Brujas
Capítulo XXXIX
No existe ninguna teoría interesante respecto a esta marca y tampoco sobre la señal en el hombro izquierdo. Puede que la costumbre de marcar el ganado con un hierro para demostrar su propiedad tuviera algo que ver con este asunto y también la reseña en Apocalipsis 13:16-18 acerca de la marca que tenían los fieles de la bestia en la mano derecha o en la frente con su nombre o con la cifra de su nombre, 666, aunque ninguna de estas dos últimas alternativas aparece registrada en los juicios que tuvieron lugar en nuestra tierra. Lo que sí es cierto es que el sigilium diaboli fue uno de los medios favoritos de los que se valieron los cazadores de brujas para detenerlas y enjuiciarlas, tanto en Euskal Herria como en otros países.
Muchas veces las personas inculpadas eran sometidas a la tortura, incluso después de que les hubieran sido encontradas las marcas del Diablo; incluso después de que hubieran confesado sus «fechorías». La confesión no bastaba a sus acusadores; querían más pruebas, más delaciones, más motivos para justificar lo injustificable. Casi todos los libros sobre demonología y brujería escritos en aquella época se basan en las declaraciones de los acusados y dan por ciertos los testimonios obtenidos por medio de la tortura.
El potro, una mesa de unos dos metros de longitud por 50 cm de ancho, al que era atado el reo con los pies y la manos sujetos por sogas que se estiraban por medio de una rueda o torniquete; el agua, que consistía en colocar sobre la cara del reo un lienzo sobre el que se vertía agua, lo que le impedía respirar hasta la asfixia; las botas españolas, unas tablas sujetas por tornillos que se colocaban delante y detrás de las pantorrillas y se apretaban hasta astillar los huesos; la silla inquisidora, un banco con púas de acero en su asiento; la silla caliente, un asiento de hierro colocado sobre un brasero o la suspensión del acusado por las muñecas a dos palmos del suelo fueron algunas de las torturas utilizadas.
La muerte de una persona a consecuencia del tormento se atribuía al hecho de que el Diablo mataba a sus adeptos antes de que confesaran. En el caso del «baño de la bruja» su muerte demostraba su inocencia. Se ataba a la acusada y se la echaba al río; si flotaba era bruja porque el agua, símbolo de pureza, rechazaba a los seguidores del demonio, así que moría si era inocente; se lamentaba su fallecimiento y se le hacían unos funerales cristianos.
Existe constancia del uso de la tortura durante los interrogatorios que tuvieron lugar en Euskal Herria, aunque, en ocasiones, la simple advertencia de lo que le esperaba, la visión de los instrumentos o de alguien que había sufrido la tortura era suficiente para que la persona acusada confesara todo tipo de disparates y, lo que es peor, acusara a otras de hacer lo mismo. No obstante, la amenaza de acabar en la hoguera, las semanas o meses de encierro, la muerte en prisión, el hambre, la suciedad y la angustia ya eran suficiente tortura y la prueba es que la mitad de los presos de Zugarramurdi murieron sin haber sido juzgados o sin haber tenido tiempo de salir al Auto de Fe.
Los Autos de Fe fueron ceremonias del ámbito peninsular, España y Portugal, tan dado a exhibiciones folklóricas llenas de colorido, y no implicaban obligatoriamente la ejecución de los procesados. De hecho, el porcentaje de ejecuciones fue mínimo comparado con el número de personas que salieron y fueron obligadas a confesar de levi o de vehementi, es decir: a humillarse y arrepentirse en público para después ser azotadas, sufrir vergüenza pública, ver sus bienes enajenados, ser desterradas de sus lugares de residencia por un periodo que iba de entre tres meses y diez años, y pagar multas.
OceanofPDF.com
OceanofPDF.com