Triple A
10. Gerónimo eliminado (la edad de la mentira)
GERÓNIMO ELIMINADO (LA EDAD DE LA
MENTIRA)
Tienes todas las características de un águila, de ser suave y silencioso al tiempo que preciso e implacable. Para los indios, era el ave más poderosa, capaz de subir a lo más alto, de mirar todo en perspectiva, de mirar con la distancia mientras se analiza, y descender en picado, convertida en un rayo para las conciencias. Hazlo.
Una «india…».
Los nativos norteamericanos fueron asesinados. Eliminados. Los echaron de sus
tierras. Les robaron sus ideas. Y sus ideales. Pero no acabaron con su dignidad, ni con
sus recuerdos. Es cierto que hoy están condenados a la miseria, que son casi algo
folclórico, que viven en reservas que un día les dieron como si de una concesión se
tratara, cuando en realidad no eran más que cárceles a cielo abierto. Algunos grupos
sobreviven gracias a la explotación de comercios y casinos; la mayoría, en cambio, se
encuentra relegada a la pobreza, la miseria, el olvido…
El genocidio indio es uno de los más grandes crímenes contra la humanidad que
se han llevado a cabo. Tan grande como es el olvido, porque en ningún libro se glosa
su historia como la de un pueblo masacrado. Algunos sueñan con su recuperación,
pero ser como ellos son es la primera de las prohibiciones a las que están sometidos.
Intentan luchar contra su fatalidad, pero chocan de frente contra una realidad que ya
no pueden cambiar hacinados en esos territorios, malviviendo, carcomidos por el
alcoholismo que nace de una desesperación que saben que no se rompe por mucho
que cuatro desdichados que se las dan de felices vanaglorien su mensaje, sus ideas,
sus cultos y su forma de vivir en comunión con la naturaleza y los valores
primordiales.
La realidad de los indios de hoy es la que uno puede ver cuando, para su hartazgo,
entramos en sus reservas y los encontramos aburridos, hastiados y malhumorados en
mitad de sus áridas tierras. Ya no recuerdan —y pese a ello, algunos aún lo claman a
los cuatro vientos— aquellas épocas en las que eran portadores de saber y formaban
parte de la naturaleza. Cientos de miles de ellos vivían en las llanuras del sur, en
donde hoy se encuentran los estados de Nuevo México, Arizona o Texas, hasta donde
habían llegado procedentes de los territorios del país hoy conocido como Canadá.
Primero lucharon contra los españoles y después contra los estadounidenses; siempre
contra el hombre blanco, que los aniquiló en unos tiempos en los que aquel país
estaba naciendo a costa de matarlos. ¿Cuántos de aquellos apaches murieron?
Imposible saberlo. En México se daba una recompensa a quien trajera una cabellera
de un indio degollado. Pelearon e intentaron evitar su aniquilación, pero no pudieron
guerrear porque nunca aprendieron otra cosa que no fuera la paz, por mucho que el
cine hecho propaganda los convirtiera en los malos…
Gerónimo: cazado y eliminado
«Uno que bosteza», es decir, Gerónimo, había nacido en Río Gila, Arizona, en 1823.
Se convirtió en un apache de referencia, en una auténtica águila, en un hombre con
dotes de líder. Sólo tenía veintiséis años cuando mataron a su mujer, a su madre y a
sus tres hijos. Su único pecado era estar en unas tierras que querían otros para sí. Juró
venganza y se unió en su lucha al jefe de la tribu, Cochise. Se refugiaron en cuevas y en donde pudieron, intentando defenderse de quienes los atacaban, consiguiendo un
triunfo seguido de diez derrotas. Cuando Cochise murió, el nuevo jefe apache fue
Gerónimo. Más con palabras que con hechos intentó zafarse de sus perseguidores,
pero finalmente fue recluido junto a los suyos en una reserva del estado de
Oklahoma. Se fugó de allí en 1886. Siguió luchando, pero el ejército norteamericano
no quiso que su insurrección fuera a más. Pusieron precio a su cabeza: 2000 dólares
de recompensa a quien ayudara a los 5000 uniformados que se encargaron de
buscarlo… sin éxito.
Hasta que llegó el 1 de mayo de 2011, cuando en el despacho del presidente de
Estados Unidos rebotó un mensaje por línea interna en el que se leía lo siguiente:
Gerónimo EKIA (EKIA es un acrónimo que significa Enemy Killed in Action o
«enemigo muerto en acción»). Por fin lo habían capturado, apenas 125 años después.
El presidente, junto a todo su equipo, lo había visto en directo a través de los
monitores que reciben las imágenes que enviaban sus soldados desde el lugar de la
batalla. El mensaje simplemente confirmaba que las órdenes se habían cumplido y
que entre los atrapados se encontraba Gerónimo. Exultante, el presidente, que
pertenecía a una raza que no mucho antes había sido perseguida y condenada a la
esclavitud, al igual que lo habían estado los apaches que lideró «Uno que bosteza», se
dirigió a la nación. El reloj marcaba las 22.40 horas en la costa Este de Estados
Unidos…
Cuando un renegado Barak Obama se dirigió al pueblo para notificar la captura
del enemigo número uno del mundo entero, la noticia era vox pópuli desde hacía unos
minutos. Se mostró sonriente, feliz, henchido. De tal guisa comunicó la muerte de
Osama Bin Laden en Abbottabad (Pakistán) tras una operación de los SEAL, el
cuerpo especial del ejército que mejor se defendía —o atacaba, para ser exactos— en
este tipo de operaciones.
De inmediato, miles de jóvenes empezaron a ocupar las campas de los aledaños
de la Casa Blanca. Celebraban la muerte del hombre que había sido el responsable de
los atentados del 11 de septiembre de 2001, fecha en la que de verdad comenzó el
siglo XXI y una nueva era que acabó con la crisis económica que destruyó al mundo.
No dejaba de ser curioso; si era verdad lo que se ha dicho siempre de Bin Laden, su
derrota militar se convirtió en un triunfo: Estados Unidos arrastró su ideología militar
y económica al declive como consecuencia de las políticas económicas extendidas
por el mundo entero al son del sonido de las armas.
Asistí horrorizado a aquella celebración. ¿Celebrar una muerte aunque el muerto
sea un personaje siniestro, asesino y peligroso? En España, aquella orgía de felicidad
se produjo a partir de las 4.40 de la madrugada. Quienes estábamos despiertos aquel
domingo noche, madrugada de lunes, tuvimos la fortuna de poder verlo todo en
directo. Escuchamos las primeras contradicciones cuando, según la versión oficial, el
líder de Al Qaeda fue abatido cuando intentaba defenderse, al tiempo que otra fuente
oficial indicaba que no estaba armado. Esa misma madrugada alguien envió a través de Twitter un mensaje en el que recordaba unas palabras mías de muchos años atrás
en las que se decía que jamás capturarían vivo a Bin Laden, y que si lo apresaban, lo
eliminarían y no dejarían que pudiésemos ver el cadáver.
Supimos que la misión contra la denominada mansión en la que se encontraba Bin
Laden fue bautizada como Operación Gerónimo. La hiriente comparación con el jefe
apache apenas llamó la atención por aquí; tampoco por allá, excepción hecha de unos
cuantos que se sintieron ofendidos por ese símil, debido a que el indio había sido un
luchador por la libertad de su pueblo. Incluso sirvió para recordar que existían
procesos judiciales abiertos —en un callejón sin salida, por desgracia— que tenían
por objetivo recuperar algo de la dignidad que se perdió cuando la calavera de
Gerónimo fue robada en 1918 por un grupo de universitarios de Yale, hijos de papá,
enriquecidos materialmente y empobrecidos humanamente. Porque en realidad,
Gerónimo, el auténtico, acabó por entregarse tras años de búsqueda infructuosa por
parte del ejército norteamericano, que jamás fue capaz de dar con su enemigo de
antaño. Ahora —incluso algunos lo pensaban así— habían podido resarcir el
sentimiento patrio cuando al nuevo enemigo sí le habían dado caza y captura. No deja
de ser curioso que entre los seis niñatos que robaron la calavera —la cofradía
universitaria se hacía llamar Skull and Bones— se encontraba un personaje llamado
Prescott Bush, que no era sino el abuelo del presidente de Estados Unidos cuando
aconteció el 11-S y padre, por tanto, del otro Bush, que había sido presidente del país
cuando cayó el Muro de Berlín.
Horas después, el gobierno de Estados Unidos aseguró que habían tratado los
restos mortales de Bin Laden con dignidad musulmana y que lo habían subido a
bordo del portaviones USS Carl Vinson para ser arrojado al mar amortajado. Ya nadie
podría ver su cuerpo jamás. Se acababa así un episodio más que importante en la
historia reciente del mundo. Cierto es que muchos pusieron en duda incluso la propia
operación, pero si bien podría dudarse con argumentos de si en Estados Unidos o
Pakistán sabían de su paradero, ninguna prueba sostenía la duda. Bin Laden había
muerto. Otra cuestión es saber cómo había ocurrido todo —si había sido una refriega
entre terroristas y soldados norteamericanos, como se quiso hacer ver, o si se había
tratado de una ejecución sumaria en toda regla— y si realmente el cuerpo de Bin
Laden había sido arrojado al mar sin más.
Hasta aquí la versión oficial.
Las pruebas del engaño
Fred Burton es el vicepresidente de Stratfor, una agencia de inteligencia privada que
se encuentra a medio camino entre un grupo de detectives y un think-tank próximo a
las ideologías liberales que, además, propugna y pugna por un mundo dominado por Estados Unidos. Antes de ocupar este cargo, Burton era un 007 del servicio
diplomático del Departamento de Estado de Estados Unidos. Sigue manteniendo sus
contactos en las cloacas del poder, que a menudo lo informan de hechos que quedan
lejos del alcance de la opinión pública.
Eran las 05.26 horas del 2 de mayo de 2011 cuando —al tiempo que continuaban
las fiestas en las plazas más emblemáticas de las grandes ciudades norteamericanas—
escribió un mensaje codificado y secreto desde su Blackberry: «Me informan de que
nos hemos traído el cadáver. Gracias a Dios». Por entonces, el gobierno aún no había
dado a conocer la historieta del cadáver arrojado al mar. Sin embargo, desde esas
cloacas del poder en las cuales seguía teniendo amigos, Burton ya estaba recibiendo
otro tipo de informaciones. Tan sólo 25 minutos después del primer mensaje, escribió
otro: «El cuerpo va hacia Dover, Delaware, en un avión de la CIA. Después seguirá
hacia el Instituto de Patología de las Fuerzas Armadas en Bethesda, Washington
D. C.».
La versión oficial se dio a conocer pocas horas después. Hubo incredulidad a
nivel mundial, pero como siempre ocurre con este tipo de dudas, la versión oficial fue
la que acabó siendo aceptada. En los manuales de propaganda se cita que el perverso
Joseph Goebbels, uno de los líderes nazis, tenía toda la maldita razón del mundo
cuando dijo: «Una mentira repetida mil veces acaba convertida en verdad». Y
cualquier voz disonante acabará relegada a la marginalidad en la que muchos no se
atreven a estar pese a que quisieran o se encuentren, sin confesarlo, dentro de ella. A
veces, los márgenes están mucho más poblados de lo que parece…
A las 13.36 horas del mismo 2 de mayo, Burton volvió a escribir otro mensaje a
sus compañeros de Stratfor. Tenía nuevas noticias: «Cadáver de OBL. El cuerpo va
hacia Dover, debería haber llegado ya». Días después, en otros mensajes, Burton dice
que ha tenido acceso a los materiales que fueron incautados en la casa donde se
encontraba Bin Laden refugiado, y explica en sus correos electrónicos que varios
oficiales del ejército de Pakistán y agentes del ISI (Inter Services Intelligence), el
servicio secreto del gobierno paquistaní, podrían tener conocimiento previo de dónde
se encontraba el escondite de Osama Bin Laden.
En cuanto se filtraron los mensajes de Stratfor, el gobierno de Estados Unidos se
vio en la obligación de emitir el 9 de marzo un desmentido oficial: «La información
es falsa y bastante ridícula», señaló el portavoz del Departamento de Estado, Mike
Hammer. Sin embargo, el propio presidente de la agencia, George Friedman, ya se
había visto obligado días atrás —exactamente el 28 de febrero— a reconocer que en
diciembre de 2011 el grupo Anonymous —que él no mencionó, ya que hizo sólo
alusión a «un grupo de piratas informáticos»—, había penetrado en sus sistemas y
robado los correos electrónicos. Sin embargo, los autores del «robo» lo desmintieron,
y jugando con las palabras, señalaron que en realidad no habían sustraído nada, sino
que simplemente lo habían copiado para difundirlo.
La mentira sobre el paradero del cuerpo de Bin Laden no tuvo un impacto mediático de consideración y no generó el escándalo que debiera. Incluso podría
decirse que a la opinión pública la verdad le importaba poco menos que un comino.
El grado de manipulación oficial a partir de la caída del enemigo número uno de
Estados Unidos adquirió tintes casi surrealistas. De forma permanente se nos hablaba
de «mansión» para referirse a la destartalada casa de ladrillos mal puestos en la que
se encontraba el personaje en cuestión. También se dijo que se habían hallado cien
pendrives entre sus posesiones; el análisis de su contenido reveló verdades tan
«sorprendentes» como que Bin Laden tenía en mente asesinar a Barak Obama. Se nos
ofrecieron imágenes «aterradoras» en las que se veía al hombre, torpe de
movimientos y avejentado, con aspecto de abuelo cuentacuentos, pero que puso de
rodillas al mundo, sentado en el suelo con un mando a distancia del siglo pasado
viendo vídeos en los que aparecía él mismo paseando por las montañas de
Afganistán. La irracionalidad y estupidez de todas aquellas informaciones volvieron a
demostrar que la sociedad ya no se hace preguntas sobre dónde nos encontramos y
qué demonios y estupideces nos cuentan sobre las cosas que mueven al mundo. Lo
peor es que, muchas veces, nos las tragamos.
La muerte de Bin Laden era el fin simbólico a una historia que comenzó el 11 de
septiembre de 2001 con la destrucción de las Torres Gemelas de Nueva York y un
trozo de la fachada del Pentágono en Washington. Tras aquello, el mundo entero
siguió los dictados de la Casa Blanca. Hubo dos guerras casi eternas y, en cierto
modo, todavía inconclusas. Por el camino hubo cientos de miles de muertos en
Afganistán e Irak, a los que fue necesario eliminar para hacer frente a la amenaza que
se cernía sobre Occidente y nuestro estilo de vida. Los gobiernos se gastaron billones
de euros en las guerras; dinero que salió de los bolsillos de los contribuyentes. A toda
aquella época, en una comida inolvidable que tuve el 4 de noviembre de 2004 con
José Saramago, el premio Nobel de Literatura, la definió con rotundidad. «George
Bush expuso la verdad al mundo para, en su lugar, inaugurar y hacer florecer la edad
de la mentira», señaló en su exposición cuando presentamos en Madrid el libro El
Nerón del siglo XXI (Apóstrofe, 2004), una biografía sobre este personaje que estuvo
ocho años inundando de mierda el futuro y la dignidad. Presentábamos aquel libro
justo unas horas después de que ganara la reelección tras la polémica victoria que
obtuvo en el año 2000, en donde información fidedigna demostraba que altos
estamentos habían detenido el recuento de votos en el estado de Florida cuando todo
apuntaba a que su rival, Al Gore, había sido el auténtico ganador del representante
que en Florida debía determinar quién se convertía en presidente. A la estafa de su
primera elección, que fue asumida y aceptada con el paso del tiempo, se sumaba una
reelección que también estaba repleta de irregularidades en el recuento de votos en
varios estados. Las segundas elecciones que ganó fueron tan dudosas o más que las
primeras, y las pruebas para demostrar las irregularidades fueron incluso más
rotundas, pero esta vez el mundo entero miró hacia otro lugar. Ya estábamos en el
tiempo en el que la falsedad se había institucionalizado como parte del juego. «Para Bush, la política es, simplemente, una de las armas del negocio; y tal vez, la mejor de
todas, la mentira como arma, la mentira como vanguardia de los tanques y los
cañones, la mentira sobre las ruinas, sobre los muertos, sobre las infelices y siempre
frustradas esperanzas de la humanidad», concluía Saramago.
El comienzo de un nuevo tiempo
Se nos mintió sobre muchos aspectos del 11-S. Quizá incluso sobre todos los aspectos
del mayor atentado terrorista de todos los tiempos. Hoy seguimos sin saber a ciencia
cierta —por mucho que se haya interiorizado la culpabilidad de Bin Laden— qué
pasó realmente aquel día. Seguimos sin tener las pruebas que demuestren la versión
oficial. Y, aunque no fuera así, lo cierto es que justo después de aquello se bombardeó
a la opinión pública con una serie de mensajes e ideas que tenían por objeto
desencadenar dos guerras abiertas y otras muchas encubiertas, con la excusa de que
Al Qaeda quería destruir el mundo y que para ello contaba con el apoyo de países
como Afganistán e Irak. Si no se invadían ambos países, todos nosotros podríamos
ver cómo la amenaza contra la civilización se convertía en una realidad. Y la
amenaza era la que representaba aquel decrépito personaje que durante años —
mientras nos lo hacían imaginar rodeado de guardianes, en lugares secretos, en
hangares subterráneos, en cuevas repletas de ocultos elementos tecnológicos…—
permaneció en aquella asquerosa casa en Pakistán en la que veía vídeos con el mismo
aire pasmarote y narcisista que muchos jóvenes ven sus fotografías en los álbumes de
Facebook.
Mientras perseguíamos a aquel fantasma, al que sólo se podía coger muerto o
muerto —vivo representaba un problema: ser juzgado, que hablara, significaría que
finalmente podría destapar algunas de las mentiras que se hicieron el pan nuestro de
cada día—, nuestros gobiernos incrementaban los presupuestos oficiales destinados a
Defensa al tiempo que se vaciaban las arcas públicas y se reducía la capacidad de
reacción que tenían los erarios públicos ante las dificultades que pudieran presentarse
en el futuro, como, por ejemplo salir al rescate de una crisis económica.
Aunque es imposible calcularlo exactamente, un informe efectuado por
estudiosos de la Brown University reveló unos datos sobrecogedores el 29 de junio de
2011: las guerras habían costado a Estados Unidos entre 3,7 y 4,2 billones de dólares.
Es, aproximadamente, la mitad del dinero invertido en salvar a las instituciones
financieras que causaron el cataclismo económico que se fraguaba mientras creíamos
que el enemigo estaba en lejanas montañas, cuando en realidad quien estaba poniendo
de rodillas a la civilización occidental eran los ejecutivos de esas empresas. Y todo
ello sin contar con lo gastado por los países europeos en esos conflictos, una suma
que, aunque no calculada, se puede asegurar que asciende a varios cientos de miles de millones de euros. Para ambos polos mundiales, las guerras supusieron un incremento
de las deudas y un déficit que no puede siquiera calcularse, salvo que se sabe con
seguridad que tardará en pagarse varias décadas, incrementando el coste final a casi
el doble debido a los intereses a los que tienen que hacer frente nuestros gobiernos.
Sin esa «inversión» para cazar al enemigo público número uno del mundo,
nuestros gobiernos habrían tenido dinero para reparar el daño económico de la crisis
sin necesidad de haber llegado a este punto, de endeudarse hasta tal extremo ni de
postrarse a los pies de quienes recibían el dinero de las ayudas públicas, puesto que,
como veremos, el dinero lo fabricamos nosotros, se lo damos a los bancos a muy bajo
precio —mínimos intereses— y ellos lo vuelven a entregar a los gobiernos, es decir, a
nosotros, para poder seguir funcionando pero a un precio mayor —intereses altos—
que tenemos que pagar en forma de recortes, paro e inseguridad. Pero como ellos, en
su inmensa hipocresía, han puesto a las arcas públicas una nota AAA…
Y mientras creció nuestro miedo —y nuestra distracción sobre el verdadero
enemigo—, el dinero seguía produciendo dinero falso y riqueza ilusoria. La guerra
vino de perlas a quienes estaban haciendo ese negocio, ya que pusieron el foco de
atención mediática sobre otros asuntos. A este propósito, la economista italiana
Loretta Napoleoni, a quien no se puede poner bajo sospecha a tenor de su visión
negativa sobre el Islam, asegura en su obra La mordaza (Paidós, 2010) que los
políticos «siempre han usado la estrategia del miedo para conseguir sus objetivos, y
lo han hecho siguiendo esencialmente modos afines a aquellos con los que las
organizaciones armadas aterrorizan a la población… Fue precisamente el miedo lo
que nos hizo aceptar como evidencias una serie de mentiras mal urdidas. Los
políticos alteran los hechos, diseminan verdades hinchadas y, alguna vez incluso,
mentiras, y entonces nosotros nos angustiamos. Con gran habilidad construyeron una
psicosis y presentaron a Al Qaeda como el nuevo movimiento nazi y a Osama Bin
Laden como el nuevo Hitler. Ha bastado esto para convencer a la opinión pública de
que la supervivencia de la cultura occidental estaba de nuevo en peligro. Mientras
que quienes la pulverizan realmente, haciendo pedazos nuestro mundo y nuestro
bienestar, no vivían en una región tribal de Pakistán ni iban vestidos con harapos,
sino que habitaban en Wall Street y en la City de Londres. Con sus trajes de diseño,
viajando en jets privados, los destructores del moderno capitalismo eran halagados
por los políticos y alabados por los medios de comunicación».
No soy comedido. Lo sé, aunque me importa poco en unos tiempos en los que ser
tibio se confunde con ser digno y serio. Pero ella —y es que la Napoleoni tiene
reconocimiento mundial— lo es menos que yo. Le sobra razón. Le sobran pruebas. Y
las hay, están a la vista, incluso las hay para sospechar que los mismos que
organizaban esas guerras —quién sabe si incluso aplaudiendo la oportunidad que les
dio el 11-S— son los mismos que organizaron intencionadamente este desastre
económico en el que vivimos atrapados como en un círculo vicioso.