Triple A

Bruno Cardeñosa · Capítulo 25 de 25

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Triple A

23. Vencedores

VENCEDORES

 

Junto a las medidas que se despachan pública y abiertamente, otras deben difundirse con sordina y con discreción. Son las mentiras de comprobación: las mentiras que se dejan caer para sondear la credibilidad de los presentes. Quien se la trague podrá digerir fácilmente todo lo demás.

 

JONATHAN SWIFT

El arte de la mentira política.

En todo este tiempo, he leído de forma permanente las recomendaciones de los

analistas que sugieren a los inversores a qué dedicar su dinero. Y en qué invertirlo.

Hacerlo en deuda soberana de los países que la emiten se ha convertido en uno de los

valores idóneos para depositar el dinero, pese a que las notas que ofrecen las agencias

de calificación es cada vez menor, pero al serlo, los intereses aumentan y los

inversores ganan más. Ésa es la razón de por qué, en el momento de escribir estas

líneas, la crisis ha provocado que la nota que dan las agencias de la Triple A a España

es la misma que ofrecen para Namibia, pese a que el PIB de este país africano es cien

veces menor y la inseguridad real de la situación es incomparable con la española.

 

Buitres

 

Esta situación ha llevado a que los llamados «fondos buitre» hayan encontrado en la

emisión de deuda, es decir, en el dinero de todos, una excelente forma para lucrarse.

Son especialistas en comprar deuda de países en los cuales conviven una crisis

profunda y riesgo de quiebra. Pese a todo, los gobiernos son los mejores pagadores,

porque, entre otras cosas, estos fondos están controlados por personajes que se

encuentran bien situados en los diferentes poderes fácticos, a los que se necesita para

llegar a la cúspide del poder. A estos fondos, también llamados vulture funds, no les

importa que ese dinero que han comprado no pueda devolverse. Lo descubrieron

cuando en los años noventa se produjeron varios impagos en países de América,

porque entre sus gestores están asesores legales de primer orden que consiguen que

las reclamaciones judiciales que presentan por impago se resuelvan a favor de ellos

multiplicando varias veces el precio inicial que pagaron.

Uno de los casos más sangrantes ocurridos con Grecia fue protagonizado por Dart

Managament, un fondo creado por un hombre llamado Ken Dart, que radicó su

empresa en uno de esos paraísos fiscales contra los cuales dicen luchar los

reguladores y adonde fueron a parar los 436 millones de euros que recibió del

gobierno de Grecia cuando se negó a asumir una reducción en sus intereses.

«Compran saldo cuando nadie más quiere, cuando el riesgo es máximo, y luego

presionan, amenazan o pleitean hasta conseguir compensaciones multimillonarias»,

pudo leerse en una noticia publicada el 20 de mayo de 2012 en el periódico español

El Economista, en cuyas páginas recordaron que en su momento logró embolsarse

600 millones del gobierno de Brasil o 400 millones del gobierno de Perú[16] cuando

no pudieron hacer frente a los bonos que compraron. También en Argentina ha tenido

problemas, o más bien es Argentina la que ha tenido problemas con él.

Según este periódico, cuatro fondos buitre podrían haber invertido hasta 6000

millones de euros de deuda griega. Y cobrarán por ello, antes o después, vía directa o

vía tribunales, una cifra cuatro o cinco veces superior a la que invirtieron, porque en numerosas ocasiones estos fondos pagan un precio por la deuda que compran mucho

menor del real, ya que esa inyección de dinero es necesaria para que el país siga

funcionando y, por tanto, se «regala». Junto a los controlados por Dart, también

estarían involucrados en este tipo de maniobras los fondos Donegal[17], FG Capital

Management[18] [19] y Elliott Management.

En el año 2010, el Reino Unido aprobó una ley según la cual no podía

denunciarse a un país al que se había comprado deuda. Sin embargo, al igual que los

paraísos fiscales —y en no pocas ocasiones son los mismos— existen paraísos

legales para estos fondos buitre, como puede ser el caso de la isla de Jersey, un país

situado en el canal de la Mancha, dependiente del Reino Unido pero independiente en

cuestiones fiscales y legales, en donde se permite a los fondos buitre seguir

consiguiendo sus objetivos. Una vez más, las soluciones reguladoras tuvieron más

bien un efecto de titular en prensa que un efecto real. Y es que realmente, las medidas

para parar los pies a este tipo de prácticas tienen un objetivo más propio de la

psicología social, disciplina en la que se ha estudiado cómo determinadas acciones

cumplen un papel de convencimiento sobre la opinión pública, que real. Y entre esa

realidad está el hecho de que este tipo de maniobras —por desgracia, legales— no

son tan distintas a las que han efectuado otros fondos considerados morales y

correctos según las normas… no escritas.

Los datos en el caso de España son muy relevantes. Las dificultades, los recortes

y las bajadas de calificación han tenido como efecto —aunque resulte contradictorio

— un incremento de las inversiones en deuda pública. ¿A qué se debe esto?

«Comprar títulos de deuda publica española ¿es una oportunidad o un riesgo? No hay

experto que no reconozca que las rentabilidades son tentadoras; en muchos casos, por

encima de lo que dan depósitos varios a medio plazo. Pese a las presiones exteriores,

pese a la situación de nuestra economía y finanzas, el país ha iniciado las reformas

necesarias y cuenta con liquidez para afrontar los pagos», escribe la periodista Piedad

Oregui en «La tentación de la deuda pública» (El País, 22 de abril de 2012). Los

datos son los datos: durante la crisis, la demanda de deuda española ha duplicado y

triplicado la oferta. Incluso en países con mayores problemas, los inversores siempre

han estado ahí. Y, evidentemente, no lo hacen porque pertenezcan a la beneficencia,

sino porque ganan dinero invirtiendo en deuda y comprándola en el llamado mercado

primario —en donde se subasta a un tipo de interés determinado por quien oferta la

deuda, pero que está en consonancia con la presión de los mercados: a mayor presión

sobre un país, mayor es el tipo de interés— y posteriormente en el mercado

secundario —donde se compran y venden los bonos, letras u obligaciones

previamente adquiridos—. Por esas fechas, los fondos de pensiones, fondos de

inversión y aseguradoras estaban aumentando sus compras, pero por encima de ellos

destacaban los bancos, que habían duplicado sus inversiones en deuda. Esto se debía

a que los bancos tenían liquidez gracias a la llamada «barra libre» del Banco Central

Europeo, que había entregado dinero barato a los bancos en enormes cantidades.

Aparentemente, estas inyecciones de liquidez a la banca tendrían que haber

supuesto un incremento del crédito a particulares y empresas; sin embargo ese dinero

se estaba utilizando para ampliar el capital de esos bancos y para invertir en deuda, lo

que venía a demostrar que para las entidades de crédito no es tan malo lo que está

ocurriendo en la crisis de deuda soberana en Europa. «Lo más seguro en estos

momentos es comprar valores del Tesoro, porque la desconfianza reinante ha

obligado al Tesoro Público a ir elevando la rentabilidad que ofrecen para

financiarse», recomendaba David Cano, miembro de la consultoría Analistas

Financieros Internacionales (AFI), en «¿Dónde coloco mi dinero?» (Cinco Días, 19

de mayo de 2012). Además, este experto señalaba en este mismo artículo que para

conseguir dinero de esta forma era recomendable hacerlo a través de fondos de

inversión, porque no es necesario pagar impuestos de la misma forma que si se hacía

la compra directamente.

Entonces, ¿a qué están jugando los bancos? Básicamente a enriquecerse con la

deuda y a tapar sus agujeros gracias a las inyecciones de dinero en los diferentes

rescates y barras libres de los bancos centrales. Los cálculos que han hecho señalan

que su riesgo se debe a un posible impago masivo por parte de algún país —algo

improbable— o a una quita parcial en la deuda de una nación en dificultades. Pero

esas quitas, como es el caso de Grecia, sólo significan una reducción en los ingresos.

El otro riesgo que corren es un aumento de la inflación, que reduce la rentabilidad

de la deuda. Sin embargo, durante la crisis en Europa, la inflación, a excepción de

algunos sectores, no se ha incrementado notablemente, pese a que el poder

adquisitivo sí ha bajado por las reducciones de sueldos. Aunque resulte poco atractivo

a ojos de la opinión pública, un aumento equilibrado de la inflación se debería al

aumento del gasto público y a la aplicación de políticas destinadas al crecimiento,

algo que en todas las crisis llega antes o después. Mientras tanto, los grandes bancos

tensan la cuerda del riesgo y lo que intentan es no romperla, para pasar a la etapa del

crecimiento cuando exista un auténtico riesgo de quiebra económica general. Es por

ello que —ya lo he dicho anteriormente: no son la beneficencia— los mismos líderes

políticos y tecnócratas que apuestan por los recortes y la austeridad, antes o después

se pasan, aunque siempre mostrado cierta tibieza, al lado de quienes apoyan el

crecimiento y las inversiones públicas. Seguramente, cuando estas líneas vean la luz

se estará produciendo ese salto en Europa, pero hasta que tal cosa ocurra se perderán

cientos de miles de puestos de trabajo y millones de personas se acercarán al umbral

de la pobreza.

 

Tiburones

 

Durante el año 2012, los fondos de inversión de uno u otro tipo ganaron una media del 3 por ciento del dinero depositado. Es cierto que no es mucho, y que la cifra se

sitúa sobre la misma línea o un poco por encima del propio crecimiento de precios y

del PIB. Sin embargo, a nadie escapa que el resultado no es tan malo. Seguramente el

lector de estas líneas no puede decir lo mismo, y bajo ningún concepto tiene durante

la crisis un 3 por ciento más de dinero cada año. «El objetivo es mantener el capital»,

señalan las consultorías y corredores que he consultado. Así pues, lo habitual, durante

la crisis, es dejar ahí el dinero y no cobrar los dividendos generados en espera de que

la tormenta amaine. De esta forma, el dinero no vuelve a la economía real —y se

torna en verdadero únicamente para cubrir los agujeros provocados por las

inversiones en productos financieros basados en el mercado inmobiliario— y está

completamente parado pese a que se ha registrado un aumento muy considerable,

debido a las emisiones de los bancos centrales, en lo que se denomina «base

monetaria», que es la suma del dinero en circulación (aunque no circula entre los

ciudadanos, sino entre las grandes entidades financieras) y el que se encuentra en las

reservas bancarias.

Es cierto, todo esto es un lío…

A continuación voy a exponer algunos ejemplos reales de cómo funcionan —y

estafan— los inversores y los fondos. Y veremos que no es mucho más ilícito lo que

hacen los fondos buitre que lo que hacen otros fondos bien considerados,

encabezados por los inversores calificados como tiburones, que con sus prácticas para

obtener rentabilidad han destrozado el sistema financiero, porque entre unos y otros

fondos, entre unos y otros bancos, entre unas aseguradoras y otras, se han producido

operaciones que —y eso que cuando el sistema financiero es reprochado, hasta los

enemigos se unen como una manada— han desplumado algunas entidades que

después han tenido que arreglar los contribuyentes porque si caían sin ser rescatadas

la falta de remedio podría ser peor que la enfermedad. El problema es que si a uno le

va mal en su negocio, nadie lo ayuda.

Imaginemos… Voy a vender una casa ya hipotecada. Esa hipoteca, con los

intereses actuales, cuesta 1000 euros al mes. No puedo entregarla ahora, pero lo haré

dentro de un año, aunque el comprador comience a pagar ahora mismo. No vendo la

casa con una hipoteca de 1000 euros al mes sino con una de 900 euros al mes. El

comprador la adquiere, aunque tenga que empezar a pagar ya los plazos sin poder

disponer de ella, porque es una auténtica ganga. Podría pensarse que pierdo dinero,

pero sólo lo haré si transcurrido ese año el precio de la hipoteca ha bajado por debajo

de esos 900 euros al mes. Pongamos por caso que cuando la entrego, la hipoteca está

a 800 euros al mes, pero yo la he vendido por 900. Ganaré 100 euros al mes con mi

venta. La cosa tiene riesgo, sí, mucho, porque además de no poder disponer de la casa

aún, podría haber pasado lo contrario, pero el riesgo es muy apetecible si los

beneficios pueden ser muy grandes. Aunque para limitar ese riesgo tengo

mecanismos: me he cubierto con un seguro en caso de que pase lo contrario y, aun

así, para evitarlo, he maniobrado en diferentes sectores para hacer que esa hipoteca baje de precio. Si consigo mi objetivo, con mi compraventa habré ganado un dinero

que habrá perdido quien poseyera esa hipoteca.

Bueno, pues esto que he contado pasa, y en el mercado financiero se denomina

«venta al descubierto»: se venden títulos financieros a un precio determinado con la

esperanza de poder comprarlos en un futuro a un precio inferior al actual. Esto fue lo

que hizo de forma masiva un hombre que logró una auténtica fortuna con estas

operaciones. Se llamaba John Paulson, uno de los más voraces tiburones del mercado

al que anteriormente he mencionado cuando señalaba que había acudido a Grecia

para asesorar a Lucas Papadimos junto a responsables del banco Goldman Sachs, del

cual era un cliente de primera fila. Su dinero, que se encontraba en el fondo de

inversión Abacus, lo gestionaban desde este poderoso banco. ¿Acaso esas cosas eran

más lícitas que las maniobras de los fondos buitre que especulan con la deuda de los

países?

La ventas al descubierto acabaron prohibiéndose —aunque la prohibición, en el

Reino Unido, duró tan sólo unos meses— porque Paulson se dedicaba a atacar a

bancos británicos con esta maniobra que demostraba que Goldman Sachs estaba

siendo actor e intermediario a la vez. Ese conflicto de intereses ha sido uno de los

grandes males del sistema bancario en los últimos tiempos: por un lado gestionan la

cartera de clientes cuyos beneficios dependen de las pérdidas de otras carteras que

también gestiona el banco, por no hablar de que en no pocas ocasiones el propio

banco necesita, para ganar, que sus propios clientes pierdan. Este problema, lejos de

solucionarse, se ha agravado por la decisión del gobierno norteamericano de finalizar

con la división entre bancos comerciales y bancos privados, pese a que en la práctica

tal división se había roto en las últimas décadas tras haber sido impuesta como una de

las medidas que sirvieron para salir de la crisis de los años treinta. Tal confusión es

uno de los argumentos de Marc Roche, el periodista económico que más ha

profundizado en los secretos de Goldman Sachs, banco al que no duda en calificar

como un hedge fund en sí mismo: «Ha actuado como accionista minoritario junto a

inversores exteriores. El conflicto de intereses es patente. Por un lado, mediante

generosas comisiones, ayudan a las estructuras de capital a identificar los blancos

más interesantes. Pero por otro, el banco está implicado en la misma actividad, en

competencia directa con sus clientes». Y es que la cosa es tan sencilla como esto:

tengo 1000 millones de euros que quiero invertir y conseguir que me den

rentabilidad. Acudo a un banco privado como Goldman Sachs para que me muevan

ese dinero como crean oportuno, pero lo hago porque han logrado una fama en ese

tipo de gestión, por la que me cobrarán una comisión sobre los beneficios. El

problema es cuando esos beneficios pueden ser menores que el que obtenga el banco

con una serie de inversiones contrarias a las mías… Y es que hacer lo peor para sus

clientes ha sido y sigue siendo durante la crisis una de las acciones más habituales de

los bancos.

De todos los escándalos provocados por este tipo de fondos, el de Paulson es quizá el más destacable. En 2007 logró una fortuna que algunos elevan a 15 000

millones de euros gracias a las operaciones al descubierto y a las posiciones en corto,

que también han sido prohibidas temporalmente en algunos mercados, pero que son

férreamente defendidas por el sector financiero, ya que consideran que dan un gran

volumen de negocio y volatilidad al mercado para poder seguir operando. Hizo gran

parte de su dinero gracias a atacar las hipotecas a través de los CDO. Con sus

operaciones logró que se hundieran un poco más, pero para él, que ganaba dinero si

perdían su valor, fueron un negocio redondo. Después, hizo lo contrario a lo que

había hecho —apostar contra algo—, y al esperar la recuperación de la economía

norteamericana sufrió grandes pérdidas, pero en 2010 volvió a obtener beneficios

cuando el precio del oro empezó a subir, porque gran parte de los beneficios que

obtuvo en su momento los derivó en la compra de participaciones en empresas

propietarias de minas de oro. Los metales y las materias primas se convirtieron en un

refugio para especular y ganar dinero, tanto en el mundo del petróleo como en el

mundo de los alimentos, que también cotizan en bolsa y que han subido su precio

poniendo en riesgo de hambre a millones de personas. Todo aquello le hizo cambiar

su estrategia en Europa, ya que en principio se dedicó a comprar deuda,

posteriormente cambió ese dinero, vendió la deuda y compró CDS, los seguros que

protegían a las inversiones de deuda contra un impago. Esto quiere decir que cuando

a un país europeo le vaya mal, él ampliará su inmensa riqueza. Apuesta por la bajada

—caída, en este caso— de España, Grecia o Italia. No puedo evitar preguntarme si

eso es lícito, por muy legal que sea…

 

Osos

 

Estas prácticas son efectuadas principalmente por los hedge fund, los fondos de

riesgo sobre los que ya escribí cuando hablé del más importante de todos, Carlyle

Group, a los que se califica de tiburones y también como «osos». Ha habido siempre

una gran discusión por regular o no sus prácticas y someterlas a normas que frenen su

ambición. Sin embargo, no se ha hecho salvo para dotar el mecanismo de

transparencia. En España, un país muy afectado por estas operaciones —no lo

olvidemos: con ellas causan el cierre de empresas y miles de personas pueden acabar

en la cola del paro—, bloqueó por breve tiempo estas operaciones, y en sus acciones

posteriores únicamente se da a conocer el nombre de los fondos que efectúan estas

operaciones cuando disponen de al menos el 0,5 por ciento de una empresa. Eso ha

permitido conocer que estos fondos atacan especialmente a sociedades dedicadas a la

construcción o a la banca, que son, precisamente, los dos sectores de la economía que

más sufren los efectos de la crisis. La «locura» es ilimitada: algunos inversores en

bancos son los que están detrás de algunos fondos que atacan a otros bancos. Y es que cuando hacemos una analogía equiparando el mercado financiero a un casino, no

tenemos que olvidar que cuando uno gana siempre hay otro —u otros— que pierden.

Por ejemplo, en el caso de España, el hedge fund que más dinero «arriesga» es Amber

Capital, originalmente asociado al banco francés Société Générale y que tiene una

división llamada Amber Master Fund, que está radicada en el paraíso fiscal de las

islas Caimán. Y es que normalmente son bancos privados los que a cambio de una

comisión mueven el dinero de estos fondos, para formar parte de los cuales es

necesario una gran cantidad de líquido. Las diferentes legislaciones permiten a estos

fondos efectuar operaciones que no están autorizadas para los fondos más comunes;

entre ellas, tienen libertad para no dar información sobre sus actividades, así como

utilizar las mencionadas operaciones a corto sobre descubierto o negociar con los

contratos de futuros, los míticos y malditos CDS, los swaps y los más complejos y

modernos instrumentos financieros que han estado en la espina dorsal del

hundimiento mundial. En suma, podemos decir que al no tener que ofrecer liquidez

diaria —precisamente por el tipo de operaciones que realizan— pueden efectuar

operaciones de apalancamiento masivo y agresivo.

Es como una selva. Cada mañana, antes de que la campana dé comienzo a una

nueva sesión en cualquier bolsa, los agentes empiezan a prestarse acciones unos a

otros para efectuar estas operaciones en el momento que creen adecuado, cuando, por

ejemplo, las acciones de una empresa sufren cierto movimiento. Entonces, se lanzan a

la caza. Una de las muchas veces que ha ocurrido fue el 6 de mayo de 2010, ya en

plena crisis internacional, cuando a las 14.30 empezaron a bajar todos los valores de

forma escandalosa. Aquel día, los mercados estuvieron a punto de hundirse aún más

de lo que ya venían haciéndolo desde la caída de Lehman Brothers. La culpa la tuvo

una operación de venta de contratos de futuros[20] por valor de 4100 millones de

dólares que había puesto en marcha uno de estos fondos, cuyo efecto contagio —

cualquier cosa que hagan arrastra al resto— es inmediato en los mercados bursátiles.

En España, cuando desde comienzos del año 2012 se produjeron algunas caídas en

bolsa espectaculares había una serie de cosas que iban unidas: Bankia perdía, perdía

más que nadie, pero arrastraba a otros bancos españoles a las pérdidas. Estas caídas

se debían a la debilidad de este banco y a los enormes agujeros que tenía, pero eran

aprovechados por los hedge fund para efectuar operaciones en corto y hundirlo un

poco más. Pero como digo, ésta es una selva caótica, compleja y no menos

maquiavélica. Y es que cuando Bankia fue nacionalizada, el banco de inversión

Goldman Sachs —al que algunos califican como un gigantesco hedge fund bajo cuyo

paraguas hay decenas de hedge funds— fue contratado por el gobierno español para

ocuparse de su recuperación tras la valoración de las dimensiones de su agujero.

Una de las cosas que tengo claras tras haber llevado a cabo este trabajo es que si

bien la adecuada relación con los clientes es una de las bases para que un negocio

funcione bien, un negocio de cualquier tipo, como puede ser una tienda, una agencia

de comunicación o una editorial, en el mundo de las finanzas ésta es una premisa que no siempre se cumple pese a que en numerosas ocasiones Goldman Sachs ha

defendido institucionalmente que la base de sus negocios es la búsqueda de lo mejor

para el cliente. En el acta en la cual se explican los principios de la empresa, se dice

en el primer punto: «El interés de nuestros clientes es primordial. La experiencia

demuestra que si nuestros clientes están satisfechos, resultará de ello nuestro propio

éxito». Pero ¿piensan así de verdad? Siempre hay negocios —y algunos van bien, no

lo neguemos, pero también es cierto que no todos superan los momentos de dificultad

económica— en los cuales los clientes no son algo de lo que cuidar, sino víctimas a

quienes sacarle todo lo que se pueda y exprimirlos para que gasten más de lo pensado

o para que se lleven un producto que no es tan bueno como quien lo vende dice que

es. Normalmente, quien actúa como una sanguijuela con los clientes acaba

perdiéndolos al final del camino y su negocio entra en declive.

El caso del francés Fabrice Tourré, uno de los hombres de Goldman Sachs, y el

hedge fund que creó, Abacus, es un buen ejemplo de cómo las relaciones con los

clientes no son en el mundo financiero tan adecuadas como debieran. Eso sí: a

diferencia con la economía real, los clientes del mundo de las finanzas acaban

volviendo una y otra vez al lugar en donde le dieron gato por liebre. El porqué es

desconocido, salvo que nos adentremos en consideraciones psicológicas o, aún peor,

en terrenos más resbaladizos como presuponer que todos —los que venden y a los

que se vende— saben que esto es un juego…

Corría el año 2005 cuando este analista galo, que tenía ¡sólo veintiséis años!,

decide crear un producto financiero sofisticado a partir de hipotecas que ha

titularizado en CDO. Aunque algunos ya alertaban de que todo se podía complicar,

los productos de Abacus están destinados, en principio, a ser una fuente de

multiplicación de dinero. Lo que entonces valía X, mañana valdría X más Y. Eso es lo

que ocurría, y por eso los productos Abacus reciben la triple A como nota por parte

de las agencias de calificación. Son —decían sobre aquellos CDO— excelentes

instrumentos para invertir y conseguir un rendimiento óptimo. Al parecer, el propio

Tourré estaba convencido entonces de que el mercado inmobiliario seguiría

creciendo. Sin embargo, apenas un año después de empezar a comercializar los

productos hipotecarios asociados a Abacus, los datos empiezan a dar señales

preocupantes de que el mercado se está empezando a detener y quizá esos CDO

podrían empezar a dejar de ser rentables. Tourré lo percibe, y a sabiendas de que

algunas porciones que forman parte de esos títulos son auténtica basura crediticia, el

siguiente paso —según las normas— sería avisar a los clientes de que deberían tener

en cuenta que las expectativas podrían frustrase. Sin embargo, no dijo nada y decidió

actuar según las nuevas informaciones que se estaban recibiendo desde los mercados.

El primer objetivo es que Goldman Sachs vendiera los CDO hasta que no valieran

nada. El antes mencionado John Paulson es uno de los clientes que cuentan entre sus

inversiones con los productos gestionados por Abacus y establecen contacto con él

para decírselo. Y se le informa paso por paso sobre cada uno de los CDO. Éste sí, éste no, este tiene porciones salvables, este está parcialmente podrido… Le dice lo que se

tiene que decir a cualquier cliente. Lo tratan de forma preferencial. Sin embargo, lo

que le trasmiten a él pasa a ser un secreto que no se confiesa a otros clientes, a los

que se sigue convenciendo de que los CDO son maravillosos. Lo que no les dicen a

los compradores de esos títulos es que John Paulson ha empezado a adoptar

posiciones a la baja y que su negocio será redondo cuando los CDO acaben

estrellándose, pero nadie salvo ellos lo sabe. Con esta operación, Goldman Sachs

perdió 50 millones de euros, que es mucho menos de lo esperando cuando todo

empieza a hundirse. Mientras, Tourré sigue cobrando sus más de 100 000 dólares

mensuales por su trabajo. Incluso lo compensarán con ascensos y nuevos puestos en

el banco. Y es que había salvado a Goldman Sachs, enriquecido al preferencial

Paulson y arruinado a los otros clientes a los que se había vendido la parte de los

CDO de Abacus que eran propiedad del mismo banco.

En abril de 2010, los pormenores del caso fueron desvelados y puestos en

conocimiento de las autoridades de Estados Unidos, que en los últimos meses parecía

—y más que parecía— haber convertido ese banco en el mimado del gobierno. La

información provocó el desplome de las acciones de Goldman Sachs y la pérdida de

confianza en el banco por parte de unos y otros. A Tourré se le retiraron las licencias

para trabajar en los parqués y desapareció del mapa. Se convirtió en un auténtico

villano y se lo presentó al mundo entero como un joven ambicioso, mentiroso y

estafador. Es difícil calcular cuántos miles de millones de euros han perdido las

víctimas de sus mentiras —se calcula que, de forma directa, hizo perder a sus clientes

más de 1000 millones—, pero además de trasladar los odios hacia este personaje, los

que sabían un poco del asunto no ignoraban que todo había sido una maniobra del

banco para el que trabajaba, que compitió con sus propios clientes y que benefició a

unos a cambio de desplumar a otros.

Tourré compareció en el Congreso de Estados Unidos para explicar qué había

sucedido, porque sus maniobras tenían una influencia directa en el crack de 2008, que

quizá se hubiera producido igualmente de no haber existido él, pero que sin duda hizo

más grave precisamente por existir y trabajar donde trabajaba. «El caso de Tourré

demuestra cuál es una de las características de este banco: priorizar sus operaciones

por cuenta propia por encima de las de sus clientes», sentencia Marc Roche. Frente a

los congresistas, él y otros empleados del banco juraron decir la verdad con la mano

sobre la Biblia. Cumplieron lo que habían jurado: no mintieron. Y es que apenas

hablaron porque una amnesia vírica pareció apoderarse de ellos. Decían no acordarse

de nada de lo que les decían. Incluso uno de los políticos acabó enojándose:

«Estaremos aquí todo el tiempo que haga falta».

 

Cucarachas La amnesia fue más persistente que la paciencia, pero el contenido de los correos

electrónicos que aparecieron en las sesiones —de las que después se olvidaron todos

— demostraron que el banco sabía que esos CDO eran basura, que sabían que se iban

a derrumbar y que actuaron intencionadamente apostando contra sus propios

productos para enriquecerse posteriormente. El texto de uno de esos correos

electrónicos, escrito en octubre de 2007, provocaría vómitos incluso a los más

carentes de ética: «No pudimos evitar el lío y perdimos muchísimo dinero, pero

después, gracias a las operaciones en corto, ganamos más de lo que perdimos, y

parece que vamos a ganar aún más». El presidente del banco también utilizó un

lenguaje estudiado para no decir nada, pese a que llegó a afirmar ante los

congresistas: «En los mercados no hay conflicto; cada uno escoge el riesgo que

desea», dijo muy serio Lloyd Blackfein, quien en los momentos de mayor borrachera

financiera llegó a afirmar que «hago el trabajo de Dios». No podía esperarse menos:

su sueldo es de más de 50 millones de euros anuales y fue desde su llegada al banco

un defensor a ultranza de multiplicar las bonificaciones que reciben los agentes al

finalizar el año según sean los logros que hayan conseguido para la empresa. Dichas

bonificaciones, a veces de varios millones de euros, y que pueden llegar a multiplicar

por tres y por cuatro el sueldo anual, suelen ser motivo de enfrentamientos internos,

competencia entre compañeros y, sobre todo, alimentan la ambición y las posiciones

arriesgadas de quien puede pasar en un solo día de ser únicamente rico a convertirse

en una de las grandes fortunas del mundo.

Todavía hoy —y no deja de ser lógico este planteamiento bajo tal perspectiva—,

existen sospechas de que todo aquello de Abacus salió bien desde el principio porque

podría haberse creado con el objetivo de hundirlo para extraer petróleo de los

escombros. Precisamente, el negocio del oro negro ha sido uno de los principales

instrumentos de enriquecimiento del banco en unos años en los cuales las

fluctuaciones en los precios han sido permanentes debido a las guerras que

comenzaron tras el 11-S, que coincidieron también con el miedo al llamado peak-oil,

que es como se define al momento a partir del cual se tocaría techo en cuanto al

consumo del petróleo, porque se consumiría más del que se extraería del interior de la

Tierra, por agotamiento de los yacimientos y por el enorme consumo energético de

los habitantes e industrias de los países emergentes, lo que ha tenido una influencia

decisiva a la hora de comenzar a desarrollar fuentes alternativas de suministro

energético —sin olvidar, claro está, los cambios de hábitos que se exigen a causa del

cambio climático— como el coche eléctrico. Dicho debate todavía está abierto, pero

el temido peak-oil podría estar cada día más lejos debido a la aparición de nuevas

zonas en las que se ha descubierto petróleo y nuevos nichos geológicos.

También en el mundo del negocio del petróleo y el gas natural se están usando

con asiduidad los nuevos productos financieros. Al margen de la existencia de

numerosos fondos de inversión que tienen como eje de sus negocios las empresas

petrolíferas, también se emplean de forma habitual los contratos de futuros en la venta de barriles de petróleo. Se hace, por supuesto, con diferentes intenciones. A

veces, el objetivo es asegurarse unas ventas a un precio más bajo que en el futuro,

cuando posiblemente sea más complicado venderlo, obteniendo así por parte de las

empresas productoras más recursos y financiación. Pero en ocasiones, estos derivados

tienen como objetivo especular con los precios y, por consiguiente, alterarlos,

normalmente al alza, lo que tiene unas consecuencias verdaderamente negativas para

el ciudadano, bien porque llenar su depósito de gasolina sea inmensamente más caro

o bien porque el suministro energético de las grandes fábricas y empresas sea mucho

más costoso, lo que provoca ajustes en las cuentas de resultados de estas empresas

que, normalmente, se resuelven en forma de nuevos desempleados.

Goldman Sachs, que se revuelca en lo que hay en las profundidades de la Tierra

cual cucaracha, es especialista en la especulación con el oro negro. En julio de 2008,

la división encargada de este mercado en el banco anuncia que el récord de 150

dólares por barril que se registra en aquel momento puede ser el comienzo de una

serie de alzas en los precios que quizá afecten no sólo a los bolsillos de los

ciudadanos sino incluso a la estabilidad —si es que existe— mundial. Anuncian que

el precio podría alcanzar los 200 dólares por barril. Pero los oráculos de los

empleados del banco fallan de forma estrepitosa, ya que los precios comienzan a

bajar escandalosamente. Aquella predicción desató una tormenta de compras y ventas

como jamás se había registrado. Se intercambiaron barriles —en papel— por el doble

de cantidad de lo que necesitaban los 7000 millones de habitantes de la Tierra.

Lo ocurrido por entonces obligó a los dirigentes norteamericanos a plantearse la

necesidad de que se establecieran mecanismos para regular el mercado del oro negro

a través de las restricciones a las ventas sobre el papel, a las que se puso un tope para

evitar alzas que hicieran temblar al mundo. Sin embargo, esas medidas regulatorias

acabaron siendo más publicitarias que reales, y las autoridades asumieron como

cierto el argumento que defendió Goldman Sachs con uñas y dientes al «demostrar»

que ese mercado de futuros otorgaba liquidez a los financiadores y, por ende, a todos

los habitantes del mundo, pese a que el petróleo está ahora hasta diez veces por

encima del precio que debería tener. El resto es especulación. Negocio. Un sucio

negocio en el que incluso no se duda en hacer la guerra y asesinar a inocentes con tal

de ser los dueños del grifo.

No deja de ser curioso que tres años antes de que estallara el crack financiero, e

incluso en contradicción abierta con su propio gobierno, el secretario del Tesoro,

Henry Paulson, pasara a convertirse en uno de los máximos defensores de tomar

medidas para frenar los efectos del cambio climático. Su gobierno no respaldó el

Protocolo de Kyoto, pero sí aceptaron algunas medidas, como aquella que establecía

un límite para los países —y sus empresas— en la cantidad de emisiones de CO que 2

se arrojaban a la atmósfera y que tienen una gran influencia a la hora de acelerar el

cambio climático. Sin embargo, debido a su actividad o también debido a la falta de

inversión para evitarlo de forma tecnológica, algunos países e industrias exceden los límites permitidos de emisiones de CO . Sin embargo, y justo por lo contrario, hay 2

países y empresas que emiten mucho menos CO del permitido. Y es ahí cuando se 2

reguló, a nivel global, que los «buenos» podían vender a los «malos» la parte de la

cuota que no habían cubierto. Ese negocio fue de inmediato absorbido por los fondos

y por los traficantes de derivados y productos financieros, ya que las cuotas

empezaron a vender en porciones, titulizadas, mediantes contratos de futuros. Y

¿quién es hoy el líder mundial en este mercado? No es difícil adivinarlo: Goldman

Sachs. Quizá ahora es más fácil comprender porque alguien como Henry Paulson, el

líder histórico del banco, que en aquellas fechas ocupaba un puesto de relevancia en

el gobierno de Estados Unidos, dio el empujón que faltaba para que con la excusa del

cambio climático pudieran hacerse negocios que también se gestionan del mismo

modo que los nuevos productos financieros. Igual alguien ha pensado que tras esas

medidas contra los efectos del cambio climático había un verdadero espíritu de

defensa del planeta y su naturaleza… ¡Pamplinas!

El 15 de septiembre de 2008 todo se vino abajo. Ya lo he contado. La caída de

Lehman Brothers provocó una situación verdaderamente angustiosa. Hoy tenemos

miedo sólo de recordarlo. Y con este libro, creo que incluso el miedo se agrava

porque uno teme que las cosas pusieron haber salido peor. Todavía hay discusión

sobre si se debía haber rescatado a este banco o no. Lo que sí es cierto es que la

espiral que generó en pocas horas, situando al borde de la agonía a la aseguradora

AIG, es que existen entidades bancarias demasiado grandes para precipitarse al vacío.

Y que son grandes aun siendo las más pequeñas, ya que tanto Lehman Brothers como

Bear Stearns, que había colapsado unos meses antes, eran las dos más pequeñas entre

los cinco gigantes de la banca de inversión. También se precipitó Merrill Lynch, que

fue vendida al Banco de América con la intervención del gobierno; una fusión que se

producía entre un banco comercial y un banco privado certificando lo que ya venía

ocurriendo desde hace años: la similitud entre las actividades de ambos tipos de

bancos. Y, pocas horas después, se rescató a AIG. Ya expuse el informe secreto que

dibujaba el fin del mundo si no se rescataba a esta aseguradora, que pasaba por ser la

más grande del mundo. En algunos sectores aún se defiende la hipótesis de que se

pintó un futuro peor en caso de no rescatarse sólo porque los mandatarios del sistema

financiero preferían que el contribuyente salvara a estas entidades y con dinero

público se limpiaran sus cuentas, pero que en realidad se podría haber dejado caer a

todos los que tenían problemas del mismo modo que un establecimiento comercial y

cualquier empresa tiene que cerrar sus puertas si las cosas van mal. No cabe duda de

que a nivel ético y en la esfera de la justicia social esto es lo que debería haber

ocurrido…

No todo acabó con la caída de esos tres bancos. Quizá sólo fue el comienzo de

una travesía que aún se está recorriendo. Sólo quedaron dos: Morgan Stanley y

Goldman Sachs. El primero de ellos estaba especializado en los tristemente célebres

hedge funds, y el segundo era como un pulpo que hacía de todo y que se había convertido en un hedge fund en sí mismo. Los valores de ambos empezaron a caer en

picado tras aquel 15 de septiembre, especialmente Goldman Sachs, que con sus

actividades arriesgadas había causado que el mundo de las hipotecas subprime se

derrumbará con más fuerza, porque del desplome de ese negocio dependía su éxito. Y

ellos habían apostado por la caída del negocio porque los beneficiaba.

Estaba en manos del gobierno norteamericano determinar si también ellos tenían

que derrumbarse o eran ayudados con fondos públicos. Curiosamente, al frente del

Departamento del Tesoro se encontraba el hombre que había agigantado a Goldman

Sachs. Henry Paulson tomó la decisión de solicitar que se le permitiera contactar con

el presidente del banco para mantener una reunión en la Casa Blanca con objeto de

saber qué hacer. Para evitar favoritismos, estaba prohibido por ley que se produjeran

esos contactos. Se rompió la norma, y con ello, en cierto modo, aparecieron los cada

vez menos ocultos favoritismos…

En un principio se pidió a Goldman Sachs que se fusionara con Citigroup, el

banco que en 1999 había logrado que se estableciera la desregulación que permitía a

los bancos comerciales efectuar las mismas operaciones con derivados y otros

productos que a los bancos privados. Ellos, que eran una institución de las clásicas,

habían pedido fusionarse con Travelers Group, pero las normativas impedían fusiones

entre los dos tipos de entidades financieras que estaban divididas desde los años

treinta del siglo XX, porque se descubrió que separarlas era una buena medida para

evitar colapsos como el que se produjo en 1929. Gracias a las decisiones que se

tomaron en Estados Unidos y en el Reino Unido cincuenta años después, el muro que

las separaba era cada vez más fino. Dicho muro se derrumbó finalmente cuando la

Casa Blanca autorizó la fusión que solicitó Citi. Después, empezaron los problemas.

Más claro… agua.

Goldman rechazó su fusión con Citi en plena tormenta de septiembre de 2008.

Finalmente, con objeto de facilitar que pudiera recibir nuevos fondos del gobierno, la

entidad en cuestión —junto a Morgan Stanley— admitió reconvertirse en banco

«normal». Eso permitió sanear sus cuentas, ya que pudieron comprar bonos del

Tesoro a un interés cero. Es decir: el dinero se les regaló sin que tuvieran que pagar

un sólo dolar de más que lo recibido a modo de intereses. Ya en cierto modo, el

rescate de AIG los ayudó, puesto que lo que estaba cayendo en relación a Goldman

sólo podría cubrirse si el banco cobraba los seguros que tenían asociados con ellos.

Así, al dar dinero a AIG se le estaba entregando también dinero a Goldman, que

además —pese a haber hecho lo que habían hecho— se convirtió en algo así como

asesor en cuestión de finanzas de la Casa Blanca.

Goldman Sachs y JP Morgan en Estados Unidos, y Barclays en el Reino Unido,

se quedaron como garantes del mundo de las finanzas. Ampliaron su poder tras la

debacle de septiembre de 2008. Algunos pensaron que al salir en su auxilio sus

respectivos gobiernos la crisis financiera mundial se había salvado. Los datos de 2009

invitaban al optimismo de algunos, pero al pesimismo de otros. Estos últimos tenían la razón: la deuda privada se transformó en deuda pública, y la inmensa crisis de unas

empresas privadas en algunas partes del mundo pasó a ser una crisis de fondos de los

gobiernos en todo el planeta.

Los hechos de 2012 demostraron que las medidas que se tomaron en 2008 no

habían servido para nada, excepto para salvar a estas instituciones a costa de

guillotinar a los ciudadanos. La dimisión de un director de Goldman Sachs llamado

Greg Smith, sobre cuyo caso ya he hablado, desveló la verdad: «Estamos incitando a

nuestros clientes a invertir en productos sobre los cuales tenemos intereses y

beneficios si pierden su valor», aseguró. Mientras decía esto, una legión de

mandatarios de la empresa estaba empezando a ocupar cargos de relevancia en el

poder a ambos lados del Atlántico. Casi al mismo tiempo, las maniobras equivocadas

y arriesgadas de JP Morgan provocaron un agujero en la entidad de más de 15 000

millones de euros. Y por si fuera poco, en junio de 2012 se averiguó que Barclays

había estado maniobrando en la sombra para alterar, en su beneficio, los intereses del

dinero que se prestan entre sí los bancos para poder efectuar sus operaciones. Todo

esto, y mucho más, estaba ocurriendo en los despachos de los directivos de las

empresas que, por ser «buenas», habían sido las beneficiadas durante la crisis.

Algunos cargos políticos son auténticos infiltrados del sistema financiero; los hay que

han sido «comprados» y también los que se han vendido gratis en espera de que un

día suene el teléfono para que les agradezcan los servicios prestados mientras eran los

elegidos por el pueblo para representarlos. Junto a ellos, tiburones, osos, buitres y

demás fauna hicieron y hacen su agosto. E hicieron todo esto armados con la mentira

como espada de agudo filo y con la colaboración de los ejecutores de la Triple A y

demás estafadores y, cómo no, con la necesaria buena dosis de psicopatía. No hay

otra realidad…

 

En Madrid, 2:40 horas del 25 de julio de 2012.

Terminaste Triple A

Bruno Cardeñosa

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