Triple A
22. Los hombres de oro
LOS HOMBRES DE ORO
Entrad en la Bolsa de Londres. Allí, el judío, el musulmán y el cristiano tratan unos con otros como si fueran de la misma religión, y sólo dan el nombre de infieles a quienes caen en la bancarrota… Los que creen que el dinero lo vale todo son capaces de hacer cualquier cosa por dinero.
VOLTAIRE
Grecia no quería perder el tren de la riqueza. Y en aquel entonces el dinero se escribía
con el símbolo del euro, pero las exigencias también se escribían en clave de déficit.
Grecia no cumplía los requisitos. Había que recortar y se recortó, especialmente en
gastos militares, pero hacían falta otras soluciones y no había nadie que pudiera
darlas salvo un banco: Goldman Sachs. A sus gestores acudió el presidente del país,
Konstantinos Caramanlis. Y ellos determinaron que la solución la pondría una
destacada dirigente del banco llamada Antigona Loudiadis, apodada Addy, una de las
pocas mujeres que han alcanzado puestos de relevancia en el más influyente de los
bancos del mundo. Lo consiguió por ser lo más parecido a lo que los dirigentes del
banco esperan de sus agentes: ambición sin medida y empatía sin compasión.
El objetivo era hacer lo que tantas veces se había hecho: camuflar las cuentas. En
tiempos buenos no pasa nada por hacerlo, porque engañar en las cifras atrae a los
inversores para especular con falso dinero. Mientras no haga falta convertir en real
ese dinero no pasará nada. Además, la deuda griega era compleja. Sus bonos del
Tesoro no proporcionaban liquidez, pero si eso es malo en tiempos malos, en tiempos
buenos es bueno. Gracias a ello, Addy pudo disimular el índice de déficit del país,
que pudo estar en el pistoletazo de partida del euro el 1 de enero de 2002. Según
cuenta el periodista francés Marc Roche en su obra El banco (Deusto, 2011), para
hacerlo, la socia gerente de la entidad «echará mano de un recurso por entonces de
nombre casi desconocido: el sistema de cobertura de riesgo llamado credit default
swap, los CDS. Tan sencillo como coser y cantar». Y lo logró. Así lo explica Roche:
«Este mecanismo permite protegerse de los efectos del cambio transformando en
euros la deuda inicialmente emitida en dólares. El tipo de cambio emitido es muy
favorable a Goldman Sachs. Por añadidura, la cuantía cubierta por los CDS supera la
de la deuda pública griega. Al modificar los vencimientos de reembolso de su deuda,
Grecia se compromete a pagar al banco grandes sumas hasta 2019, y ello en
condiciones más onerosas que agravan todavía más sus dificultades financieras. Para
nuestra banquera, estas condiciones de usura no tienen nada de ofensivo. Goldman no
es la madre Teresa de Calcuta. El cliente, implorante, no está en posición de
resistirse. Addy coge la oportunidad al vuelo. Ni más ni menos».
Una tragedia griega
Por aquel entonces, al frente del banco se encuentra Henry Paulson, el hombre que
ocupaba el cargo de secretario del Tesoro en Estados Unidos cuando se produjo la
caída de Lehman Brothers y la posterior caída del mundo entero. Se trataba del
hombre que ayudó a Goldman Sachs a obtener beneficios de la crisis, y el hombre
sobre quien han recaído las sospechas de que todo esto que está ocurriendo lo
montaron los hombres de Goldman Sachs.
A partir de 2004, la Unión Europea empieza a descubrir que las cosas que ha
hecho Grecia pueden ser peligrosas, especialmente bajo los criterios de ahorro de
gasto público y austeridad que tanto pregonan en instancias oficiales debido a las
influencias de las ideas liberales que están infiltradas en la llamada eurozona. La
situación se sostuvo hasta que la crisis de las subprime se hizo grave y acabó por
desencadenar la ruptura del capitalismo en septiembre de 2008. Aquello provocó que
se tuviera que emitir más deuda pública debido a que los gastos públicos se
incrementaron. Antes de que estallara la crisis norteamericana, en 2008, era del 110
por ciento del PIB, pero en 2009 se incrementó de forma sustancial hasta el 127 por
ciento y el 2010 se disparó hasta el 142 por ciento. Así que, por tanto, esa cifra era
alta pero asumible, pero tras las setenta y dos horas en las que se vino abajo el
sistema norteamericano se convirtió en inasumible. Las primeras medidas de
contención de gasto acabaron por provocar el cambio de gobierno, que se produjo el
4 de octubre de 2009, cuando tras muchos años de gobierno conservador se alzó con
el poder el partido socialista, el PASOK, mientras que al frente del país se puso
Yorgos Papandreu, que descubrió que el déficit real era de un 12,7 por ciento,
mientras que el gobierno anterior sólo había reconocido un 3,7 por ciento, cifra que
se había conseguido, tal y como he señalado, gracias a que Goldman Sachs había
maquillado los números.
A partir de ese momento, el fin del mundo llegó para Grecia, que se convirtió en
el laboratorio para las nuevas corrientes ideológicas y económicas, destinadas a
hundir libertades y derechos adquiridos a cambio de mantener el poder de las grandes
finanzas. Mientras todo el proceso de ocultación de datos existía, Goldman Sachs
había colocado a su hombre en el poder. Si existen las casualidades o no es difícil
asegurarlo. Tiendo a pensar que no. Es llamativo que durante el tiempo en el que se
produjo la maniobra del banco norteamericano, Lucas Papadimos fuera el gobernador
del Banco Central de Grecia, cargo que ocupó hasta 2002. Él fue el responsable de
contratar a Goldman Sachs. Después, hasta 2010, fue vicepresidente del Banco
Central Europeo. Y entonces apoyó las medidas de contención a las que se vio
forzada Grecia tras descubrirse lo que sus empleados habían hecho. Posteriormente,
el presidente Papandreu decidió llamarlo para asesorar al gobierno heleno. Se estaba
empezando a premiar a uno de los responsables de lo que había ocurrido.
La triple A pone nota: triple B
Durante los primeros meses del gobierno de Papandreu, las agencias de calificación
empezaron a rebajar la nota de Grecia. Apenas dos meses después de tomar posesión
de su cargo, la agencia Fitch rebajó de A– a BBB+ la calificación de la deuda del
país. Apenas unos días después, Standard & Poor’s hizo lo mismo. Aquella degradación suponía bajar de un sobresaliente bajo a un notable alto. Puede parecer
poco, pero en aquellas fechas perder la A era todavía una cuestión que afectaba a
pocos. Aquello supuso una caída en picado de los valores bursátiles y el comienzo de
una carrera hacia el abismo. En esas mismas fechas, Goldman Sachs llevó al país a
varios de sus hombres para seguir asesorando al gobierno. El poder estaba en manos
de otro partido político, pero el banco parecía seguir gozando de impunidad. Entre los
hombres que desembarcaron en Atenas se encontraba uno de los principales clientes
del banco, un hombre llamado John Paulson, que meses después acapararía atención
mundial —pasajera, eso sí— al desvelarse que había efectuado múltiples acciones
fraudulentas gracias al fondo de riesgo que controlaba: Abacus.
Entre las medidas que se tomaron estaba la de vender deuda a inversores chinos
cuyos miles de millones de dólares eran gestionados por el banco. «La crisis griega
resultó, en definitiva, un maná para los gnomos neoyorkinos. El banco se embolsó
comisiones millonarias por la ayuda aportada al gobierno griego a la vez que
especulaba de manera destacada con las dificultades del país y contra el euro: una
victoria en todos los frentes», concluye Marc Roche.
Entretanto, el gobierno de Grecia se vio obligado a pedir en abril de 2010 un
rescate por valor de 110 000 millones de euros, aparentemente necesarios para salir
de la crisis. Finalmente, en noviembre de 2011 se produjo la dimisión de Papandreu,
y los principales partidos de la oposición, Nueva Democracia y LAOS, conservadores
y ultraderecha respectivamente, eligieron primer ministro a Lucas Papadimos.
Mientras tanto, al frente del Banco Central Europeo los políticos europeos colocaron
a Mario Draghi, que venía de ser vicepresidente en Europa de Goldman Sachs
mientras se producía el maquillaje de los datos griegos. Nuevamente se había
premiado a los «malos»; es más, gracias a las gestiones de Papadimos se dio dinero
—retenido posteriormente, debido a que Atenas no había podido cumplir con las
exigencias de pagos y los inversores tuvieron que condonar parte de las devoluciones
— a Grecia de uno de los tramos que formaba parte de ese primer rescate, al que le
siguió otro en marzo de 2012.
Rescate = secuestro
El rescate a Grecia fue el primero de los que se concedió a un gobierno europeo. A
partir de entonces se comenzó a hablar de la troika, un término que se usó en el
pasado para denominar a las alianzas políticas en la Unión Soviética y que desde
entonces se ha empleado como parte del lenguaje periodístico habitual para
denominar a la comisión formada por los representantes de la Unión Europea a través
de la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario
Internacional. Este trío de poderes fácticos es el encargado de supervisar a los países que se ven en la obligación de pedir un rescate, lo que implica someterse a las normas
y vigilancia de quienes lo conceden. Si no se hace lo que ellos dicen, el país
beneficiario —y eso que el rescate no es más que un crédito que surge de un fondo
europeo creado por todos los países que integran la unión, que aportan una cantidad
de dinero a dicho fondo— puede perder ese dinero y no renovarse los diferentes
tramos de la ayuda. La troika señala que la solicitud del rescate implica una pérdida
de soberanía, es decir, que los gobernantes electos por los ciudadanos de un país
tendrán que rendir cuentas ante ellos, pese a que los miembros de estos tres
organismos no han sido elegidos mediante sufragio alguno, sino que lo han sido por
nombramiento.
No son pocos los analistas que han calificado los rescates como secuestros,
debido a las exigencias de la troika, que son vigiladas por los llamados «hombres de
negro», que es como se denomina a los emisarios que viajan a los países rescatados
para saber si se cumplen sus exigencias: reducción de déficit, recortes
presupuestarios, reducción de sueldo de funcionarios, privatización de empresas
públicas…
Para Grecia, las medidas impuestas por los secuestradores sólo fueron la antesala
de un descontento social provocado por el incremento del desempleo y la pérdida de
poder adquisitivo. La troika opina que esos sacrificios son la puerta que a largo plazo
conducirán a la recuperación. Y pese a que el gobierno griego tomó medidas muy
drásticas contra su propio pueblo, la troika continuó pidiendo más y más recortes. Era
algo así como el precio a pagar y a la vez como una advertencia al resto de países que
quisieran abandonar la senda de las pautas que marcaban: «El panorama que ofrece
Grecia y el trato que se le está dispensando tienen por objeto impresionar y asustar a
todos los países débiles de la Unión Europea», escribe en el periódico Público (17 de
febrero de 2012) Miren Etxezarreta, catedrática emérita de Economía Aplicada de la
Universidad Autónoma de Barcelona. Una idea similar expuso el premio Nobel de
Economía Paul Krugman, que alertó desde el comienzo del grave deterioro social que
suponen las políticas de austeridad y los recortes: «Hay que preguntarse cómo pueden
unos países que están negando un futuro sistemáticamente a su población lograr un
crecimiento suficiente para pagar su deuda», escribió en el The New York Times.
Pese a que sus recetas era muy duras, cuando Papadimos llegó al poder en Grecia
más de un 70 por ciento de la población se mostró confiada en que podía sacar al país
de la grave crisis económica. La troika lo apoyaba. Tal nivel de aceptación de su
cargo se debía a que su exposición de los hechos servía para indicar que ése era el
camino de la recuperación. Para los griegos, daba igual que Papadimos no hubiera
sido elegido por el pueblo, sino que era el candidato de la troika y de los grandes
bancos para formar parte de un gobierno de transición al que llamaron «tecnócrata»,
una expresión que hunde sus raíces en la filosofía clásica y en concreto en la
propuesta de gobierno aristotélica.
Tecnocracia = dictadura camuflada
Dicha forma de gobierno fue esbozada por algunos pensadores desde el siglo XIX y
cobró fuerza en Estados Unidos; después fue apoyada por los movimientos
neoliberales que consideraban que si hay problemas económicos en un país, ¿quién
mejor que un especialista en asuntos económicos para sanear las cuentas del país? Por
esas mismas fechas, también en Italia se constituyó un gobierno tecnócrata de la
mano de un hombre llamado Mario Monti, que era hasta entonces un asesor de lujo
de ¡Goldman Sachs! También Monti tenía el apoyo masivo de la población cuando
tomó el poder, e incluso cuando anunció las primeras medidas para sacar al país de la
crisis a base de recortes, privatizaciones y reducciones de salarios.
Es lo que provoca el miedo: agarrarse a un clavo ardiendo. Y meter miedo con un
futuro aún más negro, mediante mensajes apocalípticos y negras previsiones de
futuro, fue la tónica habitual de los miembros de la troika desde el inicio de la crisis.
Pronto, todos los países europeos pusieron más y más deuda en el mercado, deuda
que compraban los bancos y fondos de inversión, a los que esos gobiernos tenían que
devolver el dinero con unos intereses más que elevados debido a las reducciones de
las calificaciones de las agencias de rating que ellos mismos controlaban. Así las
cosas, tanto Papadimos como Monti pasaron en poco tiempo a ser villanos y tener a
su población enervada y en contra.
En Grecia quedó de manifiesto la pérdida de valores democráticos que significa
poner el futuro al servicio de la situación económica. Cuando todavía era primer
ministro, Yorgos Papandreu, a tenor de la situación que vivía el país, decidió anunciar
la posibilidad de convocar un referéndum para que la población decidiera si seguir
sometidos a las normas que se imponían desde instancias europeas como condiciones
para seguir recibiendo el rescate. Era el mes de noviembre de 2011 y Grecia esperaba
un tramo de ese rescate que constaba de 8000 millones de euros, que estaba retenido
a expensas de que el gobierno griego hiciera sus deberes. A las pocas horas de
efectuar su anuncio, los mandatarios europeos se echaron encima de Papandreu por
sugerir la posibilidad de consultar a la población. En Bruselas alguien dijo que «no
parece razonable dar esos 8000 millones de euros si después la población rechaza
nuestras peticiones sobre Grecia». En las arcas del país sólo quedaba dinero para
aguantar un mes más, pese a que acaba de aprobarse una quita —otro de esos
términos que se han hecho de uso común durante la crisis— del 50 por ciento de los
intereses que se debían a los bancos que habían comprado los bonos asociados al
rescate. Pese a ello, los bancos que tenían esos bonos acabarían cobrando mucho más
dinero del que habían prestado.
El referéndum[15] nunca se produjo y la presión contra Papandreu fue en aumento.
Su propuesta fue un certificado de defunción que se concretó poco después durante la
moción de confianza a la que se sometió por parte de los parlamentarios del país, que
rechazaron su trabajo de forma unánime. A raíz de su propuesta, el diario económico The Wall Street Journal calificó a Papandreu como «el hombre más odiado de
Europa», pese a que este periódico, seguido por las élites financieras, consideraba que
su propuesta era legítima y defendible. Pese a ello, el referéndum jamás se llevó a
cabo, y Papandreu acabó siendo destituido y los principales cargos políticos fueron
ocupados por un gobierno tecnocrático, al frente del cual fue colocado el
anteriormente citado Lucas Papadimos. Cuando su nombre empezó a sonar como
sustituto de Papandreu, las bolsas europeas subieron espectacularmente; sin embargo,
cuando se anunció el referéndum, había ocurrido lo contrario, y los mercados
financieros se tambalearon ante el miedo que generó la propuesta. Era la
demostración empírica de que Grecia estaba secuestrada por Europa —especialmente
por la Comisión Europea y por los entonces líderes políticos de los dos países más
poderosos, los primeros ministros de Francia y Alemania, Nicolas Sarkozy y Angela
Merkel, respectivamente— y que el mundo de la economía viajaba en un tren
diferente a la democracia.
El acceso al poder del gobierno tecnocrático fue posible gracias al apoyo del
segundo partido político del país, Nueva Democracia, y de LAOS (Concentración
Popular Ortodoxa), una coalición de corte fascista y ultraderechista, con claras
similitudes con el nazismo. Sólo un 7 por ciento de la población criticó la presencia
en el nuevo gobierno de una organización de estas características, que sólo había
alcanzado el poder entre 1967 y 1974, cuando se produjo un golpe de Estado que dio
origen a la llamada Dictadura de los Coroneles, durante la cual el Consejo de Europa
expulsó de sus órganos a Grecia y la entonces llamada Comunidad Económica
Europa paralizó los acuerdos que estaban destinados a integrar al país en la Unión
Europea. No dejaba de ser paradójico que, en esta nueva ocasión, LAOS, que en los
últimos diez años había recibido un apoyo en las diferentes elecciones que osciló
entre el 2 y el 7 por ciento de los votos, y que se trata de una organización política
que detesta la democracia, fuera recibida con aplausos y alivio en el seno de la misma
organización…
El gobierno secreto
En cuanto Papadimos accedió al poder, los 8000 millones de euros de la Unión
Europea quedaron desbloqueados y llegaron a las arcas del Estado. Poco después
comenzó a negociarse el segundo rescate, puesto que con el primero no era posible
sacar adelante al país en medio de los recortes y además pagar los intereses de esas
ayudas. La nuevas medidas impuestas por Bruselas fueron apoyadas por el PASOK,
Nueva Democracia y LAOS, pese a que en las calles de Atenas se produjo un conato
de rebelión pública que alcanzó límites poco conocidos. Hubo purgas en todos los
partidos que afectaron —de hecho, fueron expulsados del Parlamento— incluso a la formación del dimitido Papandreu, que expulsó a sus compañeros de filas que se
oponían al segundo rescate pocos meses después de que su presunta vocación
democrática —¿acaso su propuesta de referéndum, a sabiendas de lo que iba a
ocurrir, fue una forma digna de buscar una «expulsión» digna del poder?— le hiciera
plantearse la consulta popular para seguir los dictados de la Unión Europea.
El gobierno tecnocrático llegó a su fin el 16 de mayo de 2012. Papadimos dimitió
cuando LAOS dejó de apoyar a Nueva Democracia y PASOK y su posición en el
Parlamento quedó en entredicho. Sin embargo, en Italia aún se mantenía en el cargo
Mario Monti, otro primer ministro elegido de forma interna en lo que también se ha
calificado como gobierno tecnocrático. En ambos casos, ninguno de los presidentes
había salido de las urnas, pero la población los apoyó sin fisuras desde el primer
instante. En el caso de Italia, el apoyo popular se debía también a que una serie de
escándalos sexuales y empresariales habían dejado al descubierto las oscuras
maquinaciones del primer ministro Silvio Berlusconi, que se vio obligado a dimitir al
conocerse los casos de corrupción en los que estaba envuelto. Además, la crisis
económica en el país transalpino también estaba empezando a hacer mella.
Ambos tecnócratas venían del mundo financiero. Y ambos estaban de una manera
u otra ligados a Goldman Sachs y a la ocultación del déficit en Grecia. Pero además
también existían una serie de conexiones menos conocidas entre ambos, ya que
pertenecían a la cúpula directiva de una organización casi secreta que reunía a los
hombres más poderosos del mundo, la llamada Trilateral. Papadimos es miembro del
grupo desde 1998, y Monti llegó a ser durante un tiempo director en Europa de este
colectivo de millonarios y poderosos que se reúnen cuatro veces al año para
intercambiar ideas y planteamientos ideológicos, grupo en el cual el empresario
irlandés y director de Goldman Sachs en Europa fue su sustituto. Tras él, ocupó su
puesto Jean-Claude Trichet, el director del Banco Central Europeo antes de que
Mario Draghi, que también fue director de Goldman Sachs en Europa, ocupara su
cargo.
Como se puede comprobar, uno puede casi enfermar —de irritación o de paranoia
— al ver cómo unos y otros salen y entran en cargos de responsabilidad en
instituciones privadas y públicas, o en grupos como la Trilateral o el famoso Club
Bilderberg, calificado por algunos como el «gobierno a la sombra» del mundo, puesto
que sus miembros se reúnen una vez al año con tanto secreto como pomposidad en un
hotel de lujo en algún lugar recóndito del planeta.
Ambos grupos fueron fundados por uno de los hombres más ricos del mundo,
David Rockefeller. Ya es casi centenario, pero eso no le impide asistir a las reuniones
de los lobbys que creó al tiempo que sus empresas y fondos se entremezclaban entre
los grandes bancos del planeta. Posiblemente, su clan familiar sea el más poderoso
que haya existido en los dos últimos siglos. Uno de sus bancos, el Manhattan Chase,
se fusionó con JP Morgan, uno de los dos bancos de inversión —casualmente, junto a
Goldman Sachs, que tras las setenta y dos horas que originaron la crisis, se reconvirtieron en bancos comerciales con el permiso de la Casa Blanca, en virtud de
lo cual pudieron hacer caja gracias a las ayudas oficiales— más poderosos que
existen tras la desaparición de varios de ellos en la crisis y que recibió apoyo del
gobierno para hacerse con Bearn Stearns, el primero de los grandes que cayó. Puede
pensarse que estos bancos son enemigos y que ambos luchan por ser líderes en el
mismo sector. Y quizá sea así, pero tampoco dejan de ser, en conjunto, una hidra de
mil cabezas que va de la mano a muchos lugares, entre ellos a las reuniones de la
Trilateral.
La Trilateral nació a la sombra de la crisis del petróleo de 1973 y de la decisión
del presidente de Estados Unidos, Richard Nixon, que acabó con el patrón oro que
seguía vigente pese a que ya no significaba lo mismo que antaño. En aquellos
momentos, Rockefeller sintió que el liberalismo estaba en grave peligro y su
organización intentó aglutinar los intereses de las grandes fortunas de —y de ahí su
nombre—, Estados Unidos, Europa y Japón. «Ha llegado el momento de romper el
asedio al que están sometidas las empresas multinacionales para movilizar la
economía mundial», dijo en ese momento. Podría haber dicho que era el momento de
acabar con la democracia, porque eso es lo que realmente estaba declarando.
Así, uniendo a grandes fortunas y a cargos políticos relevantes, intentó crear una
forma de establecer pactos previos a los acuerdos políticos y convertirse en una
especie de grupo de presión para fomentar su idea de globalización. «Sus objetivos
consistían en construir un mundo seguro a partir de la independencia mutua, controlar
la injerencia de los gobiernos en los intercambios de bienes, construir una progresiva,
generalizada y automática reducción y la eliminación de los aranceles sobre los
productos industriales», escribe el profesor Santiago Ramentol en el libro Teorías del
desconcierto (Urano, 2004). Y a tenor de lo ocurrido después, no puede sino
certificarse que esas metas se cumplieron.
Es mítica una de las frases que pronunció David Rockefeller cuando fundó el
grupo: «Mi objetivo es sustituir la soberanía de los pueblos por una élite de técnicos y
financieros que gobiernen en la sombra». No dejaba de ser una declaración de
intenciones sobre el objetivo de conseguir que la democracia pasara a un segundo
plano frente a los intereses del mundo económico. La crisis ha servido para poner en
práctica este «ideal». Para lograrlo, puso al frente del grupo, en lo ideológico, a un
hombre de origen polaco llamado Zbigniew Brzezinski, que llegó a ser un miembro
destacado del gobierno de Estados Unidos, nada menos que consejero de Seguridad
Nacional, cuando se tramaron las medidas para contener a los rusos en Asia Central.
Para conseguirlo, no dudó en utilizar su puesto con el objetivo de ayudar a los
rebeldes afganos mediante el apoyo financiero y armamentístico de Osama Bin Laden
y sus redes terroristas. También, en aquella época, este político dijo, a propósito de la
Trilateral, que «se está diseñando una sociedad cada vez más controlada, dominada
por una élite de personas que no dudarán en llevar a cabo sus planes mediante
técnicas depuradas». Finalmente, plasmó su ideología en la obra La era tecnotrónica, en la que plantea un futuro dominado por una tecnología dirigida que creará
conceptos e ideas, que redibujará la cultura y la ciencia, y en el que es necesario y
vital que existan gobiernos tecnocráticos que faciliten el advenimiento de ese tiempo.
No deja de ser curioso —y aún menos casual, a tenor de las pruebas— que de su
grupo de ideas surgieran los primeros gobiernos tecnocráticos de Europa, formados
por gente del mundo de las finanzas y que han encontrado la posibilidad de no ser
rechazados —y es que sólo el estado de desesperación provocado por la crisis ha
hecho olvidar que esos gobiernos alcanzaron el poder al margen de los mecanismos
de la democracia, pero con el apoyo de la Unión Europea— en unos tiempos como
los actuales, facilitando una serie de medidas encaminadas a salir de la crisis pero
potenciando unas ideas de corte liberal que ya estaban en los estatutos de grupos
como la Trilateral o en las lecciones «magistrales» de pensadores como los surgidos
al amparo de los mencionados Chicago boys.
Los gobiernos tecnocráticos de Grecia e Italia pueden considerarse un triunfo de
las ideas que consideran necesario que sean los especialistas quienes gobiernen. El
primero en proponer esta idea fue el conde de Saint-Simon en 1814. Francia, por
aquella época, asistía al nacimiento de una nueva era en la que la industria se
fortalecía gracias a los avances científicos. Él propone que el gobierno sea dirigido
por reconocidos industriales y técnicos que sustituyan a los políticos. Dicha idea ya
fue en cierto modo propuesta por Platón, cuando habla del gobierno de los filósofos,
ya que consideraba que entre ellos se encontraban los hombres más inteligentes y
racionales. Sin embargo, y aunque el propio Platón expresó su posterior decepción,
fue otro pensador griego, Aristóteles, el que definió a la perfección cómo la
aristocracia —el gobierno de unos pocos elegidos— se puede convertir en oligarquía
y, por lo tanto, en una degradación de ese tipo de poder político. Lo ocurrido en los
últimos años demuestra cómo esa tecnocracia —y valga recordar que en ambos casos
fue impuesta sin el apoyo del voto popular, pese a que en principio fue aceptada por
la población— esconde una forma de oligarquía, debido a cómo esos gobernantes son
en realidad representantes de los intereses económicos y financieros.
«¡O votáis esto o… tendréis el fin del mundo!»
Las elecciones del 6 de mayo de 2012 en Grecia ahondaron en la pérdida de valores
democráticos, aunque no en sí mismo por su resultado sino por lo que ocurrió
después. Los comicios arrojaron una dispersión de voto que hizo imposible que
ninguna de las fuerzas políticas que se presentaron pudiera formar gobierno. El
partido más votado fue Nueva Democracia, que obtuvo el 18,9 por ciento de los
sufragios, mientras que el partido de izquierda radical Syriza se convirtió en la
segunda fuerza política al conseguir el apoyo del 16,8 por ciento de la población y el PASOK, que apenas unos años antes era el partido más importante, se quedó en el
13,2 por ciento de los votos. Esto quiere decir que entre los dos partidos que habían
gobernado el país durante la crisis apenas se consiguieron tres de cada diez votos
mientras que, entre los tres más votados, apenas se alcanzaba la mitad de los
sufragios, teniendo en cuenta que pese a ser obligatorio el voto, sólo introdujeron su
papeleta en las urnas un 65 por ciento de los habitantes del país. Además, escisiones
críticas del PASOK y Nueva Democracia también superaron el 5 por ciento de los
votos, lo que daba una idea de cómo dentro de los mismos grandes partidos existían
visiones críticas que tenían que ver con la gestión sumisa a las órdenes europeas.
Fue necesario convocar de nuevo elecciones. Se hicieron determinadas
modificaciones, como el hecho de otorgar cincuenta escaños más a quien ganara la
nueva convocatoria aunque fuera por un solo voto. Con ello se pretendía facilitar la
formación de gobierno si se producía una nueva dispersión del voto tan enorme como
en mayo. Fueron dos meses intensos, porque a nadie escapaba que la población
griega había dado su espalda a los dos grandes partidos, que habían asumido en los
años anteriores los rescates de la Unión Europea y los recortes que habían
empobrecido a la población. El rechazo a la Europa unida —o más bien a una forma
de entender dicha unión— fue capitalizado por Syriza, cuya denominación como
«radical» no fue entendida con el significado real de la palabra —que proviene de
raíz, y que tiene que ver con lo fundamental y auténtico— y se identificó como
peligroso e incluso como poco democrático. Además, en las elecciones de mayo un
grupo nazi denominado Amanecer Dorado logró un 7 por ciento de los votos, lo que
fue celebrado por el propio partido con una exhibición de poder y gestos hitlerianos
dignos de reprobación.
El éxito de ambos partidos fue instrumentalizado por los líderes políticos de la
Unión Europea como un todo, sin hacer referencia a las sustanciales diferencias entre
Syriza y Amanecer Dorado. Los primeros eran demócratas y los segundos no. Pero de
eso se olvidaron. Un nuevo triunfo de ambos partidos fue considerado en Grecia y
fuera de Grecia como un peligro para el euro y para la unión monetaria. Desde los
sectores políticos y medios de comunicación en Europa se hizo especial énfasis en
ambos partidos y en cómo los mercados y las principales corporaciones económicas
esperaban con temor —y firmeza— los posibles resultados de las elecciones del 17
de junio. Se transmitió la idea de que si triunfaba una corriente política contraria a la
Unión Europea sería algo parecido al fin del mundo para Grecia.
Las encuestas previas que se efectuaron reforzaron la sensación de miedo. Las
que se dieron a conocer el último día que se autorizaba a hacerlo otorgaban la victoria
en la segunda ronda electoral a Syriza, con una horquilla de votos que rondaba entre
el 21 y el 28 por ciento. Mientras que en segundo lugar quedaría Nueva Democracia
con una horquilla entre el 20 y el 24 por ciento. El PASOK seguía en tercer lugar con
un respaldo de entre el 14 y el 15 por ciento. Pero las urnas acabaron por demostrar
que el miedo triunfó y que la escenificación de lo que sería un fin del mundo para Grecia logró su objetivo. Ganó Nueva Democracia con un 29,6 por ciento de los
votos, mientras que Syriza se quedó en el 26,9 por ciento y el PASOK se ancló en la
tercera posición con un 12,8 por ciento. Así las cosas, el miedo acabó provocando
que la sociedad griega decidiera en última instancia apoyar a los gobernantes que
habían aprobado y defendido los recortes que los estaban empobreciendo. Mientras,
Amanecer Dorado conseguía de nuevo el 6,9 por ciento de los votos. Es decir, los
nazis apenas habían perdido apoyo. Sin embargo, ya nadie en Europa se acordaba de
que un partido de corte similar, LAOS, casi desintegrado, era el que había formado
parte del gobierno en los últimos meses tras la dimisión de Papandreu. Así las cosas,
la ultraderecha logró un total del 9 por ciento de los votos tras la crisis cuando antes
tenía un 7 por ciento. Apenas había avanzado. Y es que los mensajes aleccionadores a
la población griega no estaban dirigidos contra ellos sino contra Syriza. Era a ellos,
contrarios al funcionamiento del sistema financiero, que decididamente apostaban por
regular la actividad bancaria, a los que se tenía miedo.
Tras las elecciones, Nueva Democracia se alió con el PASOK para formar
gobierno. Es decir: los mismos que antes. En Europa, los líderes políticos y
financieros celebraron el resultado y consideraron que la población griega había
actuado con criterio y sentido común. Los mensajes de miedo habían triunfado.
Como casi siempre, porque el miedo se ha convertido en una herramienta que permite
que la sociedad entregue un cheque en blanco al poder para que los de arriba nos
salven del peligro. La investigadora norteamericana Joanna Burke teorizó sobre la
creación de falsos escenarios. A través de mensajes breves pero amenazantes, se
consigue que la sociedad entienda que se puede perder libertad a cambio de ganar
seguridad. Cuando en 2007 se desencadenó el miedo por la gripe aviar, una de las
responsables de la Organización Mundial de la Salud dijo que «la humanidad está
viviendo frente a una amenaza terrible que puede provocar un apocalipsis». Cuando
el número de víctimas alcanzó el centenar, estos mensajes seguían repitiéndose, y los
gobiernos destinaron miles de millones de euros a comprar vacunas y a gestionar la
presunta crisis mediante campañas de concienciación. Mientras, en ese mismo
período de tiempo fallecieron como consecuencia de la gripe común un total de
veinte mil personas en todo el mundo.
En Grecia ocurrió algo parecido, sólo que en esta ocasión lo que se presentaba
insoluble era el futuro laboral de millones de personas. Si votaban lo que querían
votar o parecía que iban a votar, acabarían en el infierno. Y los votantes eligieron el
cielo, pese a que el cielo era seguir sometidos a recortes y a generar deuda que luego
era motivo de riqueza y especulación para los más ricos. De hecho, tras las elecciones
«definitivas», el gobierno presidido por Andonis Samarás eligió como ministro de
Finanzas a Yannis Stournaras, que había sido asesor del gobierno tecnocrático
anterior y que en sí mismo es un tecnócrata, puesto que no se trataba de un político
electo, sino de alguien llamado por el nuevo presidente para dirigir los asuntos
económicos. Su biografía ofrecía las claves para entender su nombramiento: fue asesor del gobierno de Grecia para encontrar la convergencia con Europa a finales del
siglo XX, cuando formaba parte del departamento de Economía de la Universidad de
Atenas, en donde trabajó codo con codo con Lucas Papadimos, que también lo llamó
a su lado para caminar junto a él. Se trataba de un defensor de las políticas de recortes
que habían provocado la desgracia en la población griega. Las nuevas elecciones —y
los mensajes amenazantes dirigidos a la población— le volvieron a dar el poder de
controlar las finanzas pese a haber contribuido a la ruina del país. «Mejor malo
conocido que bueno por conocer», dice el popular dicho al que parecen haberse
agarrado los tecnócratas…