Triple A

Bruno Cardeñosa · Capítulo 13 de 25

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Triple A

11. Carlyle o el «fin de la historia»

CARLYLE O EL «FIN DE LA HISTORIA»

 

Los datos indican que hubo una serie de movimientos en los mercados que demuestran que alguien sabía lo que va a pasar el 11-S. El poderoso siempre juega con ventaja.

 

JR.

 

Corredor bursátil que me mostró las evidencias de cómo existen iniciados y me ofreció pruebas de los trapos sucios en el mundo de las finanzas. En su opinión, todo está ocurriendo porque «los grandes banqueros se acuestan en la misma cama que los gobernantes».

Siempre me dijeron que siguiera la pista del dinero. Pero en este caso, esa pista está

repleta de huellas que se solapan unas con otras, que parecen ir por caminos dispares,

que después vuelven a unirse, que se vuelven a diversificar de nuevo… Y así una y

otra vez. Al final comprendí que ésa es una de las claves de la crisis, pero tanto se

mezclaron y entremezclaron los caminos que ni siquiera quienes dejaban esas huellas

sabían qué estaban pisando.

Cuando investigué los sucesos del 11-S descubrí que hubo una trama financiera

que precedió a los acontecimientos, y que quien la tejió parecía saber qué iba a

suceder y cómo iba a afectar al mundo de las finanzas. Y digo descubrí en el sentido

de que hubo autoridades que lo denunciaron e investigaron, pero lo que debería haber

sido un escándalo mayúsculo que provocara horrores en la opinión pública no tuvo

apenas repercusión. Quién me iba a decir a mí que cuando intenté poner en orden

todo lo ocurrido en aquellas 72 horas que discurrieron entre el 15 y el 17 de

septiembre de 2008 que cambiaron el mundo tropecé con algunos de los mismos

nombres —y sospechosos— que emergían con fuerza como involucrados en esa

trama financiera asociada a los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001. Siete

años después, esos mismos nombres volvían a aparecer…

Para entender lo ocurrido hay que explicar qué son las put options: se trata de

opciones de venta en las que el propietario puede vender algo negociado hoy pero

con una fecha determinada. Es decir: yo tengo una acción de una empresa que vale 1

euro, pero te la entregaré a ti dentro de cinco días a un precio de 2 euros. Si tú me la

compras es porque piensas que cuando te la entregue valdrá más. Es un juego: yo

ganaré si cuando te la entregue vale menos de 2 euros (habré recibido más dinero que

su valor real), pero tú ganarás si cuando la adquieras vale más de 2 euros (habrás

pagado menos que su valor real). Evidentemente, aunque sea un juego, es como el

póquer: hay que saber, tener perspicacia, información y… ser atrevido para

arriesgarse.

 

Iniciados: los estandartes del fraude

 

Incluso para arriesgarse hay que tener pistas e indicios para que ese riesgo sea menor

del aparente; es por ello que los matemáticos se han involucrado en el mundo

financiero con fruición desde que en los años ochenta cambiaron las leyes que

permitieron efectuar este tipo de operaciones. Antes, en los tratados sobre cómo

funcionaba el mundo del capital, las fórmulas matemáticas sólo ocupaban un 10 por

ciento del espacio, pero en la actualidad llegan a abarcar hasta un 80 por ciento.

Antaño, cuando alguien quería estudiar la carrera de matemáticas, todo el mundo le

hacía ver las pocas salidas profesionales que tenía. «Como mucho, trabajarás de

profesor en un instituto o en la universidad», le decían. Hoy tiene el puesto asegurado en una empresa involucrada en el mercado financiero.

El éxito del álgebra no es otro que saber calcular el riesgo. Así, en ese juego de

las put options, tener unos buenos cálculos sobre cómo van a ir las cosas en el futuro

hacen que ese riesgo sea más o menos racional, pero a ello también puede contribuir

tener buena información. Si yo te vendo a ti a través de este mecanismo una acción de

una empresa que quebrará antes de que tú la incorpores a tu cartera, ganaré de forma

sustancial porque me habré quitado algo que dejará de tener valor cuando tú lo

recibas, pese a que este tipo de opciones pueden obligar o no al poseedor a

deshacerse del bien en la fecha determinada. Claro, que si yo sé que esa empresa va a

quebrar porque he tenido información privilegiada estaré cometiendo un delito. Eso

está prohibido, pero ha ocurrido y ocurre. A quienes se benefician de tener

información privilegiada se los llama «iniciados», aunque localizarlos es complicado

debido a ese auténtico caos de pistas a seguir que parecen no conducir a ningún lado

y a todos lados a la vez. Y es que la opacidad que inunda el mercado financiero desde

los años ochenta ha permitido la multiplicación de los delitos de guante blanco.

El día anterior a los atentados que dieron inicio a este nuevo mundo, la empresa

aeronáutica American Airlines recibió un sorprendente bombardeo de ofertas de put

options diez veces superior a lo normal. En esa fecha —10 de septiembre de 2001—

las acciones de la empresa se encontraban a 45 dólares cada una, pero en los

contratos establecidos aquel día, el comprador que hacía su oferta estipuló un acuerdo

por 30 dólares por acción con una fecha de vencimiento establecida para el 20 de

octubre. En este caso, dos de los aviones implicados en aquellos hechos pertenecían a

esa compañía, lo que provocó el derrumbe de sus acciones, que pasaron a cotizarse a

18 dólares. De este modo, el emisor compró por 18 y vendió por 30, lo que se

traduce, en cuanto al número de ofertas efectuadas, en unos beneficios de cuatro

millones de dólares. Por si fuera poco, en días anteriores algo similar había ocurrido

con las acciones de United Airlines, la empresa aeronáutica a la que pertenecían los

otros dos aviones involucrados en los atentados. En este caso, el gestor invisible de

esta maniobra obtuvo unos beneficios de seis millones de dólares. Por si fuera poco,

la financiera Morgan Stanley también recibió en los días previos a los atentados un

flujo de put options veinticinco veces superior a lo normal. Y esta empresa también

sufrió un descenso considerable en el valor de sus acciones, especialmente porque

parte de sus oficinas centrales ocupaban veintidós plantas en las Torres Gemelas.

Algo similar le sucedió a Merryll Lynch. Respectivamente, las operaciones

reportaron a los oferentes 1,2 y 5,5 millones de dólares. También las empresas

aseguradoras de las oficinas de las empresas que tenían sede en las Torres Gemelas

sufrieron ataques similares; y lo mismo puede decirse de los seguros efectuados por

el banco Citigroup, que tenía cubiertos los cuatro vuelos que fueron secuestrados. Por

aquel hecho, este banco tuvo que desembolsar 500 millones de dólares. ¿Es

casualidad que recibiera 45 veces más put options en los cinco días previos a los

atentados? Quienes hacen hoy una jugada en los mercados, mañana pueden ser la víctima. El mundo de los negocios del dinero —no con dinero, que es distinto— es

una auténtica selva…

Aquellas operaciones encendieron las alarmas. Uno de los primeros en detectarlo

fue el presidente del Banco Central de Alemania, Ernst Welteke: «Tras analizar las

transacciones antes y después del 11 de septiembre se detecta un quiebro extraño».

Aquel hecho no dejó tranquilos a los reguladores de la Organización Internacional de

Comisiones de Valores (IOSCRO), desde donde se solicitó un informe a dieciséis

países miembros para que mostraran esos quiebros. Finalmente, el número de

empresas que sufrieron agresiones financieras fue de treinta y ocho. Aunque es

imposible cuantificar el dinero que se generó en todos aquellos movimientos, con

toda seguridad estamos hablando de cientos de millones de euros: «Es el mayor delito

de aprovechamiento ilícito de informaciones privilegiadas jamás registrado»,

aseguraron los analistas del IOSCRO. E Incluso se pudo saber por dónde pasaron

algunas de las operaciones —el banco alemán Deutsche Bank y su filial americana, el

antiguo Alex. Brown, que fue el primer banco de inversión de la historia de

Norteamérica, fundado en 1800, y que acabó por ser adquirido por el banco alemán

en 1999—, si bien ello no indicaba más que los conductos usados por los iniciados.

El FBI abrió una investigación para aclarar los hechos, pero semanas después el

expediente se cerró sin respuestas. El problema es que no hablamos de información

privilegiada referente al mundo de las finanzas o las empresas, sino de algo tan

imprevisible y siniestro como un ataque terrorista de aquel calibre. De cara a la

opinión pública se dejó caer la sospecha de que el propio Bin Laden estaba detrás de

aquellos extraños movimientos. ¿Quién iba a ser el iniciado si él era el responsable de

aquellos atentados que perjudicaron gravemente a las empresas a las que se atacó con

put options? Y aunque la acusación no fue esgrimida por ninguna autoridad, se filtró

a la opinión pública a través de algunos medios de comunicación, que sin plantearse

la inviabilidad del hecho contribuyeron a asentar la sospecha.

 

1972: BCCI, la cuna de los iniciados

 

Las cosas no son tan sencillas.

Y quizá explican por qué el terrorista más buscado fue ejecutado en su «mansión»

de Pakistán.

Veamos.

El proceso que desencadenó la compra del Alex. Brown fue tumultuoso. Debido a

su situación, la entidad estaba en parte nacionalizada, y en 1997 Bankers Trust lo

adquirió, integrando al Alex. Brown en su organización. Justo un año después se

produjo una brutal caída de su valor, lo que facilitó en noviembre de 1998 la

adquisición de la entidad por parte del Deutsche Bank por 10 000 millones de dólares. En esas fechas se cometieron numerosas irregularidades y fraudes que fueron

detectados por las autoridades. Por la compra, el director de Bankers Trust, un

hombre llamado Frank N. Newman, recibió una prima de 55 millones de dólares.

Mientras, quien había sido presidente de Alex. Brown hasta 1997 y vicepresidente

de Bankers Trust en 1998, era un hombre de negocios llamado Alvin Bernard Buzzy

Kongrad, que llevaba tres décadas trabajando en sectores empresariales de primer

nivel, todos ellos asociados al nuevo mundo de las finanzas. Sin embargo, tras esas

tres décadas fue llamado por George Bush para formar parte de sus hombres de

confianza, y el 16 de marzo de 2001 fue nombrado director ejecutivo de la CIA,

cargo que ocupó durante más de tres años. Esto quiere decir, por tanto, que era uno de

los máximos responsables de la Inteligencia estadounidense cuando se produjeron los

atentados del 11-S.

Durante su mandato, Krongard fue el responsable de los primeros tratos

comerciales con Blackwater, la empresa de mercenarios contratada para completar el

trabajo de los militares norteamericanos en la guerra de Irak, en donde

protagonizaron inmensos escándalos además de representar con su presencia —

pagada por los contribuyentes— una suerte de privatización de la guerra que dejó

temblando las arcas públicas. Posteriormente, tras dejar la CIA, fue nombrado

director de la empresa gestora DLA Piper, una firma de abogados especializada en la

asesoría legal a empresas vinculadas al mundo de los negocios.

Krongard es un banquero que siempre estuvo en la cuerda floja e inmerso en

numerosos escándalos financieros. Por desgracia, no es una excepción. Tampoco lo

es el hecho de que se trate de uno de esos financieros que de vez en cuando son

llamados para ocupar puestos de relevancia en los gobiernos. Sus antiguos

compañeros en el Banco Internacional de Crédito y Comercio (BCCI) son

especialistas en ello. El problema es que mientras estaban en la esfera pública

formulaban legislaciones que después los favorecieron —y viceversa— en la esfera

privada. Gracias a las medidas que facilitaron las operaciones financieras en la época

de Ronald Reagan durante los años ochenta del siglo XX, este banco, cuya sede se

encontraba en Luxemburgo primero y en las islas Caimán después —comenzaba la

era de los paraísos fiscales—, pudo efectuar todo tipo de maniobras. «El gobierno no

es la solución; el gobierno es el problema», dijo Reagan en el acto de su investidura,

y actuó en consecuencia: sus leyes sirvieron para que los financieros pudieran operar

libremente, sin restricciones y sin control gubernamental. Al mismo tiempo, en el

Reino Unido ocurrió algo similar, ya que Margaret Thatcher, la Dama de Hierro,

estableció medidas legislativas parecidas. Para ser exactos: sus normativas fueron que

no existieran normativas. Nunca jamás dos gobiernos —los dos más poderosos del

llamado mundo occidental— tuvieron tanta sintonía y planificaron un sistema de

funcionamiento tan parecido. Aquello supuso el triunfo definitivo de las políticas

liberalizadoras impulsadas por los Chicago boys, capitaneados por Milton Friedman,

que desde los años setenta empezaron a ganar terreno en el ámbito de la economía teórica. Se había cumplido uno de los más ansiados sueños de aquellos hombres.

La situación la aprovechó perfectamente el BCCI, que había sido fundado en

1972, poco antes de la crisis del petróleo, y logró convertirse en uno de los diez

bancos más relevantes de la época. Y aunque en su origen el fundador y principal

inversor era un paquistaní llamado Agha Hasan Abedi, en sus puestos más relevantes

aparecieron numerosas figuras de la política norteamericana en asociación con los

jeques árabes que dotaban de activos al banco, entre quienes estaba un hombre

llamado Mohamed Bin Mahfouz, que tenía enormes vinculaciones con los magnates

del sur de Estados Unidos, entre quienes se encontraban los miembros de la familia

Bush. Y esto no significaría nada extraño de no ser porque una de esas familias

vinculadas a los negocios energéticos de los Bush era la poderosa familia Bin Laden.

El BCCI echó el cierre en el año 1991 tras una serie de escándalos de inmensa

gravedad, ya que el banco estaba involucrado en turbias tramas de lavado de dinero

procedente del mundo del narcotráfico, circunstancia que fue admitida por siete de

los principales empleados del banco en el juicio que se celebró contra ellos en junio

de 1990 en Florida. Por primera vez en la historia se certificaba que un banco

«digno» estaba involucrado en una operación de blanqueo que jamás hubiera sido

posible sin las medidas tomadas por el dúo Reagan-Thatcher, que en la siguiente

década también permitirían que comenzaran a desarrollarse las operaciones con

nuevos productos financieros que acabarían por causar la crisis iniciada en el año

2008.

Hoy recordamos la crisis del BCCI por tan notorio delito, pero nuestras ganas de

mirar hacia otro lado nos impiden darnos cuenta de que en su comportamiento ya

estaban presentes los mismos elementos que provocaron la crisis de 2008, y que

quizá entonces se actuó de una forma adecuada para evitar que su tropiezo no nos

arrastrara a todos. Porque al igual que pensamos hoy que las juergas y excesos de los

agentes de los bancos que han caído son los responsables, podemos caer en el error

de pensar que las operaciones fraudulentas con el dinero procedente de la droga —

operaciones que siempre se han llevado a cabo, antes y ahora, sin causar cataclismos

— son la causa del derrumbe de esta entidad, cuando fue en realidad el sistema

nacido en 1989 —como más adelante explicaré— el causante de todo; y es que

gracias a esos permisos legales, la empresa podía tener dividida su sede central entre

Luxemburgo y las islas Caimán, mientras que los accionistas se escondían en Abu

Dhabi y los verdaderos gestores trabajaban en la City de Londres.

Al igual que ahora, el BCCI sufrió una falta de liquidez que complicó el sistema

financiero. En un principio, el Banco de Inglaterra barajó opciones para rescatarlo

mediante varios posibles mecanismos, pero el informe que se efectuó para poder

llevar adelante su recapitalización desveló que la realidad era más incómoda de lo

que parecía, puesto que los gestores del banco estaban involucrados en nuevas

actividades financieras. Aquello hizo que los 6500 inversores que dieron su dinero al

banco para que lo gestionara y lo moviera —y que perdieron en total más de mil millones de euros— denunciaran al Banco de Inglaterra por no haber sido celoso en

la supervisión de lo que ocurría en la entidad. Quince años después, los 6500

inversores perdieron el juicio contra el Banco de Inglaterra. ¿Por qué? Sencillo: lejos

de los argumentos reales y legales, si se reconocía que el Banco de Inglaterra no

había supervisado correctamente la entidad, se habría planteado la pregunta de por

qué se condenaba a la institución por el error cuando ya no se supervisaba con celo

ningún banco en aquel año 2006. Pero lo que además de esto resultaba sorprendente,

es que el informe realizado por el Banco de Inglaterra en 1991 desvelaba que incluso

se estaban financiando grupos terroristas desde las oficinas londinenses. Y los grupos

favorecidos por esa financiación son los mismos que a comienzos del siglo XXI se han

convertido en el objetivo bélico de Estados Unidos, especialmente gracias a la

retórica de una serie de gobernantes —y no pocos— que estaban en las filas del

BCCI no demasiados años antes.

 

1987: Carlyle Group, la escuela

 

Cuatro años antes de la caída del BCCI apareció en escena un fondo de capital

privado llamado Carlyle Group. Se trataba de una sociedad financiera que nació, al

tiempo que otras similares, al amparo de la desregulación de la época. Uno de sus

fundadores fue William E. Conway, formado como economista en la Universidad de

Chicago. Era uno de aquellos Chicago boys. Después fue presidente de United

Defense Industries, una empresa armamentística que fue adquirida por Carlyle tras la

fundación de esta sociedad y que resultó —no por casualidad— una de las más

beneficiadas por el gobierno de Estados Unidos durante las guerras de Irak y

Afganistán. El segundo de los fundadores fue David Rubenstein, que además de

haber sido asesor del presidente Jimmy Carter, que ocupó la Casa Blanca entre 1972

y 1980, también se formó en la Universidad de Chicago —no es necesario volver a

recordar qué pasó allí—, donde aprendió también que la necesidad de obligar al

Estado a no crear normas reguladoras estaba unida a la labor filantrópica de algunas

grandes fortunas, que debían sostener con sus aportaciones el sistema educativo; de

hecho, Rubenstein ha efectuado grandes donaciones a algunas universidades

norteamericanas. Pero lejos de creer que es un mecenas, el lector debe pensar mal:

sus aportaciones servían para que se educara a los estudiantes universitarios en una

serie de valores sociales y económicos muy ligados a sus ideologías. Por último, el

tercero de los fundadores era Daniel A. D’Aniello, que además de trabajar en la

cúpula de Pepsi Cola, en los años anteriores a la fundación de Carlyle ya había

ensayado modernas técnicas de negocio financiero en el grupo Marriott.

Carlyle era, por tanto, una empresa hija de su época: el mejor ejemplo de los

nuevos tiempos financieros que estaban llegando a modo de barra libre para hacer con el dinero aquello que convenga, lejos de códigos éticos, morales y legales. Nació

justo dos años antes de que cayera el Muro de Berlín y comenzara la desintegración

del Telón de Acero. Aquel suceso no sólo significó el final de la guerra fría y la

definitiva victoria de Estados Unidos sobre la Unión Soviética y la desaparición del

enemigo tradicional de Occidente, sino que trajo consigo la creación de nuevos

enemigos —sobre cuya capacidad se exageró desde el primer momento con objeto de

mantener una propaganda que sostuviera la existencia de una tensión que seguía

justificando el gasto militar— y la consolidación global de una forma de interpretar la

economía, cuyos ejecutores son conocidos como «tiburones», en alusión a su formar

de atacar y… matar.

 

1989: El fin de la historia

 

Desde los centros de poder occidentales se vendió el triunfo como el «fin de la

historia», un concepto que popularizó el pensador Samuel Huntington, que consideró

que la definitiva victoria de una parte del mundo sobre la otra obligaría a esta última

—y no se equivocó en eso— a asumir la forma occidental de interpretar la realidad y

la economía. Pero los historiadores más críticos y objetivos no se mostraron tan

orgullosos y optimistas con el significado de la caída del Muro de Berlín. Tony Judt,

el más importante de los historiadores del siglo XX, autor de la mítica obra

Postguerra (Taurus, 2006), escribió su último libro en el año 2010, cuando los

médicos le diagnosticaron esclerosis lateral amiotrófica (ELA) y le dieron pocos

meses de vida. Poco antes de morir finalizó su obra Algo va mal (Taurus, 2011), un

ensayo soberbio, delicioso, orgásmico si lo intelectual puede causar tal sensación de

placer, en el que examina el mundo actual y en el que ve el triunfo de la guerra fría

como la derrota de los principios sociales y éticos que habían regido las utopías —en

parte cumplidas— que abanderaron los ganadores antes de serlo. Y explica cómo los

valores del liberalismo se erigieron en el motor del mundo occidental tras su triunfo.

Recuerdo una frase de Friedrich Hayek, uno de los ideólogos de este movimiento de

quien ya he hablado: «Hemos de afrontar el hecho de que el mantenimiento de la

libertad individual es incompatible con la plena satisfacción de la justicia

distributiva». Lo terrible es que esta forma de pensamiento es la que lideraron con

orgullo Reagan y Thatcher, ejecutándola en su plena dimensión sus herederos

políticos.

«Cuando el comunismo cayó en 1989, la tentación de regocijarse resultó

irresistible para los comentaristas occidentales. A partir de entonces, el mundo

pertenecía al capitalismo liberal —no había alternativa— y todos avanzaríamos al

unísono hacia un futuro en el que reinarían la paz, la democracia y los mercados.

Veinte años después, esta afirmación parece un poco gastada», señala con dolor Judt, que documenta cómo, a partir de ese momento, empezaron a abrirse grietas en la

igualdad en las sociedades ganadoras al mismo tiempo que se producía un déficit

democrático que era necesario, precisamente, para sostener el mundo globalizado —

de las finanzas, no de los hombres— que pregonaba la nueva economía. Sin embargo,

el mundo entero vivió aislado de esa realidad a la que le tapábamos la cabeza si

asomaba hasta que se produjo el punto de inflexión que fue la caída de Lehman

Brothers. Entonces, la realidad nos estalló en la cara, cuando hasta entonces

mirábamos este mundo tan satisfactorio como vacío no sin cierta hipocresía social:

«Con la caída de este banco se rompió el equilibrio establecido, no importa lo

corrupto y especulativo que fuera, pues lo cierto es que todos nos beneficiábamos de

él: pleno empleo, fuerte crecimiento, altas rentabilidades, sociedad de nuevos

ricos…», dice el sociólogo Enrique Gil Calvo en Crisis crónica (Alianza Editorial,

2009), una obra visionaria en la que plantea que esa ceguera, alimentada por los

medios de comunicación, muy preocupados de exponer una parte de la realidad, sólo

una parte, dibujando la otra como una consecuencia inevitable. Y en su análisis

certero, predice cómo ese traspaso de deuda pública a deuda privada provocaría una

segunda parte de la crisis —la que estalló en 2011 y que afectaba a los países y no a

las empresas financieras, ya limpias de sus tóxicos y venenos— terriblemente dura

para la sociedad.

No deja de ser curioso cómo un sociólogo fue capaz de anticipar el futuro

económico mediante la observación y el análisis de una forma que ningún economista

fue capaz de prever. Y señalaba que, por sus características, España es uno de los

países que más sufrirá esa situación, provocando con ello una enorme tensión

internacional: «El incremento de la deuda pública española agravará sobremanera

nuestro déficit presupuestario, pues habrá que incluir en la partida de gastos un fuerte

incremento para pagar el servicio de deuda… Todo esto hace que nuestro riesgo-país

sea muy elevado». Pero tiempo habrá de desarrollar y mostrar informaciones sobre

cómo la perversidad del sistema financiero ya preveía que la crisis privada se

trasladara a lo público en caso de que fuera necesario… Valga finalizar esta parte del

recorrido recordando que John Lanchester también indica cómo la caída del Muro de

Berlín dio al sector financiero la oportunidad de adueñarse del capitalismo: «Este

hecho dio comienzo a una celebración de victoria que se prolongó durante casi dos

décadas… Antes, las democracias liberales se convirtieron en las sociedades más

dignas de admiración que el mundo haya visto nunca. No las más admirables que

podamos imaginar, no perfectas, pero las mejores que la humanidad ha sido capaz de

conseguir. Entonces cayó el Muro, y en distinta medida, los gobiernos de Occidente

empezaron abandonar el aspecto de justicia social del proyecto general de la

posguerra».

Y esa fiesta que nos emborrachó no permitió ver que los líderes de la juerga

estaban promoviendo unas legislaciones —y una situación internacional, entre

nuevos enemigos, más propaganda bélica y conflictos internacionales paranoicos— que les permitía ejecutar una nueva forma de ver la economía en la cual las cosas ya

no eran como antes, en las que las empresas fabricaban cosas que la gente compraba,

es decir, se intercambiaba un bien —el producto— por otro bien —el dinero—. Así,

gracias a las «no legislaciones», la economía de siempre pasó a ocupar un segundo

plano y todos nos rendimos ante los señores del universo que eran esos tiburones que

dejaron de intercambiar bienes para intercambiar dinero por dinero haciendo crecer

una burbuja que estalló aquella maldita noche del 14 al 15 de septiembre, cuando en

las oficinas de Lehman Brothers condenaron a la humanidad a vivir en la

incertidumbre.

Joseph Stiglitz, uno de los grandes economistas modernos, y uno de los pocos en

ocupar cargos de talla mundial y ganar el premio Nobel que no bendicen la forma en

la que opera el mercado financiero, calificó la década posterior a la caída del Muro de

Berlín como «aquellos locos noventa», en la que algunos quisieron apagar el sol

porque no daba dividendos y otros, desde estamentos como el FMI, «exprimieron

hasta la última gota a las naciones que entraban en crisis, haciendo políticas que

socavan la democracia, sin importarles si la gente vive o muere, condenando a

pueblos enteros a la muerte». Y teorizó a propósito de cómo la globalización se usó

para justificar unos planes que eran sólo los planes de los que están arriba. Así, en

esos años noventa, cuando algunos decían que habíamos alcanzado el cielo de la

democracia absoluta, en los países con más dificultades, a los que en realidad no se

quería ayudar, se produjo un elevado índice de emigración hacia los países que

crecían al son de esa moderna expansión económica. Pero las fronteras no se abrieron

por humanitarismo, sino porque gracias a aquello se pretendió abaratar el mercado

laboral y desintegrar los beneficios contractuales de los trabajadores. Los que venían

de fuera lo hacían por necesidad tras abandonar su país, dispuestos a trabajar por

menos dinero, con peores condiciones que los nativos, con menos derechos…

Entonces llegó una suerte de deflación y, especialmente, el freno a los aumentos

de sueldo y la pérdida de poder adquisitivo. Así, la oferta global de trabajadores se

dobló en esos años. Al tiempo, en los países de los que procedían se descubrió que

podía ponerse en práctica la llamada deslocalización: como la mano de obra es

barata, incluso hasta puede pagarse más dinero a los que viven en estos países —

China, por ejemplo, pero también los países del este de Europa y los de América del

Sur— porque seguirá siendo barato. «Entonces, los trabajadores de los países

desarrollados tuvieron que asumir las pérdidas en sus beneficios laborales», recuerda

la economista Loretta Napoleoni. Mientras, el mundo de los bancos corrigió ese

déficit de efectivo gracias a la expansión del crédito merced a la seguridad que daba

el que, aunque con dificultades, los mercados laborales seguían absorbiendo mano de

obra y la gente cobraba sus sueldos sin miedo al paro. Pero claro, esa expansión de

crédito puede funcionar si todo va bien; sin embargo, la burbuja estalló, la gente se

quedó sin trabajo, el paro aumentó, llegaron los impagos y todo el resto de

consecuencias de este laberinto.

… y Bin Laden llegó al Carlyle Group

 

El grupo Carlyle nació casi al tiempo de la llegada del «fin de la historia». Creció a la

misma velocidad que la orgía se hacía más y más viciosa; claro que, a la bacanal

también asistimos algunos de nosotros —los medios de comunicación, los políticos

electos, los empresarios normales…—, que estábamos tan excitados con el triunfo

que no fuimos capaces de ver que andábamos sobre un camino enfangado.

El 11-S dio origen a una serie de derivas en las relaciones internacionales que

permitieron al grupo enriquecerse a costa de la nueva realidad. No es de extrañar que

en el año 2002 el grupo Carlyle fuera considerado el mejor instrumento financiero del

mundo gracias a la eficiente y muy provechosa gestión de los 14 000 millones de

euros que los inversores habían depositado en sus cuentas para que se hiciera negocio

con ellos y generaran rentabilidad a sus dueños. Y aun siendo la mejor empresa de

ese año, sirva señalar que diez años después su cartera reunía 150 000 millones de

dólares y varios galardones como «empresa del año».

Podría pensarse que es casualidad… Pero no. Fue la guerra contra el terrorismo y

los favores gubernamentales los que multiplicaron por diez los fondos del grupo

desde la caída de las Torres Gemelas. Para explicarlos basta señalar que el director en

Europa del grupo era John Major, el primer ministro inglés antes de la llegada de

Tony Blair al poder. Pero es que entre los responsables del grupo se encontraba por

entonces gente como su presidente, Frank C. Carlucci, que fue secretario de Estado

—el equivalente aquí a ministro de Asuntos Exteriores— durante los mandatos de

Ronald Reagan y George Bush padre, que fue presidente de Estados Unidos entre

1988 y 1992. Como miembro del consejo de administración en la época

inmediatamente posterior al 11-S también se encontraba James A. Baker, jefe del

gabinete de Reagan y también secretario de Estado con Bush padre. Ambos habían

trabajado también en el BCCI…

Pero hay más, porque entre los responsables del grupo Carlyle estaba también

entonces Fred Malek, que fue el director de la campaña electoral que aupó a George

W. Bush al poder en el año 2000 y que fue el puente de unión entre el candidato y el

grupo para financiar esa campaña. Y no pocas veces —quizá siempre— si una

empresa financia una campaña electoral es porque esa empresa espera recibir favores

por parte de su «elegido».

¡Y aún hay más!

Uno de los miembros del consejo asesor de Carlyle era Sami Barna, otro

banquero. Pero no un banquero normal, porque tenía estrechas relaciones con algunas

de las fortunas de Oriente Medio, entre ellas el millonario Bin Mahfouz, que antes ya

he mencionado y del que se me olvidó decir que estaba casado con… ¡la hermana de

Bin Laden!

Claro que alegan que los negocios del Bin Laden Group no tienen que ver con el

propio Osama Bin Laden, porque él es el único de los hermanos díscolos y no tenía relación con ellos, pero hay múltiples pruebas que certifican de forma rotunda que

podrían existir vinculaciones. Y además de los indicios, también pruebas judiciales,

ya que en España fue condenado en 2005 un hombre llamado Ahmed Brahim, un

argelino con quien estuve en contacto por carta y a través de su familia, ya que lo

consideran culpable de los cargos de financiar a Al Qaeda, que se basaban en su

ideología wahabista, la misma de los monarcas de Arabia Saudí, y en el hecho de que

había trabajado en Medina para realizar obras públicas como representante del Bin

Laden Group. La justicia española tomó en consideración esos elementos como parte

de las pruebas contra Brahim. Gracias a la publicación de los documentos de

Wikileaks, elaborados por los diplomáticos norteamericanos afincados en España,

sabemos que el proceso judicial contra Brahim fue seguido de cerca en Estados

Unidos, y se estima en esos escritos que el trabajo del encausado en la empresa de los

hermanos de Bin Laden es orientativa de su implicación con las redes terroristas de

Al Qaeda. Pero lo que se estaba haciendo es cuidar que la opinión pública no tuviera

información sobre los nexos que unían el Bien y el Mal.

Las paradojas llegan más lejos aún. Y es que uno de los mayores accionistas de

Carlyle es precisamente el Bin Laden Group, que depositó en las cuentas del grupo

100 millones de euros para que se invirtieran y se operara con ellos con el objetivo de

obtener rendimientos. Bien que los consiguieron: los rendimientos llegaron gracias a

los contratos oficiales firmados por la Casa Blanca que beneficiaron a las inversiones

de Carlyle de forma notable, especialmente a la empresa propiedad de Carlyle

llamada United Defense Industries, que recibió el encargo de George Bush hijo de

construir un lanzamisiles a cambio de 12 000 millones de dólares.

¿Quiere el lector más «casualidades»? Cuando se dio ese dinero a Carlyle, el

presidente del grupo en Asia era ni más ni menos que George Bush padre, que ya

había sido presidente del país que ahora gobernaba su propio hijo. Y aún hay más:

según reveló el periódico The Observer en su edición del 16 de junio de 2002, la

misma mañana del 11-S se celebraba una reunión en el hotel Hilton de Washington a

la que asistían algunos de los inversores del Carlyle Group y que tenía por objeto

planificar operaciones que reportarían dividendos y rentabilidad a los fondos del

grupo. Entre los asistentes a la reunión había un hombre llamado Shafig Bin Laden,

¡hermano de Osama Bin Laden!

No pueden obviarse las gigantescas conexiones entre las fortunas árabes y la

familia Bush. Y entre la familia Bush y la familia Bin Laden. Esas conexiones nos

remiten a los primeros años de Bush en el mundo de la empresa; venía de herencia,

puesto que el abuelo del hombre que inició las dos guerras de comienzos del

siglo XXI, George Prescott Bush, ya estaba ligado desde joven a diversas empresas y a

los servicios de Inteligencia de Estados Unidos, especialmente a John Foster Dulles,

el primer director de la CIA, que abrió las puertas de la agencia a George Bush padre,

que pasó a formar parte del cuerpo de agentes secretos. Entre otras misiones —con

fracaso, por cierto— se le encargó coordinar el asalto a Bahía Cochinos en Cuba allá por 1961. Así, finalmente, en 1976, el padre se convirtió en director de la CIA y el

hijo comenzó su carrera en el mundo de la empresa, para lo cual fue fundamental un

personaje brillante y exitoso llamado James R. Bath, que tres años después se

presentó en el despacho del texano en Arbusto Energy, la empresa petrolera que había

fundado, con un sobre que contenía 50 000 dólares que le había entregado un

potentado árabe que deseaba invertir en los negocios petroleros del sur de Estados

Unidos. Ese hombre no era otro que Salem Bin Laden, otro de los hermanos del

terrorista, que pocos años después se convirtió en el nexo de unión entre el dinero que

Estados Unidos entregó a los muyahidines que entraron en guerra contra la URSS

después de que ésta invadiera Afganistán. La Casa de Huéspedes de Peshawar

(Pakistán) se convirtió en la oficina de reclutamiento de islamistas que gestionaba el

servicio de Inteligencia de Pakistán con el dinero norteamericano y saudí. El joven —

y futuro terrorista— Bin Laden fue el elegido desde la Casa Blanca para convertirse

en el gestor de aquella rebelión que acabó provocando la salida de los rusos de Asia

Central en una derrota que significó el principio del fin de las aspiraciones soviéticas

para controlar el mundo.

La amistad entre los Bush y los Bin Laden permitió al grupo saudí adquirir

numerosas propiedades en Texas (Estados Unidos), entre ellas un aeropuerto en la

ciudad de Houston. Durante un juicio en el que se le imputaba un delito financiero,

James Bath explicó todas estas conexiones que aún hoy siguen siendo un tema tabú.

Pero no por tabú dejan de ser reales, como son las estrechas relaciones entre el whisky

y el hombre que llegaría a ser presidente de Estados Unidos, que fueron descubiertas

y analizadas por James Hatfield, un periodista norteamericano que falleció en junio

del año 2001 poco después de desvelar los oscuros nexos económicos de los Bush en

una biografía que tuve la suerte de coordinar en España. Hatfield se suicidó, y pese a

que aún existen dudas sobre su muerte, nada de aquello habría ocurrido si no hubiera

descubierto que Bush se drogaba y emborrachaba al tiempo que empezaba su carrera

política en Estados Unidos. Tuvo que ser un telepredicador evangélico llamado Billy

Graham quien le ofreciera la ayuda necesaria para poder reconducir su situación

personal. Desde entonces, Bush se convirtió en un «renacido», que es como se

denomina por allí a las personas de mala vida que vuelven a la senda correcta tras su

encuentro con Dios.

Arbusto Energy acabó quebrando, pero sobre sus cimientos erigió Bush

Exploration, una petrolera que acabaría llamándose Spectrum 7. También fracasó.

Pero sin darse por vencido se unió a otra serie de inversores y volvió a intentarlo en

Harken Energy. Nuevamente, entre la cartera de clientes financieros de Bush se

encontraba Salem Bin Laden, que adquirió desde Harken un paquete de acciones de

Spectrum 7. Fue una suerte de fusión para la que se emplearon mecanismos legales

o… casi legales. Hubo investigaciones oficiales, pero no impidieron que ese dinero y

los contactos subyacentes facilitaran a Harken Energy la firma de un acuerdo de

importación de petróleo con el gobierno de Bahrein. Gracias a aquella operación, Bush ganó su primer millón de dólares. Corría el año 1987…