Triple A

Bruno Cardeñosa · Capítulo 8 de 25

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Triple A

6. Fabricar dinero que no existe (premio: 3000 euros al día)

FABRICAR DINERO QUE NO EXISTE

 

(PREMIO: 3000 EUROS AL DÍA)

 

¡Qué engaño! Todavía soy creíble sin ningún tipo de comprobación para que me concedan un nuevo crédito. Los problemas empiezan más tarde, cuando las entidades notifican los primeros impagos, esas entidades que distribuyen tarjetas de crédito con la soltura de un campeón de póquer. Esas entidades te lanzan al fango, a recurrir a entidades de crédito urgente que son filiales preciadas de nuestros potentes bancos. Pero formamos parte de un gran vodevil, en el que las concubinas del mundo, es decir, los bancos, sin más religión que el goce inmediato del dinero, desnudan a sus clientes mientras ellos creen estar disfrutando, y les matan sin vergüenza en pequeñas mensualidades… Ya es demasiado tarde.

 

ANÓNIMO

 

Es la historia de un hombre que lo perdió todo por culpa de haber entrado en el sistema del crédito sin pararse a pensar, es decir, como «los de arriba quieren». Publicó su testimonio en el libro ¡Insolventes! (Espasa, 2011).

Abrió el sobre.

Benjamin Ruano respiró con una mezcla de alivio y orgullo. También con

soberbia. Y es que los que se dedican a lo mismo que él lo eran y lo son. Soberbios.

Avariciosos. Fabricantes de pesadillas y castradores de sueños. A cambio, reciben su

compensación, que es precisamente lo que consiguen: destruir las vidas y esperanzas

de los ciudadanos. A riesgo de irritar a más de uno, no decirlo es engañar: la crisis

económica es también consecuencia de una crisis de valores humanos que se ha

desangrado a través del agujero negro que es el alma de estos personajes, que viven

entre números, a sabiendas de que añadir ceros a sus beneficios son signos negativos

a modo de números rojos en las cuentas corrientes… de la gente corriente a la que

ellos odian.

Todo ello con una salvedad: les resulta necesario que los fabricantes de realidades

hagan creer a esos tipos corrientes que son unos afortunados y que sus números rojos

son tan sólo un pequeño escollo en su camino hacia la riqueza. En definitiva, tienen

que conseguir que esos valores también empiecen a mermar el alma de esa gente

corriente de bien.

Para él había motivo de engreimiento, porque este texano formado en la

Universidad de Michigan y afincado en California ha recibido la mejor noticia de

toda su vida: tras trabajar en prácticas en Lehman Brothers y embolsarse unas cuantas

decenas de miles de euros, acaba de ser contratado para operar como analista en el

cuarto banco de inversión más grande del país. Cierto es que ya hacía algunos meses

que comenzaba a hablarse de la crisis financiera tras el cierre de varias entidades que

se habían visto ahogadas ante la falta de dinero líquido para hacer frente a

vencimientos y pagos a inversores que habían comprado diferentes productos

financieros pero que ante el miedo y la falta de confianza habían decidido retirar su

dinero.

Pero tanto en Estados Unidos como en Europa nadie pensaba que las cosas fueran

a ir a mayores pese a que el crecimiento se estaba frenando de forma sospechosa.

Daba la sensación de que el sistema económico —especialmente el mundo de las

finanzas— estaba resquebrajándose, pero los avariciosos seguían a lo suyo, los

poderosos también, y los medios de comunicación, divulgadores y periodistas más

críticos con el mundo, andaban más preocupados —y yo el primero, que pensaba que

los de arriba lo tenían todo atado y bien atado— con las terribles guerras que

asolaban el mundo y los intereses económicos que había detrás.

Pero se nos estaban escapando cosas importantes, como el hecho de que en los

cinco años anteriores a aquel día la cantidad de dinero que existía en el planeta se

había duplicado, y que gracias a eso, aquel dinero contante y sonante —60 billones

de euros— se había multiplicado en la esfera financiera por diez. Y eso quería decir

que nueve de cada diez euros no existían más que en los papeles[3]. Y, ¿qué ocurriría

si algún día los dueños de ese dinero querían sacarlo de sus cuentas? ¿Y si querían

cobrar los dividendos que habían reportado sus acciones, sus títulos, sus derivados…? Porque eso podría ocurrir si un buen día el dinero real que sustentaba el

ficticio se quería o se tenía que poner en circulación. Si por ejemplo, los hipotecados

y beneficiarios de otro tipo de créditos no podían hacer frente a los pagos y las

entidades con las que firmaron esos préstamos se quedaban sin el sustento sobre el

cual habían organizado aquel milagro de la multiplicación de los panes y los peces.

Y aquel día era el 20 de agosto de 2007.

 

Cuando todos estábamos a lo nuestro…

 

Ruano estaba de enhorabuena. Podría ser rico… También estaban de buena nueva las

bolsas del mundo, especialmente Wall Street y más especialmente aún las asiáticas.

Los índices subían, menos que pocos meses antes, pero subían, impulsadas por la

decisión de la Reserva Federal de rebajar los tipos de interés, lo cual, sin discusión,

iba a facilitar que el crédito siguiera fluyendo y el consumo se mantuviera. Pero en

realidad faltaban horas, casi minutos, para que comenzaran a pasar cosas serias, como

el rescate del banco alemán Sachsen LB, que recibió ese mismo día la inyección de

17 300 millones de euros por parte de un consorcio de cajas de ahorro. Lo que les

pasaba era sencillo: la exposición del banco alemán a los paquetes financieros en los

que abundaban las ya míticas hipotecas subprime era excesiva. Los prestatarios

estaban empezando a dejar de pagar. Luego profundizaré más en lo ocurrido en los

meses previos al considerado como el origen de la crisis. Y claro, ante el temor, los

inversores querían recuperar su inversión en esos paquetes en circulación para salir

corriendo —con los beneficios en el bolsillo— por si acaso las cosas iban a peor. Y

fueron tantos los que así actuaron que el banco no tuvo dinero líquido para hacer

frente al problema y canjear esas inversiones. Aparentemente, el rescate ponía

solución al asunto, pero más tarde se reveló que era un parche puesto a destiempo.

Que la tirita no tapaba la herida y que la hemorragia era mucho mayor de lo que

parecía en un principio.

Como decía, todos estábamos a lo nuestro. Bien es cierto que muchos nos

alertaban —también a ti, que estás leyendo esto, porque en realidad los culpables ya

estaban empezando a señalar a todos menos a ellos— de que estábamos viviendo por

encima de nuestras posibilidades. Como si las posibilidades en que vivíamos nos las

hubiéramos inventado y no las hubieran facilitado ellos mismos. Como si casi

fuéramos los culpables. Como si de no haber escogido esas posibilidades —o la

tomas, o la tomas, porque no hay otra opción— hubiéramos contribuido a evitar lo

que estamos viviendo. Pero para colmo se miente —o se oculta la verdad, que es peor

—. En diciembre de 2011, el Banco de España dio a conocer el porcentaje de dinero

que podría no cobrarse y que está en situación de morosidad. Se trata de un 7,61 por

ciento del total de dinero que cobran los bancos por sus créditos a personas y empresas, una cifra que se asemejaba a la tasa de morosidad de 1994, cuando la

anterior crisis —notable, pero menos sistémica que la actual— tocó techo. «La gente

no puede devolver sus hipotecas, que se aprobaron a personas que no estaban en

condiciones de devolver el dinero», se dice por ahí. Sin embargo, el porcentaje de

dinero de gente corriente que no paga es del 2,7 por ciento, aunque ha variado

durante la crisis. Pero, más o menos, quiere decir que dos tercios de la morosidad

corresponde a otro tipo de créditos. En el caso de las empresas —gigantescas, en

muchos casos— inmobiliarias y promotoras, en esa fecha, el porcentaje de impago

alcanzaba el 20 por ciento, pero el mensaje que se transmitió era que la gente

corriente era la culpable.

 

Dinero irreal vs. dinero real

 

Por entonces, cuando no se había producido aún el crack, yo no tenía ni la más

remota idea de cómo funcionaban las cosas. Pensaba —como seguramente tú también

— que todo era mucho más sencillo, porque en realidad a los culpables les interesaba

que no nos enteráramos de nada, para lo cual utilizaban un lenguaje y una

terminología que no entendíamos… Lo hacían para protegerse y mantenernos en la

ignorancia.

Veamos si soy capaz de explicarme. No ha sido fácil aprenderlo, aunque es menos

complicado de lo que pueda pensarse. Cuando me enfrenté a este libro supe que

tendría que aprender, leer, estudiar, escuchar… Ha sido un esfuerzo de muchas horas

durante meses que me ha provocado un agotamiento inmenso. Mi editora —que ha

soportado retrasos interminables— no ha sabido hasta ahora, al leer estas líneas, por

qué pasaban meses y meses sin cumplir con los plazos de entrega que yo mismo me

impuse. Afortunadamente, mi profesión y mi formación me habían llevado a

transformar las cosas gigantes en cotidianas; es decir, a trasladar —con mi única

herramienta, la palabra escrita o dicha— cómo es lo pequeño para saber cómo es lo

grande e incluso recurrir a la metáfora y la hipérbole para atinar en la explicación.

Soy —además de una persona muy afortunada, más que la mayoría, y soy

consciente de ello, aunque en mi trabajo intento aproximarme a quienes no lo son y

empatizar con esa mayoría a la que me dirijo— periodista y escritor que, aunque muy

lejos de ser potentado, gano más que muchos, aunque casi nunca tenga nada y acabe

el mes asfixiado, incluso pidiendo adelantos y favores a quienes me pagan…

Aparentemente, todo esto no dice mucho sobre mi «crédito» como individuo social y

cliente de los bancos. Me gusta comer bien, tengo mis caprichos, me encanta viajar a

todas horas y, por qué no decirlo, también salir de fiesta, la música, el amanecer, y

sobre todo, por encima de todo, comprar muchos libros, muchos periódicos, mucho

material de trabajo, muchos ordenadores… Y vivo al límite de mis posibilidades. Es decir: esas posibilidades «irreales» de las que hablaba antes. Tengo créditos,

préstamos, seguros, unas cuentas tarjetas de esas que tienen relieve y hologramas

preciosos, impuestos brutales…

Y deudas. Muchas deudas. Tantas que en más de una ocasión me rindo, no puedo

con ellas y me tengo que someter a la crucifixión a la que condenan quienes se creen

que tienen el poder de hacerlo: empleados de banca, corredores de seguros,

inspectores de Hacienda, administrativos de empresas de cobros… Eso sí: ese juego

es la herramienta correctora e hipócrita de un sistema que me necesita. Sin embargo,

no es verdad que ese crédito personal sobre el que hablaba unas líneas más arriba sea

malo, en mi caso. Tú lo puedes pensar así, yo también lo pensaría, pero no lo cree

quien me presta. Tengo buena nota y una calificación de AAA para las empresas

financieras que controlan mi vida. Y eso que me tienen que escribir y llamar más de

una vez para recordarme y exigirme que pague lo que debo. Pero es que resulta que

deber no es malo, sino algo excelente, porque lo excelente para este sistema es vivir

en el riesgo sin cruzar la frontera, una frontera débil, muy débil, tan débil como la que

en esa fecha estaba traspasando el sistema financiero.

Mientras, yo —y muchos millones como yo, junto a unos cuantos miles de los

que ganan en una hora lo que yo en una vida— no la traspase, no pasa nada. Pero si

todos los «insensatos» como yo cruzamos esa barrera que separa el máximo riesgo

del suicidio…, al final te ahogas. Pues bien: ésa es la delgada línea roja que separa lo

mejor del tiempo anterior (máximo riesgo) del catastrófico presente (suicidio).

Recuerdo perfectamente a aquella muchacha que me abordó en la estación de

Atocha en Madrid. Al principio no pensaba escucharla, porque no quería meterme en

más líos. Había visto a lo lejos el stand en el que se encontraba y ya sabía de qué iba

el asunto. Demasiado tenía ya encima, pero pensé rápido dos veces —los sensatos lo

piensan tres veces o más, los arriesgados lo hacen dos veces, y los suicidas sólo

piensan una vez… ¿entienden por qué eligen a los arriesgados?— y pensé que quizá

lo que me quería vender aquella muchacha de acento latino me podría venir bien para

afrontar unos terribles pagos que tenía encima de mi mesa. Y es que Patricia —así se

llamaba— me vendía una tarjeta financiera, pero no de esas que todos usamos a

menudo y que cuando empleamos pagamos en el acto (débito) o a final de mes

(crédito). Patricia me explicó en qué consistía lo que vendía, y sin parar de hablar ni

dejarme tiempo para preguntas —la chica estaba bien entrenada— me preguntó por

mis ingresos. Le exageré. Y multipliqué por dos lo que ganaba anualmente…

Al cabo de pocos días, la tarjeta —por valor de 8000 euros, que me daban

precisamente por la cantidad que teóricamente ganaba— estaba en mi casa. Según

decía la carta que acompañaba al plástico (dinero irreal) podía usar su crédito poco a

poco e incluso podía hacerlo de una tacada, y se me daba la posibilidad de pagar mi

deuda en cómodos plazos casi eternos. El cálculo del pago era sencillo: 8000 euros

puestos en circulación (dinero real) cuando hice uso de la tarjeta y 12 000 euros

(dinero irreal) en intereses a pagar en el futuro, lo que sumaba un total de 20 000 euros que, sobre el papel, tenían valor en ese mismo instante, aun cuando ni siquiera

había empezado a pagar.

Patricia no me pidió ninguna prueba de la veracidad de mis ingresos. Tampoco en

la carta que me enviaron a casa de la financiera me solicitaron referencia alguna para

contrastar el dato. Tampoco me llamó nadie después para hacerlo (e incluso cuando

lo hicieron, sólo fue para ofrecerme ampliar el crédito si quería). Y por supuesto que

pudieron averiguar —e imagino que lo hicieron— que mentía, pero como mi nota es

AAA, gasto mucho y debo mucho, no les importa. Ése es el juego. Pero ojo, que

nadie se olvide del dato: yo tenía 8000 euros y ellos 20 000. Algunos piensan y creen

que ése es el negocio de los bancos: los 12 000 euros de diferencia a modo de

intereses. Pues, aunque en parte sí, por supuesto, la realidad es más compleja[4].

A ti, que seguramente tienes una hipoteca, te sucede casi lo mismo. Pongamos por

caso que tu hipoteca es el modo de pago de la vivienda que compraste por 150 000

euros. Que pagas cada mes unos 700 euros y que la condena es a 30 años. La suma es

sencilla: al final habrás pagado unos 250 000 euros (para ti es al final, pero date

cuenta de algo: para el banco la totalidad de ese dinero es con lo que operan en ese

momento en el que has firmado la hipoteca; fíjate en lo perverso del sistema que, bien

pensado, es el hipotecado quien está prestando el dinero al banco). Claro que ese

cálculo no se hace al principio y creemos que pagamos un poco más del Euribor —la

tasa de interés oficial más el diferencial que aplica el banco— sin que ellos nos

expliquen que ese tanto por ciento de interés no se aplica sobre el precio de la

hipoteca, sino que es mucho más complejo y mucho más elevado (cuando vas

recibiendo las mensualidades te vas dando cuenta de cuánto es ese Euribor al

descubrir que gran parte de tu pago no se recorta de lo que te prestaron). Y

seguramente, tú piensas que esos 100 000 euros de diferencia cobrados en intereses

es el único negocio que hace el banco[5]. Pues no…

Después de aquello, del banco me llamaron para ofrecerme un seguro de

vivienda. Me decían que era necesario, porque no podía estar dejado de la mano de

Dios en caso de que pasara algo. Y en cierto modo es así: aunque muchas de las cosas

que poseo tienen un valor para mí incalculable. La verdad es que en mis archivos —y

los archivos en sí mismos— hay cosas que necesito y que es un activo necesario para

poder seguir desarrollando mi trabajo. Por ese seguro pagaría al año unos 150 euros

y, en principio, por diez años de cálculo de futuro, pongamos por caso, la suma total

que se iba a cobrar sería de 1800 euros (dinero irreal que en el momento de firmar ya

tiene el banco si le aplica el derivado correspondiente, que es un instrumento

financiero por el cual se aplica el valor de mi pago en referencia al valor de un activo

financiero en función del precio que tendrá en un futuro ese activo subyacente). Y

puede pensarse que la aseguradora asociada al banco hará su negocio mientras que —

es improbable, por eso es un seguro relativamente barato— yo no sufra robos, tenga

goteras o mis papeles se quemen y ellos no tengan que desembolsar el dinero que me

correspondería por mi pérdida. Pero no, ése no es el negocio. Aunque te doy ya una pista: hay un seguro que asegura a mi aseguradora en caso de que tengan que

pagarme por algún destrozo que ocurra en mi casa… ¿A que empiezas a entender el

juego y algo más sobre la delgada línea que separa el riesgo del suicidio?

Por eso los seguros de los coches son los más caros. Porque casi siempre hay

algún siniestro, algo que arreglar, un pequeño golpe, un retrovisor roto, un parabrisas

que ha sido alcanzado por una piedra dejándolo hecho añicos, una trampa del taller

aquí o allá… Quizá por eso te has preguntado por qué motivo tantas veces ocurre que

tú pagas menos de seguro en un año que las facturas del taller que tu aseguradora ha

tenido que cubrir. Y eso que te pasa a ti, le pasa a muchos. Pero ten en cuenta que los

diez años de previsión de seguro que tú vas a pagar —el mío es de 500 euros, si

tuviera coche, pero pongamos que sí lo tengo— suman un total de 6000 euros (dinero

irreal) que el banco tiene ya contabilizados en sus papeles en el mismo momento en

que firmas, porque puede empaquetar ese seguro junto a otros que le darán, antes o

después, una rentabilidad. Y aunque ya nos vamos acercando a la idea, ése sigue sin

ser el negocio de la aseguradora o del banco (suelen ser los mismos aunque cambien

el nombre).

Aquí es donde entra en juego el Benjamin Ruano de turno. Como agente de

Lehman Brothers podría ser el empleado que tiene en su cartera las hipotecas,

préstamos o créditos que me conciernan (y miles más), o en este caso el analista que

determinará el valor de las propias carteras de la entidad o de otras en las que el

banco puede invertir. No tiene físicamente mi dinero, sobre todo porque está

trabajando con lo que yo voy a pagar en diez, veinte o treinta años. Pero no importa,

porque la mayor parte del dinero no existe y es una cifra escrita en negro sobre el

blanco del papel. En mi caso, todo lo que yo he firmado (lo real más lo que pagaré en

el futuro con los intereses) suma 277 800 euros (250 000 de hipoteca, 20 000 de la

tarjeta endemoniada que se tarda una eternidad en pagar, 6000 del seguro del coche y

1800 del seguro de la casa).

Ahora ruego al lector que ponga más atención todavía, porque lo que viene son

las curvas que tiene esta carretera por la senda del riesgo en el que nos metieron sin

querer…

Poniendo como caso que hubiera hecho todas las operaciones citadas en un solo

día, en el cual también he pagado los primeros plazos de la tarjeta, hipoteca y

seguros, de todo ese dinero, el real suma sólo 9500 euros, pero Benjamín Ruano tiene

un papel que dice que todo eso va a valer, o en cierto modo vale ya, 277 800 euros. Si

él tiene en su cartera unos mil incautos como yo —calificados como triple A—

acumulará un paquete por valor de 277 millones de euros. Y miles y miles de esos

paquetes se han creado desde los años noventa del siglo XX todos los días. Entonces

Benjamin intenta venderlo por un valor estimado de 277 millones de euros; lo hará a

un comprador que con ese dinero en su bolsillo —o en el monitor de su ordenador, es

decir, en papel (sigue siendo dinero irreal)— hará lo que estime oportuno: revenderlo

o utilizarlo como si fuera dinero para comprar acciones, otros productos financieros o invertir en lo que sea. De esta forma, el valor inicial de este paquete (si bien

normalmente cada tipo de préstamo va por un lado a los que se ha denominado en el

mundo financiero como CDO[6]) se multiplica hasta el infinito en sucesivas

operaciones.

Así pues, se produjeron dos fenómenos mientras el mundo crecía y mirábamos

hacia otro lado. Y pongamos atención porque ahora las curvas son tan pronunciadas

que conducir a través de ellas empieza a resultar suicida.

El dinero que estaban generando los CDO —y otros productos financieros de los

que más tarde hablaré, y entre los que también están los CDS, que son los seguros de

impago que los protegen y que también entraron en esta frenética carrera de

multiplicación del dinero a través de compras y ventas sucesivas— empezó a ser tan

inmenso que los Lehman Brothers de turno quisieron más y más. Y empezaron a

meter en esos paquetes 900 tipos con nota AAA y 100 con nota AA. Pero todo

formaba parte del mismo paquete, y las notas las ponían las agencias de calificación

que ellos mismos habían comprado para que pusieran buenas calificaciones a los

CDO y productos similares. Después, el asunto se complicó, y en esos paquetes ya

sólo había 700 tipos con AAA, 200 con AA y 100 con A. Eran cada vez peores. Así,

poco a poco, la carrera hacia la precariedad de los paquetes fue aumentando, pero

como seguían dando mucho dinero…

Al ver los Lehman Brothers y bancos similares que todo seguía yendo bien, se vio

la oportunidad de dar hipotecas —y otros tipos de préstamos, no sólo a particulares,

sino también a otros bancos, a inversores o empresarios— a todo aquel que quisiera,

tuviera o no forma de pagar, porque cada firma de una hipoteca suponía poner en el

mercado de los CDO la cantidad total del valor de ese préstamo para que entrara a

formar parte de los paquetes que después multiplicaban su valor. Y ésas son las

hipotecas subprime, que fueron poco a poco ocupando más espacio en los CDO, que

mantenían su valor pero que a la vez conllevaban un riesgo mucho mayor. El escritor

John Lanchester explica a la perfección por qué se empezó a perpetrar este masivo

fraude: «A partir del año 2005, la mayor parte del préstamo era temerario y, a veces,

activamente criminal. Todo el negocio estaba montado para prestar sin hacer

preguntas. Los préstamos generaban dinero para todos, y a la vez producían inmensas

sumas de deuda subprime, de modo que la industria bancaria podía crear todos los

CDO que deseara porque, milagrosamente, estos pagos hipotecarios se transformaban

en inversiones de nivel AAA…».

 

Un contrato para participar en la orgía

 

Y sin que nadie en el sistema se diera cuenta —aparentemente— los miles de

Benjamin Ruano del mundo dejaron de ser temerarios para convertirse en suicidas, porque cuando muchos prestatarios no pudieron hacer frente a sus pagos, esos CDO

se resquebrajaron y no había dinero real para cubrir la actividad, y se produjo tal

cantidad de impagos que los seguros para hacerles frente, los CDS, aumentaron tanto

que las aseguradoras ya no podían cubrirlos por falta de liquidez. Eso sí, Benjamin

Ruano no fue el culpable directo, sino quien lo contrató para hacer lo que deseaban

quienes gobernaban. Ellos sabían que podía pasar lo que pasó, pero ese tipo de

suicidas son diferentes al resto, porque cuando se matan no mueren ellos —puesto

que ya son inmensamente ricos— sino todos nosotros.

Hablando de contratos…

Volvamos al 20 de agosto de 2007, cuando este hispano educado en Michigan

recibió la carta de Lehman Brothers que hoy conocemos gracias a que poco después

fue interceptada o recibida por Wikileaks, que la filtró a través de su página web.

Gracias a su editor, Julian Assange, conocemos su contenido y podemos leerla para

nuestro asombro:

 

Nos congratulamos de comunicarle su contrato como analista de Lehman Brothers (la Firma). Le

informamos que su contrato será desde el 2 de junio de 2008 al 8 de agosto de 2008. Su salario base

quincenal será de 55 000 dólares.

Le rogamos que comprenda que los términos y condiciones de su empleo con la Firma son las

habituales de nuestra política. Entre otras cosas, esto significa que la confirmación del empleo está

condicionada en espera de que completemos con éxito una investigación sobre su pasado, lo que incluye

referencias, crédito y otras revisiones. Tan pronto como se satisfagan, nos reuniremos para finalizar todas

las condiciones requeridas para su empleo, que incluye un escaneo para control de drogas y el análisis de

la información necesaria para certificar su identidad y los documentos que acrediten su permiso de trabajo

en Estados Unidos.

Mientras se lleva a cabo este procedimiento, esta carta no supone un contrato. Su empleo con la Firma

no incluye términos de vinculación, y tanto usted como la Firma podrán dar por finalizada la relación

laboral sin que exista un motivo para ello.

Es necesario que usted mantenga una estricta confidencialidad respecto a los términos de esta carta y

sobre los detalles de la compensación económica, y no podrá informar sobre ningún asunto a nadie, ni a

compañeros de trabajo ni a familiares salvo que exista permiso para ello por parte de la Firma.

Nosotros estamos entusiasmados respecto al futuro de la Firma y deseamos que usted forme parte de

nuestra organización. Una vez más, insistimos en que estaríamos encantados de que usted formara parte de

Lehman Brothers.

Atentamente,

BETH E. ANISMAN.

 

«Le rogamos que una vez comprenda y acepte los términos de esta oferta, devuelva el documento original

firmado por usted no más tarde del 4 de septiembre a…».

 

Benjamin firmó el documento el mismo día que lo recibió y lo remitió a la

responsable del departamento de Recursos Humanos de Lehman Brothers, situado en

la cuarta planta del 1301 de la Sexta Avenida de Nueva York. Poco le importaron las

draconianas medidas de confidencialidad y la inestabilidad de su puesto de trabajo.

Tampoco en aquel momento le llamó la atención que se incorporara al banco casi un

año después de recibir la carta, gracias a lo cual podemos confirmar lo que parecía

conocerse en los despachos de los altos ejecutivos de Lehman Brothers: la exposición a los créditos subprime podrían provocar que no mucho después, los productos

financieros del banco no fueran deseados por nadie y dejaran de poder venderlos,

pero mientras se mantuviera discretamente la debilidad de los productos, los analistas

los recomendaran, y las agencias de calificación fueran generosas manteniendo para

los mismos la nota de AAA, podrían seguir en circulación.

Los indicios de que la crisis estaba en marcha se venían dando desde unos meses

antes de que Benjamin recibiera la oferta de Lehman Brothers. Y aunque ya habían

entrado en quiebra nada menos que nueve empresas crediticias de Estados Unidos, las

más poderosas aún se sostenían. Pero aquel día quebró la décima —American Home

Mortage—, y en días posteriores, la Reserva Federal se vio obligada a inyectar

24 000 millones de dólares a las empresas en peligro. Seguramente, el analista texano

no sabía que apenas cuarenta y ocho horas después, hasta un total de trece fondos de

inversión en España se pusieron en riesgo mortal debido al efecto contagio de las

pérdidas que se estaban produciendo al otro lado del mundo. Y eso que apenas unos

días antes, Pedro Solbes, ministro de Economía de España, había señalado que

descartaba que la crisis hipotecaria en Estados Unidos pudiera contagiarse allende los

mares. Sin embargo, la realidad se impuso: el Banco Central Europeo desembolsó

94 000 millones de euros para que las empresas financieras se pudieran sostener.

Cuando Julian Assange dio a conocer esta carta a través de sus archivos

compartidos en Wikileaks, quería alertar sobre los enormes sueldos de los analistas

de Lehman Brothers y otras empresas del sector financiero. Y no es para menos:

110 000 dólares al mes, lo que equivale a más de un millón de euros al año.

Evidentemente, si la empresa pagaba tal cantidad de dinero a unos simples

economistas que se sientan delante de un ordenador para analizar los productos con

los que comercian, y juegan vendiendo y comprando productos financieros con un

simple clic es que la rentabilidad de ese pasatiempo es extraordinaria. Lo que era

imposible percibir ese 20 de agosto de 2007, cuando se firmó la carta, es que Lehman

Brothers planteaba vender todo lo que tenía antes de que el sistema reventara. Ya lo

habían dicho las empresas de la Triple A en uno de los correos electrónicos a los que

hice referencia: «Hagámonos ricos antes de que el castillo de naipes se derrumbe».

¡Lo sabían! Y Benjamin Ruano iba a formar parte de ese ejército de analistas que

iban a reventar el mercado para llenar los bolsillos de los dueños de la empresa, para

lo cual fue necesario incitar a los trabajadores a participar de la orgía.

Poco antes de que Lehman Brothers le escribiera aquella carta, el presidente del

FMI, el español Rodrigo Rato, había presentado el informe «Perspectivas de la

economía mundial», que tranquilizó los ánimos de quienes estaban pisando tan fuerte

el acelerador: «Quizá sorprenda al lector comprobar en estas páginas que los riesgos

para la economía mundial disminuyeron desde la edición de septiembre de 2006… Al

mirar con una visión de conjunto, lo que parece más probable es que el vigoroso

crecimiento mundial perdure… La economía cobrará impulso cuando se aligere el

lastre que representa el sector de la vivienda».

Las previsiones —¿intencionadamente falsas?— no tardaron en fallar.