Triple A

Bruno Cardeñosa · Capítulo 22 de 25

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Triple A

20. La edad oscura

LA EDAD OSCURA

 

La macroeconomía nació en los años cuarenta del siglo XX como parte de la respuesta a la Gran Depresión. El término aludía entonces al cuerpo de conocimientos y experiencias que, según esperábamos, impediría que se repitiera el desastre económico. En esta conferencia, explicaré que la macroeconomía ha tenido éxito: el problema central, la prevención de una depresión, se ha resuelto.

 

ROBERT LUCAS, 2003

 

Así comenzaba uno de los economistas más respetados del mundo una charla sobre la crisis de 1929 y la depresión que originó. Y de cómo la solución a aquella crisis nos dio todas las pistas para evitar que algo así volviera a ocurrir. Ahora le seguimos preguntando cómo salir del atolladero…

Mientras tanto, algunos países agudizaron su crisis. El caso de Alemania es el más

significativo. La guerra había dañado gravemente al país, puesto que no había dinero

para la reconstrucción y la inflación era cada vez mayor. Además, el Tratado de

Versalles, que determinó los acuerdos a cumplir por parte de vencedores y vencidos

en la primera guerra mundial, resultó extremadamente duro con Alemania, que quedó

condenada a una serie de pagos a las potencias ganadoras que iban a incrementar aún

más sus problemas financieros, que al principio intentaron sofocarse con los créditos

que se pidieron a los bancos norteamericanos, pero, como decía, aquel sistema

financiero ya conocía del riesgo y practicaba la especulación.

Al principio no importó: los recién nacidos tiburones estaban apareciendo en Wall

Street, concedían créditos a corto plazo, y compraban y vendían acciones con el único

objetivo de buscar un enriquecimiento veloz. También las hipotecas tuvieron su

relevancia; eran ya bastante similares a las que existen en la actualidad. Se concedían

con intereses muy altos, pero los intereses se pagaban al principio y después quedaba

el pago de la casa en sí; es el sistema que se llamaba «a la vista», pero el banco tenía

la potestad de poder reclamar al propietario el pago de la totalidad del préstamo. Es

por ello que funcionaba mucho la refinanciación de créditos para poder seguir

pagando. Esta indefensión del pagador se generó porque se había extendido una

fiebre en la que convertir a la gente en propietaria equivalía a conseguir un triunfo.

De esta forma se fue creando una burbuja…

¡Y estalló!

Fue el crack de 1929, que llegó cuando los precios de los pisos empezaron a

bajar, no se pudieron pagar muchos créditos y existía una enorme cantidad de dinero

prestado. Los problemas financieros se contagiaron. Si temblaba Nueva York podría

temblar todo el mundo. Se produjeron enormes pérdidas en el sector bancario, y la

contracción de la economía norteamericana se juntó a la mundial. Una de las

consecuencias fue la no renovación de los créditos con los que se financiaba a

Alemania, que debía asumir a nivel económico el coste de los daños de todos tras la

guerra mundial. Y otros países que tenían inversiones allí hicieron lo propio, junto a

los capitales nacionales, que decidieron buscar fortuna en el exterior. Las retiradas de

fondos se hicieron a costa de las reservas del país. La insolvencia llegó hasta tal

punto que Alemania negoció y consiguió por parte de la comunidad internacional una

moratoria para dejar de pagar sus deudas mientras no se producía una recuperación en

la economía del país.

Por su parte, parecía que Inglaterra vivía cierta calma. Pero era una calma

aparente, porque si bien el país se había convertido en refugio de otras monedas, su

exposición a Alemania resultó muy grande, porque muchos bancos alemanes estaban

comprando reservas en Londres para mantener viva su economía. Pero ¿qué pasaría si

el dinero que prestaba Inglaterra a Alemania no se podía devolver? La decisión de

otorgar una moratoria en 1931 dio la respuesta: los mercados internacionales, que ya

se comportaban entonces con la irresponsabilidad de la que hacen gala hoy, decidieron sacar sus depósitos de Inglaterra, en donde empezó a sufrirse la ausencia

de dinero, que tuvo que ser solventada por los préstamos que concedió la Reserva

Federal de Estados Unidos y el Banco de Francia. Ya era tarde, porque los capitales

seguían abandonando el país, y los inversores —siempre tan impersonales y poco

comprometidos con la sociedad— sacaron a relucir su ya constatada insolvencia

moral y empezaron a cambiar todos sus depósitos para obtener líquido y hacer caja

con la crisis. Ellos se hicieron muy ricos, pero dejaron a Alemania tiritando. Si esto

no hubiera ocurrido, Hitler no habría llegado al poder en 1933, ya que la situación en

el país favoreció que la sociedad se agarrara a quien prometía recuperar la dignidad y

atacaba a todos aquellos —cualquiera que no fuera un alemán puro— que

consideraba culpables de la situación.

Los años treinta fueron muy duros para la economía mundial. Inglaterra logró

recuperarse suavemente gracias a que pudo devaluar su moneda, con lo cual ganó en

competitividad y los capitales extranjeros acudieron a Londres porque invertir y

comerciar allí resultaba barato. Sin embargo, Inglaterra abandonó el patrón oro, o lo

que funcionaba entonces como patrón oro, y decenas de países hicieron lo mismo. En

Londres decidieron no comprar el oro que llegaba desde fuera para evitar que la libra

incrementara su valor y perder fuerza competitiva. Aquel nuevo modelo tenía la

virtud —aunque a la postre no tanto, debido al déficit ilimitado y a la inflación— que

a partir de una pequeña cantidad de oro podría ponerse mucho dinero en circulación

sin alterar las normas del patrón.

Una nueva crisis —una recaída, para ser exactos— se produjo en febrero de 1933.

Todos los bancos, tras la llegada de Roosevelt al poder después de los años de

gobiernos de Hoover, tuvieron que cerrar por orden gubernamental ante la retirada de

los depósitos en casi todas las instituciones. Hasta la Reserva Federal echó la

persiana, y un equipo de inspectores examinó una por una todas las instituciones para

certificar si tenían solvencia para volver a abrir. A partir de abril, también Estados

Unidos abandonó el patrón de cambio oro, en el que sólo permanecían unos pocos

países europeos, que utilizaron sus reservas de ese metal para incrementar el crédito.

Pero estaba claro que el sistema había muerto; y lo remató la medida de Washington,

que aumentó el antaño inmutable precio de la onza de oro de 20 a 35 dólares, con lo

que el dólar se devaluó un 70 por ciento. Así, los que tenían oro en Inglaterra y en

otros países europeos lo trasladaron a Estados Unidos, que empezó a acumular oro

procedente de muchos otros lugares. Sin embargo, aquello no hizo sino incrementar

la inestabilidad mundial, que intentó calmarse gracias al pacto en 1936 entre Estados

Unidos, Francia e Inglaterra, que acordaron entre las tres partes conseguir que las

transferencias de oro y su conversión en dinero fuera organizada y no perjudicara a

ninguno de los tres; hoy, de alguna manera, el patrón en cuestión, ya capitalizado por

el dólar, sigue en funcionamiento. En cierto modo, tres de los aliados en la inminente

segunda guerra mundial se enrocaban frente al resto de países. Las nuevas caídas en

bolsa se solventaron gracias al New Deal y a la intervención oficial en los motores económicos. Las teorías de Keynes, según las cuales el crecimiento llega gracias al

impulso oficial y a la intervención gubernamental, se impusieron a los que defendían

que las cosas se arreglaban solas. Hasta que no se hizo aquello, la depresión se

extendía en el tiempo, y las dificultades de cientos de millones de ciudadanos fueron

en aumento. Pese a ello, no todos los estudiosos consideran que el contrato social que

fue conocido como el New Deal fue el remedio universal a los males de la economía.

En Desmontando la historia (Volter, 2002), Ed Rayner y Ron Stapley dicen que

Roosevelt «no era keynesiano, ni pretendía acabar con el capitalismo, sino salvarlo»,

y recuerdan cómo sus normas fueron declaradas inconstitucionales en 1935, lo que

hizo que se reformaran las leyes que las amparaban. Y también recuerdan que

«aunque hubo en 1937 una caída espectacular en el desempleo, con cinco millones de

trabajos nuevos, un años después otros dos millones de personas quedaron en el

paro… Fue la guerra mundial que llegó en 1939 la que acabó con la depresión».

Además, los autores señalan que las medidas de Roosevelt en el ámbito financiero

infundieron mayor confianza en el mercado bancario, lo que también fue

determinante.

Lo dicho: hay opiniones para todos los gustos, pero impuesto en mayor o menor

medida, el universo keynesiano estuvo tras muchas de esas decisiones —a excepción

de la guerra— que provocaron la recuperación de la confianza, expresión muy

utilizada durante la crisis del siglo XXI para explicar qué ocurre en el sistema

bancario.

Una de las medidas más relevantes que se tomó fue la división obligatoria entre

banca comercial y banca de inversión. Todos los bancos tuvieron que elegir qué

querían ser. Los bancos comerciales sólo podían dedicarse a admitir depósitos de los

clientes, gente como usted y como yo, que tenemos nuestra cartilla. Se los obligó a

firmar una garantía de 5000 dólares por cada cuenta, lo que sirvió para evitar que los

clientes acudieran a las oficinas en épocas de pánico a retirar su dinero ante la posible

pérdida de sus ahorros. Mientras, los bancos de inversión eran los únicos que podían

operar con valores y otros instrumentos financieros; la banca comercial quedó al

margen de estas operaciones, salvo aquellas que tuvieran que ver con emisiones del

gobierno. Además, se establecieron unos mecanismos regulatorios estrictos y se

dictaminó que se debería autorizar cualquier emisión de valores.

Aunque no todos lo dijeran abiertamente, estaba claro que la crisis había nacido

en gran medida por culpa de los excesos de la banca. Es decir, como ahora. También

se señaló a los fondos de inversión —entonces llamados mutual funds—, a los que se

sometió a estrecha vigilancia. En suma, se acotó la libertad excesiva que tenía el

negocio de la compra y venta de valores, títulos y demás productos financieros. La

Comisión Pécora, creada en 1932 para estudiar el porqué del cataclismo, concluyó:

«La banca llevó a cabo prácticas abusivas que incluían una amplia variedad de

conflictos de intereses, tales como asegurar comisiones de valores de escasa calidad

para venderlos a sus clientes sólo para cobrar comisiones, crear transacciones aparentes para apoyar el precio de los valores bancarios, asesorar y prestar asistencia

financiera para evitar el pago de impuestos o diferirlos hasta que pudiesen

compensarse con pérdidas, especialmente a los primeros dirigentes de la comunidad

bancaria y sus familias», escribe Jorge Pérez Ramírez. Desde luego, no es necesaria

mucha imaginación para ver las similitudes de una crisis y otra. Eso sí, al contrario

que en la actual, la salida sólo se produjo cuando se tomaron medidas muy severas

contra la banca —después, con el paso de los años, esas restricciones fueron poco a

poco levantándose, hasta que de nuevo se crearon los paraísos de negocio que

volvieron a hacer que se tambaleara todo desde 2008 tras varias décadas en las que el

sistema fue comedido, lento y firme— así como medidas de estímulo para los grupos

sociales desfavorecidos, para los trabajadores, la industria y la agricultura. En suma:

aunque al principio los recortes parecían la solución, la realidad acabó por demostrar

que sólo la inversión podía volver a crear riqueza.

 

CITI: hoy es como ayer… ¡otra vez!

 

Uno de los bancos que fue señalado por la Comisión Pécora fue Citigroup, una

entidad que —como ahora— parece haber convivido con el riesgo de forma natural.

Y siempre —como ahora— la ayuda estatal ha sido fundamental para que pudiera

sobrevivir y continuar adelante. Tras hundir medio sistema, sus directivos sacaban a

relucir su agenda de contactos entre el poder político, asumían cambios legales y

escondían durante un tiempo la cabeza hasta que veían despejado el panorama.

Por aquel entonces, Citigroup, la más antigua entre las entidades bancarias que

existen, había alcanzado la mágica cifra de los 1000 millones de dólares en activos.

Como aún no se había dado la diversificación que llegó después —el banco fue el

culpable de que se redactaran normas como ésa, en la que los bancos quedaban

separados entre comerciales y de inversión—, sus negocios entremezclaban la banca

comercial y la banca de inversión. A menudo daba grandes créditos para financiar

empresas que tenían sus cuentas en el banco, y utilizaba su banca de inversión para

recomendar la compra de acciones de la misma. Los conflictos de intereses fueron

cada vez a más, y en no pocas ocasiones se falsearon datos para poder seguir subidos

al tren del crecimiento que ellos mismos habían diseñado. El director del banco,

Charles Mitchell, declaró en la Comisión Pécora que en el año del crack había

ganado más de un millón de dólares sin pagar un solo centavo en impuestos, gracias a

uno de los primigenios desarrollos de ingeniería fiscal que se conocieron. Efectuó una

serie de transacciones con su dinero para encontrar el resquicio legal que le permitía

no pagar nada; además, confesó en la comisión que sus prácticas fueron arriesgadas y

que forzaron la venta de acciones al público sin confesar el mal estado en que se

encontraban las empresas ofertadas. Pero como Citi ya era tan grande… el gobierno tuvo que salir en su auxilio. Lo rescató tras la crisis de 1933, cuando tuvieron que

cerrar muchos bancos en Estados Unidos mientras el gobierno comprobaba su

viabilidad. Las grietas en Citi eran enormes y hubo que ayudar al banco porque su

hundimiento habría tenido consecuencias incalculables.

La crisis tuvo como consecuencia que Estados Unidos estableciera su dominio

sobre el resto del planeta gracias a que la fuerza de su economía era mucho más

potente que cualquier otra. Y es que las crisis, de forma intencionada o no, siempre

han provocado cambios en el dominio mundial gracias al peligroso juego de la

devaluación de la moneda y la acumulación de reservas que hacen dependientes a

unos países de otros. En la crisis de comienzos del siglo XXI, ¿quién está resultando

beneficiado? ¿China? Tras la oscuridad y la indefensión informativa que sufren los

ciudadanos, algunos documentos nos aclaran que quizá haya que dirigir la mirada

hacia el gigante amarillo. En público, las autoridades no dicen nada y prefieren callar

para seguir manteniendo el apoyo popular que tienen gracias a una retórica de poder

y enfrentamiento con China, pero uno de los cables diplomáticos revelados por

Wikileaks incluye una declaración de Hillary Clinton, la encargada de la diplomacia

de Estados Unidos, que tras ser cuestionada por la necesidad de exigir más

democracia a China, dijo a modo de lamento: «¿Cómo se puede negociar con tu

banquero?». Y es que si la crisis de los años treinta del siglo XX convirtió a Estados

Unidos en el banquero del mundo, en la actual es China el país que lo está haciendo a

costa de la devaluación implícita de su moneda y del incremento de sus reservas en

monedas de otros países y en su deuda.