Triple A
3. VaR: La enfermedad del riesgo
VaR: LA ENFERMEDAD DEL RIESGO
El dinero es la tiniebla del hombre.
Los demás causan el sufrimiento por miedo a sufrir ellos. La injusticia mayor es estar loco. El infierno es la única realidad de la existencia.
Quien más, quien menos, está viviendo en el infierno. Bueno, el infierno creo que lo he elegido yo, creo que todo el mundo sufre, no del infierno, que es la única realidad de la existencia. He dicho que sufro y que lo paso muy mal aquí, pero me gusta la vida y no me gusta la muerte.
LEOPOLDO MARÍA PANERO
Vive en la Unidad de Psiquiatría de Las Palmas. Es consciente de su enfermedad. Se dedica a escribir a propósito de la realidad y del sufrimiento. A alumbrar. No vende quimeras… Es uno de los poetas más importantes de la historia reciente. Sabe de su mal, pero otros no saben y lo extienden para perjuicio de todos.
Imaginemos a Patrick. Un tipo joven, bregado en mil peleas y experimentado en
odiosas batallas, tanto como para ir por la vida como un triunfador soberbio y
engreído. Como tal, como casi siempre ganaba, era un amante de las sensaciones
fuertes y de retar al riesgo.
Más tarde contaré quién era…
Nunca hizo aquello. Esto es una ficción que puede añadirse a los relatos reales de
su vida, pero que como luego se verá, no sería extraño que lo hubiera vivido; todo lo
que hacía estaba siempre bordeando el límite, pero lo superaba cayendo del lado
bueno, del lado de la suerte. En fin, que nunca hizo aquello pero podría haberlo
hecho.
Se juntó con otros cinco personajes tan descerebrados y amantes del riesgo como
él en uno de los reservados de los locales más pijos del barrio neoyorquino de
Greenwich Village, una de las zonas en las que los nuevos ricos se reúnen para tomar
unas cervezas después de visitar las más sibaritas galerías de arte. Apostaron una
cantidad de dinero que cada uno puso sobre la mesa. Pongamos por caso que cada
participante dejó sobre el tapete unos 1000 dólares. Digo dólares porque a estas cosas
se «jugaba» con dólares…
En total, había sobre la mesa 6000 dólares y un revólver clásico, quizá un S & W
modelo 29, con un cañón de 102 milímetros. Todo un clásico: empuñadura marrón y
montura de metal gris oscuro. En el tambor entran seis balas .44 Magnum del calibre
11, pero dentro sólo colocan una, mientras que dejan cinco depósitos libres de
munición que cuando se disparen no harán nada salvo provocar un estallido tan
impresionante como inofensivo.
Supongo que el lector ya lo habrá adivinado: se trata de la ruleta rusa.
Y Patrick decidió apostar. Uno de los presentes le entregó el revólver, hizo girar el
tambor y él, con frialdad, se lo colocó sobre la sien. Era la misma frialdad con la que
había efectuado el cálculo: tenía una posibilidad entre seis de morir o, visto de otra
forma, cinco posibilidades entre seis de sobrevivir. Se podía ser más frío aún, con la
calculadora en la mano: si jugara en cien ocasiones, sólo en 17 (en un 16,6 por ciento
de las ocasiones, para ser exactos) podría salir de allí con los pies por delante. Así
que merecía la pena el juego. Los otros ganaban el dinero que había apostado si él
moría, pero él se embolsaría el montante global con casi total probabilidad.
Curvó el dedo sobre el gatillo. Disparó. Directo a su sien…
Salió vivo.
Después, con el estímulo de la primera victoria, volvería a jugar, porque el riesgo
—a tenor de la ganancia que suponía jugarse la vida y tener unas buenas
posibilidades de salir indemne— merecía la pena por la cantidad de dinero que
ganaba.
Sin embargo, había un problema en su fórmula del 16,6 por ciento. No había
caído en la cuenta de que cada vez que se sentaba a la mesa, las probabilidades
estadísticas de que un día llegara a disparar el proyectil eran mayores. Estaba cruzando la línea que separa lo inteligente de lo estúpido, una línea muy delgada que
se percibe casi siempre salvo que uno haya entrado en una espiral de éxito. Nadie le
podía asegurar que en la primera, en la segunda o en la tercera ocasión la bala le
atravesara el cerebro. Antes o después le pasaría y Patrick moriría.
Historia de un error: del Informe 16.15 al «cisne negro»
Traslademos esto al mundo de las finanzas. La verdad es que se trata de un juego que
no es tan diferente del que encontramos en los casinos. Ya lo dijo uno de los más
importantes economistas de la historia, John Maynard Keynes: «Cuando el desarrollo
del capital de un país se convierte en subproducto de las actividades propias de un
casino, es probable que la tarea se realice mal».
En cierto modo, este sabio de las finanzas sabía que las cosas eran así. Lo estaba
advirtiendo. Y sus miedos se hicieron realidad cuando, tras alertar de que el mundo
de las finanzas era casi como un juego de azar, la bolsa de Nueva York cayó en
picado el año 1929, arrastrando al país y al mundo entero a una crisis económica de
enormes proporciones sin la cual no hubiera tenido lugar la segunda guerra mundial.
Murieron setenta millones de personas, a las que sumar otros cuantos millares más
que fallecieron por hambre y necesidad antes y después del conflicto. Para algunos,
cuando estaban ganando dinero a espuertas, el riesgo mereció la pena…
Desde entonces, cuando las finanzas comenzaron a recuperarse, hubo numerosos
intentos de medir científicamente el riesgo por parte de los economistas que se
enfrentaban a operaciones financieras. En casi todas estas mediciones estaba presente
la máxima popular —una estupidez suprema, por mucho que se recuerde a modo de
dicho— de que la historia se repite una y otra vez: «Si no se conoce la historia, se
corre el riesgo de que se repita», dice el aforismo. Por lo tanto, hubo quien se planteó
conocer cómo se había comportado la historia. Hubo diversas tentativas por
establecer fórmulas que sirvieran para arriesgarse pero de forma comedida. Varios de
ellos tuvieron éxito, y se marcaron pautas matemáticas según las cuales comportarse
en temas financieros, hasta que llegó el 19 de octubre de 1987, cuando se produjo el
mayor descenso en los índices bursátiles que se recordaba desde 1929. En sólo unas
horas, el parqué de Nueva York anotó pérdidas de más del 20 por ciento, y millones
de personas sufrieron en sus carnes los efectos de aquella crisis, de la que no se
saldría hasta mediados de la década siguiente.
En aquel «lunes negro», tal como se definió a esa jornada, las fórmulas de los
economistas para medir el riesgo fallaron. Fue un fracaso de todos aquellos que
habían logrado establecer mecanismos para calcular el riesgo que habían funcionado
hasta entonces. Todos los agentes hicieron caso a las recomendaciones matemáticas y
siguieron actuando de acuerdo a lo que decían los ordenadores. Pero aquel día, los cálculos erraron por la sencilla razón de que alguna vez se equivocan.
Unos años después, en 1989, un ejecutivo de una de las principales firmas
financieras del mundo empezó a crear una nueva fórmula. Aquel hombre se llamaba
Dennis Weatherstone y trabajaba para el banco J. P. Morgan, que tenía en su cartera
de clientes a miles de adinerados inversores que se jugaban inmensas cantidades de
dinero en los mercados financieros a través de los fondos que gestionaba su equipo.
Así que les pidió a sus colaboradores que, al finalizar aquel día, elaboraran un
informe en tiempo récord que contuviera una serie de parámetros que cuantificaran el
riesgo que habían corrido durante la jornada, que cerraba a las cuatro de la tarde. Así,
apenas quince minutos después del final de la jornada en los mercados financieros,
tenía sobre la mesa un resumen al que se denominó «Informe 16.15».
Gracias a los datos de ese informe, y a los del día siguiente, y el siguiente, y así
sucesivamente, se empezó a crear una base de datos que iba a formar parte de una
memoria histórica que serviría para calcular cada tarde el riesgo que podrían correr
sus agentes al día siguiente, cuando los mercados abrieran nuevamente sus puertas. A
ese informe que servía para calcular los riesgos —y por ende, operar en función de
ellos— se lo llamaba VaR, un acrónimo que proviene de la expresión Value at Risk,
que traducida al español significa «valor de riesgo».
Siete años después, el informe VaR se hizo público, así como sus características y
los parámetros que se utilizaban para medir el riesgo, pero el problema es que lejos
de actuar como un cortafuegos al que no acercarse, empezó a interpretarse como el
límite al que había que asomarse cada día de juego en el casino de las finanzas.
La fórmula VaR fue adoptada por el mundo financiero de forma unánime. En la
primera reunión de Basilea, que tuvo lugar en 1974, los directores de los diez bancos
centrales más importantes del mundo adoptaron una serie de medidas para regular el
capital mínimo que debían tener los bancos para hacer frente a una posible crisis
debido a los riesgos que estaban tomando en sus operaciones. Se decidió que los
bancos tenían que disponer de un 8 por ciento del capital de sus activos con el fin de
crear un colchón de dinero en efectivo para hacer frente a las demandas que tuvieran.
Pero las cosas se complicaron. Aparecieron los instrumentos financieros complejos,
las entidades bancarias se convirtieron cada vez más en entidades de inversión y el
riesgo se incrementó de forma aritmética. Entonces se hizo necesario tomar medidas
y regular de otra forma el sistema bancario, razón por la cual en 2004 se decidió
renovar los acuerdos en una nueva reunión conocida como Basilea II. Se mantuvo el
8 por ciento para operaciones normales pero se incrementó el capital asegurado
mínimo para otro tipo de trabajos, debido también a que además de los bancos
tradicionales habían entrado en juego otro tipo de organizaciones empresariales. Se
establecieron cálculos muy complejos y diferencias entre un tipo de operaciones y
otras, pero básicamente el porcentaje de dinero depositado como garantía oscilaría a
partir de entonces entre el 12 por ciento y el 18 por ciento.
A partir de esa cita se estableció que la fórmula VaR era la que mediría los riesgos que asumirían los agentes, ya que establecía la máxima pérdida esperada con un alto
grado de probabilidad a lo largo de un tiempo determinado. Por ejemplo, un VaR
semanal del 5 por ciento en una cartera de inversión de 200 millones de euros
significaba que no sería razonable perder más de 10 millones de euros en esa semana
(o contemplado desde su punto de vista: había un 95 por ciento de posibilidad de
ganar más de 10 millones).
Las cosas salieron bien durante un tiempo. Aquella fórmula era el santo grial de
las finanzas, pero además de existir problemas de base había también un factor
humano que los números no podían computar. Fue cuando los matemáticos, antaño
relegados en el mercado laboral cuando acaban sus estudios universitarios,
desembarcaron en las empresas financieras como los santones custodios de ese grial.
En medio de la borrachera, nadie quiso darse cuenta de que el VaR no era una reliquia
auténtica y que pueden acontecer sucesos imprevistos en los cálculos, y que algo tan
sencillo como básico no se tomó en cuenta: la historia no siempre se repite, y un
margen de sólo un 5 por ciento para perder hasta 10 millones no significa que no se
puedan perder más de 10 millones. Que era improbable, pero no imposible…
Un analista llamado Nassim Taleb calificó la fórmula de «pura charlatanería
pseudocientífica». Además, la fórmula provocó un exceso de confianza que se tradujo
en mayor deuda y, por lo tanto, en mayores riesgos. Y lo que era manejable y medible
empezó a dejar de serlo, en parte porque tampoco la historia contaba con suficiente
base como para saber qué ocurriría. Así, lo imposible ocurrió y los ordenadores de los
analistas empezaron a ofrecer cálculos alejados de la realidad, pero ya era tarde, la
borrachera de riesgo, junto al hecho de que se empleaba para ganar dinero en
períodos de tiempo muy cortos, anuló cualquier atisbo de racionalidad y todo se vino
abajo cuando apareció el «cisne negro», que es como se denomina a esos sucesos
improbables que alteran la fórmula y señalan que ha llegado la hora de la catástrofe.
El virus: factor Greenspan
«Todo se ha derrumbado a raíz de la introducción de datos en los modelos de gestión
de los riesgos cubiertos que han tenido un período de euforia en la última década. Si
los modelos hubieran incorporado tiempos más largos, las exigencias habrían sido
mayores y hoy el mundo financiero estaría en pie», dijo Alan Greenspan, uno de los
padres del sistema actual, con una regulación mínima a la que únicamente había que
controlar mediante los tipos de interés impuestos por los reguladores. De hecho, eso
fue lo que él hizo mientras fue presidente de la Reserva Federal, cargo que ocupó
entre 1987 y 2006.
Greenspan era muy apreciado en los despachos de Wall Street. Sabían que sus
actuaciones habían provocado que durante muchos años los «cisnes blancos» fueran los únicos que se atisbaban. Como amante que era del libre mercado, decidió que la
Reserva Federal de Estados Unidos —el mayor banco central del mundo, seguido
como un tótem por el resto de bancos centrales— debía intervenir lo mínimo en las
operaciones que se llevaban a cabo en el mundo financiero. El presidente Ronald
Reagan encontró en él la persona adecuada para llevar a cabo sus planes contra la
regulación del mercado. Para el común de los mortales existen leyes civiles, fiscales,
penales…, pero para ese ente llamado mercado no las había. «El gobierno no es la
solución, es el problema», dijo en su discurso de investidura, allá por enero de 1981.
Los que estaban dispuestos a irse de copas lo celebraron. Para ellos, un mundo
financiero sin normas era una barra libre, como un sueño que comenzaría a ser
realidad durante esa década.
Greenspan puso a rebosar esas copas, pese a que en 1996 alertó —en voz baja,
eso sí— de la irracional exuberancia del mercado financiero. Insistió en que era de
todo punto improbable —y nuevamente hay que decir que improbable no es
imposible— que los precios de las viviendas se vinieran abajo provocando una crisis
económica. Y si en alguna ocasión intuyó que esto podría ocurrir, lo solucionaba
bajando el tipo de interés, de modo que los bancos podían seguir comprando dinero
barato y animar el crédito así como el dinero en circulación.
Pese a ello, Ronald Reagan mantuvo durante muchos años a Paul Volcker al
frente de la Reserva Federal, aunque era un hombre próximo al Partido Demócrata,
ya que fue nombrado por Jimmy Carter en 1979. En cierto modo, al tener un
calendario distinto al político, el objetivo del banco central es evitar en la medida de
lo posible que los políticos puedan influir en la política monetaria y en sus líderes;
esto podría ser elogiable, pero también criticable, porque en cierto modo lo que se
provoca es que «todos estén de acuerdo» con el sistema financiero, dejando de lado la
voluntad popular. Así, aunque Reagan arrasó en las elecciones de finales de 1980, el
máximo responsable de la economía monetaria del país fue confirmado en su cargo y
se encargó durante gran parte del tiempo del gobierno de Reagan de la misma. De
todos modos, no había tantas diferencias en los ánimos liberadores del mercado
financiero entre demócratas y republicanos.
Por su parte, uno de los hombres de confianza del presidente, el abogado y
empresario James A. Baker III —quien después se vería envuelto en numerosos
escándalos financieros, pese a lo cual logró salir impoluto de todos ellos— insistió en
que era necesario buscar un presidente de la Reserva Federal cuyo perfil fuera más
acorde con la ideología de Reagan, que andaba preocupado por el lento crecimiento
—crecimiento, pese a todo— de la economía norteamericana, lo que podría provocar
que una mínima crisis originara una gran recesión debido a que el colchón era muy
pequeño. En las reuniones entre ambos, que relata a la perfección Bob Woodward en
Greenspan (Península, 2001), Baker fue poco a poco esgrimiendo razones en contra
de Volcker y a favor de su favorito: «Un hombre sutil, directo, siempre entre
bambalinas, nervioso y a la vez tranquilo, escéptico, desapasionado, cerebral… Un jugador de equipo», dice Woodward sobre ese candidato, que no era otro que
Greenspan, quien, con el tiempo, se convirtió en el aliado perfecto de Reagan, de
todo el Partido Republicano y, posteriormente, del mismo Bill Clinton, pese a las
aparentemente notables diferencias ideológicas entre ambos.
Durante su mandado se limitó a hacer muy poco; estableció normas para regular,
que realmente no regulaban, y ajustaba lentamente el flujo del crédito mediante la
tasa de interés con la que su gobierno ponía dinero en funcionamiento a través de la
emisión de deuda, circunstancia para la que estaba capacitada sólo una de las
delegaciones del banco, la Reserva Federal de Nueva York. Subía esa tasa cuando era
necesario ralentizar un poco la economía y la bajaba cuando el dinero requería
expandirse. Salvo en eso, admitía que el mercado era irracional, pero para él esta
circunstancia era lo bonito y apasionante del mundo del dinero. Vivió las crisis de las
cajas de ahorro estadounidenses a mediados de los años ochenta, el crack de 1987, la
burbuja tecnológica de 2000 o la caída bursátil posterior al 11-S, pero tapó los
agujeros, aunque éstos eran tan grandes que un día quedarían a la vista. Ese día llegó
en 2008, con él ya fuera de la Reserva Federal, pero ya no había nada que hacer…
Cuando su mandato llegaba al final, el 28 de agosto de 2005, uno de los periodistas
económicos del diario catalán La Vanguardia escribió un artículo titulado
«Greenspan, cerca del adiós», en donde escribió: «Innovó, divulgando breves
comunicados para que los mercados anticipasen sus decisiones, pero deja un legado y
una burbuja inmobiliaria sin precedentes».
Fueron dos décadas aplaudidas por todos lo que se enriquecieron. Hoy ese
aplauso sigue ensordeciendo pese a que sus medidas acabaron por ser fundamentales
para crear las condiciones de la crisis actual. Y no es porque no hubiera olores
nauseabundos sobre cómo habían quedado las cosas tras su mandato.
Síntoma 1: El triunfo del egoísmo
Aunque el pragmatismo llevó a Greenspan a tomar decisiones que contradecían sus
principios, sus referentes ideológicos estaban en consonancia con la búsqueda de
libertad para los mercados y dejar que se regulasen solos. El escritor Ravi Batra
ahondó en cuáles fueron esas guías espirituales en sus primeros años al frente del
poder económico. Y lo que encontró es preocupante, porque su ídolo resultó ser una
mujer llamada Ayn Rand, escritora y filósofa rusa nacida en 1902 en San Petesburgo,
aunque desde los veintitrés años vivió en Estados Unidos, país al que consideraba el
único moral en la historia de la humanidad. Para ella, el egoísmo era ético como
también lo era el capitalismo más atroz. Esta provocadora consideraba que lo inmoral
era acusar a otros de provocar males. El movimiento que lideró se llamaba
«objetivismo», y Greenspan no sólo lo adaptó a sus criterios morales sino que incluso llegó a establecer cierta amistad con ella, hasta el punto de que fue a su funeral en
1982, poco antes de ascender al cargo de presidente de la Reserva Federal.
Posteriormente, intentó borrar de su historial la influencia de Rand, incluso las
fotografías en donde aparecían juntos, pero cuando parecía haberlo conseguido, llegó
el mundo digital y emergió el lado oscuro de su biografía.
Para muchos, Rand fue sólo una novelista. Y como tal cosechó éxito y
reconocimiento, pero sus obras estaban provistas de una profunda carga ideológica
que sigue siendo objeto de estudio tanto por su forma como por su fondo, en el que se
dejaba notar ese liberalismo que caminaba entre el capitalismo de libre mercado y lo
que ha venido en llamarse individualismo racional, que se podía traducir en una
máxima: el individuo no tiene que sacrificarse por nadie porque el único camino
válido es ser egoísta. Y de ahí nació su rechazo al altruismo, sentimiento que
consideraba propio de los regímenes totalitarios de la Europa del Este.
Su obra más influyente es La rebelión de Atlas, un libro publicado en 1957 (que
le llevó escribir casi una década, desde 1946), en el cual presenta una distopía —
expresión que significa lo contrario a utopía y que anticipa una situación indeseable
para el futuro político, social o científico. El máximo exponente del género es 1984
de George Orwell, aunque su planteamiento es radicalmente opuesto al de Rand—
que ha sido considerada como la cumbre de su pensamiento, y en la que plantea los
perniciosos efectos del intervencionismo del Estado sobre los ciudadanos. Para ella,
el mundo está dividido entre los «saqueadores» —los gobernantes— y los «no
saqueadores» —los empresarios y financieros—, que tienen que recluirse en cuevas
ante la amenaza de los gentiles electos por los caprichos de los ciudadanos. Este
grupo oculto, liderado por un científico y filósofo, intenta rebelarse para poner fin al
poder de los ínclitos del gobierno y la religión. Así, en su relato, el gurú del grupo
decide dar un golpe de timón y conduce a los suyos desde su reclusión en las
montañas hacia el futuro a través de los caminos del país, viajando en grupo con una
efigie del dólar como estandarte. El trayecto de los rebeldes acaba en Wall Street, en
donde toman los órganos de poder y logran someter a los gobernantes bajo los
mandatos de los defensores del capitalismo.
Alan Greenspan parece que llegó a creerse en algún momento John Galt, el
científico y economista que se convirtió en el líder de los «no saqueadores» en el
relato de Rand e hizo realidad el sueño de aquellos hombres que salieron de su
escondite en las Montañas Rocosas para tomar el poder en Wall Street. Y no es una
metáfora lo que estoy diciendo, porque a partir de 1952 la relación entre Rand y el
presidente casi vitalicio de la Reserva Federal, matemático y economista de carrera,
se estrechó tanto que la filósofa lo abrigó bajo su cobijo dentro de la llamada Escuela
Objetivista, un grupo en el cual se discutían sus teorías y que tiempo después llegó a
ser calificado como secta destructiva. El propio Woodward, muy poco dado a ofrecer
informaciones que cuestionen el mundo que nos rodea —lo hizo con el presidente
Richard Nixon al destapar el Watergate, pero ya no volvió a hacerlo jamás; por cierto, que pese a su mala prensa, las decisiones finales de Nixon fueron duramente
criticadas por los liberales y los defensores de esta escuela de pensamiento, que en un
principio lo apoyaron por completo—, escribió sobre las reuniones entre los dos:
«Discutían acerca de la naturaleza de la sociedad y el poder del Estado. Ella le
presionaba mucho. Los asuntos en los que discrepaban eran precisamente aquellos en
los cuales era muy difícil saber quién tenía razón, eso pensaba Greenspan, pero creía
que aquellos debates intelectuales y rigurosos lo ayudaban a decidir lo que estaba
bien y mal dentro de su escala de valores. Así sabría cuándo estaba comprometiendo
los principios capitalistas y orientados al mercado que él y Rand compartían», decía
Woodward, que desvela cómo el hombre más poderoso de la historia económica fue
apodado en el grupo de Rand como «El funerario». Por algo sería…
Quienes conocen la obra de Rand quizá no se imaginan su influencia en el mundo
de la economía mundial. Incluso en algunos sectores se la considera una suerte de
anarcocapitalista y libertaria, pese a que sus planteamientos son muy similares a los
del conservadurismo norteamericano, pero se separó de esa posición con sus críticas a
la religión y el misticismo, que para ella era algo así como otra forma de comunismo,
por lo cual abogaba por una suerte de ateísmo activo y militante con la excusa de que
eso era pensamiento crítico. Hoy nadie puede dudar de la escasa cobertura ética de la
responsable de estas ideas, que se antoja como una mujer carente de cualquier tipo de
empatía porque era defensora, precisamente, de la ausencia de empatía como camino
hacia el progreso: «El altruista es una especie de imbécil que no piensa, no siente y
no juzga», afirmó.
Síntoma 2: la filosofía de la mentira
Parte de sus ideas tuvieron impacto en Chicago, en cuya universidad se dio forma a
dos movimientos intelectuales que son básicos para comprender el mundo, porque
allí se edificaron los pilares de la sociedad actual. Por un lado, en el departamento de
Economía se gestó el actual liberalismo, calificado como neoliberalismo por los
observadores externos, y en el departamento de Filosofía se creó el straussianismo,
una corriente de pensamiento que tomó por nombre el del «sabio» que lo concibió,
alguien llamado Leo Strauss, que fue profesor de muchos hombres que llegaron a
ocupar cargos importantes en el poder norteamericano a partir de finales de los años
ochenta hasta el comienzo de la crisis económica de 2008. Saber más sobre lo que él
decía, unido a lo que decía Rand, y lo que posteriormente dijeron otros padres del
sistema económico actual, es fundamental para conocer los entresijos ideológicos que
han provocado la debacle económica que azota al planeta desde el año 2008 y que al
ser analizada no se puede obviar la influencia que la política ejerció sobre la
economía, pese a que quienes se encontraban de ese lado de la realidad detestaban la influencia del Estado.
Para Strauss, algo más que un profesor, ya que se convirtió en el gurú e ideólogo
de todo un movimiento político, la sociedad está dividida en tres tipos de personas:
El vulgo (los que están más abajo): «Son los más numerosos. Desean riqueza. Buscan el placer, pero son
holgazanes, indolentes, egoístas, torpes… No están dotados de inteligencia individual, sino que al tratarse de una masa están dirigidos desde arriba. No tienen pensamiento propio. Ellos no lo saben, pero no están capacitados para conocer la verdad de las cosas. Tampoco están preparados para ser libres, aunque haya que hacerles creer que lo son.»
Los gentiles (por encima del vulgo, gobernándolos): «Ocupan la parte superior de la sociedad visible.
Aman el honor y único su objetivo es conseguir la gloria. A menudo son los hombres en los que el vulgo ha depositado su confianza. Se creen guardianes de la moral y el orden.»
Los sabios (su lugar está en la cumbre, a veces se entremezclan con los gentiles, pero su hábitat es un
orden superior del que bajan a veces para arreglar las cosas convirtiéndose en hombres con poder ejecutivo): «Son puros. No saben lo que es temblar porque los filósofos están en la posesión de la verdad absoluta y ostentan la supremacía intelectual que han aprendido gracias a las enseñanzas de otros sabios que los instruyeron en secreto. Son los que deben elegir cuáles son los engaños sobre los que levantarse por encima del vulgo para proteger a sus instrumentados gentiles y a la inconsciente masa.»
El dibujo de la sociedad que hizo Leo Strauss es terrible, pero fue y es el
fundamento de muchos de los que llegaron al poder durante los años en los que se
articularon las medidas necesarias para que se desatara la crisis, para lo cual fue
necesario que el engaño y la ocultación se institucionalizaran.
El filósofo, que también influyó notablemente en la formación de Greenspan,
explicó cómo era la herramienta que había que usar para someter al vulgo: «La
mentira es el arma de los sabios, porque la verdad es propiedad nuestra y no debe
revelarse a quien no está capacitado para conocerla. A la sociedad hay que contarle
mentiras que le sean reconfortantes para satisfacer sus necesidades, al tiempo que los
sabios deben hacerse con el control de la cueva y manejar las imágenes que se
proyectan al exterior», dijo a sus alumnos evocando el mito de la caverna de Platón,
filósofo clásico que lo influyó notablemente. Quizá como un juego, como una
materialización de la suerte de secta que creó, algunos de esos alumnos formaron en
los años noventa del siglo XX el grupo Los Vulcanos, entre los que se encontraban
personajes como Condoleezza Rice, que fue secretaria de Estado durante el gobierno
de George Bush; Dick Cheney, que fue vicepresidente con los dos Bush; George
Schultz, que ocupó diversos cargos durante el mandato de Ronald Reagan; o Robert
Zoellick, que dirigió durante años el Banco Mundial y, por ende, uno de los
organismos más importantes en las derivas económicas del mundo, a quien sustituyó
en su puesto Paul Wolfowitz, considerado por algunos como el más aventajado de los
alumnos de Strauss y que llegó a ese cargo tras ocupar durante lustros algunos
puestos de relevancia en el organigrama de defensa y estrategia del país.
Síntoma 3: la victoria de la falsa libertad a golpe de shock A la hora de hablar de este tipo de pensamiento no podemos dejar de mencionar al
responsable de un texto que se publicó en 1945 con el título de Camino de
servidumbre. A la presentación de la obra asistió el entonces joven Ronald Reagan.
Su autor era un hombre llamado Friedrich von Hayek, austriaco de nacimiento y
miembro de la llamada Escuela Austriaca de Economía, fue posteriormente profesor
en la Universidad de Chicago desde 1949; era un profundo enemigo del sistema
político reinante en Europa, pues creía que las sociedades que con los impuestos
subvencionan la sanidad o el desempleo sólo acaban sumidas en la vagancia y la
inacción. Era opuesto a la intervención del gobierno en los asuntos económicos y uno
de los creadores del moderno liberalismo, que nada tenía que ver con el liberalismo
del siglo XIX, que había estado enfocado hacia el progreso de las sociedades. Cuando
en 1960 publicó su libro La constitución de la libertad, no tuvo dudas en asegurar
que la fabricación del dinero debería quedar en manos privadas, así como el control
de los bancos centrales; de hecho, en parte lo consiguió, lo que hizo de la Reserva
Federal un mero instrumento de los bancos comerciales y financieros, y logró que
tuviera un sistema que hace que no sea una entidad privada ni pública, al igual que el
Banco Central Europeo. Tanto es así —y de ahí uno de los grandes problemas que
vivimos— que los bancos centrales son emisores de dinero, pero quienes lo ponen en
circulación son las manos privadas que están al frente de esos bancos a través del
crédito y de la adquisición de deuda emitida por los gobiernos. Dijo Hayek que los
financieros deberían ser los reguladores de todo el flujo monetario y que el exceso de
intervención estatal conducía a desastres económicos.
Una de las teorías más conocidas de Hayek es la del ciclo económico. Para él, los
momentos de expansión y posterior contracción forman parte consustancial de la
sociedad moderna, pero estimaba que eran necesarios para el crecimiento y para la
inversión, que se revitalizaba tras los momentos de crisis y recesión hasta que llegaba
a un punto culminante de bonanza económica, tras el cual llegaba una reducción de
los salarios —bien por sí mismos o bien por la pérdida de poder adquisitivo de los
mismos— al final de la cual se abría un agujero.
Por ello le dieron el premio Nobel en 1972.
También se lo concedieron cuatro años después a uno de sus discípulos, un
hombre llamado Milton Friedman, que igualmente fue profesor de la Universidad de
Chicago. A otro de los padres de la corriente de pensamiento nacida en esta ciudad
norteamericana también le concedieron el Nobel de Economía; se trataba de George
Stigler, que lo ganó en 1982…
En total, han sido diez los teóricos de Chicago que se hicieron con el premio, que
no es sino una forma de reconocer que fueron ellos los que establecieron los
principios que operan en el Fondo Monetario Internacional y en el Banco Mundial,
así como en parte de los ejercicios financieros asociados a la Reserva Federal y el
Banco Central Europeo, que son los organismos que lo dirigen absolutamente todo.
Con el llamado Consenso de Washington, un conjunto de ideas económicas que triunfaron en el mundo a partir de los años ochenta, las ideas de los Chicago boys
tomaron el mundo político y financiero. Y no sólo en Estados Unidos, sino también
en Europa, en donde el contagio por este tipo de sistema tomó forma con la creación
de la llamada troika —cuántas veces se ha oído ese nombre en los últimos años…—,
que no es sino una representación del Banco Central Europeo, el Fondo Monetario
Internacional y la Comisión Europea, el máximo organismo de poder en la Unión
Europea, que a diferencia de los parlamentarios que se sientan en Bruselas, no es
escogido por voluntad popular sino por nombramiento. En sí mismo, la troika es un
ejemplo de la pérdida de fuerza de los valores democráticos en los últimos años. Pero
no hay que asustarse; es así y los ciudadanos lo han permitido sin querer. Sería bueno
que todos leyeran el libro La fuente impura (Andrés Bello, 2001), en la que el
periodista económico John Laughland expone cómo los principios organizativos de la
Unión Europea son los mismos que tenían algunos elementos del fascismo italiano y
del nazismo alemán antes de la segunda guerra mundial. El rechazo a la nación-
estado, el desarrollo de unidades de política económica que estén por encima de los
ciudadanos, la existencia de una suerte de eurozona… Todas esas ideas y otras
similares que hoy aceptamos sin rechistar ya las habían esgrimido los dictadores que
hoy consideramos genocidas.
A Hayek le costó trabajo hacerse un hueco en la Universidad de Chicago, ya que
las tendencias ideológicas que dominaban allí eran muy críticas con la libertad
económica, en parte porque aún estaba reciente la depresión económica que llegó tras
el crack de 1929. Allí abogaban por la intervención del gobierno en las finanzas
como defendía Keynes, pero la influencia de Hayek primero y de Friedman después
convirtió el departamento de Economía en la gran referencia del neoliberalismo.
Para Friedman la democracia debía estar limitada y no ejercerse más que para dar
libertades y no interferir en el orden de las cosas, especialmente en el económico. «La
sociedad es demasiado compleja para que la dirija un gobierno», llegó a escribir poco
antes de sustituir a Hayek al frente de la Sociedad Monte Peregrino, una especie de
escuela de pensamiento que reunió a ideólogos del mismo corte y que según el
profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona, Santiago Ramentol, «tuvo una
significativa influencia sobre los gobiernos conservadores americanos y europeos».
Fue precisamente en este tipo de grupos en donde nació la idea del poder tecnócrata,
una quimera casi distópica que se ha convertido en real en medio de la crisis, cuando
en varios gobiernos europeos la situación económica provocó descalabros políticos
que abrieron las puertas a los tecnócratas, que por norma general están muy
influenciados por esta escuela nacida en Chicago.
Hoy podemos afirmar —aunque ellos dicen que fue por no hacerles demasiado
caso— que la crisis económica iniciada en 2008 arrancó por el colapso al que se llegó
por culpa de la aplicación de las ideas de los hombres que han subido diez veces al
estrado del Ayuntamiento de Oslo en donde se decide quién ha hecho los méritos
suficientes como para recibir el mayor galardón que se entrega en el mundo. En el caso del Nobel de Economía, es el Banco de Suecia el encargado de decidir quién
merece el reconocimiento. Se entrega desde 1969. Y uno de cada cuatro años lo gana
alguien salido del seno de los Chicago boys… Ya van diez.
El premio a Milton Friedman estuvo rodeado de una enorme polémica en todo el
mundo, porque se lo dieron poco después de que el gobierno del dictador Augusto
Pinochet lo llamara para alumbrar la economía del país mientras morían
encarcelados, ejecutados y torturados decenas de miles de opositores que luchaban
contra uno de los grandes genocidas de la historia del siglo XX. Friedman denominó a
la gestión financiera del país latinoamericano como «el milagro de Chile»…
Pero hay que ser justos, porque dos de cada tres investigadores del departamento
de Economía de la Universidad de Chicago están en contra de los planteamientos de
la escuela que les ha dado renombre universal. Se sienten dolidos, perjudicados y
lastimados por una fama que no se merecen y se muestran convencidos de que sin sus
compañeros de Universidad el mundo no sería un lugar tan hostil como es y la
economía sería mucho más justa y equitativa.
Un momento de inflexión tuvo lugar cuando en el año 2008 acudió a la
Universidad de Chicago la escritora Naomi Klein para dar una conferencia que se
titulaba como el libro que le había dado fama en los años anteriores, La doctrina del
shock (Paidós, 2007). La película documental basada en aquella histórica charla se
estrenó en el Festival de Cine de Berlín en febrero de 2009 y desde entonces se ha
convertido en una auténtica guía para quienes quieran saber qué está ocurriendo en el
mundo y por qué hemos llegado a este punto.
Para Naomi Klein, las doctrinas de Friedman no triunfaron por su contenido, sino
porque se pusieron en práctica al utilizar momentos —algunos de ellos,
deliberadamente provocados— de crisis social para poder asentarse gracias a la
debilidad psicológica pública provocada por guerras, hundimientos económicos,
golpes de Estado o catástrofes naturales. Ese tipo de hechos habrían provocado que la
puerta a las ideas de los Chicago boys se abriera de par en par.
Sin el golpe de Estado en Chile, y sin una sociedad entre hambrienta y
aterrorizada, no hubiera triunfado jamás el modelo económico que propuso, en el que
privatizar todo lo público fue un paso fundamental para generar crecimiento
económico. Según Klein fue a costa de la verdad, y sobre todo, a costa de la
verdadera libertad, algo muy similar a lo que ocurrió casi al mismo tiempo en
Argentina, cuando la Triple A se transformó en la «agencia» ejecutora del miedo
necesario para implantar una serie de planes económicos. Mientras, las teorías de
Friedman se convirtieron en la guía ideológica del dictador Videla; incluso visitó
China para impartir conferencias ante los miembros del Partido Comunista, que
llegaron a poner en práctica una suerte de «capitalismo comunista».
También siguió de cerca —y apoyó— los cambios que se produjeron en la URSS
a raíz del golpe de Estado en el país en 1991, donde se instauró un mercado libre
carente de cualquier ética que provocó una crisis económica de incalculables dimensiones en 1998, muy poco antes de que sus ideas quebraran en Argentina, en
donde en 2000 se inició una debacle económica (sobre la que hablaré posteriormente)
que causó el hundimiento del país. Ambos cataclismos financieros locales fueron
muy similares al que desde 2008 azota al planeta entero.
Síntoma 4: sobredosis de testosterona
A medida que profundizaba en la investigación y documentación de este libro, se fue
haciendo más patente el recuerdo que tenía a propósito de una condición
aparentemente banal que se daba en los agentes de bolsa. Se trataba de una noticia
que se dio a conocer el 15 de abril de 2008 gracias a Proceedings of the National
Academy of Sciences, una respetada publicación científica que dio a conocer el
resultado de un estudio que había efectuado un experto de la Universidad de
Cambridge llamado Joe Herbert. Según este estudio, los corredores bursátiles de los
mercados financieros presentaban en su sangre un mayor nivel de testosterona que el
resto de los mortales.
Los agentes que presentaban un mayor índice de estas hormonas en su cuerpo
obtenían mayores beneficios que los que presentaban índices normales. No era
cuestión de magia ni de propiedades milagrosas. Simplemente, quien presentaba esos
índices tan elevados eran personajes especialmente arriesgados. Y al ser más osados
obtenían mayores beneficios. En pocas palabras, el estudio venía a decir que los
mercados financieros premiaban al que era más atrevido e irracional. «La testosterona
aumenta la confianza y el apetito por el riesgo», decía el director del estudio.
Además, Herbert midió el grado de cortisol en los corredores y descubrió que
aumentaba en los momentos en los que el mercado financiero presentaba altos índices
de volatilidad, una expresión con la que se denominan los momentos en los cuales los
diferentes instrumentos financieros pueden generar beneficios o pérdidas que se salen
de la norma histórica. Esto significa que si a lo largo del tiempo las acciones de
determinado sector financiero suben o bajan en un período determinado de tiempo un
5 por ciento respecto a su valor medio, cuando las condiciones del mercado amplían
ese espectro —y se sale, por tanto, de la llamada campana de Gauss, que es una de las
bases de la fórmula VaR y que básicamente establece lo que entra dentro de lo normal
en una sucesión de hechos— hasta por ejemplo el 15 por ciento se dice que hay un
alto grado de volatilidad, es decir, que el valor de esa acción, opción o derivado está
«volando». Eso sí, el viento puede soplar a favor o en contra, pero
independientemente de su dirección, esa situación hace que el cortisol aumente y
genere en el cerebro una respuesta racional y contenida.
En pocas palabras: los mercados financieros son también una guerra hormonal
entre la testosterona y el cortisol de quienes operan ahí. Y según el científico que efectuó el estudio, del que es importante señalar que fue sometido y aprobado por un
comité independiente, tener en cuenta la respuesta de los agentes bursátiles en
función de sus índices de testosterona y cortisol debería ser fundamental a la hora de
conocer las reacciones de estos complejos personajes ante sucesos que se escapan a la
normalidad que determina la campana de Gauss. Y esos sucesos se dieron poco antes
de que estallara la crisis en 2008.
Es lícito pensar que si los altos niveles de testosterona están asociados a los
beneficios gracias al atrevimiento de los corredores bursátiles, podrían incluso
alterarse los niveles de esta hormona en quienes compiten en el mercado financiero
para que siempre ganen y, en consecuencia, siempre ganemos todos. El estudio
demostró que cuando un agente se levantaba con altos niveles de testosterona, las
cosas le iban a ir mejor cuando acudiera al parqué o al ordenador para negociar
operaciones de compra y venta. Así pues, ¡despertémoslos con hormonas!
Ojalá las cosas fueran tan fáciles…
La crisis económica ha sido provocada, en parte, por el efecto de una elevada y
prolongada testosterona. Si pudiéramos pinchar con una jeringuilla y analizar la
sangre de los creadores y beneficiados por la Triple A, seguramente encontraríamos
un elevado nivel de testosterona. Y es que es lógico pensar —y esto no es más que
darwinismo social, es decir, la selección de aquellos individuos que son más aptos
para la vida, que en este caso es el negocio— que los agentes que presentan niveles
por encima de la media en sus cuerpos fueron los que mantuvieron sus trabajos y
puestos de responsabilidad, apartando de sus misiones y de sus despachos a quienes
regulaban mediante el cortisol sus reacciones ante la enorme volatilidad del mercado
en estos últimos años. Y es que tal y como se indica en este trabajo científico, una
presencia prolongada de testosterona acaba por provocar lo que los científicos han
denominado «efecto ganador», que al estar presente acaba por provocar el triunfo de
la irracionalidad cuando la ambición no tiene el efecto corrector del cortisol.
Finalmente, esta guerra hormonal acaba por conducir al desastre al desbocarse todos
los efectos negativos de la testosterona. No deja de ser llamativo que, sin que se
hiciera con esa intención, los incentivos de las grandes empresas financieras para
facilitar las jubilaciones anticipadas cumpliera de forma no intencionada ese
mecanismo de «supervivencia» origen del darwinismo, porque al desaparecer del
mercado financiero los trabajadores de más edad también estaba desapareciendo el
cortisol y aumentando la testosterona, algo que también sucede con las mujeres, que
están más libres del efecto de la testosterona; no es casualidad que las empresas
financieras sean las más discriminatorias con las mujeres entre todos los estratos
laborales. O lo que es lo mismo: en estas empresas estaba desapareciendo la
racionalidad para dejar paso a la irracionalidad, con el agravante de que esa
irracionalidad se mantiene largo tiempo oculta hasta que conduce a la muerte. Si
hacemos caso a este estudio, la presencia de cortisol hubiera provocado que la
bonanza económica fuera algo menor, pero también que la crisis fuera más suave.
Antes decía que Argentina es un país fantástico, pese a que allí surgiera esa suerte
de secta terrorista denominada Triple A. Ahora, lo mismo he de decir de Nueva York.
Es la auténtica capital del mundo, un lugar fascinante y una ciudad a la que sería
necesario viajar al menos una vez en la vida. No es del todo real la imagen que
tenemos del distrito financiero, con pijos caminando a toda prisa, bien trajeados,
tomando un café de Starbucks por las calles camino de una oficina a otra o del
gimnasio al rascacielos en el que trabajan y con una Blackberry en la mano.
Afortunadamente, en Nueva York existe el mayor crisol de razas y religiones, de
lenguas y culturas, de museos y galerías de arte, de teatros y cines, pero en ocasiones
también podemos ver a esos tipos. No tienen amigos. No trabajan más que el
camarero indio que te atiende en el puesto de perritos calientes haciéndote sentir, a
cambio de un dólar, parte de una de esas películas que se han rodado allí, pero les
gusta decir que trabajan más y, sobre todo, les gusta creer que trabajan en lo más
importante que se puede trabajar. No son las mejores personas del mundo. Los une el
sentido de la avaricia desmedida y la creencia de que han sustituido a Dios porque
son imprescindibles para engrasar el mundo en el que creen vivir. También los une la
testosterona. Y no es una metáfora ni una suposición, sino que una de las cadenas de
tiendas que más están creciendo en Wall Street es Cenegenics, un establecimiento que
vende, en forma de cápsulas, compuestos que hacen aumentar la testosterona. Y es
como una droga: cada vez se quiere más y más, e incuso en la Gran Manzana
empiezan a proliferar las clínicas que inoculan testosterona por vía intravenosa y las
consultas médicas en las que los doctores recetan incrementos exógenos de esta
sustancia. Así pues, podemos incluso afirmar que los trabajadores del sector
financiero se están dopando con testosterona, algo que, debido a que se trata de un
esteroide, también ocurre en el mundo del deporte, con la diferencia de que en las
competiciones deportivas existe una regulación y penalización en el caso de que
exista ese dopaje.
Hay que relativizar. Tener testosterona —una hormona esencialmente masculina
— no es malo. E incluso tener un poco más de lo normal tampoco lo es, ni en
hombres ni en mujeres. Simplemente, genera personas más seguras de sí mismas,
incluso más atractivas gracias a su carácter, con una sexualidad más rica y unas
relaciones sociales más satisfactorias. De hecho, la testosterona ha sido esencial para
garantizar la supervivencia del ser humano, ya que sin su presencia el hombre no
hubiera salido a cazar y no se habría defendido de sus enemigos, gracias a lo cual las
sociedades primitivas fueron poco a poco desarrollándose. El problema empieza
cuando los niveles de testosterona se escapan de esa campana de Gauss y son
excesivamente elevados o se han incrementado de forma artificial. Entonces estos
excesos pueden provocar una confianza tan excesiva que el portador se convierte en
un tirano sin empatía, y también en un insomne, un depresivo y un maníaco. Incluso
un maníaco sexual, ¿o es que alguien se ha creído que fue casual que los agentes de
uno de los grandes bancos del país crearan algunos instrumentos financieros en un fin de semana de juerga y prostitución? Más adelante lo contaré, porque sí, ocurrió en
realidad. Y la utilización avariciosa y sin medir el riesgo fue lo que acabó provocando
la actual crisis económica. ¿También alguien se cree que sea casualidad que las
bonificaciones que obtienen los corredores en estos tiempos se empleen en pagarse
noches de fiesta y diversión sexual? Esto también ocurrió cuando estalló la crisis y
muchos bancos tuvieron que despedir a sus empleados previo pago de enormes
cantidades de dinero, que en gran parte procedía de los rescates gubernamentales, que
se emplearon en eso.
Sin testosterona el ser humano no existiría. Y sin ella seguramente nuestros
padres no habrían tenido la noche de amor gracias a la cual nacimos nosotros. Y aún
más; sin ella, los hombres no seríamos atractivos para las mujeres u otros hombres. E
igual al revés, pues aunque una mujer adulta presenta diez veces menos testosterona
que un hombre adulto, las que tienen un nivel más elevado nos resultan atractivas,
inquietantes y fascinantes, despertándonos la sensación física que es inherente a
nuestras relaciones emocionales, ya que ellas son mucho más sensibles a sus efectos
que los hombres. Ya no es ningún secreto para la ciencia y los neurólogos que las
hormonas juegan un papel fundamental a la hora de saber cómo actúa la atracción, el
amor, el deseo sexual…
Síntoma 5: el premio a la psicopatía
Pero es igualmente cierto que numerosos estudios han vinculado la testosterona a los
asesinos en serie, dictadores, líderes sectarios, etcétera. En definitiva, a gente con un
inexistente grado de empatía que los convierte en lo que en psiquiatría se conoce
como psicópatas o, como se empieza a denominar en ámbitos científicos, personas
con trastorno de personalidad antisocial.
Y no todos los psicópatas matan y delinquen. En realidad, casi ninguno. Aunque
no hay cifras exactas, se calcula que apenas acaba por hacerlo un uno por ciento
como máximo. ¿Dónde está el resto? Algunos gobiernan. Otros están al frente de
ejércitos invasores. Otros lideran sectas y también grupos armados que causan el
pánico. Y también ocupan puestos de responsabilidad en empresas, porque algunas de
sus características y conductas facilitan su ascenso laboral y social. Evidentemente,
también caminan con un café de Starbucks por las calles camino de una oficina a
otra, o del gimnasio al rascacielos en el que trabajan y con una Blackberry en la mano
para después operar en bolsa, comprar acciones, vender títulos, comerciar con
derivados o asesorar a instituciones de inversión o a fondos de riesgo. Y es que son
así, como decía, muchos de esos personajes —no todos, pero sí muchos— que
podemos ver en la capital del mundo.
Los periodistas que nos hemos acercado a la crisis económica desde un punto de vista que esté al margen de las tendencias ideológicas y culturales que dominan la
mayor parte de los análisis fuimos teniendo poco a poco la sospecha de que Wall
Street —y el resto de plazas financieras del mundo— es un nido de psicópatas.
Diferentes cálculos estiman que en la Gran Manzana podrían estar viviendo más de
200 000 psicópatas, lo que equivaldría aproximadamente a un mínimo del 2,5 por
ciento de la población. Con todas las reservas con las que hay que tomar estas
aproximaciones, podría decirse que allí viven entre dos y tres veces más individuos
con trastorno de personalidad antisocial que en cualquier otra ciudad.
Decía esto porque mientras me enfrentaba a este libro, John Ronson, periodista
del diario británico The Guardian, ultimaba un libro que tituló ¿Es usted psicópata?,
en el cual entrevistaba a muchas personas diagnosticadas como tal —pese a ello,
muchos especialistas ni siquiera consideran este comportamiento como enfermedad,
puesto que, entre otras cosas, no puede tratarse ni aliviarse con ningún tipo de
tratamiento—, así como a científicos que han intentado aproximarse al estudio del
fenómeno. La conclusión a la que ha llegado Ronson es que los psicópatas dirigen el
mundo. Ha descubierto que un elevado índice de líderes políticos y empresariales
cumplen las premisas necesarias para considerarlos como tales. Y que no es el poder
lo que los ha transformado, sino que el sistema de vida occidental y el capitalismo ha
premiado a los psicópatas. Para él, el mundo es como es porque lo lideran psicópatas
y personas que, sin serlo, han asumido como correctos los comportamientos de estos
personajes porque conducen al éxito y al triunfo según los valores actuales. «Destilan
una malevolencia casi invisible, especialmente si son líderes empresariales y tienen
poder», concluye este periodista que se ha sentido horrorizado ante las evidencias que
se mostraban ante él y que demostraban que su teoría era cierta.
También he sufrido esa sensación. Y con cierto pavor, porque al tratarse de un
comportamiento que no responde a epidemias ni a contagios ni a malos hábitos —
como casi todas las enfermedades—, no cabe otra conclusión que pensar que no hay
nada que hacer para evitar que sean algunos de ellos los que marquen la economía
mundial. «Estos sujetos no tienen una conducta antisocial por tal o cual motivo, sino
porque ésta es un patrón permanente, inherente a sus rasgos de personalidad», señala
Laura Pérez Gómez en su libro Terapia ocupacional en salud mental: las
enfermedades (D-estante, Granada, 2011). En este trabajo se señala que la
«irresponsabilidad financiera» está presente en el 79 por ciento de las personas que
presenta trastornos antisociales y es uno de los ámbitos, después del laboral y marital,
en el que más se manifiestan las características sociópatas.
Sin embargo, con optimismo podría llegar a verse una salida si cambian las cosas
y el mundo en el que vivimos. Pero debería hacerlo desde sus cimientos, ya que
modificando ciertas conductas sociales podría evitarse el triunfo de tales
comportamientos psicopáticos en la sociedad. Más que interesante, y en esta línea
que señalo, es el trabajo efectuado por Inmaculada Jáuregui Balenciaga, de la
Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, que publicó en Nómadas. Revista Crítica de Ciencias Sociales y Jurídicas (número 18, año 2008) un fascinante ensayo
titulado «Psicopatía, ideología y sociedad», en el que demuestra de forma irrefutable
que la forma de entender culturalmente el éxito y el triunfo ha hecho incrementar las
conductas psicópatas de los individuos y, por tanto, ha permitido que hayan llegado a
alcanzar el nivel de poder que tienen.
Robert D. Hare agrupó las diferentes conductas de los psicópatas según el ámbito
en el que se manifestaban. Lo hizo tras estudiar a los criminales considerados como
tales, pero él mismo señaló que esas características podrían darse en los psicópatas
que no delinquen. De hecho, se han llegado a establecer tres tipos de personajes que
pueden manifestar estas conductas: lo que delinquen, los que no lo hacen y llevan una
vida normal aunque manifiestan en sus ámbito laboral y social tales acciones, y los
psicópatas integrados, que serían aquellos que gracias a sus comportamientos han
logrado el poder político o empresarial. Según el psiquiatra citado, éstas serían las
características de los psicópatas:
Interpersonal (locuacidad y encanto superficial, sentido desmesurado de la autovalía, mentiroso
patológico, estafador y manipulador).
Afectiva (ausencia de remordimientos y sentimiento de culpa, afecto superficial y poco profundo,
insensibilidad afectiva y ausencia de empatía e incapacidad para aceptar la responsabilidad de sus propios actos).
Estilo impulsivo (necesidad de estimulación y tendencia al aburrimiento, estilo de vida parásito, ausencia
de metas realistas a largo plazo, impulsividad e irresponsabilidad).
Antisocial (pobre autocontrol de sus conductas, problemas de conducta en la infancia, delincuencia
juvenil, revocación de libertad y versatilidad en sus acciones).
Sin ámbito (conducta sexual promiscua y frecuentes relaciones maritales de corta duración).
Que no se asuste el lector. Posiblemente, no hay nadie en el mundo que no
presente algunas de estas características en mayor o menor grado. La perfección es
imposible e incluso indeseable. Sin embargo, los psicópatas mantienen al mismo
tiempo al menos dieciséis de estas veinte conductas y las adaptan a sus estilos de
vida. Y casi podría asegurar que nadie de los que me lee presenta tal conjunto de
síntomas. Si fuera así, debería ir al médico, o al menos no dedicarse al mundo de la
política, las finanzas o la delincuencia, porque como vamos a ir viendo en los ámbitos
profesionales de los que habla este libro, los personajes de este tipo son más que
frecuentes.
Una de las películas que aborda de forma extraordinaria el comportamiento de las
personas con trastorno de personalidad antisocial es American Psycho, una auténtica
obra maestra del séptimo arte basada en una novela de menor éxito pero
verdaderamente esclarecedora que escribió —y publicó con el mismo título— Bret
Easton Ellis y que presenta a Patrick Bateman, un corredor de bolsa que vive en uno
de los más lujosos rascacielos de Wall Street y que a la vez es un asesino sin piedad
que comete crímenes brutales que pasan desapercibidos merced a su inteligencia
prodigiosa y, más que a eso, a la frialdad que le permite borrar huellas al no sentir el más mínimo remordimiento por lo que hace y poder actuar con serenidad pese a
haber acabado con la vida de una de sus víctimas, e incluso haber llegado a
comérsela. Como el lector habrá adivinado, él es el protagonista de la ruleta rusa con
la que abría este capítulo y que metaforizaba la borrachera de éxito.
Patrick, guapo y elegante, vive en un mundo despreciable por culpa de personajes
como él. Se trata de un mundo en el que los ricos de Manhattan adoran las marcas de
calidad con pasión enfermiza, son clasistas y racistas, adictos a sustancias
estimulantes, y buscan el éxito y el dinero a costa de lo que sea; y lo consiguen,
porque no les importa qué o quién caiga por el camino, ya que por encima de
cualquier consideración está su amor a las emociones fuertes.
Una de las escenas que me impresionó por su especial significado es la sensación
casi orgásmica que siente Patrick —interpretado por un genial Christian Bale—
cuando muestra a sus compañeros unas tarjetas de visita que ha encargado con un
papel especial y un tacto sin igual. Pocas veces se ha visto un reflejo del absoluto
narcisismo que delata a estos personajes que tanto abundan en este mundo de la
economía de finales del siglo XX y comienzos del XXI y que, por razones sociales, han
invadido otros campos del comportamiento humano.
El narcisismo es una de las características más distintivas de este tipo de
individuos psicopáticos. «Manifiestan un patrón de grandiosidad a través de la
fantasía o de la conducta a los que describen como personas arrogantes o
jactanciosas», recuerda Laura Pérez, que enumera algunos de los comportamientos
que los delatan: se sienten superiores a los demás, excepcionalmente únicos, creen
que deben ser tratados de manera especial, exageran sus logros y talentos, buscan
admiración y adulación, ambicionan el éxito, pueden resultar encantadores, no
sienten empatía por los demás, soberbios ante quienes los adulan, furiosos ante
quienes los critican, seguros de sentirse envidiados… Eso sí, en determinados
momentos se sienten frustrados porque sus inmensas expectativas no se cumplen y se
sienten vacíos existencialmente. «Sólo quiero que me quieran», dice Patrick en uno
de los momentos de debilidad que también se muestran en la obra, para la cual el
autor se documentó durante meses sobre el comportamiento de los narcisistas,
psicópatas y agentes financieros influidos por la búsqueda desmedida del éxito y que
además eran adictos al riesgo y a algunas sustancias estupefacientes y estimulantes. Y
es que todos esos comportamientos están presentes en la ciudad de los rascacielos y,
por ende, en el mundo de las finanzas.
«Tengo todas las características de un ser humano: carne, sangre, piel, pelo. Pero
ninguna emoción clara e identificable, excepto la avaricia y la aversión», reflexiona
Patrick, que bien podía ser uno de esos «señores del universo», que es como los
definía el escritor Tom Wolfe en su novela La hoguera de las vanidades (Anagrama,
1987), uno de los libros más importantes del siglo XX y que presenta la forma de
actuar —un comportamiento psicopático— de los agentes financieros ante problemas
jurídicos que pueden acabar con su negocio y su vanidad, es decir, con su narcisismo, el verdadero objeto sobre el que trata la novela, que no hace sino reflejar cómo es la
sociedad contemporánea con un realismo atroz propio del nuevo periodismo, del que
Wolfe es considerado uno de sus padres y mejores representantes.
Respecto a ese narcisismo, Jáuregui Balenciaga recuerda que es un componente
de la psicopatía y, por sí solo, un estado menor de la misma, que extrapolado al
conjunto del comportamiento social sería una de las características del mundo
consumista y financiero «con un aislamiento del individuo porque se mata al otro,
que es el enemigo: las sociedades de hoy portan en lo más hondo de sí mismas una
gran herida narcisista. Son sociedades gobernadas aparentemente por nadie, porque
en ellas hay una disección de responsabilidad y una dispersión de los hechos». Así las
cosas, el mundo en el que vivimos en Occidente se nutre de los comportamientos
psicopáticos a los que hace triunfar. Es un proceso complejo pero contrastable al
observar la realidad. «Hay que seducir a los consumidores y volverlos más
superfluos. Es necesaria en esta época la sensación, la necesidad y llenar el vacío
interior que nos invade. Se apela al narcisismo individual, según el cual cada
individuo debe alcanzar la felicidad a través del consumismo, la nueva religión.
Según este criterio, el psicópata, narcisista, bien integrado en la sociedad, está lejos
de ser un loco, y mucho menos será considerado como loco por la sociedad en la que
habita», concluye la psicóloga Jáuregui Balenciaga.
De forma irónica, algunos estudios han concluido que si alguien tiene un dinero
que quiere invertir, lo mejor es contratar un agente que esté sobrado de testosterona o
que tenga una psicopatía. Ambas cosas lo conducirán al riesgo sin mirar atrás, y
mientras las cosas vayan bien en los mercados financieros, obtendrá rentabilidad a su
dinero.
Puede pensarse que esto es exagerado, pero existen numerosos estudios
científicos que avalan que no lo es. Ya he citado algunos, pero puede hablarse de
otros que demuestran cómo «narcisismo, capacidad para mentir y manipular, frialdad
de ánimo y ausencia de remordimiento», como decía Edwin Sutherland en Ladrones
profesionales, son los elementos básicos para moverse en el mundo financiero. El
estudio de la Universidad de Oxford lo demostraba con claridad mediante
experimentación contrastada. También lo hizo con anterioridad otra investigación que
había efectuado la Universidad Carnegie Mellon, que encontró cómo determinados
rasgos cerebrales —medibles empíricamente— demostraban que la psicopatía
funcional daba a los agentes de bolsa un resultado mucho mejor en sus cuentas que
quienes estaban sanos.
Otra que llevaron a cabo en la Universidad de St. Gallen (Suiza) demostró que los
cuadros clínicos de los corredores de bolsa presentaban a personas con problemas de
impulsividad, falta de honestidad y ausencia de empatía. A esta conclusión llegaron
comparando los patrones de los veintiocho presos más peligrosos del país con otros
tantos agentes financieros. No había diferencia entre ellos. «Aunque no se los puede
considerar locos, los agentes financieros se comportaron de manera más egoísta e impulsiva, incluso estaban más dispuestos a asumir riesgos que el grupo de
psicópatas que se sometieron al mismo examen. Los brókers son más egocéntricos,
hedonistas, competitivos y dedican más energía a dañar a sus oponentes que los
propios psicópatas», concluyeron el psiquiatra Pascal Scherrer y Thomas Noll, el
director de la prisión de Pöschwies. Antoine Bechara, profesor de neurología de la
Universidad de Iowa, calificó el comportamiento de estos personajes en el marco que
denominó «psicopatía funcional», que si bien no los convierte en asesinos, son
capaces de anular cualquier rasgo de ansiedad o preocupación ante las operaciones de
riesgo, para las cuales la fórmula VaR fue la autopista que les dio una excusa para
actuar.