Brujas
Prológo
Brujas, diablos, prodigios, magias, aquelarres, ungüentos… son parte de las creencias que prevalecen en los seres humanos a lo largo de los siglos. Pertenecen al mundo de la oscuridad en contraste con el de la luz representado por el dios bueno y los ángeles; la batalla del Bien contra el Mal. Son la base y justificación de la caza de brujas en Europa, alentada por los poderes religiosos y civiles, a partir de la Edad Media y que alcanzó su punto álgido en los siglos XVI y XVII, aunque sus coletazos persistieron durante un largo tiempo.
La brujería, no siendo un fenómeno exclusivo de nuestro pueblo, ocupa un lugar importante en el imaginario popular vasco. Las brujas vascas han llegado a ser famosas, y el vocablo «akelarre» se acepta en otras lenguas como sinónimo de asamblea o reunión de brujas y brujos presidida por el propio ángel maligno: el demonio. Satanás, Belcebú o Leviatán bajo una forma mitad hombre, mitad macho cabrío. Negro como la noche, con su olor nauseabundo, dos o tres cuernos en la frente, los ojos rojos, las pezuñas y el rabo, representa el Mal, el desenfreno sexual y todo lo que de abominable existe sobre la Tierra. Sus seguidores, en su gran mayoría mujeres, lo adoran, besan su trasero, se entregan a él y cometen todo tipo de crímenes: matan niños en el vientre de sus madres, emponzoñan las fuentes, levantan tempestades, vuelan por los aires, celebran misas negras y provocan epidemias.
Los juicios, acusaciones, condenas, ejecuciones y, sobre todo, el miedo atenazó a los vascos durante generaciones y la mente popular creó un universo brujeril cuya incidencia duró hasta comienzos del siglo XX.
El presente trabajo no pretende ser exhaustivo; el deseo de su autora es recrear dicho universo de manera fácil y comprensible para mejor conocerlo y entenderlo
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