Triple A
15. Tahrir, la plaza de los sueños
TAHRIR, LA PLAZA DE LOS SUEÑOS
«Por más que animes tanto como quieras a alguien que tiene los ojos vendados a mirar a través de la venda, no verá jamás. No empezará a ver más que desde el momento en que se quite la venda».
FRANZ KAFKA
El castillo (1922).
Había pocas cámaras. Egipto, el país que más turistas recibe en el mundo, allá donde
se encuentra el mayor monumento jamás concebido, la Gran Pirámide, se convirtió
en un país casi cerrado al mundo. El cerco —discreto pero eficaz— a los periodistas
fue la causa que provocó que las imágenes que llegaban desde Egipto fueran sólo las
de la plaza Tahrir, pero la realidad es que la magnitud de las protestas se extendió a
Suez, Alejandría y otras ciudades. En total, se calcula que, el día de mayor
concentración, cuatro millones de personas salieron a las calles para pedir la dimisión
de Hosni Mubarak.
Esa misma noche, el presidente egipcio comparecía en televisión. Anunciaba que
se convocarían elecciones y que él no se presentaría, pero que se quedaba hasta
entonces para encabezar él mismo la llamada transición. «Si me voy ahora, el país
quedará sumido en el caos», dijo un hombre cuyo parecido con Ben Alí va más allá
de lo físico. Al darse cuenta de que la población había perdido la paciencia intentó
aferrarse al poder convocando elecciones para un futuro indefinido —aunque como
en Túnez se celebraban con la misma transparencia y legalidad (es decir, ninguna)—
con él como guía del período que se abría, tras el cual, desde siempre, manifestó su
intención de que fuera su propio hijo el que presidiera el país.
La esfinge se defiende
La esperada alocución de Mubarak no gustó. Nadie quería una transición liderada por
él. Lo que los egipcios querían era que se fuera ¡ya! Los cuatro millones de
manifestantes querían la dimisión inmediata del octogenario dictador y la llegada,
mejor ayer que mañana, de una libertad ausente entre pirámides y esfinges que, hasta
ahora, blanqueaban la verdadera naturaleza del régimen. Esa noche, el descontento en
la plaza Tahrir se hizo notar. Pero a la mañana siguiente…
Las primeras noticias hablaban de enfrentamientos entre los partidarios de
Mubarak, a quien el disgusto de su pueblo enojó profundamente, y los opositores. La
que hasta ese momento se había caracterizado por tratarse de una revolución pacífica
dejaba de serlo. Los «inexistentes» partidarios del régimen salieron de su escondite.
Sin embargo, en la plaza Tahrir nadie lo dudaba. Eran los baltageia, es decir, «los
matones al servicio del dueño de Egipto», tal y como se los conoce allí. No eran
ciudadanos de a pie, sino policías y agentes de seguridad vestidos de paisano.
Entraron en la plaza a caballo, algunos incluso a camello, exhibiendo espadas y armas
de fuego con las que atacaron a los reunidos. Fruto de las refriegas y también del
ataque de los agentes de los cuerpos de seguridad murió un número indefinido de
opositores que según algunas informaciones ascendía a ochocientas personas.
Sobre la identidad de quiénes eran realmente los hombres que llevaron el caos a
El Cairo hubo mucha especulación. Una de las informaciones que llegaron en las primeras horas de enfrentamiento civil es que el Museo Egipcio, que alberga algunos
grandes tesoros de la época de los faraones, estaba envuelto en llamas después de que
los alborotadores hubieran lanzado varios cócteles molotov. Sin embargo, esas
informaciones no eran exactamente ciertas, porque en realidad se trataba de pequeñas
bombas incediarias lanzadas con una suerte de lanzamisiles caseros. Quienes habían
provocado aquello eran los mismos baltageia.
Días antes de que se iniciaran las hostilidades en las calles de El Cairo, cinco mil
presos comunes se fugaron de las cárceles. En algunas de ellas, los reclusos
aprovecharon que los guardias habían abandonado —casualmente— sus puestos de
vigilancia. Aún faltaban días para que se produjera el asalto a la plaza Tahrir, pero
desde la fuga de los miles de presos empezaron a sucederse los saqueos y actos de
vandalismo que afectaban incluso al patrimonio histórico del país. A partir de ese
momento, y gracias al interés de Occidente por el legado arqueológico de Egipto,
desde el régimen se intentó asociar las manifestaciones que pedían la salida de
Mubarak con los actos de pillaje, pero la verdad se hizo hueco de forma sencilla: todo
respondía a una estrategia desesperada de un Mubarak que veía con asombro e
inquina cómo sus «hijos» (su pueblo) se habían levantado contra él, obligando a los
presidentes de los países occidentales —los mismos que habían apoyado a Ben Alí
con idéntica hipocresía— a empezar a modificar su discurso para adaptarse a los
vientos de libertad que proclamaba el pueblo. Como pocas veces antes en la historia,
los grandes mandatarios internacionales caminaban por detrás de las voluntades de
los ciudadanos…
El viernes 27 de febrero, los mismos que pedían la caída del régimen decidieron
reunir voluntarios para formar en torno al Museo de Antigüedades de El Cairo una
cadena humana que tenía por objeto proteger a esta joya de la humanidad de los actos
vandálicos que se producían a medida que la ausencia de los agentes de policía,
siempre favorables a Mubarak, se hizo más patente en las calles. En uno de los foros
de Facebook que sirvió de punto de unión y contacto para los manifestantes —
también Mubarak, como Ben Alí, había cortado las comunicaciones a través de
telefonía móvil e internet— se explicaba que muchos agentes de policía se habían
quitado los uniformes y, junto con vándalos y delincuentes, estaban saqueando y
robando para causar tanto caos y destrucción como fuera posible para,
posteriormente, atribuírselo a los manifestantes.
En uno de los pocos diarios independientes del país, y por tanto perseguido, el
rotativo Al Masri Al Yaoum, podía leerse lo siguiente: «Los vándalos que saquean
barrios residenciales e intimidan a civiles están contratados por el gobierno, según los
testimonios. Están siendo enviados por el gobierno, los sacan de prisión y les dicen
que nos roben —dice Namir Nashaat, un residente—. Cuando los cazamos,
responden que los envía el Ministerio del Interior. El gobierno está dejando escapar a
los convictos y los saca de prisión».
Para hacer frente a la situación, los ciudadanos que participaban en las protestas se organizaron en legan sha’beya, que son una suerte de grupos de jóvenes
organizados y armados cuyo objetivo era defenderse de los ataques y proteger la
ciudad, sus museos y sus edificios públicos de los actos vandálicos que cometían los
presos fugados y los agentes vestidos de paisano; e incluso efectuaron detenciones de
policías camuflados como alborotadores.
Un patriarca menos
Se estaba empezando a poner fin a una dictadura que ya se prolongaba tres décadas.
Pero Mubarak —un dictador— era un fiel aliado de todos los líderes internacionales
que se llenaban la boca hablando de libertades y democracia. Al igual que en el caso
de Ben Alí, los presidentes de los países ricos consideraban que su labor había sido
fundamental para contener al radicalismo islámico. Pero, en realidad, Mubarak sólo
había sido un fiel colaborador de Occidente. A cambio de mantener el poder, había
vendido a su pueblo, que poco a poco fue quedando sumido en la pobreza más
absoluta. Eran los intereses económicos y estratégicos —y no los ejercicios políticos
de Mubarak— los que habían hecho que los habitantes de los palacios presidenciales
lo recibieran con todo tipo de lujos, pero cuando la crisis económica se extendió, las
estructuras sociales se resquebrajaron y quedó al descubierto lo frágil que era la línea
entre el progreso y el retroceso.
Algunos de aquellos mandatarios, junto con un buen puñado de las mayores
fortunas del mundo, se reunieron en esos mismos días en el Foro de Davos, en Suiza.
Se trata de una cita anual en la que se pretende fomentar la globalización con algún
que otro tímido viso social. En esta ocasión, el gran protagonista era una figura
ausente: Julian Assange, en torno a cuya figura se articularon dos mesas redondas a
las que él estaba invitado, pero debido a su proceso judicial en Londres no pudo salir
del país. Estaba en libertad vigilada a la espera de una decisión judicial. Todos los
días comparecía en la comisaría para mostrar el brazalete de seguimiento que emite
una señal permanente que lo situaba sobre el mapa. Además, las autoridades
británicas colocaron varias cámaras de seguridad en las inmediaciones de la casa en
la que se encontraba residiendo.
En la cita, las conversaciones de los ponentes se centraron en la obligatoria
necesidad de convivir con la transparencia informativa, y quedó al descubierto la
extraña situación de paranoia que vivían los diplomáticos de medio mundo,
convencidos de que tras el cablegate de Wikileaks ya nada sería igual para ellos.
Pero, además, se valoró la exageración o no de la afirmación de Julian Assange antes
de la revelación de los primeros documentos: «Los próximos meses veremos un
mundo nuevo en el que la historia global quedará redefinida», aseguró en su cuenta
de Twitter. Los asistentes llegaron a la conclusión de que sus declaraciones eran excesivas, pese a que se reconoció la influencia de los cables diplomáticos en las
revueltas de Túnez y en la subsiguiente huida del país de Ben Alí. Pero a pocos
escapaba que la realidad se estaba empezando a aproximar a lo que Assange había
vaticinado: en Egipto los cables estaban siendo decisivos a la hora de desnudar las
corruptelas de Mubarak, al igual que estaban siendo fundamentales en las revueltas
iniciadas o por iniciar en Yemen, Bahrein, Jordania, Marruecos, Libia o Siria. El
miedo a Assange era evidente: «Un personaje de las intrigas de Stig Larsson, un
hombre que podría aparecer como héroe o villano en una de sus novelas suecas donde
se mezcla la contracultura hacker, la conspiración de alto nivel y el sexo como
entretenimiento y violación», afirmó Bill Keller, director del The New York Times. Él,
como otros tantos medios de comunicación, había decidido que era mejor convertir
en noticia al personaje y no las informaciones que desvelaba, e ignorar en la medida
de lo posible el impacto de la publicación de las mismas pese a sacar provecho de
ellas en forma de publicidad y ejemplares vendidos. Porque, si el presidente de un
país africano o el de una república bananera de América era el que aparecía
perjudicado por una revelación de las informaciones filtradas, no pasaba nada y lo
único que se conseguía era refrendar una imagen insertada en la sociedad sobre cómo
eran estos tipos, pero si en realidad el corrupto y criminal era un amigo de Occidente,
entonces quedaba en entredicho el fundamento del mundo actual. Eso sí que no podía
permitirse. Por ejemplo, gracias a la oleada de filtraciones facilitadas por unos y otros
se supo de la ocultación por parte de Estados Unidos de las corruptelas y delitos de
los dictadores de Egipto y Túnez. Al tiempo, se conocía cómo una dictadura similar,
pero diferente en el sentido de que no tenía apoyo por parte de los países más
poderosos —hablo de Siria— también tenía movimientos opositores silenciados que,
en este caso, sí estaban siendo apoyados con dinero procedente de las arcas del
Estado norteamericano, tal como se demostraba en los documentos.
¿Ser como nosotros?
Durante treinta años, las dictaduras árabes que estaban empezando a caer se habían
apoyado tanto en Europa como en Estados Unidos. En muchas ocasiones, este apoyo
fue incluso retribuido por esos gobiernos. Empresas como Lockheed Martin o
General Dinamics, entre otras, recibieron de Mubarak hasta 10 000 millones de
dólares en contratos desde el 11-S. Ese dinero estaba destinado a la compra de
armamento y sistemas tanto para el ejército como para la policía, acusada en todos los
organismos internacionales de actos que violaban los derechos humanos. Algunos de
esos mecanismos tenían como objetivo proporcionar a la policía elementos
tecnológicos que facilitaran el espionaje de los ciudadanos para evitar cualquier
disidencia. Tal es el caso de Narus, que vendió un software que permitía a la policía rastrear e identificar todo tipo de mensajes emitidos a través de internet o de la
telefonía móvil.
Otra de las informaciones desveladas por el diario L’Humanité, que tuvo acceso a
documentos de la embajada de Francia en Egipto, apuntaban a que el ministro del
Interior fue enviado a El Cairo para establecer acuerdos entre ambos países para
entrenar a los agentes de Mubarak en la lucha «para hacer frente a movimientos
populares, muchedumbres y grandes acontecimientos». Además, en la formación se
instruyó a los agentes egipcios en tácticas de infiltración en movimientos
revolucionarios con objeto de anularlos. En esas informaciones aparecía Omar
Suleimán —el hombre que parecía elegido en un principio para liderar la transición
con el beneplácito de Estados Unidos y Europa— como la cabeza visible del
entramado de Mubarak así como el hombre que orquestó muchos tratados entre Israel
y Egipto con objeto de luchar contra las manifestaciones callejeras. Sin embargo, a
esas alturas —aún con Mubarak en el poder— la corriente internacional seguía
mencionándolo como «el favorito», pero todas las opciones que desde Occidente
quisieron imponerse de modo disimulado para dirigir el país fueron rechazadas por la
población hasta que las urnas dictaron su sentencia el 24 de mayo de 2012.
Los egipcios, al igual que los tunecinos y otros habitantes de los países árabes,
querían ser como los occidentales. Querían ser como nosotros, pero la forma en que
se accede a la información ahora también les ha permitido saber cómo somos. Saber y
conocer nuestros defectos, de cómo nuestras dictaduras también son incontestables. A
diferencia de las de ellos, no están sostenidas por un patriarca que —al igual que
decía Kafka en su carta— dicta leyes para que las cumplan sus hijos pero de las que
él queda eximido. Querían acceder a ese tercer nivel al que hacía alusión el escritor
checo, pero sabían que aquí, en donde la opulencia continúa incluso a pesar de las
crisis, no somos perfectos. Que pensamos incluso menos. Que nos dejan pensar
incluso menos gracias al bombardeo de ideas, opiniones e informaciones que se
adentran en el mundo gracias a una transparencia dirigida. Que las revoluciones
árabes, pese a la diferencia con las que tuvieron lugar en Islandia, España, Grecia o
Estados Unidos, ocurrieran al mismo tiempo no es casualidad. Unas alimentaron a las
otras y viceversa. Nosotros los inspiramos a ellos, o ellos nos inspiraron a nosotros.
Fue un proceso de retroalimentación mutuo que sólo podía producirse en una era
como la que estamos viviendo, en donde las crisis son diferentes aquí y allá, pero no
tanto como nos querían hacer ver: el enemigo era quien estaba arriba y luchaba por
sus intereses. Y lo hacía en cada sitio de una forma diferente, pero el demócrata
necesitaba del dictador y el dictador necesitaba del demócrata. La venda —y
nuevamente pensamos en lo que decía Kafka— se estaba levantando. Las cosas no
iban a cambiar ni están cambiando hacia donde están los sueños, pero al menos, y
ésta es una de las características que unen a todos estos movimientos y a la era que
vivimos, somos conscientes de la pesadilla.