Brujas

Toti Martinez de Lezea · Capítulo 36 de 48

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Brujas

Capítulo XXXV

Más o menos en la misma época en que Valle Alvarado llevaba a cabo sus averiguaciones en Zugarramurdi y zonas circundantes, en mayo de 1609, llegó a Lapurdi el inquisidor Pierre de Lancre. Su verdadero nombre era Pierre Rostegui y su abuelo Bernard era oriundo de Jutsi, un pueblecito de la Baja Navarra, pero su padre se había trasladado a Burdeos y, tal vez avergonzado de sus orígenes campesinos, había cambiado de apellido y adoptado el pomposo título de «señor de Lancre». Tras estudiar en Italia y obtener su título de abogado, Pierre fue nombrado consejero del Parlamento de Burdeos y como tal enviado a Lapurdi a investigar ciertas acusaciones sobre brujería. No era la primera vez que se realizaban indagaciones de esta índole en aquella zona.

Unos años antes, en 1576, el lugarteniente de Lapurdi, Boniface de Lasse, había quemado a cuarenta brujos y brujas y se había cebado sobre todo en los gitanos, bohemiens, por su fama de adivinos.

El asunto que llevó a De Lancre a Lapurdi había comenzado por una disputa entre Tristán de Urtubia y las autoridades de San Juan de Luz por el uso de un puente sobre el Nivelle y el del puerto. La cuestión finalizó con la detención por parte de los jurados de esta villa marinera de diecisiete mujeres, amigas y parientes de los Urtubia, acusadas de brujería, doce de las cuales fueron trasladadas a Burdeos. Los hombres de Urtubia apalearon a las dos mujeres que habían acusado a las anteriores y éstas proclamaron en la iglesia que aquéllos les había dado a beber una pócima mágica.

Durante varias semanas las peleas y ataques se multiplicaron en la zona y los regidores y el propio Urtubia pidieron ayuda a Burdeos.

En mayo de 1609, De Lancre se instaló en San Juan de Luz y comenzó sus pesquisas. A pesar de sus orígenes, sentía una aversión especial por los vascos, a los que calificó, entre otras muchas cosas, de salvajes, rudos,

viciosos, capaces de llevar a cabo todo tipo de aberraciones, impúdicos y paganos. En cuatro meses y con la ayuda de una joven de diecisiete años, llamada Morguy, «desenmascaró» nada más y nada menos que a tres mil brujos y brujas, y envió a seiscientas personas a la hoguera, aparte de otros cientos que fueron encarceladas, exiliadas y condenadas a penas diversas.

Según él en la región había más brujos que en todo el reino de Francia; dos mil de ellos acudían todas las noches a las asambleas y sólo en Hendaia se habían reunido doce mil durante una junta general. Tal cantidad de hechiceros se debía a que los piadosos monjes habían expulsado de la India y del Japón a los demonios y éstos se habían aposentado en la región vasca, donde habían encontrado personas bien dispuestas a recibirlos.

El terror se extendió por Lapurdi. Todos sus habitantes, grandes y pequeños, fueron sospechosos de brujería y no hubo familia que no sufriera la detención de alguno de sus miembros o de todos ellos. La psicosis brujeril provocó una histeria colectiva por la que los vecinos se acusaron unos a otros, y los parientes entre sí. La mayoría de los hombres hábiles, unos seis mil, se hallaban pescando en Terranova y sus familiares se encontraban desprotegidos; los que pudieron huyeron por los caminos de la montaña y pasaron a Gipuzkoa o a la Navarra peninsular donde se dieron de bruces con el inquisidor Valle Alvarado. Los desafortunados que cayeron en manos de De Lancre fueron hacinados como borregos, interrogados y torturados, en especial las mujeres.

El inquisidor mostró un interés desproporcionado por los detalles más obscenos y sucios: el beso de las brujas en el trasero del Diablo, los azotes, la ingesta de cadáveres de criaturas recién nacidas y sapos mientras bailaban desnudas, las orgías sexuales entre mujeres o entre madres e hijos y, sobre todo, con Satán en persona. Las pobres detenidas, exhaustas y aterrorizadas, confesaron todo lo que el pervertido juez deseaba escuchar y dieron, incluso, detalles sobre el sexo del Diablo; de una vara de largo, glacial, cubierto de escamas, « como las de un pez, que se cierran durante la penetración y se erizan y pican al salir».

La Inquisición española normalmente perdonaba la vida a quienes confesaban y delataban a sus vecinos. Ésta fue la principal razón por la que tantas personas declararan hechos absolutamente increíbles como la

capacidad de las brujas para convertirse en animales, imposibles como el de volar por los aires o fantasiosos como el de la presencia del Diablo en las juntas y sus relaciones sexuales con él, todos ellos inspirados en las supersticiones de la época y sugeridos por los propios inquisidores. La Inquisición francesa, sin embargo, no perdonaba a nadie: ni a los confesos, ni a los que negaban cualquier relación con una secta satánica.

El sádico De Lancre torturó y quemó ancianos, mujeres, niños y también religiosos. Ignoro si existe una lista con los nombres de las seiscientas personas sacrificadas; él menciona a un buen número en sus escritos, pero valgan como muestra los de tres de ellas; tres sacerdotes de los siete que fueron ejecutados: Argibel, cura de Azkaine, Migalena, párroco de Ziburu y Pierre Bocal, su vicario. El primero, un anciano de setenta y cinco años, fue acusado por dos mujeres que afirmaron haberlo visto en los akelarres; los segundos lo fueron por la joven de dieciséis años.

Jeannette de Abadie de Ziburu y varios niños que aseguraron haberlos visto celebrar misas negras vestidos de rojo y blanco. Los tres fueron despojados de sus hábitos y quemados vivos. El propio inquisidor informa de que Migalena, de sesenta y tantos años, y Bocal, de veintisiete, « no confesaron nada, permanecieron mudos» y, sin embargo, los condenó a muerte por idólatras, apóstatas, paganos y ateos; por haber hecho un pacto con Satanás, comer carnes execrables para los hombres, aparearse con el Diablo de todas las maneras posibles y fabricar venenos esparciéndolos sobre las cosechas e infectar a personas y animales. Con semejantes acusaciones, no es de extrañar que los dos sacerdotes permanecieran mudos de espanto al constatar que se hallaban ante un loco con poder sobre la vida y la muerte de sus congéneres.

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