Triple A

Bruno Cardeñosa · Capítulo 16 de 25

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14. La revolución de los jazmines

LA REVOLUCIÓN DE LOS JAZMINES

 

Querido padre: Una vez, hace poco, me preguntaste por qué decía que te temía… Tú, el hombre que tan enormemente ha influido en mi vida, sin embargo, no observaba los mandamientos que imponía. Por eso subdividí el mundo en tres partes: una, en la cual vivía yo, el esclavo, bajo leyes que sólo habían sido inventadas para mí y a las que yo, por otra parte —sin saber por qué— nunca podía cumplir de forma satisfactoria; luego, un segundo mundo, infinitamente lejos del mío, en el cual vivías tú, ocupado en gobernar, emitir las órdenes y disgustarte a causa de su incumplimiento; finalmente un tercer mundo, en el cual vivía el resto de la gente, feliz y sin órdenes ni obediencia.

 

FRANZ KAFKA

Carta al padre (1919).

El 14 de febrero de 2011, el presidente de Túnez abandonó el país camino de Arabia

Saudí. «Ben Alí era aplaudido, celebrado y considerado un ejemplo por la buena

progresión de la democracia en su país. ¡Parece mentira! Cuando huyó como un

ladrón (como lo que es), las televisiones volvieron a retransmitir los discursos de

Jacques Chirac, Nicolas Sarkozy, Dominique Strauss-Khan, Silvio Berlusconi… El

telespectador quedaba atónito ante el contraste entre lo que esa gente decía en

presencia de Ben Alí y lo que balbucían cuando el sinvergüenza huía», escribe Tahar

Ben Jelloun, un comprometido escritor marroquí que denuncia en su libro La

primavera árabe (Alianza Editorial, 2011) la hipocresía del primer mundo a la hora

de justificar y blanquear algunas dictaduras en los países árabes, haciéndolos pasar

por países «buenos» únicamente porque eran útiles para sus intereses económicos y

financieros y sus grandes empresas.

 

De Cartago a Túnez

 

Con sesenta y un habitantes por kilómetro cuadrado, un total de diez millones de

almas y una extensión de aproximadamente una cuarta parte de España, Túnez, la

antigua Cartago, declaró su independencia en 1956. Hasta entonces, Francia ejercía el

control sobre su protectorado. Y desde esa fecha, el hombre que se enfrentó al poder

colonial francés, Habib Bourguiba, asumió la presidencia. Primero declaró el país

como una monarquía constitucional. Sólo unos meses después, la monarquía fue

abolida.

Era el año 1957.

Nacía la República de Túnez.

Bourguiba gobernó sin oposición. Instauró un sistema de partido único. Fue

autoritario, pese a que algunos de sus planteamientos hicieron de su país el más

avanzado del entorno, puesto que luchó a favor de la laicidad del Estado frente a

tendencias regresivas que situaban los principios de Islam por encima del bien común

del país. Ya por aquel entonces reconoció la igualdad absoluta de derechos para la

mujer, e incluso legalizó el divorcio o el aborto. Ni siquiera en los países más

avanzados de la Europa de entonces se había llegado tan lejos.

En las filas del partido único empezó a cobrar relevancia un personaje llamado

Zine el Abidine Ben Alí. Primero fue nombrado director de Seguridad Nacional,

después ministro del Interior, y en 1987 alcanzó el rango de primer ministro cuando

el presidente de Túnez tuvo que dejar el cargo; su edad y su salud lo imposibilitaban

para ejercerlo. Cierto es que el propio Ben Alí tuvo mucho que ver en la declaración

de incapacidad. Se llegó a denominar a la operación como «golpe de Estado médico»,

ya que se forzó a los sanitarios a firmar los documentos que certificaban dicha

incapacidad.

Y aunque durante todo ese tiempo el país creció en lo económico, la realidad no

fue otra cosa más que la ausencia de libertad. A pesar de ello, los acuerdos con los

países europeos y Estados Unidos fueron cosa habitual. Las empresas del norte

desembarcaron allí, y los intereses cruzados de unos y otros hicieron que se pasara

por alto la permanente vulneración de los derechos humanos.

La llegada de Ben Alí fue celebrada. Prometió libertad de partidos, de expresión y

reformas constitucionales. Pero a la postre, la vida social siguió dominada por el

partido único, paradójicamente denominado Asamblea Constitucional Democrática,

que se convirtió en el órgano que autorizaba los nuevos partidos siempre y cuando se

sometieran a las normas exigidas por ellos mismos. Con la perspectiva que da el

tiempo, no puede verse el país mas que como un feudo y la extensión de los intereses

financieros y políticos de los países más poderosos.

Las primeras elecciones en este régimen falsamente democrático llegaron en

1989. Ben Alí ganó con el 99 por ciento de los votos. Cinco años después, repitió

resultado: el 99 por ciento de votos. Para poder presentarse a una tercera reelección,

reformó la Constitución, aunque por primera vez tuvo que ceder a ciertas presiones,

ya que a pesar de ganar con la práctica totalidad de votos —por cierto, si alguien que

lee estas líneas lo duda, ninguno de los resultados superaron la más mínima prueba de

credibilidad— debía reservar uno de cada cinco escaños para la oposición. Siguió

arrasando en las siguientes elecciones. Las últimas se celebraron en 2009 y se

atribuyó el 89 por ciento de votos. La derrota del rais debió de ser espectacular para

que no reconociera que todos votaron por él… Pero la burla —ganar así, con esa

ventaja sobre los rivales, es siempre una burla al sentido común— fue pasada por alto

por los dirigentes occidentales, con la excusa de que Ben Alí había acabado con los

islamistas y que su país era un remanso de paz que otorgaba tranquilidad al resto del

mundo, en donde se sabía perfectamente que él y su clan familiar se estaban

enriqueciendo a costa de la población.

 

Una dictadura encubierta

 

Hay que señalar que los pocos partidos de la oposición autorizados apenas tenían

representación en las calles. Y es que las fuerzas sociales y políticas con más apoyo

ciudadano no fueron legalizadas ni pudieron presentarse a los citados comicios. En la

práctica, la situación del país era una dictadura encubierta que se sostenía merced a

un orden policial extremo, en el que los cuerpos de seguridad actuaban como una

auténtica mafia que dictaba las órdenes e imponía un régimen de miedo en las calles

que no traspasó fronteras gracias al silencio cómplice de las democracias europeas

que no veían —o no querían ver— cómo la injusticia social se adueñaba de una

población que podía estallar en cualquier momento si una crisis económica quebraba el difícil equilibrio de Túnez. Y cuando todo ocurrió, cuando la revolución tomó las

calles, el desempleo alcanzaba a casi la mitad de los licenciados universitarios,

mientras que siete de cada diez jóvenes reconocían que querían emigrar a Europa

para buscar allí mejores condiciones laborales y sociales.

Para que se desencadenara la revolución popular intervinieron dos factores:

El primero de ellos fue un hombre llamado Mohamed Buazizi. Era un vendedor

ambulante de los miles que se pueden encontrar por las calles, siempre y cuando

paguen una suerte de impuesto revolucionario que garantiza que la policía dejará en

paz al vendedor. Pero para Mohamed, que tenía a su cargo a siete familiares, la

situación era complicada. O se saltaba aquellas normas mafiosas, o no llegaba a ganar

lo suficiente para poder alimentar a los suyos. Como respuesta a su desafío, la policía

decidió tomar medidas, y el 10 de diciembre de 2010 le confiscaron el carro y le

imposibilitaron seguir trabajando.

Apenas diez días antes, Wikileaks había empezado a liberar los cables

diplomáticos —250 000 en total— a través de cinco periódicos de dimensión

internacional, provocando con ello una crisis de proporciones infinitas. Quedaba al

descubierto en aquellos papeles que los embajadores norteamericanos repartidos por

el mundo entero sabían perfectamente de las querencias y corruptelas de algunos

presidentes y dictadores, pero todo quedaba en comunicaciones oficiales cuyo

contenido apenas salía a la luz. Evidentemente, unos cuantos cientos de documentos

hacían referencia a las sucias maquinaciones del poder político y policial en Túnez.

Sin embargo, los destinatarios de aquellos cables diplomáticos seguían alabando los

avances democráticos de Ben Alí y los suyos. Los cables demostraban que en

Occidente se sabía perfectamente qué ocurría, pero no se hizo nada para evitarlo

porque las medidas de Ben Alí satisfacían otro tipo de intereses.

Apenas unos días después, Mohamed decidió quemarse a lo bonzo frente al

edificio del gobierno provincial de Sidi Buzid. Su gesto escondía muchas lecturas,

pero una de ellas era el rechazo a las normas religiosas, contra las que también estaba,

frente a lo que se creía y sigue creyendo en Occidente, en donde tenemos un reflejo

de la radicalidad religiosa que no se corresponde a la realidad. Su sacrificio —moriría

la noche del 5 de enero de 2011— tuvo una repercusión espectacular entre una

población que veía en las reclamaciones de Mohamed sus propias reclamaciones. Y

no se trataba de reclamación religiosa alguna. Al contrario. Aquella población,

empujada por el gesto de Mohamed, reclamaba justicia social, verdadera democracia

y libertad. Ni siquiera el propio Ben Alí pudo calmar los ánimos de sus cabreados

súbditos cuando visitó al herido en el que sería su lecho de muerte. En realidad, Ben

Alí se creía el padre de Túnez y de todos los tunecinos. Sentía que los suyos lo

estaban abandonando, aunque en realidad tenía una relación con ellos de superioridad

y dominación.

Fue entonces cuando las informaciones en relación a las maniobras corruptas del

presidente, sus hijos, sus yernos, sus amigos, y del clan Trabelsi, la familia de la esposa de Ben Alí, comenzaron a publicarse e inundaron de argumentos las

conciencias de los cientos de miles de jóvenes tunecinos que salieron a las calles para

reclamar la dimisión de Ben Alí, que ante la inusitada fuerza de convocatoria de sus

súbditos —así entendía él que eran los ciudadanos— acabó por admitir que no se

presentaría a las elecciones del año 2014. Pero a los manifestantes aquello les

importó bien poco. ¡Querían que se fuera ya!

La Unión Europea y Estados Unidos manifestaron su apoyo a la voz popular en

cuanto esa voz tuvo la fuerza suficiente, cuando ya era inevitable su triunfo, y las

informaciones sobre la verdadera cara de la dictadura tunecina llegaron al mundo

entero. Pero la realidad es que tanto Estados Unidos como los países europeos fueron

los que apoyaron la llegada al poder de Ben Alí. Los cables diplomáticos también

mostraban que los embajadores norteamericanos sabían que la realidad política en

Túnez era la de una auténtica dictadura y que no existían libertades en un Estado

férreamente controlado por los cuerpos de seguridad. Sin embargo, de cara a la

opinión pública, en ningún momento se hizo ver que existía rechazo a las políticas

que durante tres décadas se habían llevado a cabo en el país.

El apoyo a Túnez por parte de la Unión Europea y Estados Unidos se hizo mayor

tras los atentados del 11-S. Desde las grandes potencias, se señaló que Jordania,

Marruecos y Túnez eran los gobiernos más avanzados del orbe musulmán. Se

firmaron numerosos acuerdos de colaboración con Túnez en el campo de la

inmigración y el terrorismo. Incluso se llegó a crear un centro de interrogatorios para

presuntos terroristas procedentes de Afganistán e Irak, con destino a Guantánamo y

otras cárceles secretas. El Departamento de Estado del gobierno de Washington

señaló que Túnez era un país ejemplar. En octubre de 2010, apenas dos meses antes

del inicio de la revuelta, el equipo de Hillary Clinton se enorgullecía del apoyo en

materia de seguridad y la colaboración entre ambos países. Pese a ello, Clinton ya

había recibido los cables diplomáticos que certificaban que lo de Túnez era una

poderosa y férrea dictadura. El 13 de octubre, en uno de sus informes, el

Departamento de Estado señalaba: «Estados Unidos y Túnez tienen un calendario

activo de ejercicios militares conjuntos. Históricamente, la ayuda estadounidense en

materia de seguridad ha desempeñado un papel importante en consolidar las

relaciones. La Comisión Militar Conjunta estadounidensetunecina se reúne

anualmente para discutir sobre la cooperación militar, el programa de modernización

de la defensa de Túnez y otras cuestiones de seguridad».

Ben Alí aprovechó los acuerdos en la lucha antiterrorista para intentar contener a

la oposición. En esas fechas, también Jacques Chirac, el presidente francés, alabó la

progresiva democratización de Túnez. El más importante de los partidos de la

oposición era de corte islámico pero moderado (y aunque no lo quisiéramos ver así en

los países más ricos, era mucho más democrático que el partido de Ben Alí, pero en

los países ricos y mejor informados, la propaganda había hecho que sólo con oír la

palabra «islámico» pensáramos en terroristas, burkas, e imanes diciendo barbaridades). Sin embargo, su propia definición religiosa motivó que fuera

considerado como islamista y que se acusara a sus miembros de terroristas. La

prohibición del hiyab, el pañuelo islámico, en 2003, fue interpretada como otro

símbolo de avance social, pero sólo se había legislado en este sentido para satisfacer a

Europa y Estados Unidos, cuando en realidad no existía ningún problema de

convivencia en ese sentido. Ya en 1981 el anterior presidente había prohibido su uso

en lugares públicos, pero Ben Alí emitió normativas más restrictivas. Se persiguió

incluso policialmente a las mujeres desobedientes.

Los informes demostraban que en los países más poderosos se sabía que todo

aquello no eran sino maniobras internas para retener el poder sin disidencia y utilizar

la represión policial encubriendo como lucha antiterrorista lo que de verdad era una

lucha política contra la oposición. Tras la aprobación de la ley antiterrorista de 2003,

el número de reclusos aumentó a 23 000 personas. Es el cuarto país del mundo en

número de encarcelados por habitante, pese a ser uno de los países con menos

delincuencia del continente. Sami Nair dice: «Éste es un momento crucial, que vacía

de sustancia el argumento sostenido por los regímenes autoritarios según el cual toda

contestación a su dominación le hace el juego a los islamistas. Harán todo lo posible

para islamizar esta propuesta a fin de reprimirla más fácilmente a los ojos de las

clases medias y de Occidente».

 

El FMI y su desembarco en el norte de África

 

Durante la primera década del siglo, por exigencia de los países ricos, el gobierno de

Túnez se sometió al control y dirección del Fondo Monetario Internacional (FMI),

desde donde se alabó el sistema económico de Túnez, entre otras cosas porque se

adaptó a todos los requerimientos efectuados por el gran capital. Según aseguraban

los informes del FMI a mediados de la década pasada, Túnez se adaptó a los retos de

la globalización del siglo XXI. En consecuencia, los datos económicos mostraban la

buena salud de las arcas del Estado, ya que el crecimiento —supuesto crecimiento,

dado que hacía referencia a los grandes datos económicos y no a la verdadera

situación de la población— se situó en el 5 por ciento anual.

Sin embargo, la adaptación a esos retos y sus consecuencias en tiempos de crisis

ha sido la causa del deterioro de la situación y la razón que ha llevado al país a su

actual descontento popular. Las desigualdades económicas en el país son enormes.

El 10 por ciento de la población gana el 50 por ciento del total del dinero. Y aunque

oficialmente el paro sólo afectaba al 14 por ciento de la población cuando la

revolución estalló, las reducciones de sueldos y el incremento de precios provocó que

el poder adquisitivo de los tunecinos mermara de forma muy notable. Pese a ello, en

un informe dado a conocer tres meses antes de la revolución, el FMI seguía considerando que la gestión económica de Ben Alí era buena y prudente, acorde a las

necesidades para hacer frente a la crisis internacional. Entre las medidas que se

implantaron desde el exterior estaba la abolición de todo tipo de control del comercio

al exterior, eliminando los aranceles aduaneros para los países europeos.

También se exigió la privatización de los bancos. En los cables diplomáticos se

cuenta un ejemplo de cómo este proceso también fue objeto de pillaje por la familia

presidencial: primero se privatizaron parte de los bancos entregándolos al clan

Trabelsi y a la familia del presidente, para después proceder a la venta de las acciones

a un precio mucho más elevado que el que tenían cuando se entregaron al entorno de

Ben Alí.

Una de las formas del régimen para mantener el poder ha sido silenciar internet

en la medida de lo posible, hasta el punto de que se convirtió en uno de los países

más restrictivos del mundo, lo cual no fue óbice para que los jóvenes tunecinos —

más ávidos de democracia y libertad de expresión que en los países ricos—

emplearan todos los mecanismos tecnológicos a su alcance para organizar las

protestas, en las que se reclamaba además la apertura de los canales de comunicación

por la red, que habían sido suspendidos por Ben Alí el 27 se abril de 2010. Los

tunecinos no tenían acceso a blogs, ni a millones de páginas de información ni a

páginas de vídeos o archivos.

Decenas de jóvenes fallecieron en las primeras jornadas de manifestaciones, pero

la represión por parte del Ejército fue a menos a medida que crecían las

concentraciones masivas. Ben Alí perdió el favor de los militares sobre los que

sustentada su «imperio», y las imágenes de los jazmines colocados en las bocachas de

los fusiles de los militares dieron la vuelta al mundo como el auténtico símbolo de un

país que había desafiado al patriarca, obligándolo a huir en dirección a Arabia Saudí,

donde los jeques que desde allí habían financiado todos los integrismos religiosos del

orbe musulmán decidieron acogerlo tras comprobar cómo los líderes de los países

que antes lo habían apoyado le negaban su ayuda. Tuvieron que cambiar su actitud

porque los tunecinos habían decidido recuperar su autonomía e iniciar un largo

proceso hacia la democracia, jalonado por mil dificultades y que, desde luego, como

jamás ha sido en ningún lugar, no tendrá lugar de la noche al día. Pero, sin duda,

gracias a la revolución popular comenzaba a apuntar el amanecer…