Brujas
Capítulo XVIII
La conocida representación del Diablo como macho cabrío, «oficial» desde finales del siglo XV, tiene mucho que ver con los mitos paganos (de paganus campesino, aldeano) que la Iglesia católica deseaba erradicar de las zonas rurales. En la antigua Grecia los pastores tenían como protector al dios Pan, quien cuidaba de ellos y de sus rebaños. Se le representaba en forma de personaje barbudo y lleno de arrugas, con cuernos en su frente, velludo de cuerpo, cuyos miembros inferiores eran los de una cabra, con pezuñas en lugar de pies. Era asimismo un dios lascivo que perseguía por igual a ninfas y muchachos y una divinidad de la sexualidad y de la fertilidad de los campos y del ganado. En la cultura cristiano-mediterránea, acabó representando al Diablo, que incitaba el deseo y la tentación en los hombres. Los ritos en honor al dios Pan fueron asumidos por las bacantes, adoradoras del dios Baco.
Las bacantes eran mujeres de todas las edades —si bien quedaban excluidas las embarazadas y las que tenían niños pequeños—, que se reunían en algún monte durante varios días. Según Eurípides, pasaban las noches en éxtasis, se embriagaban y bailaban desnudas al son de flautas y tamboriles. Al parecer, también consumían sustancias alucinógenas, despedazaban animales pequeños vivos, se los comían y daban rienda suelta a la sexualidad más primitiva. En realidad las participantes no hacían sino emular prácticas antiquísimas que, se creía, favorecían la fertilidad de los seres humanos, los animales y también los campos. Los estudiosos del tema afirman que estos rituales no desaparecieron del todo y se mantuvieron en la clandestinidad hasta bien entrada la Edad Media.
La similitud entre las descripciones existentes sobre las bacanales griegas y los akelarres vascos es demasiado patente como para pasarla por alto. Ahora bien, es difícil imaginar a Graciana de Barrenetxea, acusada de
ser la reina del akelarre de Zugarramurdi, a sus ochenta años, abuela y posiblemente bisabuela, bailando desnuda a la luz de la luna, y en invierno.
El macho cabrío fue siempre un animal beneficioso en las culturas rurales de toda Europa. Se le tenía por protector de los ganados, tal vez precisamente por haber subsistido, aunque muy modificada, la antigua devoción al dios Pan que marinos y comerciantes expandieron por los países mediterráneos y, de éstos, a otras latitudes. Se creía que la presencia del macho cabrío impedía la aparición de enfermedades en los rebaños. Lo que, en un principio, podría parecer mera superstición tiene, no obstante, su base científica. Se han llevado a cabo experimentos que demuestran que un fuerte olor puede alejar a los parásitos tanto de los animales como de las plantas. El chivo expele un hedor intenso que impediría la presencia de parásitos en las ovejas y de ahí que no enfermasen los animales en cuyo establo hubiese un macho cabrío.
El aspecto del propio animal es muy impresionante. Su color, su barba y sus cuernos lo hicieron, nunca mejor dicho, chivo expiatorio de la imaginería popular influida por los sermones de curas e inquisidores que se esforzaban en erradicar del pueblo las creencias paganas.
Por otra parte, la Diosa Madre de los vascos, Amari, siempre según las leyendas, asume diversos aspectos en sus apariciones: hoz de fuego, rayo, ráfaga de viento, caballo blanco o… macho cabrío, como cuando aparece en la cueva de Auza, en Baztán, Navarra, y en ninguna de dichas leyendas se la equipara con el Diablo.
Casi todos los animales tenían connotaciones mágicas en los tiempos antiguos, tanto en las mitologías y costumbres mediterráneas como en las celtas. En el país de los vascos también había animales especialmente misteriosos, además del macho cabrío, y para empezar, la serpiente. Y en esto coincidían con los cultos paganos de muchos lugares diferentes de la Tierra.
Los egipcios creían que el cosmos procedía de una serpiente y, entre sus muchas divinidades, la principal era Amón, una de las ocho fuerzas divinas
en Egipto, representadas en forma de reptiles como primeros seres existentes en las aguas primigenias y también Apofis, una enorme y terrible serpiente, poderosa deidad del Mal, que llegaron a identificar con el Diablo, Seth, asesino de Osiris. La religión hebrea heredó muchas de las creencias egipcias y otorgó a este reptil el lugar más bajo dentro de la escala animal.
El mito de la serpiente del paraíso, aquella que tentó a Eva quien a su vez convenció a Adán para que mordiera el fruto prohibido condenando a los seres humanos a una vida mortal de trabajo y sufrimiento, se halla en el primero de los libros del Antiguo Testamento: el Génesis. En el judaísmo representa los aspectos negativos de la condición humana, el lado oscuro.
La najash hakadmón serpiente del Edén, se equipara con la muerte, el pecado y con todo lo erróneo y falso. En la simbología cristiana, heredera de la hebrea, la serpiente también personifica el Mal, la envidia, la mentira, la astucia, y a menudo se muestra a la Virgen María pisando su cabeza.
En otras culturas, sin embargo, simbolizaba la eternidad, el rejuvenecimiento o la resurrección debido a sus espectaculares mudas de piel, la magia y la profecía. La representación del dios griego de la medicina Esculapio, hijo de Apolo, es un caduceo o vara delgada rodeada por una serpiente (en ocasiones, son dos los ofidios). También es un reptil el símbolo de la diosa celta de la curación, Sirona. Según la mitología azteca, el dios Quetzalcóatl era una serpiente emplumada y, según la gitana, del Sherkano o serpiente y de su hembra Halla nacieron las parejas de todos los demás animales. La religión hindú representa a Ananta, cuyo nombre significa «el infinito», como una serpiente gigante que vela el sueño de Vishnú en las aguas cósmicas y una mujer vieja con serpientes en su cabello simbolizaba a Ix Chel, la diosa maya de la fertilidad y de la medicina.
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