Brujas

Toti Martinez de Lezea · Capítulo 8 de 48

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Brujas

Capítulo VII

Las comadronas fueron perseguidas con incomprensible saña puesto que, a falta de médicos, eran ellas quienes se ocupaban de atender a las mujeres en los partos y otras dolencias. En una época en que la mortandad de los nonatos era enorme, por la falta de higiene entre otras razones, a muchas se las acusó de brujería pues se decía que en sus manos estaba la vida y la muerte de los recién nacidos. Se les inculpó por provocar su muerte con fines maléficos, para evitar que fueran bautizados y entregarlos así al Diablo o para utilizar sus cuerpos en la elaboración de pócimas. Existe la confesión de una partera en la que declara que « con frecuencia salía, de noche, con su diabólico amante hacia diversos lugares, cabalgando sobre una horca, que todos los años por San Leonardo, desenterraba uno o dos niños inocentes, los cuales devoraba en compañía de su amante diabólico y otros compañeros suyos, transformando los menudos huesos en granizo».

Con semejante confesión es fácil deducir que el fin de las desgraciadas mujeres no fuera otro que las llamas de la hoguera.

Para agravar aún más la situación de las comadronas y de las herboleras, la aplicación de sus conocimientos de herboristería para aliviar los dolores durante el parto fue considerado un ataque directo al mandato de Dios cuando en el Génesis dice: «Parirás con dolor». Era, por tanto, una afrenta a la voluntad divina porque todas las mujeres debían sufrir el castigo afligido a Eva.

Curanderas y herboleras —palabra utilizada en la época para designar a herbolarias o herboristas— fueron el otro grupo sobre el que cayeron con mayor fuerza las furias inquisitoriales. Poseedoras de un conocimiento transmitido de madres a hijas a lo largo de generaciones, conocedoras de los

poderes curativos y letales de las plantas, eran consultadas por el pueblo para obtener algún remedio con el que aliviar sus males. En una época en la que las epidemias hacían acto de presencia varias veces durante una misma generación y causando una gran mortandad —recuérdese, por ejemplo, la peste negra acaecida en 1348 y que acabó con la vida de un tercio de la población europea en menos de seis meses—, en la que las sequías se sucedían y el hambre, los piojos, las pulgas, las ratas y otros animales transmisores de enfermedades eran habituales, los remedios curanderiles eran los únicos a los que la población tenía acceso.

El curanderismo no solamente se basaba en la elaboración de pócimas, jarabes, pomadas y píldoras para aliviar o atajar dolores, inflamaciones, fiebres y demás síntomas, sino que llevaba consigo prácticas rituales aún vivas en la Europa rural, heredadas de las religiones precristianas. El medicamento debía ser utilizado en determinadas fechas, como la noche de San Juan, o en momentos coincidentes con las fases de la luna; debían recitarse unas oraciones concretas antes de tomarlo, realizarse determinados gestos… De nuevo aquí, la clase médica luchó contra la competencia y la Iglesia católica lo hizo contra la superstición y remanentes de las antiguas creencias.

El hecho de que los conocimientos de las herboleras fuesen también utilizados para realizar abortos o controlar la natalidad, eliminara un vecino molesto o a un enemigo político, obtener elixires para enamorara una persona reticente, provocarla impotencia o avivar el deseo sexual, alentó la mala fama de las mismas causando un gran daño a un colectivo dedicado en su mayoría a aliviar los males de sus vecinos.

Las viudas y ancianas pobres y sin familia fueron a menudo diana de los fanáticos. Para explicar que hubiera más mujeres que hombres consagrados al demonio, sobre todo ancianas pobres, el inquisidor Martín de Castañega aducía en su Tratado a que «como en otros vicios, la pobreza es muchas veces ocasión de muchos males». Debido a su situación de desamparo muchas fueron quemadas vivas tras haberlas acusado, entre otras cosas, de

« sostener pecaminosas relaciones carnales con Satanás, desear someterse al imperio de Lucifer. Con sus brujerías perjudicaban, devastaban y mataban a un gran número de niños, de hombres, de caballos y de ganado y colaboraban en destrozar el trigo de los campos…». María de Zozaya, de Rentería, tenía ochenta años cuando murió en la cárcel de Logroño en 1610.

A pesar de ello, fue condenada y quemada en efigie junto a sus restos acusada de haber fornicado con el Diablo de todas las maneras posibles, haberlo adorado y besado su hediondo trasero.

Tampoco se libraron las jóvenes solteras, las mujeres casadas ocupadas en sus quehaceres, ni las niñas —a veces, de seis o siete años— que fueron acusadas de ser pequeñas brujas, irremediablemente perdidas para la religión católica. Una niña, de la que ni tan siquiera se conserva el nombre, fue violada repetidamente por sus carceleros. Al tratar sobre el tema, el juez decretó que el causante del abuso sólo podía haber sido el Diablo, añadiendo así una prueba irrefutable a la acusación pues « el Diablo tiene por costumbre el fornicar con las brujas», de forma que la niña fue hallada culpable y posteriormente ejecutada. En 1539, otra niña, Catalina Lison, de Otsagabia, confesó ser bruja. Tenía 11 años de edad. Las hijas de mujeres acusadas de brujería lo tenían francamente difícil pues para algunos estaba claro que «de madre bruja, hija bruja». De igual manera lo eran aquellas cuyas madres con fama de brujas habían fallecido porque sabido era que, a la hora de la muerte, podían transferir sus poderes, bien cerrando la mano o cogiendo entre las suyas las de la supuesta heredera.

Asimismo fueron sospechosas de brujería las beatas, sacristanas, benedictas o seroras, amas de cura, de tradición muy arraigada en el País Vasco, que limpiaban las iglesias, se ocupaban de los objetos sagrados y recogían los donativos. Además de ser mujeres, tenían fácil acceso a los sacerdotes a quienes mancillaban y engatusaban, según el inquisidor Pierre de Lancre, de maldita memoria en el país de Lapurdi y sobre quien volveremos más adelante.

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