Triple A

Bruno Cardeñosa · Capítulo 18 de 25

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Triple A

16. 20-0: El triunfo de la hipocresía

20-0: EL TRIUNFO DE LA HIPOCRESÍA

 

La secretaria de Estado Hillary Clinton compartió una risotada con una periodista de las noticias de la televisión momentos después de oír que el depuesto líder libio Muamar el Gadafi había sido asesinado. «Fuimos, vimos, murió», dijo en broma cuando un asistente le informó entre entrevistas formales de la muerte de Gadafi. Clinton estuvo aquella semana en Trípoli para reunirse con los dirigentes del Consejo Nacional de Transición de Libia (CNT). La periodista preguntó si la muerte de Gadafi tuvo algo que ver con su visita sorpresa para mostrar apoyo al pueblo libio. «No» respondió, antes de poner los ojos en blanco y decir: «Estoy segura de que así fue», afirmó riendo entre dientes.

 

CORBETT B. DALY

En «Information Clearing House» el 23 de octubre de 2011.

De los cuatro jinetes del Apocalipsis, Tony Blair fue quizá el más eficaz. Desde que se hizo la primera foto con Gadafi, en 2004, unas 150 compañías británicas han sentado sus reales en Libia. En marzo de 2004, la Comisión para la Verdad y la Reconciliación de Sierra Leona estableció que Libia y Liberia habían adiestrado y apoyado a los rebeldes del Frente Revolucionario Unido (FRU), la sangrienta guerrilla que entre 1991 y 2001 contribuyó a la muerte violenta de 50 000 personas. Libia fue condenada por la ONU a pagar compensaciones al gobierno de Sierra Leona. Eso no impidió que, el 25 de marzo, Blair visitara Trípoli y se entrevistara con Gadafi. Era el segundo jefe del gobierno británico que visitaba el territorio: el anterior fue Churchill. Coincidiendo con la visita, la angloholandesa Shell firmó un contrato con la petrolera estatal libia. Antes había llegado José María Aznar, y después lo hicieron Gerhard Schröder, Berlusconi, Sarkozy, Zapatero… Nada nuevo bajo el sol. Ha pasado siempre y volverá a pasar. Lo llaman realpolitik.

 

MIGUEL MORA

El País, 27 de febrero de 2011.

La hipocresía exterior, siendo pecado en lo moral, es una virtud en política.

 

FRANCISCO DE QUEVEDO

Vivimos un tiempo en el cual muchas informaciones llegan a los medios de

comunicación sin contrastar. La necesidad de ser el primero —hoy es más importante

ser el primero que ser el mejor— ha provocado en más de una ocasión errores

informativos de enorme calibre. «El rumor es la antesala de la noticia», decía un

periodista de cuyo nombre es mejor no acordarse. Y es que han vuelto los tiempos en

los cuales esa sentencia tiene significado. La culpa es, en parte, de la acumulación

informativa que sufrimos a consecuencia de la abrumadora cantidad de información

que surge en internet. Y es que quien no da una información que quita el hipo y

mueve montañas parece no ser nadie. Sin embargo, cuando aquel 20 de octubre, hacia

las 14.00 horas, surgieron las primeras noticias sobre la muerte de Muamar el Gadafi,

el sentido común hacia pensar, y creer, que ciertamente la noticia podía ser auténtica.

Era cuestión de esperar. Si todo se trataba de uno de esos rumores muchas veces

intencionados y propagados desde medios oficiales —la culpa no va a ser siempre de

los periodistas o de quienes se han convertido en periodistas gracias a las redes

sociales—, en cuestión de horas nadie hablaría ya del asunto y se pasaría página.

Pero, como digo, la noticia tenía visos de credibilidad…

El país llevaba meses viviendo en el caos cuando, en plena efervescencia de

revoluciones en los países árabes, el pueblo se levantó contra el hombre que llevaba

más de cuatro décadas coartando su libertad. De hecho, cuando los movimientos

sociales surgieron en Yemen, Túnez, Egipto y Bahrein todo el mundo miró hacia

Libia. Sin embargo, a diferencia de esos cuatro países, el dictador de turno no

mostraba una alianza clara con Estados Unidos, lo cual era uno de los puntos de

unión fundamentales entre los países en cuyos pueblos se estaban produciendo

alzamientos. Sin embargo, Gadafi ha alternado momentos en los cuales fue enemigo

o amigo del mundo occidental. Durante los años ochenta era el máximo rival de

Estados Unidos, pero desde comienzos del siglo XXI su postura se suavizó y estrechó

lazos con los principales dirigentes internacionales, pese a que su imagen en la

opinión pública mundial ya había quedado dibujada, y bien dibujada, como la de un

auténtico demonio. Pero esos lazos que lo volvían a acercar a Occidente, ciertamente,

se estaban debilitando en los últimos tiempos…

La guerra interna en el país dejó en evidencia que la revolución era distinta. Al

contrario que en los otros cuatro casos, Estados Unidos y Europa apoyaron a los

rebeldes sin ambages ni dudas. Lejos de ser ese apoyo con doble cara que habían

mostrado en los últimos tiempos, las grandes instituciones internacionales no

mostraron debilidad alguna a la hora de alimentar las revueltas pese a que los

rebeldes no eran pacíficos ni sus reclamaciones eran de corte social y político.

Estaban armados, pertrechados y bien preparados para la guerra. Tampoco la OTAN

dudó en mostrar su apoyo a los insurgentes. No se enviaron tropas al país, pero sí se

iniciaron una serie de operaciones militares que tenían por objeto facilitar el camino a

los rebeldes. Con los días se supo que la propia muerte de Gadafi había sido ejemplo

de esa colaboración: aviones franceses vinculados a la OTAN habían abierto fuego contra un convoy en el cual viajaba el otrora líder libio cerca de Sirte, su localidad

natal. Tras el ataque aéreo, la OTAN comunicó la posición del objetivo a los rebeldes

libios, y después pasó lo que pasó…

Apenas una hora más tarde de que aparecieran las primeras informaciones, la

agencia de noticias France Press dio a conocer unas imágenes en las que alguien que

parecía Gadafi mostraba una serie de heridas y el rostro ensangrentado. Por su parte,

el Consejo Nacional de Transición (CNT), el organismo apoyado por Occidente a

modo de gobierno en el exilio, anunció la muerte del dictador «a manos de

revolucionarios». Sin embargo, se reconocía que «la forma en la que se ha producido

la muerte no está clara». Y es que las imágenes eran terribles, aunque fraccionadas.

Alguien, al parecer con un teléfono móvil, había grabado al dictador rodeado de

agresivos rebeldes. Después, en cuanto las imágenes dejaron de distribuirse de forma

fragmentada, quedó clara la verdad: los revolucionarios habían capturado al dictador

tras el ataque aéreo y lo sometieron a todo tipo de vejaciones y agresiones hasta que,

finalmente, fue linchado por sus captores y murió. Se trataba de una ejecución en

toda regla que nada tenía que ver con los posicionamientos más o menos pacíficos de

los rebeldes de otros países árabes.

En mi cuaderno de notas confirmé el fallecimiento de Gadafi a las 18.04 horas.

Poco después, Trinidad Jiménez, ministra de Asuntos Exteriores del gobierno de

España, compareció fugazmente ante los medios de comunicación: «Es el punto y

final de un período muy triste para el pueblo libio, y el momento de apelar a la

reconciliación». La ministra, sin embargo, no dijo una sola palabra sobre la forma en

que Gadafi había muerto. Tampoco lo había hecho ningún otro mandatario

internacional. Ni una crítica. Ni una sospecha. En cambio, en el ambiente general se

respiraba cierta satisfacción y alegría, pese a que en realidad el dictador había dejado

el poder semanas atrás y su vida se había convertido en una cuenta atrás. Llevaba

semanas escapando de sus enemigos. Ni siquiera cuando se supo que uno de sus hijos

también había sido capturado y asesinado a consecuencia del ataque —la primeras

imágenes mostraban al vástago de Gadafi encerrado en una sala, ensangrentado pero

aún con vida; las siguientes tomas ya eran de su cuerpo inerte tras haber sido

asesinado por sus captores— nadie emitió el más mínimo juicio sobre la forma en la

que se había producido la muerte. Tampoco cuando se descubrió que en uno de los

fragmentos del vídeo el líder libio pedía clemencia a sus captores y ni siquiera

cuando uno de ellos esgrimía como un triunfo la pistola de oro que el dictador solía

llevar siempre consigo y con la cual parece que fue ejecutado. En esta ocasión, los

rebeldes eran los buenos…

La noticia sobre la muerte de Gadafi me cogió en Murcia, pero afortunadamente

llevaba encima papeles y documentos que demostraban el doble juego de los países

occidentales respecto al dictador libio. Todo aquello resultaba irritante, pese a que la

ONU prometió pocas semanas después una investigación para aclarar cómo se había

producido la muerte del dictador, pero jamás se supo de sus resultados. Eso sí, las informaciones de las que disponía hacían de la revolución libia una auténtica farsa

que se blanqueaba gracias a que había tenido lugar al mismo tiempo que los

movimientos populares en otros países del entorno. Dichos movimientos habían sido

aprovechados por los países poderosos como un «ahora o nunca» con la única

intención de gestionar los inmensos recursos naturales de Libia. Además, esas

informaciones demostraban que los líderes militares de la revolución libia habían sido

no mucho tiempo atrás enemigos declarados del mundo occidental.

Si todo el año 2011 fue uno de los más trascendentes que recordamos —quizá

sólo al mismo nivel que 1989 y 2001—, ese día lo fue por partida doble, porque no

sólo murió uno de los personajes más inquietantes de las últimas décadas, sino que

también «murió» el terrorismo en España. Recuerdo que estaba sumido en la

búsqueda de noticias sobre Gadafi y tomando notas como un poseso cuando, pocos

minutos después, el líder irlandés Gerry Adams —aunque sin haberse demostrado, se

dice que fue miembro del grupo terrorista irlandés IRA, pero también el nexo de

unión entre los terroristas y el gobierno británico, negociaciones gracias a las cuales

se puso fin al terrorismo en aquel país— anunció que a las 19.00 horas se iba a hacer

una comunicación pública sobre ETA.

La esperanza se hizo hueco…

Pensé primero en las víctimas, en las casi mil que durante más de cuarenta años

—el mismo tiempo que se había mantenido en el poder Gadafi— se había cobrado la

sinrazón del terrorismo en España. Ellos y ellas debían ser nuestra guía y símbolo en

el nuevo tiempo que se avecinaba. Pensé también en que, afortunadamente, aunque

por razones terribles, desde el 2004 la banda terrorista ETA había perdido apoyo al

tiempo que había iniciado una decadencia a pesar de la cual aún daba zarpazos de vez

en cuando. Todavía nos obligaba a mirar estremecidos las imágenes del dolor que

durante todo este tiempo habían provocado. Pero también pensé en la decadencia de

una sociedad que parecía haberse acomodado a la situación y que se había visto

superada por unos hechos que habían deshumanizado las palabras. Pensé en que a

muchos no les iba a agradar el fin del terrorismo y que iban a interpretar lo que podría

producirse en breve en clave política. Ellos iban a extremar su discurso pidiendo más

y más, exigiendo justicia divina y venganza como sentencia, transformando el fin del

terrorismo en una victoria de ETA por mor de intereses personales o por una

equivocación promovida por quienes lideraban ese discurso. Y eran casi los mismos

que estaban justificando que se hubiera acabado con la vida de un tirano de la misma

forma que el propio tirano había hecho con sus gentes. Los mismos que, en cierto

modo, estaban aplaudiendo un acto terrorista cometido con la aquiescencia de los

presuntos defensores de la democracia.

Con un poco de retraso —a las 19.12 horas— llegó el comunicado de ETA, en el

cual tres miembros de la banda terrorista proclamaba, con las caras tapadas por una

capucha tan siniestra como la que habían esgrimido durante tanto tiempo, «el cese

definitivo de la actividad armada». Según sus propias palabras era un alto el fuego definitivo y el final de sus actividades. No anunciaron la desaparición de ETA ni

entregaron las armas, pero el contenido del comunicado era el que se esperaba desde

hacia semanas. La información de la que disponían los servicios de inteligencia

españoles —y sobre la que venía informando desde hacía tiempo en mi programa de

radio— estaba en lo cierto. Quizá, posiblemente, porque el comunicado formaba

parte de una serie de negociaciones que venían llevándose a cabo desde hacía tiempo.

Pero independientemente de todo ello, lo que significaba aquel comunicado era

esperanzador: ETA había dejado de existir. Habría —seguí pensando, y no me

equivoqué— quien exigiría un paso más claro y rotundo, quien diría no creerse el

comunicado, quien pensara que posiblemente surgiría una escisión, quien asegurara

que el comunicado era una victoria de ETA (sic) y que el gobierno se había rendido

ante las peticiones de los terroristas. Y serían los mismos que, en cierto modo,

parecían necesitar del terrorismo para mantener su estilo de vida, su discurso, su

necesidad vital…

Pero quienes teníamos información —y por encima de periodistas somos

ciudadanos y seres humanos— estábamos convencidos de que aquello significaba el

fin definitivo. Afortunadamente, a las 20.06, el presidente del Gobierno compareció

para celebrar la información: «Viviremos sin terrorismo, pero no sin memoria», dijo

José Luis Rodríguez Zapatero. También, afortunadamente, políticos españoles

opuestos a las políticas de lucha contra el terrorismo promovidas por el presidente se

olvidaron de su discurso previo y celebraron el comunicado de ETA, aunque poco

tardaría en descubrir que las buenas nuevas son las peores nuevas para muchos. Es

como si hubiera ansias de negrura y oscuridad, como si lo siniestro fuera lo normal y

lo que debiera defenderse. Antes de aquello, ansiaba que pasaran las 48 horas que

faltaban para ponerme de nuevo ante el micrófono y mostrar mi alegría por la noticia.

Y lo hice, pese a despertar, como desperté, las violentas iras e insultos de quienes

decían estar en contra del terrorismo. Una vez más, los insultos eran la norma de

quienes se postulan como defensores de la verdad. Qué extraños son estos tiempos…

Pocos días después, la página de filtraciones de Wikileaks anunciaba el cese

temporal —y duraría poco— de sus actividades. Lamentablemente, en sus archivos

había datos más que elocuentes para demostrar la doble cara de Occidente respecto al

dictador libio, pero Julian Assange andaba ocupado con otras cosas, entre ellas

esperar la resolución judicial sobre su extradición a Suecia. «Assange ha perdido

muchos aliados, entre ellos algunos medios de comunicación», se aseguró aquel día

en la crónica efectuada por TVE desde Londres el 2 de noviembre de 2011, fecha en

la que la justicia británica se había pronunciado. El mundo, definitivamente, se había

vuelto loco. Ese mismo día pocas voces mostraron su sorpresa cuando aparecieron

55 000 millones de euros en Alemania; y no es que alguien los tuviera escondidos,

sino que se trataba de un error en las cuentas. Pocos días después, aparecieron de la

misma forma 3200 millones en Irlanda. Ambas informaciones demostraban la

irrealidad de una crisis en las que las cuentas en papel estaban afectando a las verdaderas cuentas de los ciudadanos, que con su dinero —absolutamente real, de ese

que está en el bolsillo, en la cartera, ese que tanto esfuerzo cuesta ganar— tienen que

rellenar los espacios oscuros de esos papeles bancarios en los que las cifras no están

respaldadas por dinero real. Una crisis en la que el concepto democracia estaba

perdiendo su sentido, más aún cuando en esos mismos días el gobierno de Grecia

sugirió la posibilidad de consultar en referéndum a la población para que fueran los

ciudadanos los que determinaran si seguir recibiendo préstamos que hipotecaban el

futuro y había que devolver a costa de recortes sociales. El mundo entero, con los

principales dirigentes internacionales a la cabeza, clamó a una sola voz contra el

gobierno griego.

Los mercados, por su parte, incrementaron en horas su presión sobre las naciones

europeas provocando nuevos vaivenes bursátiles. Finalmente, el primer ministro

griego, Andreas Papandreu, enfrentado a un sector de su partido por no estar tan a

favor como sus «socios» de los planes de contención de déficit y los recortes sociales,

tuvo que echarse atrás en sus intenciones. Y los abanderados de la democracia —esos

mismos que habían apoyado a los dictadores en los países árabes— se mostraron

aliviados y tranquilos. Mientras, en Libia, los emires de esos demócratas empezaban

a gobernar en medio del caos…

 

Cuando el diablo se hizo amigo

 

En 1804, Libia se convirtió en el objetivo de la primera intervención militar de

Estados Unidos en el exterior. Tras aquello, el país fue pasando de unas manos a

otras. Y una vez concluida la segunda guerra mundial, la nación quedó partida en dos.

En el reparto, los ingleses se quedaron con una mitad y los franceses con la otra. Pero

en 1949, por decisión de la ONU, las dos se unieron, y todo aquello —una monarquía

encabezada por el rey Idris— pasó a llamarse Reino Independiente de Libia.

La historia dio un giro en 1960. Apareció el petróleo. Hoy, Libia cuenta con las

mayores reservas de hidrocarburos de todo el continente. A partir del hallazgo la

historia cambió, pero el dinero del oro negro quedaba siempre en manos de la familia

real, mientras el pueblo iba empobreciéndose poco a poco. El malestar afectó incluso

al seno del Ejército, en donde empezaba a destacar un hijo de beduinos de ideas

occidentalizadas —es decir, Gadafi— que encabezó el golpe de Estado incruento que

lo llevó al poder en 1969 tras una rápida insurrección.

En 1973 publicó El libro verde, su biblia política. No nos engañemos: el dictador

tenía por entonces todo el apoyo de su pueblo, que vio como en menos de un lustro la

renta per cápita pasó de ser la última de África a convertirse en la primera. Obligó a

las multinacionales del petróleo a plegarse a sus dictados y nacionalizó el oro negro

con el objetivo de que los beneficios se quedaran dentro del país. A partir de ese momento, los países occidentales comenzaron a elevar el tono de sus críticas.

En 2009, Gadafi fue invitado a dar un discurso ante la ONU justo dos años antes

de que muriera asesinado y en el mundo entero recordaran sus crímenes. No hay,

pues, que remontarse mucho tiempo atrás para descubrir que los líderes occidentales

estaban con él, y que si en realidad se cambió de opinión cuando comenzó la

primavera árabe fue porque los imprevistos acontecimientos y reacciones populares

invitaban a ello. En aquella visita a Nueva York, el dictador libio se instaló con su

jaima en el mítico Central Park antes de dar su discurso. Poco tiempo antes había

hecho lo mismo en su visita a España; en aquella ocasión desplegó su enorme tienda

de campaña en el parque de El Pardo. Durante aquella visita a España incluso regaló

al entonces presidente, José María Aznar, un caballo árabe.

Aquel hombre había sido en los años ochenta del siglo XX calificado como el

principal patrocinador del terrorismo internacional y estaba siendo vigilado por la

comunidad internacional porque pretendía desarrollar armas nucleares. Ronald

Reagan ordenó bombardear Trípoli en 1986. Fue un ataque fulgurante, duró varios

días, murieron miles de personas, entre ellos una hija del dictador. Desde la Casa

Blanca decían que sólo así podía frenarse la locura de un hombre que parecía

dispuesto a poner en jaque la paz mundial. Dos años después fue considerado el

responsable del atentado de Lockerbie (Escocia), localidad en donde cayó el vuelo

103 de la Pan Am con 270 personas a bordo, la mayoría de ellos norteamericanos,

exactamente 189. El avión se precipitó a tierra tras la explosión de una bomba a

bordo. Según las acusaciones internacionales, él había dado la orden de derribar el

aparato. Y debía de ser verdad, porque, entre otras pruebas en su contra, el propio

líder libio pagó años después —en lo que parecía una asunción de la culpa, pese a que

anteriormente se había acusado a Siria y a grupos palestinos— las millonarias

indemnizaciones que les correspondieron a los familiares de las víctimas.

Después de aquello, Gadafi comenzó a sonreír a los líderes occidentales.

Comenzó a venderles petróleo, y lo hizo a unos precios que en Occidente parecieron

adecuados y que reportaba a las multinacionales petroleras sustanciosos dividendos.

Acababa de entrar en el redil. Daba igual que fuera un criminal y un dictador. Había

aprendido la lección, y para demostrarlo abrió el grifo del gas y del petróleo bajo una

serie de condiciones muy ventajosas.

El idilio se convirtió en boda. En 2003, George Bush celebró la democratización

de Gadafi. Pero claro, las amistades peligrosas del texano tenían estas

particularidades… ¿O no? En parte sí, por supuesto. Durante la era Bush se

reforzaron lazos con las dictaduras más férreas del mundo árabe en Arabia Saudí o

Pakistán. A Bush le importaba un comino cualquier consideración humanitaria,

porque su principal motivación, a la hora de apoyar a Arabia Saudí, era beneficiar a

las petroleras norteamericanas que pactaban precios y dividendos por el petróleo que

contribuían a extraer, amén de incrementar los beneficios de sus propias empresas, las

de sus cercanos y las de su familia. Mientras, su estrecha relación con Pakistán tenía por objetivo impedir que otros pueblos árabes se levantaran en contra de ese statu

quo. Empujado por toda aquella política, Gadafi decidió privatizar el petróleo.

Decidió, por tanto, que los pozos petrolíferos pasaran a ser propiedad de

multinacionales y no del gobierno. Y cuando eso pasa, las arcas públicas empiezan a

resentirse. En realidad pasó en esos años en todo el mundo con diferentes asuntos: la

ola de privatizaciones de la primera década del siglo XXI acabó por empobrecer los

recursos públicos, que se mostraron mucho más endebles cuando la crisis estalló en

2008 tras el crack de los grandes bancos norteamericanos.

La renta per cápita más alta de África cayó tras aquella decisión. El dinero de los

habitantes del país pasó a ser amasado por cuatro fortunas y la pobreza fue creciendo,

alimentando el malestar de una población que si bien en los primeros años de Gadafi

se encontraba cómoda, después fue descubriendo que la locura del personaje estaba

perjudicando a unos y otros, alimentándose así el descontento hasta que, inspirados

por las revueltas de Túnez, los ciudadanos del país se levantaron. Pero en parte no,

porque en cuanto Barak Obama llegó al poder estrechó aún más esos lazos y nombró

a un hombre llamado David Goldwin como coordinador de asuntos energéticos del

Departamento de Estado. Este cargo otorgaba un inmenso poder a este desconocido

político, pero nada es casualidad: durante el mandato de Bush, Goldwin había

formado parte de un grupo de presión que se denominaba «Por la Mejora de las

Relaciones entre Estados Unidos y Libia», que había sido creado y pagado por las

cinco multinacionales petrolíferas más importantes del país. Las cosas, como vemos,

no habían cambiado tanto con Obama. Sus palabras, que habían hecho de él casi un

mesías, quedaron en nada en cuanto comenzó a sentir la presión del poder. De hecho,

tras la toma de posesión de Goldwin se produjo la liberación en el Reino Unido del

autor material del atentado de Lockerbie, que fue recibido en Trípoli con todos los

honores por el dictador libio. Hubo palabras gruesas contra esa decisión, y el propio

Obama —quien sin embargo lo había colocado en la cúspide diplomática— protestó,

pero su gesto parece hoy que fue de cara a la galería. En la sesión del 5 de septiembre

de 2009, el ministro de Justicia británico, Jack Straw, aseguraba que la liberación del

terrorista estaba relacionada con las presiones ejercidas con tal fin por las

multinacionales petrolíferas. Precisamente, una de esas multinacionales —BP—

acababa de firmar un acuerdo por valor de 800 millones de euros para que Occidente

tuviera petróleo libio a un precio asequible. El propio presidente de la compañía

había dicho que de no haber cedido a las peticiones de Gadafi ese acuerdo no podría

haberse firmado. ¡Qué cosas!, el hombre considerado como el mayor peligro del

mundo, el criminal más detestable, el dictador más brutal… Seguramente, en su jaima

de Central Park se rió de todos nosotros.

 

La revolución libia Apenas seis días después de la caída de Mubarak en Egipto, la oposición a Gadafi

empezó a hacerse notar. Fue un movimiento pacífico que pocos días después empezó

a cobrar forma, cuando diferentes líderes sociales y tribales pidieron en nombre de

los ciudadanos el derecho a expresarse en libertad y elegir su destino. En la capital,

Trípoli, y en Bengasi, la segunda ciudad del país en importancia, los jóvenes y no tan

jóvenes tomaron las calles. Al igual que había ocurrido en Túnez y en Egipto, las

fuerzas de seguridad reprimieron con dureza las justas reclamaciones del pueblo.

Hubo decenas de muertos.

Apenas unos días después, el gobierno de Libia comienza a desintegrarse. Es

como si supieran que lo siguiente que iba a ocurrir no diferiría en mucho de lo que

había sucedido en Túnez y Egipto y que las horas de Gadafi en el poder estaban

contadas. Pero lejos de animar a los rebeldes, lo que parecía mover a los desertores

era situarse en buena posición para la siguiente fase histórica de Libia. Entre los que

se fueron había algunos grandes mandatarios del país, como el ministro del Interior

Abdul Fathah Younis, el ministro de Asuntos Exteriores Moussa Koussa, o el

ministro del Petróleo Chukri Ghanem. Conquistar estas tres piezas era fundamental

para encabezar un asalto al poder en Libia, pero lejos de ser los rebeldes quienes los

apoyaron —y es que sabían que los tres eran responsables de décadas de represión en

Libia, ya que, entre otras cosas, Koussa había sido el director de los temibles y

sanguinarios servicios secretos— fueron los gobiernos occidentales, que decidieron

acogerlos y apoyarlos en su órdago a Gadafi, ya que además contaban con el apoyo

de destacados mandos militares en Libia. De forma inquietante y sospechosa, los

rebeldes libios dieron un salto hacia posiciones beligerantes y comenzaron a atacar

los principales feudos de poder del dictador, amén de empezar a conquistar y proteger

los principales pozos petrolíferos.

En realidad, los rebeldes que protagonizaban las revueltas ya no eran los mismos

que semanas atrás habían iniciado el levantamiento popular. Entonces se agrupaban

bajo el paraguas del denominado Consejo Nacional de Transición (CNT), cuyo brazo

ejecutor en el país era el Ejército Popular Libio, que pocos días después, el 17 de

marzo de 2011, recibió el apoyo de la ONU gracias a la resolución 19.73, que

permitía establecer una zona de exclusión aérea con el objetivo aparente de defender

a la población, pero que, en realidad, facilitaba la labor de los países que encabezaron

la coalición en contra de Gadafi: Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y España,

que curiosamente eran los mismos que necesitaban más que nadie del suministro de

recursos naturales por parte de Libia.

Mientras la guerra se extendía por las principales poblaciones de Libia, en las

capitales europeas se libraba otro combate que tenía por objetivo promover contratos

para que el nuevo gobierno de Libia favoreciera la apertura del grifo —de petróleo y

gas— en excelentes condiciones para los países occidentales. No es casualidad que en

este proceso se pusiera al frente del CNT un hombre llamado Mustafá Abdel Jalil,

que no era sino uno de los desertores del entorno de Gadafi, pero a la vez uno de los hombres más próximos a las tesis económicas de Occidente. De hecho, su formación

como economista tuvo lugar en la Universidad de Pittsburgh (Pensilvania, Estados

Unidos) y fue uno de los hombres que facilitó los negocios de Estados Unidos y

Europa cuando al dictador libio se lo convenció para aproximarse a los países más

poderosos.

Mientras los tambores de guerra sonaban en Libia, la CNT negoció con las

principales compañías petrolíferas de los países que encabezaron los ataques el futuro

suministro de oro negro y gas del país, en detrimento de China, Rusia o Brasil, países

que curiosamente se habían mostrado contrarios a la resolución de 1973 de la ONU y

que en los tiempos previos a las revueltas habían logrado jugosos contratos con el

régimen de Gadafi. No es difícil ver cuestiones geoestratégicas y comerciales en lo

que ha ocurrido en Libia, habida cuenta de que el mundo derivado de las

consecuencias del 11-S volvía a ser un mundo bipolar —de baja intensidad, pero

dividido al fin y al cabo—, con Estados Unidos a un lado y China al otro. Los otros

dos gigantes —la Unión Europea y Rusia, que recuperaba su influencia junto a los

otros países emergentes, Brasil y la India— han tomado posiciones por cada frente. Y

esa lucha entre el mundo desarrollado y el emergente es la que ha estado detrás de la

actual crisis económica, que a la larga tendrá como perdedores a los países que pese a

sus incoherencias sociales estaban a punto de alcanzar a los dueños del mundo, o

quizá no.

 

El retorno de la Santa Alianza

 

Cuando los combates en Libia alcanzaron gravedad extrema, a Gadafi se le ocurrió

decir que los rebeldes eran terroristas de Al Qaeda. Y en todo el mundo se pensó que

aquello era otra ocurrencia más del dictador más loco de todos.

Efectivamente, la descripción que antes de que fuera asesinado hizo de él Tahar

Ben Jellou en su obra La primavera árabe (Alianza Editorial, 2011) no era

desacertada: «Es un hombre de un narcisismo grotesco. No hace falta un análisis

profundo para darse cuenta de sus trastornos psíquicos. Basta con observarlo: su

narcisismo es patológico, su egocentrismo, patético; y su soberbia, terrorífica… Sólo

se marchará tras haber masacrado al mayor número de libios posible. Es un ser

trágico: se defiende como si hubieran atacado su propia casa, pues Libia es su casa,

su jaima, su bien personal. Se dedica, pues, a matar. No tiene la menor noción del

derecho, de lo que es legítimo o ilegítimo», señala el intelectual marroquí.

Y sí, tenía razón.

Ambos tenían razón: el loco y el que escribía sobre el loco…

En las fichas de supuestos miembros de Al Qaeda detenidos en Guantánamo que

logró filtrar Wikileaks aparece una buena cantidad de libios. Incluso uno de ellos, Abu Faraj al-Libi, es señalado por los redactores de esas siniestras fichas como uno

de los hombres más cercanos a Bin Laden. De acuerdo a esos escritos, él era uno de

los dieciséis presos más peligrosos que se encontraban en la cárcel cubana a la que

iban a parar los más peligrosos detenidos en Afganistán e Irak. «Era un alto mando de

Al Qaeda», dicen fuentes oficiales. Pero se trataba sólo de uno de los muchos libios

que se habían convertido en muyahidines que luchaban por la liberación de

Afganistán, algo que hizo primero cuando los rusos ocuparon el país y después

situándose del lado de los talibanes cuando se desataron las luchas internas por el

dominio de la región. Ya de vuelta a su país, formó parte de la fundación del Grupo

de Combate Islámico Libio (LIFG), que tenía como objetivo derrotar al propio

Gadafi, a quien a punto estuvieron de asesinar en un atentado fallido cometido contra

el dictador en marzo de 1996 en Sirte. Poco después se descubrió que los espías

británicos del MI6 financiaron y apoyaron a los rebeldes libios que querían

derrocarlo. Como consecuencia de este intento de asesinato, Gadafi solicitó que la

comunidad internacional apoyara el encausamiento de quien consideraba el jefe

supremo e ideólogo del grupo: Osama Bin Laden. Aún faltaban dos años para que

comenzara a hablarse de Al Qaeda y que el grupo atentara contra intereses

norteamericanos, aunque ya habían pasado años desde que la CIA apoyara, con la

ayuda de Pakistán y Arabia Saudí, la creación de la resistencia afgana contra los

rusos. La realidad es que la arremetida judicial contra Bin Laden se trató de la

primera orden internacional contra el hombre que acabaría convirtiéndose en el

enemigo número uno de Estados Unidos, pero en Washington y Londres se maniobró

con celeridad para impedir que la orden de Gadafi se ejecutara contra alguien que,

por entonces, estaba del lado de los buenos.

Uno de los fundadores del LIFG fue otro antiguo muyahidin que respondía al

nombre de Abdelhakim Belhaj. Junto con el activista anteriormente mencionado

reapareció en Afganistán —en donde había estado al frente de los llamados

«campamentos» de Al Qaeda— e Irak luchando contra los norteamericanos bajo las

órdenes del temido Musab al-Zarkawi, que por esas fechas se convirtió en el emir de

Al Qaeda en Irak. Los servicios de inteligencia de Estados Unidos lograron dar con él

en el año 2003, cuando se encontraba en Malasia. Dos años después, Al-Libi fue

arrestado en Pakistán, desde donde fue conducido a Guantánamo. Sin embargo,

Belhaj no acabó allí, sino que fue entregado a Gadafi. Mientras permanecía en

prisión, se anunció la integración definitiva del LIFG en el grupo de Bin Laden, y en

marzo de 2010 fue liberado junto a dos centenares de presos pertenecientes al grupo,

en una suerte de amnistía promovida por el hijo de Gadafi, Saif al Islam, que como

luego expondremos ya había sido elegido como el nexo de unión entre Estados

Unidos y Libia durante la conversión de este país al capitalismo y a la libre empresa,

conceptos que le resultaban muy familiares, puesto que se había educado en Londres

bajo la batuta de profesores de economía adscritos a las tesis del liberalismo.

Como señala Pepe Escobar en Asia Times, un buen ejercicio para descubrir los límites de la hipocresía en este sentido es acudir a uno de los informes elaborados por

un think tank de Singapur denominado Centro Internacional para el Estudio de la

Violencia Política y el Terrorismo, cuyos miembros visitaron Trípoli para escribir el

informe «Combatiendo el terrorismo en Libia mediante el diálogo y la reintegración».

En dicho informe se venera la figura de Gadafi, especialmente la de su hijo, y se pone

como ejemplo de lucha contra el terrorismo el proceso llevado a cabo en Libia

liberando a los «desviados» que desde Trípoli hicieron la guerra santa contra los

rusos y los norteamericanos en Irak, que culminó con la liberación de 211 presos

pertenecientes al grupo terrorista libio. Entre los firmantes del escrito está Rohan

Gunaratna, un hombre que ha sido considerado uno de los mayores expertos

mundiales en terrorismo y que ha aconsejado sobre las actividades de grupos

violentos a los gobiernos más poderosos. Fue habitual durante los años posteriores al

11-S leer entrevistas y reportajes en numerosos periódicos de talla internacional

elogiando su figura y situándolo en la esfera de los sabios. Fue invitado a participar

en el Congreso de Estados Unidos ante los políticos norteamericanos que formaban

parte de la comisión oficial para investigar los atentados que cambiaron el curso de la

historia. Durante ese tiempo tuvo acceso a los detenidos de Irak, Afganistán y

Guantánamo gracias a los permisos del gobierno de Estados Unidos. De hecho, él

elaboró las bases de datos para la Casa Blanca a propósito del enemigo islamista.

Alertó de los planes de Bin Laden para volar el Parlamento británico o para destruir

Nueva York con armas radiactivas sucias; su testimonio fue fundamental para

condenar por tal idea al presunto miembro de Al Qaeda José Padilla. Sus advertencias

—dibujadas por él como amenazas al desarrollo de Occidente— jamás se

cumplieron. No importa, porque gracias a él, primero George Bush y luego Barak

Obama han podido justificar sus operaciones en las lucha contra el terrorismo

internacional, que no son sino operaciones de control geoestratégico y económico.

Aun así, en un artículo suyo publicado el 29 de enero de 2012 en Eurasiareview sigue

alertando del peligro de Al Qaeda y del deterioro del control de insurgentes en

Afganistán e Irak. Además, señala que la amenaza continúa porque se ha producido

una diáspora de terroristas por todo el planeta. En el informe citado incluso puede

verse cómo invitó al propio líder de los alzados en Libia a hablar en un estrado junto

al hijo de Gadafi. A ambos los pone como ejemplo a seguir…

Si se quieren seguir atando cabos, se puede citar que un comandante rebelde

asesinado durante la guerra civil en Libia, de nombre Abdel Fattah Younis, había sido

en los años noventa, antes de renegar de Gadafi, el encargado de las misiones

especiales contra Belhaj y los suyos. A propósito de toda esta historia tan siniestra, el

mencionado Pepe Escobar, recordando el final de Bin Laden, dice: «Diez años

después del 11-S, cuesta no imaginar una cierta calavera descompuesta al fondo del

mar Arábigo que se ríe burlonamente hasta el final de los tiempos». Y sí, se ríe: el 5

de diciembre de 2011, el periodista Martin Chulov tuvo acceso a Belhaj, y éste le

contó, según publicó ese día en The Guardian, que el MI6 y la CIA los habían entrenado y preparado para formar parte de las tropas rebeldes; las mismas agencias a

las que responsabilizaba de los interrogatorios y torturas que había sufrido en años

anteriores. Abdelati Obeidi, que había sido ministro de Asuntos Exteriores con

Gadafi, y uno de los primeros en desertar y encontrar refugio en Londres gracias al

gobierno británico, confesó a ese mismo periodista que el MI6 había estado en Libia

hasta febrero de 2011 preparando el alzamiento que concluyó con la muerte del

dictador.

En marzo de 2011, Belhaj reapareció convertido en máximo comandante de la

Brigada Trípoli, cuyas acciones estaban siendo apoyadas y financiadas por la OTAN

con el objetivo de derrocar a Gadafi una vez que ya habían empezado a quebrarse los

gobiernos dictatoriales de Túnez y Egipto. Por entonces, sólo unos pocos se

acordaron de su pasado como miembro de la organización terrorista, pese a que el

LIFG ya se había integrado en el grupo de Bin Laden y aparecía en los listados

oficiales como un grupo perteneciente a la nebulosa de Al Qaeda. Nadie dijo que Al

Qaeda estaba colaborando con todos nosotros. Y es que faltaría más: la OTAN se

había aliado con ellos para derrocar a Gadafi. Puede sonar fuerte, pero ésta es la

realidad del mundo amnésico en el que vivimos, que hace que nos olvidemos de las

cosas aunque las tengamos delante…