Triple A

Bruno Cardeñosa · Capítulo 4 de 25

Páginas del PDF

Triple A

2. Triple A

TRIPLE A

 

¿Por qué los seres humanos se resignan a tantas cosas que los están destruyendo, y por qué hacen tan poco por modificar esas cosas? ¿Se están suicidando por estúpidos o están pagando sus culpas? Ustedes se han vuelto locos… Alguien se muere y ustedes lo dejan morir, alguien pide ayuda y ustedes miran para otro lado, alguien tiene hambre y ustedes dilapidan lo que tienen. Alguien se muere de tristeza y ustedes lo encierran para no verlo. Alguien que sistemáticamente adopta esas conductas, que camina entre las víctimas como si no estuvieran, (ese alguien) podrá vestirse bien, podrá pagar sus impuestos, ir a misa, pero no me va a negar que está enfermo. Doctor, su realidad es espantosa. ¿Por qué no dejan de una buena vez la hipocresía y buscan la locura de este lado y dejan de perseguir a los tristes, a los pobres de espíritu, a los que no compran porque no pueden o porque no quieren comprar toda esa mierda que usted me vendería de muy buena gana?

 

De la película Hombre mirando al sudeste, dirigida por el cineasta argentino Eliseo Subiela, en la cual un enfermo mental dice que viene de otro mundo y conversa con su psiquiatra haciéndole ver lo frío e irracional de este mundo.

Argentina es, quizá, el país que más y mejor puede hablar de las crisis económicas.

Durante el siglo XX han estado arriba y abajo, y sus gentes han vivido momentos de

esplendor seguidos de períodos de debacle económica agravados por permanentes

vaivenes políticos. Han tenido al frente del país a políticos dignos de consideración

que lucharon por la justicia y la libertad con la vehemencia que sólo un argentino es

capaz de transmitir; quizá por ello, porque vivimos en un mundo sin términos medios,

y en el que a quien defiende una cosa en seguida le aparece alguien que defiende la

contraria con más vehemencia aún, han sufrido dictaduras de distinto corte y pelaje

que acabaron con cualquier ejercicio en busca de la igualdad. También, como

consecuencia de ello, llegaron a atravesar etapas en las que el país entero se convirtió

en el laboratorio idóneo para implantar políticas financieras por parte de organismos

como el FMI (Fondo Monetario Internacional), que ahora son las mismas que se

pretende emplear en el planeta entero. Y sobra decir que ninguna de esas medidas —

que se vendieron y se siguen vendiendo como la receta más adecuada— logró sacar

al país de los problemas que vivían sus gentes. Ahora bien: necesitaron que sus

presuntos demócratas se subieran al carro del poder internacional y se convirtieran en

la puerta de acceso para que llegaran otros que vendieran el país a costa de limitar las

libertades.

 

El sello de los asesinos

 

Uno de esos presuntos demócratas era José López Rega, que después de ser

comisario general de la Policía Federal Argentina se convirtió en ministro de

Bienestar Social durante los gobiernos que hubo en el país entre 1973 y 1976, al

frente de los cuales estuvo Raúl Lastiri, posteriormente Juan Domingo Perón y

finalmente su mujer, Isabel Martínez de Perón, que asumió el cargo tras el

fallecimiento del líder y creador del peronismo —un movimiento popular de gran

implantación en el país—, que alberga en su seno todo tipo de clases e ideologías.

En el primero de esos gobiernos fue López Rega quien creó —por iniciativa

propia o siguiendo el encargo de terceras personas aún desconocidas— un siniestro

grupo de asesinos con un objetivo claro: acabar con todos aquellos movimientos

dentro del partido que lucharan por la clase obrera y las libertades. Su pasado al

frente de la temible policía argentina le sirvió para organizar las diferentes células de

la llamada Alianza Anticomunista Argentina, es decir, la conocida popularmente

como Triple A. Para él, todas aquellas personas que luchaban por esos ideales eran

marxistas, comunistas, izquierdistas…

La organización fue «perfecta». Se constituyó el grupo como un cuerpo

parapolicial y terrorista. Se organizaron varias divisiones; unos informaban, otros

tomaban decisiones, otros espiaban, otros documentaban, otros ejecutaban… Aunque clandestino, era una suerte de servicio secreto, al estilo de la Stasi alemana, pero con

permiso y licencia para matar. En ocasiones, sus miembros iban a las casas de los

periodistas, sindicalistas, activistas, estudiantes o políticos que no eran del agrado de

López Rega y los suyos, y los secuestraban para después acribillarlos en un

descampado. También se recurrió al coche bomba y a otros métodos de tortura más

agresivos aún. A veces incluso parecían actuar como si estuvieran en la guerra: en

septiembre de 1973, los agentes de la Triple A entraron en el Ateneo 20 de Junio, un

local donde se reunían las juventudes peronistas, y fusilaron a todo el que se ponía

por delante. Para los líderes del movimiento, aquella organización estaba repleta de

infiltrados; también lo era el senador Hipólito Solari Yrigoyen, que había actuado

durante la dictadura militar anterior como defensor de presos políticos. Lo

condenaron por ello y fue ajusticiado por la Triple A cuando su coche, al que habían

adosado una bomba, voló en mil pedazos.

Aquello fue una advertencia…

Días después publicaron una lista de las personas que iban a ser asesinadas. Había

abogados, policías, profesores y un sinnúmero de intelectuales. En consecuencia, el

terror se extendió.

La represión se incrementó durante el período en el que gobernó Isabel Martínez

de Perón, una mujer muy influenciada por López Rega, que la convenció para llevar a

cabo rituales esotéricos, contactos con el más allá… Sin lugar a dudas se trataba de

un hombre enfermo y borracho de poder, amante de someter y reprimir a quienes no

pensaban como él. Adoraba el riesgo, no sentía remordimientos por la muerte de

quienes creía que eran sus enemigos, ni pensaba en sus familias, ni en las

consecuencias de sus actos. Se presentaba al mundo como un ser superior. Se creía

que lo era.

Cuando las autoridades policiales —las legales— entraron en su despacho

descubrieron un arsenal de fusiles, granadas, bombas… Nunca se supo qué órdenes

obedecía, si seguía los dictados del poder político, de los peronistas que no querían

que se difundieran y consolidaran ciertas ideas en el seno del movimiento, de

servicios de inteligencia extranjeros que deseaban frenar cualquier ideología que

pusiera en jaque sus planes en América del Sur. Investigaciones posteriores

desvelaron la existencia de encuentros entre López Rega y Perón, en los que el

primero señalaba al presidente quiénes estaban incordiando, pero no había órdenes,

no había mandatos, no había dictados. Perón simplemente callaba. Ni siquiera

asentía. Aún hoy, no hay pruebas de que él o sus más próximos estuvieran detrás de

aquel movimiento que dejó de actuar en 1976, cuando la dictadura volvió a gobernar

Argentina. Entonces, los militares que ocuparon el poder integraron a la Triple A

entre sus fuerzas. Eran ellos. Se blanquearon. Tras cientos de crímenes a sus espaldas,

lograron lo que buscaban.

Hubo que esperar al año 2006 para que un juez dictaminara que los asesinatos

llevados a cabo por la Triple A eran crímenes de lesa humanidad. Aunque las heridas siguen abiertas, y el dolor causado por esa organización seguirá latiendo durante

décadas, esa declaración del juez Norberto Oyarbide puede considerarse como el

final de la Triple A y sus secuelas.

¿Fin de la historia?

 

La resurrección

 

Al mismo tiempo que el juez argentino firmaba tan simbólica sentencia, en el número

55 de Water Street de Nueva York un analista económico estaba elaborando un

informe sobre los paquetes financieros que en esas fechas estaban creando los bancos

norteamericanos a partir de las hipotecas que se estaban concediendo en los últimos

años. Había cientos o miles de ellas en cada uno de esos paquetes. No las miró ni las

comprobó. Los pagadores podían ser buenos, regulares o malos. Qué importaba.

Tenía que dar una calificación a aquella posible inversión y las órdenes eran claras:

había que posibilitar su venta. Los más millonarios estaban haciéndose mucho más

millonarios aún gracias a esos productos, que en lenguaje financiero tenían un

nombre: Obligación de Deuda Garantizada (CDO). El objetivo era venderlos a otros

que sacarán provecho de su revalorización en el futuro, debido a que los activos que

contenían: pisos, casas, bloques de viviendas, locales… subían de precio como nunca

nada antes lo había hecho.

«Esperemos hacernos ricos y retirarnos antes de que este castillo de naipes se

derrumbe», escribió el analista en un correo electrónico que remitió a uno de sus

compañeros.

Y le puso nota: «Triple A».

Aquel paquete valía 370 millones de dólares. Lo emitía el banco suizo Crédit

Suisse Group. Tras recibir el sobresaliente por parte de aquel «experto» de la agencia

de calificación Standard & Poor’s, lo compró un inversor, confiado en que se trataba

de un negocio seguro. Entre intereses, refinanciaciones, subrogaciones y otras

acciones que los poseedores de aquellas hipotecas iban a realizar en los años

siguientes, el CDO en cuestión podría multiplicar su valor y ser una inversión

rentable como ninguna otra.

Pero a aquel comprador lo engañaron. Quien había dado aquella calificación

estaba vendido a unos intereses perversos. El banco suizo le había pagado una

enorme cantidad de dinero por aquella calificación. Y si pagaba no podía esperar una

mala nota. Faltaría más. Sin embargo, apenas dos años después, aquel CDO había

perdido 125 millones de dólares. El problema es que junto a aquel paquete se

pusieron en el mercado financiero otros cientos de miles idénticos. Todos tenían la

misma calificación. Todos los bancos lo hicieron. Y todos los compradores —y no

todos eran inocentes: sabían que aquellos paquetes estaban intoxicados, pero su valor consistía en saber venderlo rápido y colocarlo a otros compradores enfrascados en

una espiral permanente de compras y ventas— habían seguido el consejo: la Triple A

era garantía de riqueza.

Y vaya si lo era: el mundo crecía a una velocidad nunca antes conocida hasta que

un día la burbuja estalló. Todos los CDO pasaron a valer nada. El castillo de naipes al

que hacía alusión aquel analista se derrumbó en cuestión de días. «Nuestros errores al

calificar como Triple A pueden hacernos parecer incompetentes o dar la sensación de

que hemos vendido nuestra alma al diablo», escribió en otro correo electrónico en

2008 un analista de otra agencia de calificación, Moody’s, que también había

otorgado notas de Triple A a cuantos productos financieros caían en sus manos para

ser evaluados. Es cierto que la tercera de las grandes agencias de calificación —la

europea Fitch, un escalón por debajo en relevancia respecto a las otras dos— alertó

del peligro que podía suponer otorgar masivamente tales notas a unos productos que

podrían estallar. Aquello les granjeó un odio enorme por parte de las otras dos

agencias, pero tampoco supieron permanecer al margen del error: dieron Triple A

para los bancos que estaban comerciando con CDO y otros sofisticados productos

financieros.

En total, en los primeros años del siglo XXI se emitieron sesenta millones de

informes sobre instrumentos financieros a los que se estampó el sello de la Triple A.

Si no se hubiera hecho, los ciudadanos de los países desarrollados no habrían tenido

que salvar con sus impuestos a los bancos, aseguradoras y empresas financieras que

crecieron a costa de vivir en la falsedad. Y en consecuencia, no habrían tenido que

sufrir los recortes en sus libertades y derechos que han tenido que soportar como

consecuencia de la inmensa estafa financiera que provocaron los señores del mundo

económico. Pero más aún: hoy moriría menos gente de hambre en el mundo, habría

millones de parados menos y las dictaduras no habrían sido blanqueadas para entrar

en el sistema a costa de tiranizar y asesinar a miles de partidarios de la libertad. La

Triple A se ha sofisticado: ayer asesinaba y coartaba la libertad con métodos

expeditivos, con bombas, pistolas, secuestros o palizas, pero hoy lo hace de forma

discreta, voraz, silenciosa…