Brujas

Toti Martinez de Lezea · Capítulo 23 de 48

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Tras la adoración al Diablo, la de asesinato era la inculpación más grave existente. Muchas herboleras fueron acusadas de dicho crimen o de ser causantes, de alguna manera, de la muerte de personas, si bien no había nada más fácil que incriminarlas, puesto que, como ya se ha dicho, la presencia de galenos era más bien escasa y se recurría a ellas en caso de enfermedad o accidente y, por supuesto, con motivo de algún tipo de pandemia, algo que ocurría continuamente.

En Europa, desde la época romana, las pestes o pestilencias —llamadas así todas las enfermedades con un alto grado de contagio y mortandad como el tifus, la peste bubónica, la malaria o la viruela— hacían acto de presencia de manera incesante. Para agravar más la cuestión, se creía que estos males se debían a dos razones: al castigo de Dios por los pecados de los seres humanos o a la acción de judíos y brujas. No se entendía el mecanismo del contagio y su rápido desarrollo, no se sabía que las ratas y la suciedad eran en gran medida causa de la enfermedad. A ambos colectivos se les acusó de provocar las epidemias que diezmaban a las poblaciones, sin detenerse a pensar que también ellos morían en la misma proporción que sus vecinos.

En el caso de las brujas y brujos vascos, el asesinato de niños está presente en casi todos los juicios por brujería. En la población navarra de Los Arcos, en el año 1338, dos mujeres fueron juzgadas, una de ellas leprosa y la otra judía. A la primera se le acusaba de haber raptado a una criatura para entregársela a la segunda, que habría utilizado el corazón del infante para sus ritos maléficos. Ambas fueron condenadas a la hoguera.

El inquisidor Germán de Ugarte que ejerció como tal en Bizkaia, y cuya muerte con veneno en el año 1531, fue achacada a las brujas —aunque, probablemente, se debería a un ajuste de cuentas de la familia de alguna víctima— dejó un buen número de escritos sobre los interrogatorios. En uno de ellos menciona el caso de una bruja de Irún que mataba a los hijos

recién nacidos de una mujer principal. Temiendo que hiciera igual con el último neonato, el ama de cría permaneció despierta con la criatura en la cama y « vio que a media noche subía la bruja por la escalera con el diablo delante, que tenía cuernos en la cabeza». ¡Menos mal que el ama se puso a gritar y a sus gritos llegaron todos los de la casa y la bruja y el diablo huyeron por donde habían venido!

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