Triple A
21. El banquero del mundo
EL BANQUERO DEL MUNDO
Si utilizas al enemigo para derrotar al enemigo, serás poderoso.
La mejor victoria es vencer sin competir.
El arte de la guerra consiste en vencer al enemigo sin entrar en la batalla.
Un general sabio se ocupa de abastecerse del enemigo.
SUN TZU
Autor de El arte de la guerra, una auténtica guía de cómo utilizar el poder. Los dirigentes chinos se lo saben de memoria.
En el año 2005, la empresa petrolera Cnooc intentó adquirir Unocal, la séptima
compañía de hidrocarburos más poderosa de Estados Unidos. Se trataba de una
empresa con un largo y tenebroso pasado. Años antes, sus dirigentes habían pactado
con los talibanes de Afganistán el apoyo a su movimiento a cambio de que les
permitieran construir oleoductos y gasoductos que transportaran el petróleo de la
cuenca del Caspio hacia el mar, para que desde allí pudiera llegar al resto del mundo
y ampliar el suministro de oro negro. En la Casa Blanca, el apoyo a su empresa fue
incondicional. Poco importó que los talibanes fueran una secta que pretendía
sumergir en una nueva Edad Media al país en el que habían surgido, convencidos de
que Afganistán era algo así como una tierra sagrada.
Aquella operación era una demostración de que Estados Unidos era capaz de
seguir sometiendo a China, país que también había mostrado interés por aquellas
tierras. Los dirigentes del gigante amarillo sabían que necesitaban asegurarse el
suministro de petróleo si sus planes de crecimiento económico llegaban a buen
puerto. Sin embargo, los planes de Unocal se truncaron pese a las repetidas visitas de
los talibanes a Estados Unidos. Poco después de que se rompieran las negociaciones,
el mundo enteró vivió el acontecimiento más transformador de las últimas décadas: el
11-S. Como respuesta, Estados Unidos señaló a Bin Laden y los talibanes como
responsables del atentado terrorista más mortífero de todos los tiempos e invadió el
país. En hombre que fue colocado por Estados Unidos en la presidencia de
Afganistán era Hamid Karzai, un hombre de extraño y oscuro pasado, vinculado al
tráfico de opio y a la financiación de grupos violentos. El tiempo se encargaría de
limpiar su biografía, pero la historia no se puede borrar: Karzai era el representante
en Asia de la empresa Unocal.
En esta historia no hay casualidades…
Y es que en la historia de la OPA hostil contra Unocal no puede ignorarse que por
aquel entonces Estados Unidos y China estaban en plena guerra fría por asegurarse el
control del planeta en el futuro. De hecho, al gobierno norteamericano de entonces
pertenecían varios políticos que habían sido responsables de la redacción en el año
2000 de un documento titulado «Reconstruyendo las defensas de Estados Unidos».
En dicho documento se indicaba que la Casa Blanca debía actuar en el futuro con el
objetivo de asegurarse la supremacía mundial, amenazada por el crecimiento de
China. En dicho documento se hacía alusión a la necesidad de que existiera un
«suceso catalizador» que permitiera abrir una serie de frentes bélicos que supusieran,
a la larga, un freno para la expansión de China. El propio George Bush, que se
convertiría en presidente de Estados Unidos pocos meses después, era uno de los
inspiradores del documento. Este escrito —junto con otras pruebas mucho más
concluyentes de lo que pueda imaginarse— es uno de los argumentos que se utilizan
para pensar que tras el 11-S pudo haber otros culpables distintos a los apuntados por
la versión oficial. De hecho, los ataques contra las Torres Gemelas y el Pentágono se
convirtieron en esa suerte de suceso catalizador.
Además, no mucho antes de que se produjera aquella OPA hostil por parte de la
empresa china, había tenido lugar la tragedia natural más destructiva que recuerda la
historia reciente. Me refiero al tsunami que acabó con la vida de al menos 260 000
personas en el sudeste de Asia el 26 de diciembre de 2004. El despliegue de ayuda
humanitaria que pusieron en marcha países de todos los continentes fue aprovechado
por Estados Unidos para resituar sus tropas en la región y fortalecer de este modo la
estrategia de contención de China.
Paulson, el pacificador
Las cosas comenzaron a cambiar el 20 de mayo de 2006.
Aquí empieza la historia de un hombre que desde muy joven había trabajado para
el gobierno de Estados Unidos, pero que abandonó el poder político en 1974 para
empezar a trabajar en las oficinas del banco Goldman Sachs, una de las entidades
financieras más poderosas del planeta. Cuando ya llevaba casi tres décadas
trabajando para este banco, empezó a hacer algo que no acabó de gustar en la Casa
Blanca: establecer vínculos con China. Allí pasaba largas temporadas, colaborando
con algunas empresas del país a desembarcar en el resto del mundo. Él asistió con
pavor a cómo se produjo en su país un levantamiento popular sin precedentes contra
Cnooc. Tanto a las autoridades como a la población le salió su vena más xenófoba y
nacionalista. Se interpretó aquella OPA como una amenaza de China contra Estados
Unidos. Y se alimentaron todas las falsas creencias sobre los chinos, a los que se
presuponía extraños, fríos, mafiosos y, sobre todo, comunistas. El hombre de a pie
volvió a repetir todas esas leyendas urbanas acerca de si los chinos no pagan
impuestos, sobre si están invadiendo con sus prácticas económicas el resto del mundo
usando sus restaurantes y tiendas, diciendo que utilizaban carne de gato haciéndola
pasar por carne de ternera en sus establecimientos, etcétera. Esas leyendas no eran
exclusivas de la sociedad norteamericana, sino que también estaban taladrando los
cerebros de ciudadanos de otros muchos países. Finalmente, a tenor de la reacción tan
contraria por parte de la población, la petrolera china se retiró de la puja.
Pues bien, el hombre al que hacía alusión, que trabajaba en Goldman Sachs, que
se dedicaba a ayudar a empresas de China a desembarcar en Estados Unidos, que
creía en el potencial económico del gigante amarillo, y que pensaba que podía darle
dinero a él y a los suyos, se llama Henry Paulson. Y ese 20 de mayo de 2006, el
presidente George Bush lo llamó para convertirlo en secretario del Tesoro, es decir,
en el hombre más importante en la gestión de las finanzas en el país. ¿Habían
nombrado en el cargo a alguien que pese a ser norteamericano estaba colaborando
con el gran rival de Estados Unidos? Evidentemente, George Bush era un tipo
violento, paranoico y tonto de remate, pero quizá no era tan tonto como parecía y esas escasas luces eran también, en parte, una puesta en escena. Si nombró a Henry
Paulson sería por algo…
Poco después de tomar posesión de su cargo viajó a donde tantas veces había
viajado como emisario de Goldman Sachs. Es decir, a China. Pero en aquella ocasión,
Paulson viajaba en nombre del gobierno de su país.
He leído tanto sobre la crisis que ya no sé dónde encontré una frase más que
atinada: «Durante la crisis, la producción en China ha bajado, pero como los precios
de sus productos siguen siendo los más competitivos, siguen exportando a Europa y
Estados Unidos a un ritmo similar. En cambio, China no importa productos europeos
ni americanos. A lo sumo, algunas de nuestras empresas más poderosas se han
establecido allí impulsadas por la cantidad de mano de obra barata que existe.
Mientras ellos importan nuestra deuda nosotros les exportamos dinero, que tenemos
que devolver junto a los intereses oportunos».
Está claro: China está ganando la partida.
Cuando en julio de 2005 Estados Unidos y China llegaron a un acuerdo en la
ONU para controlar la entrada de nuevos países en el Consejo de Seguridad, ambos
estaban llegando a un acuerdo tácito según el cual se autoproclamaban como las dos
potencias más importantes del mundo. Para entonces, el escepticismo de los analistas
mundiales ya se había roto. A principios de los años noventa, apuntar a China como
la nueva gran potencia mundial resultaba un atrevimiento. Pero a medida que ha
avanzado el siglo XXI la situación está cada día más clara, especialmente como
consecuencia de la lectura que se efectúa de muchos movimientos estratégicos y
políticos en Estados Unidos. Todos los analistas norteamericanos sabían que tras la
caída del Muro de Berlín se abría un paréntesis con nuevos enemigos, durante el cual
se gestaría una nueva potencia militar, política y económica que hacia el año 2025
podría devolver al mundo a una situación bipolar.
China conquista las fuentes del petróleo
La evolución de China en los últimos dos decenios ha sido silenciosa; asistió en un
segundo plano al reordenamiento estratégico tras el 11-S y quiso competir con
Europa en la lucha por la segunda posición. Sin embargo, su crecimiento puede
llevarla a alcanzar el liderazgo mundial, para lo cual, entre otras cosas, buscó
asegurarse por vía diplomática y comercial el acceso a las fuentes de petróleo que
necesitaba para poder sostener su crecimiento. Sin embargo, lejos de hacerlo
mediante el uso de las armas, lo ha hecho con un sentido práctico que no ha sabido de
criterios políticamente correctos —pactando con países presuntamente sospechosos
de mil cosas— ni de intencionalidades políticas.
¿Sabe usted cuándo se comercializó el primer coche en China? Quizá se sorprenda al saber que tal cosa ocurrió en el año 1984. Cuando en Pekín apareció el
primer coche, en Madrid ya habia más de un millón de vehículos. Sólo veinte años
después, en ambas ciudades la cifra rondaba los dos millones, y hoy la capital china
supera ampliamente a la española. Pues bien, este dato ejemplifica a la perfección el
imparable crecimiento del imperio amarillo.
Lo señalado tiene su reflejo directo en el mundo del petróleo. Porque si bien
cuando cayó el Muro de Berlín el consumo de China era de poco más de un millón de
barriles de oro negro diarios —unos diez millones de barriles en Estados Unidos en
esas fechas—, en este momento las cifras son muy similares. Al ritmo de crecimiento
actual, para el año 2025 China estará consumiendo unos quince millones de barriles
todos los días.
Es por ello que China estableció acuerdos comerciales amistosos con países como
Irán, Rusia, Brasil o Venezuela para abastecerse sin problemas. Es decir: las potencias
emergentes o países enemigos de Estados Unidos pero con una situación de solvencia
productiva en cuanto a petróleo se refiere. En contrapartida, la compra de crudo en
Estados Unidos depende de situaciones muy endebles. En la actualidad, gran parte
del petróleo se adquiere en Arabia Saudí y Venezuela, pero por unas u otras razones,
sus relaciones con estos países son inestables o están amenazadas por otras
circunstancias. La necesidad de encontrar otros suministros fue uno de los motivos de
la invasión de Irak, e incluso de la de Afganistán, que permitió acceder a las rutas de
gas y petróleo que tienen su origen en los países de la cuenca del Caspio.
La situación llevó a Estados Unidos a abrir una serie de frentes bélicos con el
objetivo de controlar y dominar aquellas regiones del mundo en donde se genera
petróleo. Pero mientras Washington hacía la guerra e «invertía» en sus guerras
cantidades de dinero colosales, China empezó a hacer el amor sin mirar con quién y
continuó siendo la fábrica del mundo al tiempo que empezaba a financiar los gastos
de Estados Unidos mediante la compra de deuda emitida para sufragar esos gastos
bélicos, geoestratégicos o diplomáticos. No puede dejar de pensarse en esa máxima
de El arte de la guerra, en la que se señala que hay que abastecerse del enemigo…
Antes de la crisis económica, los cálculos de los especialistas situaban el
momento de paridad entre las dos potencias para el año 2025. Hoy las cosas han
cambiado, al menos en el sentido del poderío económico, puesto que en el militar esa
paridad aún se antoja a años luz. Pero la igualdad en cuanto a poder financiero entre
los dos países puede decirse que ya está a la vuelta de la esquina.
Siguiendo con esta misma línea de análisis, conviene citar que las reservas
petrolíferas comprobadas en el subsuelo de Estados Unidos son de 22 677 millones
de barriles, según la publicación Oil and Gas Journal. Tal dato es muy importante,
porque esas reservas son algo así como la caja de resistencia que una nación tiene de
cara a un posible desabastecimiento.
Sin embargo, esa cifra no va a crecer en el futuro. De hecho, en 1970 Estados
Unidos extraía en su territorio casi cuatro millones de barriles diarios, mientras que en 2025 la cifra se habrá reducido a menos de dos millones, aunque en los últimos
años el optimismo ha crecido gracias a los descubrimientos geológicos que hacen
suponer que ahí abajo hay más petróleo del que se creía. Justo lo contrario ocurre en
China, que para entonces duplicará su producción de petróleo, que en la actualidad es
de 3,5 millones de barriles diarios. Así, a día de hoy, las reservas chinas son de
18 250 millones de barriles y crecerán aún más en el futuro. Se puede predecir que
acabarán siendo mayores que las de Estados Unidos.
Además, el gobierno de Pekín no ha tenido la necesidad de recurrir hasta la fecha
a su caja de resistencia, mientras que Estados Unidos ha tenido que hacerlo en varias
ocasiones. Por si fuera poco, si revisamos la lista de la revista económica Forbes
encontramos cómo, por sorpresa, en los últimos años se ha colocado en octavo lugar,
entre las petroleras más importantes, la compañía China Petroleum.
Los datos del nuevo gigante mundial
Otro dato que nos da una idea del crecimiento chino es el que nos habla del Producto
Interior Bruto (PIB), algo así como el dinero que genera un país. Comparemos de
nuevo. En el año 2003, el PIB de Estados Unidos fue de 10,8 billones de dólares,
situándose en el primer puesto del mundo (en segundo lugar estaba Japón con 4,3
billones, en tercero Alemania con 2,4 billones y en cuarto Reino Unido con 1,8
billones), pero las cosas van a cambiar en un tiempo relativamente breve. Mientras,
según los datos del FMI, en el año 2012 Estados Unidos sigue ocupando el liderazgo
mundial con 15,6 billones, China ya es el segundo, con 12,3 billones, mientras que el
tercero es India con 4,8, el cuarto es Japón con 4,5, el quinto es Alemania con 3,1 y el
Reino Unido ha bajado al octavo con 2,3, que ha cedido a la pujanza de Rusia y
Brasil. Es evidente, pues, que las cosas están cambiando y que la crisis económica ha
situado en un lugar preeminente a los países emergentes del llamado grupo BRIC,
que son China, India, Brasil y Rusia. Dicha expresión, que forman las iniciales de
estas naciones, fue acuñada por Goldman Sachs a comienzos del siglo XXI al
identificar aquellos lugares en los que puede invertirse y conseguir buenas
rentabilidades. Evidentemente, son países muy poblados —especialmente China e
India, que suman más de 2500 millones de habitantes, casi una tercera parte del
mundo entero— y las diferencias sociales son extraordinariamente acusadas, pero
respecto al poderío del país, como si de una empresa se tratara, este hecho influye
menos.
Para el año 2050, el primer puesto del mundo lo va a ocupar China con un PIB de
40 billones de euros, mientras que la segunda posición la ostentará Estados Unidos
con 35 billones de dólares, aunque conviene aclarar que, para entonces, Estados
Unidos tendrá 420 millones de habitantes y China 1424 millones, según las previsiones. Pero es que además, los «aliados» de China ocuparán el tercer puesto
(India, con 30 billones), el quinto (Brasil, con 7,5 billones) y el sexto (Rusia, con 7
billones). Sólo un aliado comercial de Estados Unidos como Japón (en tercer puesto,
con un PIB de 8 billones) entrará en esa lista, mientras que ni siquiera todos los
países europeos juntos alcanzarán el PIB de China.
Como medida proteccionista ante el hecho de que la exportación china a los
países más poderosos es enorme, Estados Unidos ha impuesto fuertes aranceles a los
productos procedentes de aquel país, al tiempo que intenta postergar el embargo de
venta de armas que sufre el gigante amarillo. Pero tampoco esto es un problema para
China, puesto que tan singulares son sus números que apenas necesita invertir un 3,5
por ciento de su PIB defensa, lo que no le impide ni impedirá mantener el mayor
ejército del mundo en cuanto a efectivos humanos, con más de dos millones de
soldados y un presupuesto de más de cien mil millones de euros, que lo convierten en
el segundo país que más gasta en defensa, tras Estados Unidos, que alcanza los
cuatrocientos mil millones de euros. No deja de ser llamativo que, pese a la recesión,
China ha aumentado más que nunca su presupuesto militar. Además, cuenta con
armamento atómico suficiente para destruir el mundo entero, ya que disponen de
misiles intercontinentales capaces de llegar a cualquier parte del planeta. Con
embargo incluido, China ya ha realizado medio centenar de pruebas atómicas y es el
segundo país del mundo que más gasta en comprar aviones, barcos y tanques. Sólo lo
gana India. A pesar de todo, la sensación es que China es una potencia sin ánimo
imperialista y pacífica en esencia. El problema es saber qué pasará si ese dragón se
siente amenazado en sus objetivos y esos objetivos están más cerca —aunque
también son más débiles debido a la inestabilidad mundial— que nunca de poder
cumplirse.
Planes para hoy y mañana
Para que China haya podido alcanzar esta situación ha sido necesario poner en
marcha un proceso político meticuloso e inteligente que tiene por objetivo tres
grandes metas. La carrera ya ha empezado, aunque todavía quedan kilómetros para
llegar al final. Éstos son los objetivos que se han marcado cumplir totalmente para el
futuro y sobre los cuales se oirá hablar de un modo u otro en los medios de
comunicación:
• Aliviar las tensiones con otros países de la zona.
El paso fundamental ha sido restablecer relaciones con Corea del Sur, país en el
cual existen cientos de instalaciones militares de Estados Unidos que tenían por
objeto la contención del gigante amarillo y de Corea del Norte. «Los acuerdos con
Corea del Sur son el mejor ejemplo del éxito de la nueva diplomacia de China», asegura David Shambaught, profesor de la Universidad George Washington, quien
asegura que la estrategia actual de Pekín para con sus vecinos ha situado a China
como centro de Asia a todos los niveles. El analista norteamericano ha denominado a
esta forma de hacer política como diplomacia blanda; mientras, los intelectuales de
Le Monde Diplomatique la califican como diplomacia asimétrica y la sintetizan así:
«Muy flexible, que prioriza los vínculos bilaterales, establece relaciones con todo el
mundo y, a su vez, reduce tensiones del pasado», escribe en el semanario francés
Martine Bulard.
Pese a todo, aún existen conflictos endémicos en la región que todavía no están
completamente solucionados, pero que están camino de arreglarse. Me refiero, por
ejemplo, a los conflictos con Rusia, país con el que comparten más de cuatro mil
kilómetros de frontera que quedaron definidos por primera vez en la historia el 2 de
junio de 2005. Esto ha provocado que los estrategas de Estados Unidos no estén del
todo convencidos de tener a Rusia de su lado, pese a las aspiraciones occidentalistas
de su gobierno. Además, dos meses antes los chinos establecieron acuerdos y pactos
similares con India para solucionar litigios fronterizos que existen desde 1962. Salvo
con Japón, China está consiguiendo crear a su alrededor una causa común para toda
Asia.
• Establecer relaciones económicas en todo el mundo.
En el año 2001, China entró a formar parte de la Organización Mundial del
Comercio, y en noviembre de 2004 lideró la iniciativa asiática para establecer una
zona libre de comercio en la región. Así, a partir de ese fortalecimiento regional, ha
extendido sus tentáculos al resto del mundo y ha establecido relaciones comerciales
en todos los continentes, aunque no menos importante es el hecho de que dos terceras
partes de su riqueza provienen de industrias multinacionales radicadas en su amplio
territorio.
• Fomentar el crecimiento interior.
En los primeros años del siglo XXI, el crecimiento económico de China aumentó
un 10 por ciento cada año de forma permanente, hasta alcanzar su punto máximo en
2007 con un 14,2 por ciento. Lógicamente, la crisis mundial afectó a ese crecimiento,
pero en ningún caso lo llegó a situar en números negativos, algo que sí ha ocurrido,
por ejemplo, en Europa. En 2008 bajó al 9,6 por ciento, y «tocó fondo» en 2009 con
un crecimiento de sólo un 9,2 por ciento, y se recuperó en 2010 con un crecimiento
del 10,4 por ciento, aunque la segunda etapa de la crisis volvió a reducir el
crecimiento a un 9,4 por ciento en 2011. En relación a los otros países asiáticos, el
crecimiento ha sido uno o dos puntos superior cada año. En ese mismo período de
tiempo, China ha incrementado su tasa de inversión en un cuarenta por ciento, algo
que algunos estados prósperos han tardado décadas en conseguir, lo que ha derivado
en un incremento del poder adquisitivo del chino medio, que actualmente está en cinco mil dólares al año. Dicha tasa podría alcanzar los niveles de Europa en torno al
2025.
Las desigualdades en China
Se trata de su talón de Aquiles. Los derechos laborales y, en general, los derechos
humanos, presentan carencias más que criticables en el gigante amarillo. Por otro
lado, las diferencias económicas en la población son inmensas. Si un chino, por
término medio, tiene un poder adquisitivo anual de en torno a cinco mil euros, eso
quiere decir que existen cientos de millones de personas en el país rozando el umbral
de la pobreza. Además, parte de esa riqueza china se fundamenta en la creación de
bolsas de trabajo en regiones aisladas, dentro de las cuales los salarios son risibles y
los trabajos rozan la esclavitud. Pero también es cierto que, si bien hay un pequeño
avance en ese sentido en China, en el resto del mundo se está retrocediendo como
consecuencia de las crisis económicas.
Hasta ahora, el actual poder chino ha logrado aislar de la escena pública a estos
millones de personas merced a un sistema político que sigue detentando graves
carencias en cuestiones de derechos humanos, pero que se sostiene gracias a la casi
dictatorial presencia de un partido único. No obstante, la población de China ocupa
un retrasado puesto en el ranking de bienestar mundial. La crisis tampoco ha servido
para mejorar esa situación, porque del puesto 89 del ranking mundial del Índice de
Desarrollo Humano pasó a ocupar el puesto 101.
Que China no acceda a una democracia absoluta es la única esperanza que pueden
tener otros países poderosos para mantener su estatus. Porque la realidad es clara: «Si
China crece al mismo ritmo, será imposible satisfacer las necesidades energéticas del
mundo entero», me decía en una reciente entrevista Daniel Gómez, presidente de
AEREN (Asociación de Estudios sobre Recursos Energéticos). Dicho de otro modo:
no hay sitio en la Tierra para dos potencias como son Estados Unidos en la actualidad
y como será China en el futuro. Y más siendo Europa una nación de veinticinco
naciones que desearía ser el eje de la balanza y mantener su nivel, que es el mismo,
en conjunto, que Estados Unidos. Sólo hay una solución para China: mantener su
avance económico pero también su déficit social.
Si yo necesito mantener mi nivel —si por ejemplo fuera el presidente de Estados
Unidos— tendría claro cuáles serían los pasos necesarios para contener el actual
crecimiento chino, pero sin llegar a frenarlo del todo, porque, en el fondo, me interesa
como sede para parte de mi industria y mercado para mis productos. La solución la
tendría provocando cierta desestabilización interna, enervando a esa masa de millones
y millones de chinos descontentos, hambrientos y necesitados de justicia social (y
legal). Además, primaría movimientos separatistas que ya existen en las regiones del Tíbet y Xinjiang, amén de potenciar la retórica bélica de algunos enemigos que aún
les quedan, como Corea del Norte, país al que utilizaría como amenaza latente. Por
otra parte, culparía al gobierno de China de alimentar el terrorismo y la escalada
nuclear. ¿Acaso acabo de describir lo que sucederá en el futuro? En absoluto me
extrañaría…
Sin embargo, la crisis económica quebró gran parte de esos planes. Estados
Unidos incrementó su violencia verbal respecto a China cuando Bush visitó Pekín a
finales de noviembre de 2005. Ya dos días antes de llegar, expuso desde Japón —todo
un símbolo desafiante: Japón es el rival asiático de China— la necesidad de fortalecer
la democracia en el país y apoyó a Taiwán, región que reclama su independencia y
que China ha amenazado con atacar. Sin embargo, la crisis económica ha suavizado
hasta límites extraordinarios las críticas que llegan a Pekín desde la Casa Blanca. Se
han quedado en desaires de cara a la galería, algún exabrupto en período electoral
para disimular, pero en la realidad, lo que el entonces presidente de la nación que aún
es la más poderosa del mundo decía en una entrevista televisiva en una cadena de
Phoenix, en Texas (Estados Unidos), se está cumpliendo: «China es una amenaza, un
socio, un competidor y una oportunidad». Al mismo tiempo, desde la ONU, el
delegado norteamericano John R. Bolton instó a fortalecer las libertades —siempre
definidas desde un prisma estadounidense— en el país e inició una serie de acciones
para que se consideren ilegales internacionalmente algunas de las políticas
monetarias de Pekín. Por si fuera poco, la secretaria de Estado Condoleezza Rice se
destapó con un crítico «tenemos que ver cómo mantener el equilibrio de fuerzas en la
región», en alusión al incremento del poderío militar de China. ¿Qué quería decir?
Con Barack Obama, mucho menos agresivo en su naturaleza que Bush, la cosa ha
cambiado. La visita de uno de los líderes chinos a la Casa Blanca en febrero de 2012
dejó las cosas muy claras. Los cuerpos de seguridad se encargaron de impedir
cualquier manifestación contraria a China, y el primer presidente negro de la historia
del país sonreía abiertamente ante su banquero. Hubo algún comentario tibio:
«Vamos a seguir insistiendo en la aplicación de los derechos de todos y en que China
se adapte a las reglas del sistema económico internacional». Y dicho esto, el
vicepresidente chino Xi Jinping se marchó a ver un partido de baloncesto tras saludar
e intercambiar cuatro palabras con el discreto vicepresidente, Joe Biden, que ante los
medios de comunicación se bajó los pantalones: «Es un signo de madurez que los dos
podamos hablar de las cosas que nos diferencian. No siempre vamos a ver todas las
cosas igual, pero los americanos quieren conocerte», le dijo al mandatario chino con
una sonrisa forzada. Aquella cita del 12 de febrero de 2012 fue la demostración de
que China acababa de ganar la batalla del equilibrio de fuerzas en tiempo de crisis
económica.
1998-2008: guerra fría entre Estados Unidos y China De la crisis de 1929 y la posterior depresión de los años treinta se salió tras la
segunda guerra mundial. Aunque hubo muchos más factores en juego, no pueden
separarse las cuestiones económicas de las bélicas. Hoy, la crisis que nació en 2008
no parece encaminada hacia un enfrentamiento global. No parece…
Pero no debemos olvidar lo que conocemos hace tiempo.
En noviembre del año 2000 los directores de las principales agencias de Estados
Unidos se reunieron para valorar el asalto que se había producido en las instalaciones
de máxima seguridad de Los Álamos, California. Los ladrones se habían apoderado
de importantes secretos militares. Según explica el investigador Miguel Pedrero en
Corrupción: las cloacas del poder (Ed. Nowtilus, 2004), los servicios secretos chinos
pudieron haber sido los responsables del robo.
Recuerdo que cuando empecé a investigar las tramas ocultas que se escondían
tras los atentados del 11-S, muchas de mis fuentes de información me insistían en que
el telón de fondo de aquellos sucesos podría ser el conflicto subterráneo que se está
gestando entre China y Estados Unidos. Así me lo indicó en una larga entrevista el
periodista francés Thierry Meyssan, autor del libro La gran impostura (Esfera de los
Libros, 2003). Apenas les hice caso, pero, poco a poco, aquellas tesis fueron
empezando a cobrar sentido…
Ahora quiero compartir con el lector la información que existe sobre este asunto.
Tras aquel acontecimiento, los conflictos bélicos siempre estuvieron marcados por la
postura de China en un lado —con el tímido apoyo de Rusia— y la de Estados
Unidos en el otro. No es ningún secreto que ambas naciones se opusieron a la Casa
Blanca en los acontecimientos de Libia y, posteriormente, en los de Siria.
Y es que si echamos un pequeño vistazo al pasado resulta poco complicado
explicar lo que estaba cociéndose en los pasillos del poder. No hace tanto que el
presidente norteamericano Bill Clinton visitaba China, allá por 1998, desplegando su
sonrisa más cautivadora. Para el recuerdo quedaba aquel juego de guerra que se llevó
a cabo dos años antes, cuando Estados Unidos situó dos de sus mejores portaviones
en Taiwán.
«Cuidado, que estamos aquí», parecían querer decir los estrategas del Pentágono.
Y es que los chinos habían realizado unas maniobras militares poco lúdicas muy
cerca de ese pequeño país independiente que China reclama como una provincia
suya. Pero las cosas no fueron a mayores, y la distensión —al menos, en apariencia—
llegaría poco después, si bien el conflicto de Taiwán sigue estando muy presente en
ambos bandos. Pero la postura de los asesores de Clinton ya era clara: promover una
vía de compromiso y colaboración con el gigante amarillo siempre y cuando Estados
Unidos pudiera mantener su hegemonía comercial y económica en Asia, al tiempo
que China abandonara sus ideas políticas y admitiera las normas internacionales.
Sin embargo, a espaldas de Clinton estaba surgiendo un movimiento mucho
menos inocente y de gran calado bélico. En lo político eran tipos conservadores e
inteligentes que, en cierto modo, habían logrado infiltrarse en algunos órdenes de la Administración del carismático presidente. Para ellos, era necesario contener la
ambición de China por medio de la distensión militar y de las operaciones encubiertas
de los servicios secretos.
Casi una década después, los representantes de la segunda vía empezaron a ganar
su particular batalla interna. Pensaban que no había sitio en el mundo para una China
convertida en superpotencia para el 2025, y por ello, pragmáticos y materialistas
como son, decidieron pasar a la acción de forma encubierta. Presionado o no por ese
poder conservador, apenas una semana después de su visita a China, el secretario de
Defensa de Estados Unidos, William Cohen, anunciaba que las tropas
norteamericanas se quedarían hasta la eternidad en Corea del Sur. ¿Qué significaba
aquello? Simplemente, Cohen, íntimo de Clinton, estaba diciendo que existía un
enemigo a las puertas en Asia al que había que controlar en lo militar. Y no se refería
a la nuclearizada Corea del Norte, puesto que el político norteamericano aseguraba
que esa presencia militar en la zona sería independiente de una hipotética paz entre
las dos Coreas.
Cabe suponer que en la trastienda de la visita de Clinton a China se plantearon
situaciones terribles de cara al futuro y sobre las cuales muy poco supimos.
Posiblemente las conversaciones no fueron tan amigables como pueda creerse. Quizá
—en vista de lo ocurrido después— la política de compromiso y colaboración de
Clinton era sólo una fachada hipócrita. Quizá en realidad no había dos posturas en el
seno del poder norteamericano, sino que como mucho existían dos formas de actuar
ante el conflicto. La realidad es que, en cierto modo, en ese año 1998 acababa de
declararse la guerra fría entre China y Estados Unidos.
Washington se sentía mucho más amenazada que en tiempos pasados con la
URSS. En la etapa anterior, la retórica pública de los líderes de uno y otro bando no
escondía más que intereses particulares; todo parecía un teatro, porque la situación
real era que todos sabían que los rusos jamás podrían destronar a Estados Unidos. A
este respecto, a comienzos de 2005 la cadena británica de televisión BBC realizó un
espectacular documental titulado «A power of nightmares» en el que se mostraba
cómo el llamado Equipo B —comisión compuesta por políticos y militares
encargados de valorar las capacidades bélicas de los rusos— exageró el poderío de
las armas rusas puesto que diversos sectores económicos y políticos estaban
interesados en que se mantuviera una tensión que los beneficiaba. Este tipo de
verdades interesan sin embargo bien poco; los documentales así se emiten a horas
intempestivas y no se repiten jamás, aunque no por ello dejan de representar verdades
como puños.
El mundo comenzaba a separarse en dos bloques que orbitan en torno a las dos
grandes potencias, al que habría que sumar un tercer frente. A un lado se encuentran
Estados Unidos, Reino Unido y Japón junto a sus naciones satélite. Mientras tanto, al
otro está China junto a gran parte de Asia y Oriente Medio. Y, en el centro, una larga
lista de países —Rusia, Brasil, Venezuela o parte de la Unión Europea son los más significativos— que no acaban de compartir los sistemas propuestos desde
Washington o que se encuentran entre dos aguas.
El 7 de mayo de 1999 llegó el primer aviso serio. En aquellas fechas, Estados
Unidos y la OTAN habían decidido intervenir en el conflicto de la antigua
Yugoslavia, en donde las regiones del extinto país luchaban por su independencia
respecto de Serbia.
Tras uno de los bombardeos sobre Belgrado destinados a castigar a los milicianos
serbios, la embajada de China quedó destruida por completo. Según se supo después,
un avión norteamericano B-2 había descargado varias bombas sobre el edificio. De
cara a la opinión pública, se dijo que «ha sido un lamentable error». Washington se
disculpó por el fallo, pero las carcajadas debieron de oírse en toda la Casa Blanca,
porque la explicación que se dio —justificación que, dicho sea de paso, no mereció ni
la más mínima enmienda por parte de los medios de comunicación— fue que el B-2
había utilizado unos mapas de Belgrado que estaban caducados y viejos. Menos mal
que disponen de cientos de satélites capaces de fotografiar al detalle cualquier cosa
que esté en tierra…
Los chinos se guardaron el golpe en la recámara. Prefirieron callar y esperar con
paciencia oriental el momento de devolver la afrenta. Aguardaron a que Estados
Unidos tuviera un nuevo gobierno que, si no fallaban los cálculos, sería más
descarado en sus acciones y planteamientos.
No obstante, mientras se avecina una nueva era, un equipo de ideólogos de corte
militar y conservador dio a conocer un estudio titulado «Reconstruyendo las Defensas
de América» antes de las elecciones que ganó George Bush a finales del año 2000.
Aquel trabajo, que exponía un siniestro manual de operaciones para los futuros
inquilinos de la Casa Blanca, indicaba que era necesario iniciar una serie de
conquistas militares en Oriente Medio y Asia Central con un único objetivo: controlar
los recursos energéticos y situar tropas en la antesala de China, debido a que este país
se convertiría en la gran amenaza de Estados Unidos durante el siglo XXI.
No es casualidad que todos los firmantes de aquel documento fueran llamados por
George Bush para formar parte de su gobierno. De este modo, el presidente texano
venía a reconocer que aquel manual de operaciones era certero y atinado. A fin de
cuentas, quienes habían escrito el casi centenar de páginas mantenían contactos muy
firmes con la industria petrolera y armamentística. No eran más que los portavoces
del poder financiero sobre el que se sostiene Estados Unidos.
Pocas semanas después de la toma de posesión de George Bush, un avión
norteamericano F-3 Aries cayó sobre territorio chino. Entonces las risas cambiaron de
bando. Fue en Pekín donde se oyeron. Y es que aquel aparato era un avión espía que
investigaba desde las alturas los movimientos estratégicos del gigante amarillo. No
sólo eso, sino que los veinticuatro tripulantes fueron capturados y encarcelados. Se
trataba de una bofetada espectacular, ya que los militares chinos lograron desentrañar
algunos de los secretos del avión.
La crisis se resolvió días después. Los chinos devolvieron el aparato y a sus
tripulantes, y los norteamericanos pidieron perdón por su ilegal incursión sobre
territorio chino. La cosa acabó ahí, pero el mensaje que el incidente escondía era de
gran relevancia. Que se tratara de la primera crisis del gobierno de Bush en su nueva
etapa tampoco parecía casualidad. Después de aquello, el presidente texano rompió
los acuerdos para la contención del armamento nuclear y, casi sin tiempo para abrir
los ojos, llegó el 11-S, hecho que le permitió tomar la iniciativa y la delantera en esta
suerte de guerra fría no declarada pero que cada minuto que pasa es más ardiente.
Las medidas geoestratégicas que tomó George Bush —a quien el futuro deberá
juzgar como responsable de haber quebrado un mundo que aspiraba a estar en paz—
tras el 11-S se ajustan a los planes previstos en «Reconstruyendo las defensas de
América».
Todos esos movimientos tienen un objetivo a corto, medio y largo plazo. Por
ejemplo, en el caso de la invasión de Irak, la primera meta era conquistar un país
cuyos recursos energéticos podrían ser suficientes para asegurar petróleo a Estados
Unidos durante décadas.
A medio plazo, la ocupación del lugar permite situarse respecto a futuras
aventuras militares, por ejemplo, en países como Irán. Quién sabe si cuando estas
líneas vean la luz las primeras bombas ya habrán caído por allí con la excusa de que
el gobierno de Teherán pretende desarrollar —extremo no confirmado
definitivamente— armas nucleares.
Y, a largo plazo, se están situando decenas de miles de soldados en países que
hacen frontera con China. Tal es el caso de Afganistán. También, con la excusa de la
lucha contra el terrorismo internacional, decenas de bases americanas están
ubicándose en repúblicas exsoviéticas que se encuentran en las proximidades del
gigante amarillo. Además, siguiendo los indicativos del texto antes citado, algunas
instalaciones americanas en Europa se han cerrado para trasladar a sus hombres a
diversos puntos de Asia. Incluso el tsunami que azotó virulentamente el sudeste del
continente el 26 de diciembre de 2004 fue aprovechado para derivar tropas
norteamericanas que estaban en el Pacífico y dirigirlas hacia el océano Índico,
situándose en la antesala del orbe geográfico de China. Como el informe de los
neoconservadores señalaba, cualquier razón debe aprovecharse para situar el ejército
ante las nuevas amenazas. No vayamos a pensar que decenas de barcos de guerra y
miles de hombres acudieron a las costas damnificadas por el tsunami con intenciones
humanitarias…
En la actualidad, hay más de setecientas instalaciones militares de Estados Unidos
en todo el mundo. Sin embargo, como bien señala Daniel Smith, coronel de la USAF
retirado, la presencia norteamericana se extiende a un total de 5458 enclaves
distintos. La distribución de estos puntos rojos en el mapa responde al llamado «Plan
de Revisión de Postura Global», la iniciativa del gobierno norteamericano para
resituarse ante China y dominar los recursos energéticos: «En Asia, nuestra iniciativa se apoya en las posibilidades que tenemos tanto por tierra, mar y aire de acortar
grandes distancias mientras que reforzamos nuestras posiciones navales y aéreas en la
región», señaló en un informe Donald Rumsfeld, secretario de Defensa del gobierno
de George Bush. Y luego nos dicen que están allí para ayudar a los países pobres de
la región…
En China —lo sugiere el mismo coronel Smith en la revista Foreign Policy—
saben perfectamente cuál es el juego de Estados Unidos en estos comienzos de siglo.
Al tiempo que desde Pekín se sigue fomentando el crecimiento económico y
comercial, sus dirigentes conocen perfectamente los talones de Aquiles que los
servicios secretos norteamericanos van a exprimir. Por un lado, se calcula que en
China pueden existir —así lo valora Chalmers Johnson, otro exoficial norteamericano
— más de cien millones de personas rondando la pobreza absoluta. Podrían ser
incluso trescientos millones. En suma, se trata de una masa crítica que puede estallar
para intentar reclamar el fin de su segregación social. Es lógico, pues, que la CIA esté
sembrando «dinamita» ahí para activarla en contra de sus dirigentes. Ésos son los
planes que se manejan…
De hecho, en ciertas regiones fronterizas con Asia Central han aparecido diversos
grupos islámicos teóricamente vinculados a Al Qaeda. Durante los años 2004 y 2005,
ya se ha dado luz verde a diversas informaciones —no confirmadas, pero los medios
norteamericanos las han divulgado sin más examen crítico— que mencionan la
existencia de células durmientes de terroristas chinos aliados de Bin Laden. Eso
creará un estado de opinión que facilitaría ciertas aventuras militares —de momento,
hipotéticas (y que así sean siempre)— contra un imperio como el chino que, además,
valora escasamente los derechos humanos, la libertad de opinión y la democracia.
En un futuro no lejano, no será difícil utilizar un discurso demagógico en donde
sean comunes términos como lucha por la libertad, por la democracia y contra el
terrorismo en relación a China. Además —y según informaciones dadas a conocer
por el periodista Gordon Thomas en el año 2005— el gobierno de Pekín habría
establecido contactos con Bin Laden hasta el punto de ofrecer a Washington la
entrega del hombre más buscado del mundo a cambio de una serie de prebendas.
Que éste pueda ser un escenario futurible quedó bien claro cuando el director de
la CIA en el año 2000 —George Tenet, que siguió en su puesto durante los primeros
años del gobierno de Bush— elaboró un escrito en el que podían leerse las siguientes
apreciaciones basadas en informes de Inteligencia.
Leámoslas con atención:
«China, a medida que se vaya convirtiendo en la nueva superpotencia del tercer
milenio, proporcionará probablemente armas biológicas y químicas y los artilugios de
bolsillo necesarios para librar una guerra terrorista contra Estados Unidos,
posiblemente hacia el año 2015. Hacia ese año, América abdicará de su papel de
policía del mundo. Esto se producirá en un momento de tensión creciente en el
Lejano Oriente; según las indicaciones actuales, cuando China ordene a Japón desmantelar su programa nuclear y deje a Estados Unidos sin otra alternativa que
relacionarnos con Asia en unas condiciones que podrían provocar un importante
estallido bélico antes de 2015. Los protagonistas serían posiblemente China y
América».
Pero llegó la crisis, y la guerra fría quedó aparcada…
Crisis sí, pero menos crisis
Decir que la crisis no ha afectado a China es un error. La bolsa china había tocado su
techo a finales de 2007, cuando los temblores financieros ya comenzaban a dejarse
notar. Tras la caída de Lehman Brothers, los índices tocaron mínimos históricos, pero
mientras en el mundo entero la caída prosiguió, en China se produjo una
recuperación, y desde mediados de 2009 los índices se han mantenido. Todavía se
preguntan los analistas si China tocó techo o si la burbuja asiática podría llegar a
estallar. Sin embargo, la realidad indica que el aterrizaje de China fue intencionado,
pese a que curiosamente se ha señalado que un informe de Goldman Sachs tuvo una
influencia muy negativa que antecedió a la caída de la bolsa. El crecimiento se enfrió
porque decidió ponerse la expansión a remojo. Resultaba imposible para China
proseguir su ascenso si el resto del planeta sufría los envites de la crisis, y desde
Pekín se accionó una tecla más: apoyar el consumo interno. Era como si la crisis
hubiera permitido al gigante amarillo iniciar una nueva etapa y mirar también hacia
adentro, debido a que durante los años previos la tasa de ahorro de los chinos se elevó
a un 40 por ciento, lo que significa una cuarta parte de todo el ahorro mundial. A ello
contribuyó mucho que el aumento de los salarios en las grandes ciudades crecía entre
el 10 por ciento y el 20 por ciento en los años de expansión mundial.
En el año 2006, cuando los grandes financieros de Occidente actuaban para
atrapar las últimas riquezas ante una crisis que sabían que venía pero que no
quisieron denunciar sin ganar más y más antes de que estallara, China tomó una serie
de medidas económicas que sólo se entienden con la perspectiva que da el tiempo. Si
las reformas financieras en Estados Unidos y Europa llegaron a partir de 2008, China
tomó esas medidas dos años antes. Nosotros llegamos tarde y mal, pero ellos llegaron
a tiempo. Hay una paradoja que se ha olvidado: un informe que efectuó Lehman
Brothers en el año 2005 señalaba que en caso de una crisis mundial los bancos chinos
podrían tambalearse porque en los últimos tiempos se había concedido un elevado
número de hipotecas de alto riesgo y créditos dudosos que era necesario «limpiar».
En Pekín hicieron caso de aquellos informes, al contrario de lo que hicieron los
mismos autores respecto a sus propios problemas. Entonces, en China se inició lo que
se denominó «estructura de desmontaje», y los créditos dudosos se desviaron a
empresas creadas para aglutinar los activos problemáticos, algo similar a lo que aquí hemos denominado en plena crisis «bancos malos», creados con el objetivo de retirar
de los buenos los productos infectados. De este modo, se saneó la banca china dos
años antes de que estallara la crisis mundial y se revaluó la moneda patria, el yuan, lo
que hacía perder cierta competitividad al país pero incrementaba de esta forma el
valor de lo que sus ciudadanos habían ahorrado en ese tiempo. Seamos sinceros: la
cultura occidental no estaba preparada para apretarse el cinturón en tiempos de
bonanza, pero la oriental sí premia esos esfuerzos, y el tiempo les ha dado la razón.
Pero las medidas de China para hacer frente a la crisis mundial también
incluyeron, cuando el mundo entero se encontraba hundido, un programa de
salvamento auspiciado por el gobierno que tenía como objetivo fundamental hacer
frente al descenso de las importaciones hacia Estados Unidos y Europa. Así, lejos de
adoptar políticas de austeridad y control del déficit, el gobierno de Pekín decidió
inyectar dinero a la economía real. En total se invirtieron 500 000 millones de euros
en potenciar el consumo y el mercado laboral. Gracias a ello, y a la rebaja en los tipos
de interés, el país logró superar la crisis en los primeros años potenciando el consumo
interno y animando el crédito hacia los ciudadanos y las empresas chinas. Y aunque
esto no quiere decir que se inyectara todo el dinero que se quisiera, lo cierto es que
las medidas de contención y de limpieza del sector financiero que se habían tomado
antes de la caída de Lehman Brothers ayudaron a que el crédito fluyera lo suficiente
como para animar la economía y salvar los efectos de la crisis económica mundial.
La llegada de Barak Obama al gobierno de Estados Unidos a comienzos del año
2009 sirvió para que se prolongaran los acuerdos de cooperación entre los dos países.
Sin embargo, no todo fue un camino de rosas. En la Casa Blanca se seguían de cerca
algunas actitudes del gobierno chino que no acababan de agradar, pero en el otro lado
las críticas hacia Estados Unidos fueron intensas y se acusó a la Casa Blanca de
exportar su crisis al resto del mundo de forma intencionada. Y era verdad: si Estados
Unidos repartía el golpe, los problemas para su economía serían menores que si
asumía la totalidad del impacto de la crisis financiera. Pese a ello, China decidió
apostar por ayudar a Estados Unidos y seguir comprando deuda norteamericana, no
sin que antes tuvieran lugar algunos debates internos entre los dirigentes del Partido
Comunista de China, pero finalmente se tomó la decisión de contribuir a que Estados
Unidos y Europa no se vinieran abajo del todo. El compromiso de ayuda fue recibido
en Washington con resignación: China tenía la sartén por el mango. Se acabó. Habían
ganado.
En Washington hubo un auténtico debate interno. Desde China se señaló que la
venta de armas a Taiwan podría complicar la compra de bonos de Estados Unidos
porque los ciudadanos chinos no entenderían que se estuviera apoyando al gobierno
norteamericano al tiempo que el gobierno norteamericano armaba a los enemigos de
China.
El rescate de China a todo el mundo se escenificó el 9 de diciembre de 2011,
cuando se anunció la creación de dos fondos específicos cuya principal labor iba a ser la inversión en el extranjero de una cantidad de dinero sencillamente sobrecogedora:
225 000 millones de euros. Uno de esos fondos estaba dirigido a Europa mientras que
el otro se centraría en Estados Unidos. El economista Ramón Tamames recuerda el
efecto de esa decisión en su libro España, un proyecto de país (Ediciones Turpial,
2012): «El anuncio chino cayó mejor en los mercados de renta variable que en los de
renta fija, por ser bien conocido el interés de China por invertir en infraestructuras y
empresas occidentales, sobre todo al calor de las buenas oportunidades que brinda la
crisis, con precios mucho más bajos. Además, algunos expertos chinos manifiestan
que es el momento ideal para Pekín de negociar duro y asegurarse el acceso, el
control o incluso la propiedad de marcas de renombre europeas, empresas y
propiedad intelectual».
Un modelo equivocado… ¿Equivocado?
China presta a los países en crisis el dinero que necesitan para financiarse. Es una
forma de convertir a esos países en rehenes y de asegurarse de que no existan
medidas de presión contra las políticas del régimen por parte de quienes han sido
rescatados por el gigante amarillo. Muchos comentaristas critican esta actitud de
China, ya que se aprovecharía de que se trata de un país-empresa que se rige por
normas que no son propias del capitalismo. Se trata de una demostración más de
cómo la hipocresía occidental valora lo que es moral según sus propios criterios
culturales. Aquí, intentar ser influyentes en otros países se ha limitado a favorecer la
inversión de nuestras empresas en otros países, cuando no ha sido a través de
conflictos bélicos que se han abierto con el único objetivo de acceder a los recursos
naturales que poseían —el caso de Irak es el más paradigmático— y poner a sus
empresas al frente de las oportunidades de negocio que se producirían en el país
invadido tras la guerra. Por el contrario, China ha entrado como inversor en muchos
países productores de petróleo y otras materias primas y energéticas en África y
América del Sur. Allí, los yuanes han sido recibidos con los brazos abiertos por
mandatarios y empresarios, porque aunque la inversión china les restaba autonomía,
también es cierto que proporcionaba desarrollo y crecimiento. ¿Cuál de los dos
modelos es el adecuado? Los analistas señalan que comprar deuda de los países en
crisis es un negocio que tiene por objeto hacer frente a las necesidades energéticas
que necesitará el país en cuanto el crecimiento interior sea lo suficientemente grande
como para depender del petróleo y otras energías que lleguen desde fuera. Además, al
comprar deuda, China logra que el dólar y el euro no se revaloricen respecto al yuan,
lo que facilita las exportaciones de los productos que fabrican.
El profesor y economista Julián Pavón alcanzó gran impacto en la red a partir de
unos vídeos en los cuales desvelaba las maniobras de China para conseguir lo que ha conseguido. Posteriormente, dio forma de libro a sus teorías en la obra China,
¿dragón o parásito? (Plataforma Actual, 2012). Sus valoraciones sobre las políticas
económicas de China son durísimas. Y son, no nos engañemos, las de muchos
analistas de la situación económica mundial. «Relativismo moral, pragmatismo y
absoluta falta de escrúpulos: así se va construyendo el nuevo imperio chino», dice
Pavón. La postura de Pavón y de otros analistas es la verdadera demostración del
triunfo del modelo asiático sobre el europeo y norteamericano. Los caminos para
conseguirlo han sido distintos. Y vuelvo a preguntar: ¿Cuál de los dos modelos es el
adecuado? En una de las largas conversaciones e intercambios de ideas que he
mantenido con el periodista y amigo Miguel Pedrero —con quien cada pocos días
charlamos a propósito de las cosas que ocurren en el mundo; y todavía ha de llegar el
día que no me sorprenda con su visión lúcida de las cosas— me respondía a esta
cuestión con una premonición lapidaria que, tiempo al tiempo, se cumplirá: «Cuando
se vaya saliendo de la crisis, iremos descubriendo cómo China será el líder
internacional porque se ha asegurado durante todo este tiempo su futuro. Entonces, al
régimen ya no le importará abrir su sistema a los partidos políticos libres, pero la
farsa será como aquí: dos partidos políticos predominantes que dirán lo mismo pese a
parecer diferentes, pero habrá libertad de prensa, empresas privadas, emoción en los
ciudadanos al poder sumarse a la vida consumista que tanto nos envidian…». Es
decir: serán como nosotros, pero nosotros estaremos por debajo de ellos en cuanto a
poder económico.
Aunque apenas es conocido, bancos y fondos de inversión como Carmignac
Gestion o Rothschild, que gestionan fondos propios y de otros adinerados inversores,
están trabajando en China de forma permanente y estudian periódicamente el ritmo
de su economía para recomendar a sus clientes invertir o no en el país pese al frenazo
en su crecimiento durante la crisis. En un artículo titulado «China corre menos, pero
no se para», publicado en la revista Inversión (1 de junio de 2012) se explica cómo
una delegación de Carmignac viajó al país en febrero de 2012 para estudiar sus
inversiones, y llegó a la conclusión de que si bien el mercado inmobiliario se ha
detenido, la apertura económica ha llegado hasta tal extremo que el 91 por ciento de
las empresas chinas de un fondo propio que invierte en los países emergentes ya no
son propiedad del Estado. «Los gestores descartan un aterrizaje forzoso de la
economía china, aunque se espera un crecimiento más moderado. Lo cual, aseguran
estos inversores, no tiene por qué ser negativo, ya que, entre otras cosas, puede
suponer en torno a un cuatro o cinco por ciento por encima de la media mundial»,
señala Isabel Sánchez Burgos, la autora del citado reportaje.
Y hay algo más que señalar: la bolsa china se precipitó al vacío unos meses antes
de que lo hicieran el resto de mercados mundiales. Las medidas para reorganizar el
sistema financiero del país habían provocado la caída sin que se produjera un
detonante como lo fue en Estados Unidos y Europa la caída de Lehman Brothers. Sin
embargo, el hecho de que la bolsa china se mantuviera en niveles muy bajos durante años ha provocado que, a tenor de la inseguridad en los países ricos, en China resulte
óptimo empezar a invertir debido a que ahora los precios de las acciones y emisiones
de las empresas del país son muy atractivos. Así las cosas, China se dedicó a crecer
hacia fuera en los años previos a la crisis, y durante la misma ha puesto en práctica
medidas para extender su dominio sobre los países en ruinas —ruinas que serían
mayores de no ser por la intervención de Pekín— al tiempo que proyecta redirigir su
crecimiento hacia el mercado interior.
Conclusión: China ha ganado.
Y Occidente no puede hacer nada por evitarlo, porque les debemos tanto dinero
que somos rehenes de su paciencia. Y nuestras empresas los necesitan para poder
soñar con la recuperación; para Pavón y otros economistas, las empresas occidentales
que se están radicando en el país se han convertido en cómplices de las políticas de
China. Pero ¿no es igual de criticable, por citar un ejemplo, que las empresas
occidentales hayan desembarcado en Oriente Medio y Asia Central como
consecuencia de las invasiones de Irak y Afganistán? ¿O que hubieran pretendido
hacerlo en países latinoamericanos mediante el apoyo a los golpes de Estado que
provocaron enfrentamientos civiles en esos países? En el fondo, estén marcadas o no,
China ha actuado con el objetivo de conseguir lo que resultaba satisfactorio para sus
propias cartas en el juego por el dominio mundial. ¿Si lo hacen ellos son unos
perversos y si lo hacemos nosotros somos abanderados de la libertad? Deng
Xiaoping, quien fuera el líder de China hasta 1992, el hombre considerado el creador
de los nuevos mecanismos de crecimiento, lo dijo cuando el país asiático estaba
empezando a sembrar las primeras piedras de su nuevo imperio: «Observa con calma,
asegura tu posición, afronta los asuntos con tranquilidad, esconde tus capacidades y
aguarda el momento oportuno, mantén el perfil bajo y nunca reivindiques el
liderazgo».
Dicho y hecho.