Triple A
Cita2
Es imposible corregir abusos a no ser que sepamos que están sucediendo.
Julian Assange
LA PUERTA DE LA JAULA ESTÁ ABIERTA
V: Bienvenida a casa.
Evey: Tú me has hecho esto… ¡Me has metido en la cárcel!
Era feliz hasta que me echaste.
V: La felicidad es una cárcel, Evey. La felicidad es la cárcel más insidiosa de todas…
Del cómic V de Vendetta
Hoy hace justo cuatro meses que acabé de escribir W de Wikileaks. Fueron dos meses
y medio intensos. Intenté estallar y buscar también que el lector estallara con lo que
escribía. «Me he cabreado mucho», me decía uno de ellos. Y continuaba: «Así que
muchas gracias». Y es que mi objetivo era mostrar una realidad incómoda que se
había hecho hueco de forma imprevista gracias al sueño cumplido de un personaje
singular. Ésa era una realidad repleta de mentiras y falsedades, en la que desde el
poder se nos engaña sin miramientos y sin torcer el gesto. Una realidad en la que la
locura de las guerras se multiplica a base de mentiras, en la que los más poderosos
ejercen la hipocresía con naturalidad hiriente, en la que los peores crímenes se
cometen con guante blanco, en donde los dictadores recibían el apoyo de los que se
dicen demócratas, en la que, más que nunca, la libertad, la verdadera libertad, está
amenazada a cambio de ofrecernos una falsa felicidad teñida de ocio —un ocio vacío
—; a cambio de vivir en la ignorancia.
La aparición de los documentos de Wikileaks levantó las faldas de quienes
dirigen nuestras vidas. Y aunque con una mano delante y otra detrás —no por dinero,
sino por tranquilidad— los grandes medios de comunicación se subieron durante un
tiempo al carro de la rebeldía y la protesta, abriendo en millones de ciudadanos de
todo el mundo una pequeña puerta a la esperanza, que entendieron, como nadie, los
habitantes de algunos países árabes que se estaban rebelando contra aquellos que,
bajo la falsa apariencia del paternalismo, ejercían en sus países el dominio más
absoluto.
Cuando escribía las últimas líneas de W de Wikileaks —el primero que se publicó
en España sobre el asunto— aquel 11 de enero, los ciudadanos de Túnez se habían
levantado en masa contra su líder, Ben Alí, en el poder desde hacía décadas gracias a
mantener a sus ciudadanos de espaldas a una realidad que, tras los barrotes, se
mostraba cruel. Además, se sospechaba que llegarían nuevas revelaciones sobre las
maniobras de los grandes bancos que habían provocado la gigantesca crisis
económica en la que vivimos atrapados. También se esperaban nuevos ataques contra
el fundador de Wikileaks, Julian Assange.
Y me preguntaba en la última palabra escrita…
«¿Continuará?».
Días después, los ciudadanos de Túnez echaban del poder y del país —de forma
pacífica— a Ben Alí e iniciaban un largo y tortuoso camino hacia una democracia
que ellos ansían más que quienes, aparentemente, vivimos en un régimen de libertad.
Y no tardó ni un minuto en iniciarse el contagio. El siguiente país en levantarse fue
Egipto. Al igual que había ocurrido en Túnez, los ciudadanos consiguieron que el
presidente Hosni Mubarak desapareciera del mapa. Al mismo tiempo, otros países
musulmanes como Bahrein o Yemen empezaban a mostrar los mismos síntomas.
Pronto se conocería aquello como la «primavera árabe».
Desde Occidente empezó a hablarse del efecto contagio hacia otros países que
también podían vivir revoluciones semejantes. Siguiendo el retrato robot de aquellos movimientos, Jordania y Marruecos podrían ser los siguientes en asistir a algo que ya
se creía como parte del pasado. En cambio, y por motivos que más adelante explicaré,
se levantó la población de Siria. Y también la de Libia…
Desde los más poderosos despachos oficiales, ambos levantamientos resultaban
menos incómodos porque los dictadores que gobernaban no eran tan proclives a los
países más ricos. Gracias a ello, la respuesta del poder fue rotunda: bombardear Libia
para colaborar con los rebeldes que se enfrentaban a su dictador. De esta forma se
enviaba un mensaje contra futuros alzamientos ciudadanos, porque en Libia
empezaron a morir inocentes y culpables, proclives al dictador y víctimas del mismo.
No querían el apoyo de los aviones de la OTAN cargados de bombas que se
transforman en escombros y sangre, pero desde las instituciones internacionales se
nos hizo ver que sí. Otra vez, la enorme hipocresía de quienes mandan más que nadie
intentaba reorganizarse y, así evitar que las revoluciones se extendieran a otros países
gobernados por amigos.
Lo que no nos decían es que la primera de esas revoluciones no ocurrió en Túnez
—aunque los primeros en levantarse en los países árabes fueron los «súbditos» de
Yemen— sino en un país rico y próspero no mucho tiempo atrás. Un país cercano.
Muy cercano. Un país que durante la última década se nos había presentado como el
mejor ejemplo de cómo el poder del dinero generaba sociedades ricas y felices. Pero
esa felicidad y esa riqueza se quebró cuando los grandes bancos de ese país —
Islandia, para más señas— se vinieron abajo y quedó al descubierto que los grandes
progresos se habían efectuado gracias a esquivar la verdad y la legalidad. Poco
después aparecieron los documentos secretos que evidenciaban las maniobras de los
banqueros antaño presentados como modelo para el mundo entero. Y los ciudadanos
—pacíficamente— se levantaron contra sus mandatarios, echaron al gobierno e
iniciaron una serie de maniobras en las que el poder se traspasó desde lo alto de la
pirámide social a lo más bajo.
Ciudadanos comunes se encargarían de redactar una nueva Constitución y nuevas
leyes. En realidad, el miedo al contagio, en Washington y Londres, así como en las
otras grandes capitales, era más un miedo a que esos levantamientos se produjeran en
esas ciudades que en los países árabes gobernados por sátrapas que podían seguir
siendo sátrapas a cambio de entregarnos petróleo y riquezas naturales para mantener
nuestra hipotética felicidad.
El contagio de una revolución como la de Islandia podría poner en jaque el
mundo actual con sus mecanismos económicos y políticos. El terremoto que provocó
la revelación de documentos bancarios fue la gota que colmó el vaso, convirtiéndose
en la chispa definitiva que generó un cambio que ha sido tan importante como
ignorado.
Pocos días antes de comenzar este nuevo trabajo, el enemigo número uno del
mundo, el terrorista Osama Bin Laden, fue ejecutado en Pakistán, un país que, como
ya expuse, ha sido utilizado por Washington para alimentar extremismos y tensión en una zona del mundo que conviene que siempre permanezca inestable.
La ejecución del líder de Al Qaeda llegaba siete días después de la revelación de
casi mil documentos secretos sobre cada uno de los presos de la cárcel de
Guantánamo. En dichos documentos se demostraba cómo en ese limbo legal había
cientos de inocentes y cómo los verdaderos implicados en el terrorismo son una
rareza. Eso sí —además de dejar al descubierto que allí se practican las torturas
físicas y psíquicas más terribles—, uno de esos documentos revelaban que en Estados
Unidos tenían la pista definitiva sobre dónde se encontraba Bin Laden desde, al
menos, el 2008. Sólo tres años después, y únicamente tras la aparición de ese informe
secreto, se decidió actuar.
Evidentemente, como el lector ha podido comprobar, y como va a seguir
comprobando, esos nuevos tiempos han tenido continuidad en una era en la que se
unen dos fenómenos: las revoluciones ciudadanas en medio mundo y la crisis
económica, que presenta una serie de aristas e informaciones que es necesario que el
público conozca para que sea consciente del tamaño del atraco que viven los
ciudadanos, sometidos a la dictadura del capital. La interrogante que planteaba, pues,
tiene una respuesta afirmativa.
Y ello, y mucho más, me invita a seguir escribiendo…
Evey: ¡Cállate! ¡No quiero oírlo! ¡No estaba en la cárcel! ¡Era feliz! V: ¿Es que la felicidad vale más que la libertad?
Madrid, a las 23.46 del 11 de mayo de 2011