Brujas
Capítulo X
Como ejemplo de dicho cambio, y visto que nos toca de cerca, el libro de Martín del Río Disquisiciones Mágicas, publicado en varios tomos entre 1599 y 1612. Según el escritor Menéndez y Pelayo, este hombre fue «gloria insigne de la Compañía de Jesús, portento de erudición y doctrina, escriturario y filólogo, comentador del Eclesiastés y de Séneca, historiador de la tragedia latina, adversario valiente de Escalígero, cronista de los Países Bajos y doctísimo catedrático de teología en Salamanca». No se puede pedir más en cuanto a títulos y méritos. Sin embargo, el erudito creía firmemente en el vuelo nocturno de las brujas montadas en un macho cabrío, una escoba o una caña. Creía igualmente en el ungüento volador y en las sagas brujeriles. Si una gloria insigne como ésta creía en semejantes cosas, ¿qué no iban a creer los menos preparados y las clases populares?
En la Edad Media, y durante el Renacimiento, el beleño y la belladona eran utilizados por los nigromantes para conjurara los demonios. El famoso ungüento de las brujas no sería sino una sustancia que provocaba alucinaciones y sensaciones parecidas a las de algunas drogas modernas.
Aplicado en nuca, axilas e ingles producía un sopor que duraba horas durante las cuales se soñaba, entre otras cosas, con vuelos y danzas frenéticas.
Una de las recetas para elaborar el ungüento era la siguiente: Cocer en grasa de animal cantidades similares de los siguientes ingredientes:
—belladona
—beleño
—estramonio
—cicuta
—sapos
—harina moteada de cereal (cornezuelo de centeno) Teniendo en cuenta que todos los ingredientes son altamente tóxicos, incluidos los sapos —su piel en concreto—, el resultado puede ser un viaje sin regreso al otro mundo y, por tanto, poco recomendable si alguien desea continuaren éste.
Los sapos aparecen en todos los juicios por brujería. Los hay de dos tipos: vestidos y desnudos. Aquellos que van vestidos —con chaquecitos de terciopelo rojo y campanillas de plata colgadas al cuello— son los que acompañan a las brujas a los akelarres; en algunos casos son ellos los que las llevan volando por los aires. Los desnudos se utilizan para elaborar las pócimas mágicas; se les espachurra y se cuecen con los demás ingredientes.
Los rebaños de sapos eran cuidados por niños raptados del propio lecho en el que dormían con sus padres. Para que éstos no notasen su ausencia, su lugar lo ocupaban demonios que tomaban su aspecto. El tema llegó a preocupar de tal manera, que, en varias ocasiones, el cura de Bera se encerró en la iglesia con todos los niños del pueblo para que cuando las brujas fueran en su búsqueda, no los encontraran y no pudieran así llevarlos al akelarre.
B oskotxa ta apioa deabruaren lakioa «La ruda y el serpol son el lazo del Diablo». Este proverbio recogido por R. Mª de Azkue en su obra Euskalerriaren Yakintza, tiene su origen en las dos hierbas utilizadas para formar la sorba que se quemaba los días de tormenta para preservarse de los males, puesto que se creía que las tempestades eran obra de Mari o de las brujas.
Para contrarrestar el poder de los malos espíritus y para evitar que penetraran en los hogares, se acostumbraba a colgaren las puertas de los caseríos, en los establos y en las bordas una eguzkilore, una «flor del sol», el cardo solar, también llamada sorginbelarra o «hierba de las brujas».
Cuentan que las brujas se entretenían contando sus pelillos hasta que amanecía y entonces tenían que regresar a sus casas y no podían llevar a
cabo sus maleficios; también, que por su color dorado les parecía un sol y les impedía la entrada. Lo cierto es que esta planta es un barómetro natural para predecir el tiempo, ya que sus pelillos se cierran o se abren según la humedad del ambiente. Asimismo, se colocaban en puertas y ventanas ramas de brezo, fresno, espino y laurel recogidas la noche de San Juan, para evitar la entrada de las brujas y de los malos espíritus.
La víspera de San Juan, como todos sabemos, es una fecha muy especial. Era la de una fiesta pagana que ha logrado sobrevivir a pesar de los pesares. Tuvo tal importancia en los tiempos antiguos que la Iglesia decidió cristianizarla y proclamó el nacimiento de San Juan Bautista el 24
de junio, un hecho insólito si se tiene en cuenta que la religión cristiana únicamente celebra la muerte de sus santos, puesto que su muerte significa también su resurrección en Dios. Sin embargo, casi podría asegurarse que todos los pueblos del mundo celebraban y continúan celebrando el solsticio del verano, así como el del invierno, que tiene lugar un par de días antes del 24 de diciembre, fecha ésta que la Iglesia estableció como la del nacimiento de Jesús. La Navidad logró sustituir los rituales antiguos en tierras cristianizadas, pero la víspera y la madrugada del día de San Juan conservaron creencias y tradiciones a lo largo de los siglos.
Hasta no hace mucho, en esta noche se recogían las hierbas medicinales y se aseguraba que el agua de ríos y manantiales tenía poderes curativos.
Las gentes andaban descalzas sobre la hierba para curar todo tipo de enfermedades; se revolcaban en el rocío mañanero para evitar la sarna; las mozas se cortaban los cabellos para que crecieran con más fuerza. Pero también era una noche en la que se creía que los poderes malignos andaban al acecho. La costumbre de encender hogueras tiene su origen en la creencia de que las brujas se reunían en la noche de San Juan y que el fuego las mantenía alejadas. En la actualidad y en la mayor parte de Euskal Herria la celebración ha perdido su carácter mágico y se ha convertido en una mera expresión folklórica limitada al encendido de hogueras para disfrute de la chavalería que salta por encima de ellas, o lo intenta.
OceanofPDF.com
OceanofPDF.com