Brujas
Capítulo XXVIII
Por supuesto, las brujas eran las principales sospechosas de tan profusa como temida práctica, puesto que los aojadores eran personas que podían hacer el mal a otras con sólo dirigirles una mirada con sus ojos llenos de ira o envidia. La persona que sufría el aojamiento enfermaba, perdía el apetito y caía en estado de melancolía. En el caso de casas o familias aojadas, podían perderse las cosechas o sufrir todo tipo de calamidades como incendios o inundaciones. Incluso los animales estaban expuestos a ser aojados en cualquier momento. Cualquier persona podía aojar aun sin ser consciente de ello, pero en el caso de las maléficas estaba claro que lo hacían con el propósito de dañar. Autores, médicos y teólogos de tiempos pasados se ocuparon de este asunto y coincidieron en sus conclusiones: que el daño lo causaba la mirada, que las víctimas eran los niños y las personas débiles y que las causantes eran las mujeres, sobre todo las viejas y las que se hallaban en periodo menstrual, aunque los enfermos y las personas deformes eran asimismo de temer En Bizkaia y Gipuzkoa se creía que los muertos que quedaban con los ojos abiertos podían aojar a los vivos o llevárselos al otro mundo si no se los cerraban.
Según recoge L. B. Ciapparelli, al tratar sobre el aojo, el médico alemán Johan Ketham en su Compendio de la humana salud, escrito en 1491, comenta; « El menstruo es materia venenosa. Y como dice Aristóteles, si cuando la mujer lo echa tocase algún árbol, se secaría». También afirma que las mujeres no se infectan a sí mismas porque el veneno no obra contra ellas, mas sí contra otro objeto. Referente a este punto, hay que señalar que tampoco las brujas podían hacer sortilegios en su propio beneficio cuando eran presas y, además, el Diablo las abandonaba al ser descubiertas. No contento con esto, el galeno alemán afirma que cuando las mujeres entran en la menopausia « la natura está entonces tan debilitada que congrega en si aquella materia mala, en tanto que con su aliento infectan a los
muchachos». Enrique de Villena, caballero erudito, en el siglo XV y el licenciado Pedro Ciruelo en el XVI opinaban igual; que las mujeres fértiles y as menopáusicas, o sea casi todas, eran las más propensas a transmitir el mal de ojo. Y que para realizarlo sólo había dos métodos: tener dicha facultad adquirida por una enfermedad, en cuyo caso el enfermo no era consciente, o adquirirla mediante un pacto con el demonio. Estaba claro que el asunto quedaba relegado al ámbito brujeril achacado a las mujeres.
Para evitar los aojos, las mujeres se ponían las sayas o las medias (Murelaga) del revés en algunos pueblos vizcaínos, pero la mayor preocupación era que fueran los niños los aojados, para cuya defensa y protección se echaba mano de todo tipo de amuletos.
Más curiosos eran otros «remedios» como el de envolver al niño en la camisa de su padre, quitar dos hebras de la escoba y hacer con ellas una cruz que se colocaba delante de la cama o darle a beber agua bendita.
También era frecuente colgar un rosario del cuello del niño, aún sin bautizar, de cara a que las brujas, o los diablos, no le hicieran daño, así como acudir al cura para que les proporcionara las llamadas «nóminas», un papelito en el que se escribían los nombres de varios santos o alguna frase de los Evangelios. Esta práctica fue condenada por la Iglesia, aunque continuó realizándose tal y como consta en varios juicios incoados por el tribunal de la Inquisición.
Una costumbre peculiar que aún mantienen algunas personas mayores era la de escupir, o mejor dicho hacer que escupen sobre un niño, como recoge Anton Erkoreka en su obra « Begizkoa, Mal de ojo», para que nadie pudiera hacerle daño. Igualmente, en algunos pueblos vascos se escupía tres veces sobre el ganado o también se le colgaban campanillas bendecidas con la intención de evitar cualquier mal. La costumbre de escupir existe en muchos lugares del mundo, tanto para defender a grandes y pequeños como para devolver el aojamiento a su origen.
Las oraciones, la lectura de los Evangelios, las visitas a ermitas y santuarios milagreros o acudir en busca de conjuradores de todo tipo eran otros remedios para desaojar a los aojados.
Resumiendo: además de volar en escobas, provocar epidemias y enfermedades, fenómenos naturales y climáticos, la impotencia y la esterilidad, los abortos y la muerte de los recién nacidos, las brujas podían adivinar el futuro o transformarse en animales como gatos y lobos, hechizara un hombre para lograr su amor, aojar, hacerse invisibles y reanimara los muertos. No se puede pedir más.
OceanofPDF.com
OceanofPDF.com