Triple A

Bruno Cardeñosa · Capítulo 21 de 25

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Triple A

19. La edad dorada

LA EDAD DORADA

 

Caminan sabiendo qué va a ocurrir, y algunos caminan decidiendo qué va a ocurrir. Los primeros saben que llegan dificultades, y los segundos las están creando.

 

MISTER X

A comienzos del año 2005, un misterioso personaje se puso en contacto conmigo para

revelarme «la verdad sobre una de las conspiraciones más determinantes de cara al

futuro de la humanidad». Lógicamente, reaccioné con escepticismo, pero aquel

singular individuo fue destapándose poco a poco como algo más que un iluminado.

Era alguien que sabía perfectamente de lo que hablaba, pero lo hacía cuando

teníamos la sensación de que el mundo vivía en un mar de riqueza y prosperidad.

De elegancia señorial y aristocrática, sus casi dos metros de altura y un acento de

marcado origen germánico parecían dar credibilidad a su singular historia personal y

vital. Mister X había llegado a ser dueño de una veintena de minas de oro en América

y África. Fue en la época en la cual el preciado metal significaba algo para la

economía mundial. Sin embargo, la voracidad del mercado, el valor del petróleo y la

relevancia del dólar en el concierto mundial convirtieron el oro en un capricho de

escaso valor. Pero lo que venía a contarme es que, en aquellas fechas, en los primeros

años del siglo XXI, el control por las minas parecía volver a tener una importancia

similar a la que tuvo antaño. Es como si algo estuviera a punto de cambiar y la fiebre

del oro retornara…

 

«Algo está pasando»

 

Lo que Mister X me contó lo publiqué en mi libro El día de mañana (Temas de Hoy,

2005). En aquella obra intentaba esbozar una serie de pautas de hacia dónde van las

cosas. Y una de ellas tenía que ver con la crisis económica que se avecinaba pero que

por entonces nadie había anunciado. Acudir de nuevo a aquellas informaciones —y

leer lo que entonces publiqué— da la verdadera dimensión de lo atinado de sus

«profecías». Algunos sabían que algo estaba pasando y que el castillo de naipes que

era la economía mundial podría entrar en un período de enormes dificultades. Y

estaban actuando en consecuencia.

En aquellas primeras conversaciones me explicó algo que resultaba más que

sugerente. Había descubierto extrañas maniobras en los mercados de valores

relacionados con el oro. Según me informó, algunos representantes de los grandes

capitales mundiales estaban realizando inquietantes maniobras. Tales movimientos

consistían en comprar oro en el mercado bursátil de Londres, venderlo en el de Nueva

York para incrementar su demanda y, posteriormente, volverlo a comprar a un precio

mayor de nuevo en Londres.

La consecuencia de todo aquello era que el oro volvía a ser importante, pese a que

apenas existía interés mediático por el valor del lingote. Las cosas cambiarían un

lustro después, en plena crisis; pero no adelantemos acontecimientos. Lo inquietante,

entonces, es que eso no sólo significaba que alguien estuviera intentando crear una

enorme fortuna comprando oro barato y esperando a que subiera para enriquecerse. No era especulación pura y dura, tan habitual en los mercados financieros en los años

anteriores al estallido de la crisis. Se trataba de una cuestión diferente: «Lo que se

está haciendo es acumular oro, porque podría ser muy importante disponer de él en el

futuro», me explicó el misterioso comunicante.

Por aquellas fechas en las que nos reunimos por primera vez, la onza de oro —

28,34 gramos— oscilaba entre los 400 y los 420 dólares. Se trataba de un valor alto,

pero que en buena lógica debería mantenerse inamovible de acuerdo a los latidos

financieros mundiales. Podría subir o bajar, pero en ningún caso modificar su valor

de forma radical. «Hay que estar atentos —me advirtió—, porque esa inercia respecto

al oro podría variar en breve». Y me explicó cómo detectar movimientos

especulativos y localizarlos según bajaran o subieran los valores de referencia en

Londres y Nueva York. Además, me reveló la existencia de varios fondos de

inversión que cotizan en determinadas bolsas y que se fundamentan en el negocio

relacionado con los metales preciosos.

Me indicó que debía «ficharlos»…

Entre ellos, como descubriría después, estaban los mismos fondos de riesgo —los

llamados hedge fund— y sus dueños, que estuvieron involucrados en algunos de los

escándalos financieros que precedieron a la crisis.

Antes de finalizar nuestra primera entrevista le pedí que me dijera si tenía algún

tipo de información sobre quiénes estaban acumulando oro para el futuro: «Los

mismos que están manejando la geopolítica y la especulación con el petróleo: es

como si estuvieran preparándose para un tiempo futuro en el cual el oro volviera a

representar algo muy importante. Por ejemplo, la existencia de una moneda común

internacional basada en el oro podría dar sentido a estos movimientos». En todo caso,

llegara o no esa moneda, cosa que él veía casi imposible, lo mínimo que podía

pensarse es que se avecinaba una crisis financiera de proporciones descomunales y el

oro se convertiría en lo que siempre ha sido: un valor refugio, pero elevado al cubo.

 

Objetivo: vigilar el oro

 

Meses después, nos volvimos a reunir. De nuevo fue por sorpresa. Así quería que

fueran las cosas. Sin previo aviso, venía donde sabía que me encontraba y me

«abordaba». Con discreción absoluta y marcando él las reglas del juego. Se sentía

vigilado, pero comprometido a divulgar aquello. Incluso supo disculpar que no

hubiera acudido a una cita casi secreta que habíamos estipulado en nuestra anterior

entrevista debido a que me fue imposible advertirlo de un inesperado viaje. No

importaba, porque en esta ocasión el dueño de aquellas minas de oro sabía que yo

habría comprobado sin demasiado esfuerzo cómo sus «predicciones» se habían

cumplido.

Efectivamente, a primeros de julio de 2005, los mercados del oro se comportaron

del modo que había señalado. Y es que, sin razón aparente, aquellos movimientos

destinados a acumular oro se radicalizaron de forma inquietante en esas fechas.

Aparentemente, sin explicación alguna…

No había duda: los responsables de aquellas acciones parecían saber de una futura

crisis generada por algún acontecimiento internacional.

Días después de aquellos insólitos movimientos bursátiles se produjeron los

atentados terroristas de Londres. Era el 7 de julio de 2005. Al igual que había

sucedido el 11-S en el mercado de las put options, en esta ocasión parecía ocurrir algo

similar, porque no pocos analistas percibieron cómo los índices del oro se habían

movido en los días anteriores a la masacre atribuida a Al Qaeda. Algunos medios de

comunicación sugirieron que el entorno financiero de Bin Laden había tenido el mal

gusto de hacer negocio con el oro a sabiendas de la que iba a montar. Sin embargo, el

rastro del dinero empleado en aquellas operaciones no conducía a nadie sospechoso,

salvo que hubiera que buscarlos, como los buscamos tras el 11-S, en la órbita de los

grandes capitales…

Quien estuviera detrás de aquellos movimientos dio una pista sobre el posible

valor futuro del oro, que tradicionalmente se ha considerado como un refugio en

momentos de crisis e inestabilidad internacional. Los precios que por entonces tenía

el preciado metal no se podían justificar de ninguna forma. No podía imaginar

entonces que su cotización era una broma en comparación con la que acabaría

obteniendo en plena crisis económica; pero hay que remontarse atrás para descubrir

el momento en que alguien parecía tener información —o miedo fundamentado—

sobre lo que iba a suceder. Ya a finales del año 2003, cuando el precio de la onza de

oro se situó en 411 dólares, un analista del banco Citigroup llamado Martínez

Campuzano recordó que «no existen motivos para las actuales tendencias alcistas».

En su opinión, todo lo que supusiera un precio por encima de los 330 dólares

«resultaba anormal» e indicaría que existen especuladores que están realizando

sospechosas maniobras.

Por entonces no entendía nada de aquello. ¿Venía una crisis? Era imposible. Todo

iba sobre ruedas en la economía mundial. O al menos así lo creíamos, porque en

determinadas esferas y ámbitos —por ejemplo, por paradójico que pueda resultar, en

Citigroup, ya que tanto ellos como otras instituciones financieras estaban estrujando

la gallina de los huevos de oro y mintiendo en las previsiones de futuro— sí parecían

saber que el sistema estaba al borde de la quiebra. Es que claro, ellos son el sistema.

Desde entonces, el precio del oro ha sufrido subidas y bajadas pero siempre con

tendencia alcista. De hecho, justo un año después de que el citado analista expusiera

su sorpresa ante los precios del oro, el valor de la onza se situó en 442 dólares. Pocas

semanas después, los inversores que habían comprado oro para venderlo al poco

tiempo recogieron beneficios y el precio bajó hasta los 423 dólares a comienzos de

2005, año en el cual se percibirían de forma notable —según las informaciones que iba recibiendo a través de mi fuente— los efectos de la acumulación material de oro.

Efectivamente, el oro fue subiendo de forma pausada pero firme, día tras día,

hasta que a finales de verano sufrió la mayor subida que se había producido en las

últimas décadas, alcanzando un valor de 475 dólares. A finales de 2005, nuevamente

el oro volvió a crecer y marcó valores de récord a 31 de diciembre: 517 dólares, lo

que vendrían a ser unos 18 000 dólares por el kilo de oro. O los compradores intuían

una crisis muy grave en un muy próximo futuro, o nuevas convulsiones

internacionales, o algo ocultaban…

Lo inquietante —tal como se me había anunciado en 2005 y publiqué entonces—

es que las subidas en los mercados de valores no eran seguidas de posteriores ventas

que rebajaran el precio. Es decir, que al margen de los especuladores, el crecimiento

del oro escondía intereses de otro tipo. Además, muchos países estaban en esos

momentos acumulando reservas materiales enormes. Por ejemplo, Rusia aumentó en

ese año la cantidad de metal acumulado un 22 por ciento, gracias a lo cual dispone de

151 000 millones de dólares en lingotes, cifra que en sólo cinco años se ha

multiplicado por tres debido a que el incremento en el precio del oro sigue siendo

imparable. Esto quiere decir que el oro de Moscú vale en 2012 nada menos que

500 000 millones de dólares. Sólo diez años atrás, ese mismo oro sólo hubiera

supuesto unos 75 000 millones. Para que nos hagamos una idea: si yo hubiera tenido

un kilo de oro en mi caja fuerte cuando tuvo lugar el 11-S, por poner una fecha que

marca un antes y un después, mis lingotes hubieran tenido entonces un valor de unos

8750 dólares, y ahora valdrían nada menos que 55 000 dólares. Es un incremento

asombroso, teniendo en cuenta que si hubiera tenido 8750 dólares en Letras del

Tesoro —el valor más seguro en cuanto a inversión, que aunque no da una

rentabilidad enorme, pues suele quedarse en el 3 por ciento, tampoco provoca

disgustos para el inversor—, mi dinero habría rentado hasta los 13 000 dólares. El oro

se multiplicó por 6 en el mismo período que el dinero en una Letra del Tesoro se

multiplicó 1,5. La diferencia, insisto, es asombrosa.

 

Orfebres ayer, especuladores hoy

 

¿A qué se debía la fiebre del oro de comienzos del siglo XXI? Evidentemente, no es

posible afirmarlo con rotundidad, pero los miembros del Instituto Americano de

Estudios Económicos ya aseguraban en el año 2005 que gracias a los actuales precios

de la onza y a las reservas acumuladas ya era posible plantearse la posibilidad de

retornar al patrón oro, el sistema financiero que rigió durante el siglo XIX y parte

del XX que no esconde otra cosa más que la existencia de una moneda única mundial

en la cual el dinero en papel equivale a una cantidad física de oro.

Permita el lector que me cite a mí mismo. Este texto lo escribí en 2005:

En apenas unos meses, las «profecías» y análisis de futuro de mi informante —dueño de minas de oro, no

lo olvidemos— se habían cumplido de forma precisa. Cuando menos, se estaban sentando las bases para

algo parecido al retorno del «patrón oro». Es decir, a una situación en la que el dinero sí representaba algo

material al margen de la moneda. Es por ello que en tiempos del Renacimiento las monedas eran de oro,

plata u otro material precioso, porque su valor equivalía exactamente al valor del metal con el que estaban

hechas esas monedas. Estos valores respaldados en oro pueden considerarse —datan del siglo XVII— como

los primeros ejemplos de papel moneda, si bien hoy se sabe que al otro lado del mundo, en China, ya se

hacía algo similar mil años antes. De todos modos, medio milenio atrás, los orfebres se convirtieron en

algo más que artesanos que eran capaces de trabajar con el oro y la plata: con el objetivo de tener materia

prima —es decir, el metal precioso— para crear sus obras, construyeron en sus casas y estudios rincones

habilitados y protegidos para guardar el oro que les entregaban los más ricos del lugar. A cambio de ese

dinero, los orfebres entregaban un recibo en el que se notificaba la cantidad de oro entregado. Ese recibo

se convirtió en el primer ejemplo de billete. Además, los orfebres, que evidentemente necesitaban el oro

para trabajar, utilizaban parte de ese material y dejaban en sus escondrijos una cantidad suficiente para

asumir las retiradas de oro que hicieran los ricos. Así pues, esos orfebres se convirtieron en sí mismos en

bancos, en los bancos primigenios, ya que además rentaban un interés. Qué bonito y curioso origen del

dinero y los bancos para que después el final —y quién sabe si estamos en ese período— esté siendo tan

desagradable…

Posteriormente, lo que se hizo fue sustituir las monedas de metal por billetes que tenían un valor

equivalente a una cantidad de oro determinado. Es por ello que las cosas no son tan fáciles como fabricar

más billetes para crear riqueza, porque lo que se estaría haciendo es devaluar el valor de la moneda —

antaño equivalente al oro, en la actualidad a valores inmateriales como acciones, bonos, créditos, etcétera.

En definitiva, se puede decir que ayer el dinero era oro y hoy es deuda—, porque la riqueza que

representan esos billetes no se incrementa. Ojalá el dinero en papel tuviera valor, porque eso sería un buen

camino para acabar con la pobreza en el mundo. Para que nos hagamos una idea, cuando se estableció el

patrón oro se decidió que un dólar equivalía a una vigésima parte de la onza de oro. Así pues, si

fabricamos el doble de billetes de dólar respecto a los que ya existen, lo que haríamos es reducir a la mitad

el valor del dinero, ya que cada dólar equivaldría entonces a una cuadragésima parte de la onza de oro. De

este modo se conseguía una fuerte estabilidad en el valor del dinero y se evitaba la especulación.

Sin embargo, no es sencillo afirmar que un retorno al antiguo modelo (roto tras la primera guerra

mundial, cuando los países en guerra no pudieron hacer frente a la deuda que generaron y un dólar

impositivo extendió su dominio a costa de otras monedas) sea malo para la economía mundial. Gracias a

ello, el siglo XIX fue más o menos pacífico. La razón es sencilla: los grandes hicieron creer que se

encontraban atados de pies y manos puesto que no podían extender su dinero de forma especulativa, ya

que el usuario siempre podía cambiar el dinero en papel por una cantidad de oro concreta. Este hecho

propició que la inflación nunca fuera excesiva y que los bancos no pudieran someter al cliente, ya que

estaban a merced de que, si existía una pérdida de confianza, cualquiera pudiera ir con sus dólares en papel

a la ventanilla y pedir los lingotes que le correspondieran.

Bajo este prisma, sería más que deseable el retorno al patrón oro. A fin de cuentas, nos enfrentaríamos

a la existencia de una moneda única y al acercamiento financiero entre países pobres y ricos. Incluso

durante los últimos años ha tenido mucha repercusión un texto apócrifo denominado «Informe Nesara»

que sería un plan de determinados grupos de poder que se impondría en el futuro y que entre otras cosas

positivas tendría como objetivo el retorno al patrón oro. Sin embargo, esa circunstancia siempre iba a

depender de qué moneda se tomara como patrón y de la situación en el ranking de salida de los grandes

capitales. Incluso desde diferentes sectores ideológicos —tanto de izquierda como de derecha— se ha

valorado esa posibilidad de cara al futuro. Por ejemplo, la revista Finance Asia (febrero de 2005) publicó

que la emisión de dinero por valor de un uno por ciento del PIB del Japón por parte del banco central

nipón tenía como objetivo provocar el incremento de la burbuja económica de Estados Unidos. No es por

alarmar, pero ciertas burbujas económicas han provocado catástrofes financieras que después sirvieron

para construir una nueva forma de economía. Sin ir muy lejos, cuando en 1929 se produce el crack

económico, la situación anterior era muy parecida a la que se puede estar viviendo en los primeros años

del siglo XXI. Tal y como señaló el foro liberalismo.org, «las turbulencias económicas han provocado un

regreso del oro como alternativa de reserva bancaria ante las deterioradas divisas».

 

Hasta aquí lo que anuncié entonces. Era sólo una reflexión que podría ser atrevida

en aquellas fechas, pero que después se ha demostrado como coherente. Y aunque algunos vean en el patrón oro algo trasnochado, quizá no lo sea tanto, porque se

fundamenta en lo contrario a lo que se fundamenta el mundo económico actual: el

dinero tiene valor físico. Aunque, evidentemente, también tiene sus inconvenientes,

ya que eso supondría menos especulación, menor movimiento financiero, menos

liquidez… Y todo ello podría significar que tendríamos un crecimiento más lento.

 

Llega el patrón oro: una historia de éxito (y de crisis) que acabó mal

 

En 1819, fue el Banco de Inglaterra el primero en tomar la decisión de esta

equivalencia entre dinero en circulación y oro. Aunque hasta entonces la libra

esterlina se valoraba según la plata acumulada, el incremento en las reservas de oro

gracias a las explotaciones en América hizo que se modificara esa regla. Previamente,

las guerras con otros países hicieron que el Banco de Inglaterra tuviera que poner en

circulación mucho dinero para sufragar los gastos, lo que limitó las reservas de

material precioso, y fue necesario regular e incluso penalizar el poner en circulación

dinero sin apoyo de algo físico o por menos valor del que tenía la referencia física.

Lo que ocurrió en las fechas inmediatamente posteriores —y por eso lo traigo a

estas páginas— se parece de forma extraordinaria a lo que ha sucedido ahora. Y eso

que han pasado dos siglos. Hubo una competencia entre el Banco de Inglaterra y sus

sucursales y los bancos locales, que se vieron obligados a ofrecer créditos más caros

que los que procedían del banco central. El conflicto derivó en un pánico bancario en

1828, el primero del que se tiene noticia. La situación, que tuvo que ver con una falta

de regularización, no se arregló y, finalmente, la burbuja especulativa que se generó

desató en 1836 lo que algunos economistas consideran la primera crisis bancaria,

debido a los juegos económicos de los bancos locales y a la emisión incontrolada de

dinero por el banco central británico, ya que las reservas bancarias en metales

preciosos sólo tenían que respaldar una tercera parte, y entonces fabricar dinero salía

barato. Es decir, dos de cada tres libras fabricadas no tenían que estar soportadas por

oro o plata, y eso incrementó la especulación, alteró los precios de las mercancías,

etcétera.

Ya entonces, como ahora, surgieron dos formas de enfrentarse a la crisis que,

realmente, son muy similares a las dos que se pregonan para salvar los efectos de la

que comenzó en 2008. Por un lado estaba la «escuela monetaria» y por otro la

«escuela bancaria». Los primeros apostaban por poner el dinero en circulación en

situación de crisis para provocar inflación y a la vez favorecer la importación para

pagar con oro y así reducir la cantidad de reservas del país, de modo que los ajustes

económicos acabarían por equilibrar la situación. Por el contrario, los segundos

apostaban por limitar la puesta en circulación del dinero de forma que estuviera

operando sólo el necesario para la actividad comercial, activando el crédito, mientras que el sobrante pasaría a formar parte de las cajas particulares y tendría equivalencia

en oro. A día de hoy, la situación es relativamente similar: los primeros son los

actuales liberales, mientras que los segundos son los intervencionistas, que comulgan

con las ideas de Keynes de la participación del Estado en la reactivación de la

economía.

Como se puede ver, nada es nuevo.

En aquella ocasión ganó la escuela monetaria merced a la firma de la ley bancaria

que en 1844 estableció que el dinero que fabricaba el Banco de Inglaterra no era

necesario que tuviera su equivalencia en oro mientras que esa cantidad no superara

los 14 millones de libras. Pese a lo liberal de la ley, se exigió que los bancos privados

fueran inspeccionados oficialmente cuando se requiriera, con el objetivo de que no

pusieran dinero en circulación —entonces, el dinero lo «fabricaban» también los

bancos privados[14]— que superara la cantidad establecida. Además, se modificó la

estructura del Banco de Inglaterra, que pasó a tener dos divisiones: Emisiones y

Operaciones. El objetivo era que si se producía algún desajuste, la balanza entre

importaciones y exportaciones, que se hacían sobre la base del oro, regulara el

sistema financiero.

El crecimiento y la ambición hizo que se articularan nuevos mecanismos —

nuevos instrumentos financieros— que sirvieran para que el dinero siguiera creciendo

de forma permanente y pudiera seguir ofreciéndose crédito para financiar las

infraestructuras en marcha, que entonces no eran en el sector inmobiliario sino en el

ferrocarril. Hoy, esos nuevos mecanismos son los mencionados CDS, CDO, MBS y

otros derivados denominados con siglas, de los que ya he hablado y seguiré hablando.

Entonces la revolución llegó con una cosa desconocida pero que causó furor

financiero: los cheques.

Se concedió un crédito excesivo y el departamento de operaciones del Banco de

Inglaterra se quedó sin billetes, porque no existía la posibilidad de que el

departamento de emisiones fabricara más al existir una limitación del dinero basado

en las reservas de oro. De repente, muchos debían a muchos y nadie podía pagar.

Insisto: lo mismo que ahora. Había gran cantidad de dinero, pero era un dinero irreal.

Y fruto de la burbuja del ferrocarril, se produjo un parón en el desarrollo financiero

que desató el caos cuando los beneficiados por los créditos no podían devolver los

préstamos que habían conseguido e intentaron vender sus acciones, pero la única

forma que tenían para hacerlo era bajando los precios de dichas acciones. Así, los

bancos empezaron a entrar en default, es decir, en impago o bancarrota, y se fueron

quedando sin dinero real con el cual hacer frente a contingencias que pudieran

suceder. Sólo la intervención del gobierno pudo detener la espiral de la crisis, al

autorizarse un aumento en la emisión de dinero con el objetivo de que no se detuviera

la concesión de crédito y por tanto el ciclo económico siguiera su rumbo. De esta

forma, la escuela bancaria acabó por triunfar sobre la escuela monetaria, aunque fuera

a costa de una larga crisis en la que estos últimos habían impuesto sus normas y el sistema dejó de lado las operaciones financieras que habían causado la especulación

que derivó en la crisis, con lo cual el sistema basado en el patrón oro quedaría de

nuevo reforzado. Es decir: ganó la apuesta segura por el dinero real frente a la

apuesta arriesgada —puede dar muy buenos resultados, pero también muy malos—,

el dinero irreal.

Sin embargo, la unificación internacional del criterio se produjo cuando el recién

nacido imperio alemán adaptó en 1871 el patrón oro a su sistema financiero.

Entonces casi toda Europa hizo lo mismo, a excepción de España, que se mantuvo en

el patrón plata. Después hicieron lo propio Estados Unidos, Japón, China, India… En

cierto modo, hacia 1875 puede decirse que el patrón oro se convirtió en algo parecido

a la moneda única internacional. Nunca mejor dicho, las décadas posteriores fueron

una época dorada gracias a que este patrón se corregía solo: cuando a un país le iba

mal y tenía déficit, exportaba oro, el dinero en circulación decrecía, pero los precios

bajaban y se potenciaba la competitividad. «Las consecuencias del sistema áureo

fueron más que satisfactorias. Se trataba de un mecanismo muy eficaz de integración

y de interpenetración comercial, que permitió una notable estabilidad de precios,

favorecía el comercio y, por ende, las importaciones y exportaciones de capital»,

señala Gabriel Tortella, catedrático de Historia de la Universidad de Alcalá en su

libro Los orígenes del siglo XXI (Gadir editorial, 2005).

Hubo luces y sombras, como no podía ser de otra forma. Ocurrieron nuevas crisis.

Y nuevamente muy parecidas a la actual, incluso insultantemente parecidas. Hoy, la

que se desató a consecuencia de la caída de Lehman Brothers, mientras que entonces,

por el año 1890, la primera de las crisis de este nuevo período se desató tras la

suspensión de pagos decretada por el banco Baring Brothers, que había invertido en

bonos inmobiliarios argentinos con una serie de condiciones de pago que los

emisores no pudieron cumplir. De repente, el Baring Brothers se encontró con mucho

dinero prestado que no había sido devuelto. ¿Qué ocurrió entonces? Es fácil de

imaginar, porque aquellas primeras crisis son casi iguales a las actuales. Y lo que

pasó fue que se produjo el primer rescate financiero de la historia de la humanidad

cuando el Banco de Inglaterra —a través del gobierno— apoyó al Baring con 17

millones de libras de dinero nuevo que fue entregado a los bancos privados del país,

que organizaron el plan. Luego, hubo nuevas entregas de dinero entre países y

emisiones de bonos por parte de Inglaterra que fueron compradas por terceras

naciones, lo que, en conjunto, acabó por devolver la estabilidad al sistema.

Después, como señala Gabriel Tortella, llegó la primera guerra mundial y la

economía de guerra acabó con el patrón oro. El historiador no duda en calificar este

hecho como una de las grandes debacles económicas de la Historia. El economista

Jorge Pérez Ramírez, en Vidas paralelas (Marcial Pons, 2011), llega a la misma

conclusión: «Los movimientos bélicos despertaron el temor en los mercados de

capitales. La cancelación de depósitos bancarios provocó la venta masiva de títulos

por parte de los bancos ingleses con el deseo de obtener liquidez, lo que finalmente se tradujo en el cierre de la Bolsa de Londres el 31 de julio de 1914. Muchos países,

para proteger sus reservas y monedas, abandonaron el patrón oro, y la presión para

que también lo hiciera Inglaterra fue grande».

El patrón oro, que pese a las crisis había generado una era de armonía económica,

llegó a su fin. El periodista económico John Laughland refuta algunas ideas

preconcebidas sobre la base de que realmente ese patrón requería del control estatal.

Para él no fue tanto dicho control, sino que, más bien, con la mera vigilancia que

otorgaba la convertibilidad en oro, el sistema financiero se equilibraba solo según las

leyes del comercio, concepto pese a lo cual este patrón despierta aún cierta

fascinación en corrientes ideológicas diversas: «El patrón oro es mucho más flexible

que el control estatista que padecemos hoy, porque permitía que el mercado, no el

Estado, regulara la cantidad de crédito de la economía, y por tanto la oferta

monetaria», señala en La fuente impura (Editorial Andrés Bello, 2001).

 

La Gran Depresión: cuando la historia fue casi igual

 

Cuando la primera guerra mundial llegaba a su fin, Inglaterra intentó no demorarse ni

un minuto en retornar al patrón oro, pero la necesidad de financiar a los gobiernos y a

los ejércitos había provocado que las reservas de oro disminuyeran de forma

sustancial. Tras una reunión internacional en Ginebra en 1922, el nuevo modelo tomó

forma. No hubo más remedio que adoptar un sistema mixto, de forma que parte del

dinero se sustentaba en oro y parte en divisas de países que estuvieran regidos por la

equivalencia con el oro, que en la práctica sólo eran el dólar y la libra, es decir,

Inglaterra y Estados Unidos.

Aquella medida, provocada por los efectos de la guerra, abrió una nueva era en la

que ya resultaba imposible evitar una palabra que antaño era maldita para los

banqueros: el riesgo. Hubo economistas —a los que no se escuchó—, como Jacques

Rueff, que advirtieron que el mecanismo provocaría una expansión seguida de una

contracción. Hoy, sin embargo, ese riesgo es como una droga que se ingiere en la

medida exacta para no sufrir una sobredosis, pero en la cantidad suficiente como para

ver de cerca los efectos alucinógenos del consumo. Y digo riesgo porque si España

quisiera poner dinero en circulación, la mitad del dinero tendría la salvaguardia de las

reservas de oro del Banco de España, pero la mitad de los billetes que pusiera en

circulación estarían protegidos por dólares depositados en Estados Unidos a modo de

inversión. De este modo se fortalecía a las grandes potencias al tiempo que se

aumentaba la dependencia de ellas. Esa dependencia podía ser buena, pero podía

también provocar un cataclismo, porque sólo con que se agitara una pequeña rama, el

árbol entero acabaría sufriendo las consecuencias. Era, en cierto modo, una primera

forma de asomarse a lo que después se llamó globalización, pero que en definitiva tenía más de feudalismo entre naciones que de otra cosa. Así pues, ese sistema podría

llegar a causar que una crisis económica que fuera grave en Estados Unidos —o en

Inglaterra, pese a que poco a poco fue perdiendo la hegemonía mundial que atesoraba

antes de la guerra— acabara siendo catastrófica en España.

Las circunstancias hicieron que Estados Unidos concediera numerosos créditos a

los países europeos que se encontraban destruidos a consecuencia de la guerra. Como

muchos estaban acumulando dólares y ellos mantenían sus reservas de oro, el poder

norteamericano se fue haciendo cada vez más fuerte y el dinero del que disponían los

banqueros estadounidenses era cada vez mayor. Entonces empezaron a hacer lo que

hicieron: caminar en absoluta libertad, pero era una libertad que nada tiene que ver

con la auténtica.