán lentos son. Y aunque concedan el permiso para los proyectos, se tardará

otro año, y quizá más, en construir un supermercado.

—Dijiste que ibas a comprar un par de tiendas en la Calle Mayor y convertirlas en

una.

—Lo haría, pero nadie quiere vender, ahora que es probable un boom.

Esto no era cierto, porque él había hecho tentadoras ofertas por dos tiendas, una al

lado de otra, cuyos propietarios eran gente mayor y más bien temían la aglomeración

que la deseaban. No tenía objeto decírselo a Paula hasta que la venta fuera un hecho.

¡En qué pesadilla se estaba convirtiendo la mujer!

—Aun así, y aunque construyas un nuevo supermercado, ¿por qué no puedes

decir que sí a que yo regente el viejo? Al menos sabré a qué atenerme.

—Paula, hay un montón de cosas más de las que ocuparse…

—¡Lo prometiste!

El «XJS» se desvió cuando ella le golpeó en el brazo.

—¡Maldita sea, Paula!, ¿qué te pasa? Vas a conseguir que nos salgamos de la

carretera.

Tucker soltó un chillido mientras ella arremetía contra el volante.

—¡Paula!

Empujándola hacia atrás con una mano y gobernando el coche con la otra,

maldijo silenciosamente el día en que se mezcló con ella. Comprendió que había

juzgado erróneamente a Paula. Era estúpida, pero también calculadora. Redujo la

velocidad del «Jaguard» y abandonó la autopista principal para meterse en una

carretera secundaria. Detuvo el coche, paró el motor y apagó las luces.

—Ahora mira, pequeña… —empezó a decir.

—¡No te importo un comino! ¡Sólo me quieres para una cosa!

«Bastante cierto», pensó Tucker.

—No seas tonta. Ya sabes cuánto pienso en ti.

—¡No te importo! ¿Qué es lo que me has dado?

—Bueno, aquellos pendientes por Navidad…

—¡Bastardo! Ni siquiera sabes de qué te estoy hablando.

Aunque el coche estaba parado, las manos del hombre agarraban el volante,

mientras seguía observando la carretera delante de él. Un frenético pájaro o

murciélago revoloteaba al otro lado del parabrisas. Su presa se hizo más rígida, y las

palabras le brotaron de unos apretados labios:

—¡Dime de qué estás hablando, Paula!

—¡Pues de mi vida! ¡De mí! ¡De mi futuro! Te he ayudado a ti y a tu negocio. He

trabajado por ti noche y día, nunca me he quejado.

Los ojos de Tucker expresaron asombro.

—…siempre estaba allí cuando me necesitabas. Siempre disponible, para el

negocio o el placer. He hecho tanto por ti…

—¿De qué demonios estás hablando? Te he dado un buen empleo, te he hecho

regalos, te he llevado a…

—¡Un sórdido motel! ¡Ése es tu estilo! ¡Y haces mejores regalos a tu mujer! ¡Ya

la he visto paseando por el pueblo con su asqueroso abrigo de pieles y sus joyas!

—¿Quieres un abrigo de pieles? ¡Pues te compraré un abrigo de pieles!

—¡No quiero un jodido abrigo de pieles! ¡Quiero algo más!

—¡Pues dime qué!

—¡Quiero el supermercado!

Se abrió un asombrado silencio en el coche durante unos momentos. Luego, el

hombre repitió con incredulidad:

—Quieres el supermercado.

Ella volvió la cara.

—¿Quieres el supermercado? —Su voz había subido ahora varias octavas—.

¡Estás completamente loca!

—No lo quiero todo, sino una parte. Quiero ser socio.

Su voz había bajado varias octavas.

Tucker seguía exactamente igual de incrédulo.

—¿Y cómo supones que voy a explicar eso a Marcia?

—Puedes decirle que necesitas un socio para el negocio.

—¿Necesitar un socio? ¡Debes de estar bromeando! —Trató de reír, pero su

garganta no pudo más que emitir un sonido seco, ronco—. Sabes joder bien, Paula, y

no eres mala con los números y ordenando el almacén. Pero dirigir un negocio…

dirigir realmente un negocio… y convertirte en socio… Me gusta tu manera de hacer

el amor, querida, pero no la adoro. ¡Puedes prepararte para darte el piro!

La mujer se lanzó contra él, arañando, abofeteando, golpeando, tirándole del pelo,

escupiéndole, gritándole. Tucker trató de agarrarle las muñecas, pero sus brazos se

agitaban sobre él violentamente, histéricamente.

—¡Paula!

La violencia de la mujer agitaba el coche.

—¡Paula!

—¡Se lo diré, bastardo! ¡Le diré todo a ella! ¡No vas a tratarme como a una

zapatilla! ¡Lo sabrá todo, bastardo!

—¡Paula!

Sus manos encontraron la garganta de la mujer, y el contacto resultó bueno,

agradable. Apretó.

—Bastardo, voy a…

¡Oh, aquello era bueno! ¡Iba a hacerla callar! Su cuello era suave, blando. Pudo

sentir el comienzo de una erección. ¡Sí, aquello era bueno!

—Tú… tú…

Estaba oscuro, pero Tucker podía ver la blancura de los ojos de la mujer y olfatear

su miedo. Conque trataba de hacerle chantaje, ¿eh? Creía que era un estúpido,

¿verdad? ¡La estúpida ella, pedazo de vaca! Los músculos de su cuello trataban de

resistir la presión, y aquella sensación también era buena; quería que durara.

La mujer le apretaba el pecho con las manos, y ni siquiera esto era desagradable.

En realidad, era más bien estupendo.

Pudo ver cómo la lengua empezaba a salir de su blanca cara, como un pico de

pollito emerge del cascarón. Ahora brotaba de ella un divertido sonido, una especie

de gemido, de borboteo. «Eso es mejor, bruja, es mejor que todas esas asquerosas

palabras de chantaje.» Era un sonido mucho más dulce. Aumentó su presión. Era

divertido comprobar cuán estrecho puede hacerse un cuello cuando se aprieta lo

bastante fuerte. Probablemente con una sola mano podía rodeárselo en el momento de

morir…

…de morir…

«¡Oh, Dios mío!, ¿qué estoy haciendo?»

—¡Paula!

Le soltó la garganta, y ella cayó hacia atrás como una muñeca de trapo.

—Paula, lo siento, lo siento…

Los ojos le miraban fijamente, y aún brotaban ruidos borboteantes de su garganta.

Tucker se inclinó hacia ella.

—No tenía intención…

Ella gritó, pero el sonido era aún extraño, como si surgiera de una abertura

aplastada. Le tocó el brazo, y ella apartó la mano violentamente. ¿Qué había estado a

punto de hacer, qué le había ocurrido?

Trató de volver a tocarla, y esta vez la mujer pateó salvajemente. Tucker saltó

hacia atrás, pero las uñas de la mujer le arañaron la mejilla antes de escapar de su

alcance. Paula buscaba ahora frenéticamente la manivela. La encontró, abrió la

portezuela y la luz alumbró sus redondeadas nalgas cuando ella salió del coche dando

tumbos.

Quedó tumbada en la carretera, mientras los ruidos de ahogo seguían saliendo aún

de su garganta, y Tucker se estiró por encima de la palanca del cambio automático,

con el miedo reflejado ahora en sus ojos, para verla.

—¡Paula! —volvió a gritar.

La mujer estaba ahora de rodillas con los muslos heridos por el duro asfalto.

Acabó de ponerse en pie tambaleante, y empezó a correr, jadeando.

—¡Paula! —la llamó Tucker—. No digas a nadie…

Pero ella se había ido ya, engullida por la noche, y él permaneció sentado allí

durante largo rato, con la portezuela cerrada, en su propio capullo de oscuridad,

preguntándose qué le había ocurrido, por qué había tratado de estrangularla. No era

su estilo.

 

Southworth cerró el libro de cuentas, mientras una sonrisa de satisfacción le

retorcía los labios. Dobló los estrechos hombros, puso los codos en la mesa y apoyó

la barbilla en los dedos. Luego se ensanchó su sonrisa y se dejó caer suavemente

hacia atrás en la silla.

Todo iba a marchar bien, maravillosamente bien. Banfield había cambiado casi de

la noche a la mañana; los comerciantes hacían grandes negocios con el turismo, y

tabernas y restaurantes estaban atestados día y noche. Y también su hotel estaba

abarrotado desde que habían empezado los milagros. La moral en el pueblo era alta,

la excitación hacía correr oleadas de adrenalina entre sus habitantes, despertándoles

de nuevo, ahuyentando toda depresión. Y todo ello se había conseguido en el corto

plazo de dos meses, gracias a una increíble escalada de acontecimientos, milagrosos

aunque sólo se tuviera en cuenta este contexto.

En los meses venideros, cuando el clero hubiera detenido su previsible

nerviosismo y se hubiera establecido realmente el santuario, el comercio se

incrementaría diez veces, porque peregrinos del mundo entero acudirían al escenario

de la aparición. Southworth negociaba ya con el único agente de viajes del pueblo,

una pequeña empresa cuyos ingresos se habían ido hundiendo lentamente con la

economía del país, para formar una nueva sociedad. «St. Joseph’s Tours» sería el

título de su aventura conjunta. Southworth proporcionaría el capital —su crédito era

especialmente bueno en los Bancos en estos días— para comprar una flota de

autocares que cubrirían las Islas Británicas; las relaciones del agente en el extranjero

ayudarían a establecer alianzas con otras compañías de viajes extranjeras. Dicha

sociedad, aparte los evidentes beneficios económicos que aportaría en el terreno del

turismo, contribuiría a beneficiar su propio negocio hotelero.

Pronto se iniciaría la construcción de un nuevo hotel, más moderno, más fácil de

dirigir y adaptado a un movimiento más rápido. También tenía secretamente otras

propiedades en Banfield, tiendas que había adquirido muy baratas a lo largo de los

años, cuando sus propietarios renunciaron a llevar una vida decente en el mortecino pueblo; las compró con un nombre comercial, y su representante llevó todas las

negociaciones, de forma que nadie más supiera quién era el verdadero comprador, ni

siquiera —especialmente ni siquiera— los otros miembros del Concejo Municipal.

Los arrendatarios a quienes alquilaba las propiedades se iban a llevar una buena

sorpresa cuando vieran cómo, en los próximos meses, les doblaran e incluso

triplicaran los alquileres. Difícilmente podrían recurrir y si se negaban a pagar,

bueno, pues entonces habría muchos otros que desearían tomar aquellos locales. Y

sus alquileres serían aún más altos.

Southworth se levantó de la mesa y fue hacia el rincón de las bebidas. Cogió la

botella de jerez, pero luego cambió de idea y tomó la de brandy. La copa de brandy

repicó agradablemente cuando la botella tocó su borde. Sorbió el líquido lentamente,

encantado de sí mismo, satisfecho de haber sido el primero en ver la oportunidad y

haber sabido atraparla.

El padre Hagan había sido un problema, mientras que el obispo se había mostrado

mucho más asequible a la persuasión de Southworth; pero el obispo Caines tenía sus

propias y privadas ambiciones. Por supuesto, Southworth lamentaba la inoportuna

muerte del cura, aunque ello había significado eliminar lo que podía haber sido un

escollo menor. Sin embargo, ¿lo habría sido? El obispo Caines, tan astuto político

como respetado clérigo, seguramente habría intervenido y apartado con cuidado al

sacerdote de la situación. De hecho, en sus múltiples discusiones privadas con

Southworth, el obispo había insinuado que el padre Hagan necesitaría pronto un largo

reposo, pues todo aquel alboroto era algo excesivo para un hombre de su delicada

salud. Monseñor Delgard, sacerdote con mucha experiencia en lo que podía ser

calificado como «fenómenos», actuaría como investigador y supervisor al mismo

tiempo. Southworth sabía que el obispo no tenía más elección que enviar a un hombre

con tan especiales calificaciones, y se preguntó con cuánta habilidad había sopesado

Caines sus instrucciones a Delgard. El escepticismo por delante, sin duda, pero

también la suficiente receptividad como para que un mensaje de Dios mantuviera

abierta la mente de Delgard. Y ahora nadie, nadie podía negar los milagros.

El domingo, ante millares y millares de personas —ocho a diez mil, se calculó,

fueron a St. Joseph, aunque la mayoría no pudieron entrar en el campo para oír misa

—, se habían realizado más milagros. Ninguno podía ser confirmado aún, por

supuesto, porque podía tratarse de mejorías temporales y los pacientes quedar

engañados por su propia histeria; el muchacho afectado por la enfermedad llamada

demencia postencefalítica (lesión cerebral causada por un virus infeccioso) tal vez se

hallaba en una breve fase de normalidad. La joven cuya asma era una compañera casi

constante y cuyos ataques la ponían a las puertas de la muerte, podía recaer al cabo de

una o dos semanas; el hombre cuya esclerosis múltiple le confinaba a una silla de

ruedas tal vez descubriera que sus tejidos nerviosos no habían sufrido una imposible

regeneración y pronto se encontraría de nuevo en la silla. Había más, muchos más,

algunos de poca importancia; otros, con enfermedades mortalmente graves, y todas las víctimas afirmaban haberse «sentido mejor» o «elevadas». Mas, había un caso,

que resultaba indiscutible.

Cierto hombre había ido solo al campo próximo a St. Joseph, un hombre que, por

vergüenza, mantenía la cara oculta a la multitud. Su mandíbula inferior, labios y

nariz, estaban plagadas de llagas y costras, y gran parte de la carne estaba corroída.

Lupus, era el término médico usado para definir esta enfermedad; tuberculosis facial.

A los pies de Alice, cuyo cuerpecito se había elevado en el aire —en la vasta reunión

había quienes juraban que no habían visto levantarse a la niña, pero estaban lejos,

algunos, cerca del final, y su visión seguro que fue estorbada—, la cara del hombre

empezó de pronto a cubrirse de ampollas, desaparecieron las costras, y las llagas se

cerraron sobre sí mismas. Había curado a la vista de todos, porque se volvió hacia la

multitud para que todos pudieran contemplar el milagro. Al terminar la misa —

acabada en medio de una increíble emoción, con la niña otra vez en su lugar entre los

fieles, su cara blanca, la piel tensa—, las profundas cavidades en la carne del hombre

se cubrían rápidamente de piel. Ni los más cínicos podían rechazar lo que se había

producido físicamente ante miles de personas.

Ni siquiera monseñor Delgard podía negar algo tan asombroso.

Southworth volvió a su mesa, llevándose el brandy. Se sentó, con la mente

agitada por las nuevas perspectivas que había abierto para él la Niña de los Milagros.

Aquél era su milagro: la revitalización de sus esperanzas. El nombre de Southworth

no se hundiría con Banfield en el fango de la oscuridad, sino que, al igual que el

pueblo, se convertiría de nuevo en un nombre a señalar, enaltecería su herencia de

siglos. El pueblo crecería, y con él, su nombre y su riqueza.

Se llevó el vaso a los labios y se preguntó por qué un espantoso temor instintivo

empezaba a asaltarle, interfiriendo aquellos felices pensamientos.

 

El sacerdote se levantó ligeramente de su postura en genuflexión junto a la cama,

terminadas las Completas, la última oración del día. Las articulaciones de las rodillas

crujieron con el esfuerzo, y monseñor Delgard estiró la rígida espalda, sintiéndose

viejo y cansado. Se volvió y se sentó en el borde de la cama, demasiado fatigado para

hacer las abluciones antes de acostarse. Se pasó por la frente una mano ligeramente

temblorosa, como si con ello pudiera apartar la debilidad. Pocas veces se había

sentido tan agotado; por lo general, después de exorcismos especialmente agotadores

—en raras ocasiones, aunque no tan raras como la gente pudiera pensar—; a veces,

después de considerar el mundo en sus aspectos más espinosos: Biafra, Bangladés,

Etiopía. A la edad de veintiún años había prestado su ayuda después de la explosión

de Nagasaki, y quizás esto fue lo peor de todo: el arma nuclear ejemplificaba al

hombre en su aspecto más potente y odioso. En aquellos momentos fue cuando se

aflojó su ser espiritual y luego se desplomó, abrumado de desesperación. Pero el

espíritu humano tenía su propia facultad de flotar. Sin embargo, la recuperación necesitó cada vez más tiempo, pues los años y las acontecimientos hacían más

abrumadora la carga. Pero ¿por qué ahora la fatiga espiritual?

El padre Hagan no necesitó hablar de ello antes de morir; resultaba evidente en su

aspecto, la debilidad de su alma reflejada en sus ojos sin brillo. ¿Por qué se cernía

esta depresión sobre la iglesia, sobre la casa? ¿Por qué, se sentía tan asustado en un

momento en que los enfermos eran curados milagrosamente; en que un dramático

interés religioso —quizás incluso un importante despertar— se extendía por todo el

país y, según se decía, por todo el mundo? La Conferencia Episcopal se había reunido

aquel mismo día para interrogar a la niña, y ésta había permanecido tranquila y firme

en su convicción de que había conversado con María. ¿Por qué los milagros?,

preguntaron. ¿Y por qué la Madre de Dios decidía aparecérsele a ella, una simple

niña? ¿Qué había hecho Alice para recibir semejante gracia? ¿Y cuál era el propósito

de las Apariciones? Alice dio sólo una respuesta a todas aquellas preguntas: la Señora

revelaría su propósito a su debido tiempo; ahora era demasiado pronto para saberlo.

Una respuesta bastante insatisfactoria.

Los obispos se habían dividido; algunos creían que la niña había tenido una visión

divina, y otros afirmaban que no había en absoluto ninguna prueba de que las

visiones hubieran sido divinas. Era aún demasiado pronto para que las curaciones

fueran declaradas milagrosas, y, en cuanto a la levitación, se trataba de una ilusión

que podía ser contemplada en todos los teatros del mundo. Cuando se argumentó que

Alice no podía haber utilizado ningún truco ante tantas personas y en semejante

escenario, se respondió que los faquires indios realizaban también dichas hazañas en

similares circunstancias mediante la hipnosis de masas. Para reforzar sus

afirmaciones, los clérigos «anti» subrayaron que nadie de los presentes en la

Conferencia había visto levitar a Alice, y, además, ninguna televisión ni cámara

fotográfica había registrado el fenómeno. Al parecer, sus mecanismos habían sido

misteriosamente interferidos; sólo surgió de ellos un filme en blanco. Eso, en sí

mismo, declaraban los «pro», era prueba de la presencia de influencias paranormales.

Probablemente —se mofaron los otros—, pero no las convertía en santas. El debate

se extendió hasta muy avanzada la noche, sin llegar a ninguna conclusión. Los

obispos volverían a reunirse al día siguiente en Londres, y la investigación

proseguiría hasta que pudiera ofrecerse alguna declaración oficial a un mundo

impaciente, aunque se trataría, sin duda, de una declaración en la que se evitaría

cuidadosamente todo reconocimiento específico por parte de la Iglesia.

Delgard estaba asombrado del fallo de las cámaras y de los micrófonos del atril, y

se preguntaba si aquello estaría vinculado de algún modo con su pérdida de energías

de aquel domingo. Él había caído de rodillas a causa de la debilidad que se apoderó

de él, y les ocurrió lo mismo a los que tenía cerca, aunque ellos podían pretender que

simplemente rendían homenaje. ¿Podía tratarse de alguna extraña fuerza parasitaria

que robara la energía del cuerpo, así como de las máquinas construidas por el

hombre? No parecía posible; pero tampoco lo parecían la levitación ni las curas milagrosas. Sin embargo, no eran desconocidas la levitación ni las curas milagrosas.

La Iglesia católica contaba con sus propios levitadores, como santo Tomás de

Aquino, santa Teresa de Ávila, san Juan de la Cruz y san José de Cupertino, así como

muchos bendecidos con el milagro de los estigmas, la aparición de llagas sangrantes

en las manos, pies y costado, semejantes a las heridas recibidas por Cristo en la cruz.

Algunos incluso sangraban por la cabeza, como si les hubieran clavado una corona de

espinas. Y las curas milagrosas se habían convertido casi en tradición religiosa.

Quizás el más asombroso milagro de todos se había producido en Fátima (Portugal),

cuando casi setenta mil personas vieron cómo el sol subía en espiral en el cielo y

luego caía hacia la tierra. ¿Alucinación de masas? ¿Era ésa la explicación para Fátima

y para lo que había ocurrido en Inglaterra aquel domingo? Era un razonamiento del

hombre lógico, una presunta respuesta del científico. Pero aun así, ¿qué había

causado la alucinación? Alice era sólo una niña.

Delgard se acercó a la ventana y contempló el cielo nocturno. Podía ver el

brillante foco del campo, que acentuaba la retorcida forma del roble. Su visión le

inquietaba: le habría gustado más que estuviera oculto por la oscuridad. Los vándalos

—quizá sólo adoradores que amaban lo que el árbol representaba, de la misma forma

que la Iglesia amaba la madera de la Cruz— habían empezado a arrancar la corteza,

guardando la vieja madera para hacer con ella souvenirs o su propia reliquia sagrada

personal, y ahora el árbol tenía que ser vigilado, de manera que la luz tenía esta

función disuasoria. El árbol dominaba el campo como jamás lo hiciera anteriormente.

Corrió las cortinas, para no seguir contemplando aquella visión; pero cuando

estuvo ya en la cama, incapaz de cerrar los ojos ante las sombras que le rodeaban, la

luz seguía brillando a través de la tela, recordándole que el árbol seguía allí, cual

siniestro centinela. Esperando.

 

La cabeza de Alice se balanceaba de un lado a otro, golpeando en la almohada

con una fuerza tal, que habría dejado aturdida a la niña, de haberse tratado de algo

sólido. Sus labios se movían constantemente, y su cuerpo estaba empapado de sudor,

aunque en la habitación reinaba un frío invernal. Susurraba las palabras —

angustiadas, atormentadas— con una voz que guardaba muy poca semejanza con la

de una niña de once años.

Las ropas de la cama estaban sueltas y arrugadas en torno a sus tobillos, y sus

delgadas piernas, estiradas, temblaban.

—…sí, buen Thomas, lléname con tu semilla…

Agitaba espasmódicamente la pelvis y el camisón de algodón estaba levantado

hasta la altura del pecho.

—…tan querido, de fuerza tan buena…

El pequeño pecho se bajaba y se alzaba en su sueño.

—…dispérsate en mí…

Emitió un largo y ululante gemido, pero había éxtasis en el suspiro que le siguió.

Por un momento, el cuerpo se inmovilizó, y los párpados aletearon, pero no se

abrieron. Gimió de nuevo, y esta vez el sonido fue lánguido:

—…más lleno de lo que nunca estuvo…

El gemido se convirtió en profundos suspiros de placer, que exaltaban sus

sentidos. Algo pequeño y negro se movía contra su blanco estómago.

Fuera, en el pasillo que conducía a las celdas de las monjas, escuchaba, una alta

figura vestida de oscuro conteniendo la respiración y con los dedos tensos en el pomo

de la puerta.

—…calma sus lenguas, padre mío…

Alice abrió bruscamente los ojos, pero su cuerpo no había despertado del sueño.

—…maldita María… maldita MARIA.

Los ojos de la monja se abrieron de par en par, mientras su mano apretaba con

más fuerza el pomo.

—…MALDITA MARIA…

El cuerpo de Alice se curvó hacia arriba y los talones y hombros se hincaron en la

cama. La negra criatura de su estómago casi fue desalojada, de su sitio, y la niña gritó

de dolor cuando unas afiladas agujas atravesaron su tierna carne. Pero no se despertó.

Cayó hacia atrás en la cama y permaneció inmóvil, sin emitir ya ningún sonido.

La monja —madre Marie-Claire, superiora del convento—, cogiendo

maquinalmente con una mano el crucifijo que colgaba en su pecho, abrió lenta y

suavemente la puerta, como si temiera por ella misma. El rayo de luz procedente del

pasillo se ensanchó cuando la puerta se abrió del todo. La sombra de la monja parecía

un alargado espectro en el suelo de la habitación. El frío glacial arremetió contra ella

de una manera poco natural y casi dolorosa.

La monja avanzó, con pasos lentos y suaves.

—¿Alice? —susurró, resistiéndose a despertar a la niña, pero sin estar segura de

que ésta durmiera.

No hubo réplica por parte de Alice, pero otro sonido llegó a los oídos de la monja,

un ruido de succión. La monja arrugó la frente. Se acercó a la cama y contempló la

desnuda forma que yacía en ella.

Entonces vio la pequeña y brillante forma hundida en el estómago de la niña.

Levantó el crucifijo hasta sus labios cuando descubrió que se trataba de un gato.

Sintió náuseas cuando vio que el gato estaba chupando el tercer pezón de Alice.