Brujas
Capítulo I
Las primeras imágenes con forma humana descubiertas en Europa, África y Asia se denominan «Venus». Son figuras femeninas de grandes pechos y enorme vientre que representan a la primera divinidad adorada por la humanidad: la diosa de la fertilidad, la Diosa Madre.
Hombres y mujeres creyeron en Ella como único ser divino al alcance de su comprensión; era la Tierra que pisaban, los cobijaba y alimentaba. Las
«Venus» son la representación de lo único importante en los tiempos prehistóricos: la fertilidad de los seres humanos, de los animales y de los campos sin la cual estaban abocados a desaparecer. De ahí la supremacía de las mujeres, las únicas capaces de alumbrar nuevos miembros para la tribu.
Eran, a su vez, representaciones de la Diosa Madre, a quien se ofrecían sacrificios y se rogaba para que las cosechas fueran fructíferas, las tormentas y las sequías no acabaran con su medio de vida y las hembras de sus ganados pariesen.
Todos los pueblos del mundo han conservado en sus dichos y proverbios referencias a una época histórica, no escrita, en la que se veneraba a la Gran Diosa. La canción que entonan los indios kayaba de Colombia es un ejemplo:
La Madre de los cantos, la Madre de nuestra única semilla, nos dio a luz a todos nosotros en el principio. Ella es la Madre de todas las razas humanas y de todas las tribus. Ella es la Madre del trueno, de los ríos, de los árboles y de los cereales. Ella es la única Madre que tenemos y sólo ella es la Madre de todas las cosas. Sólo ella.
Los egipcios, por su parte, ponían en boca de su Diosa Madre las siguientes afirmaciones:
Yo soy Isis, dueña de toda la tierra.
Dicté leyes para todos vosotros y decreté cosas que nadie puede cambiar.
Yo soy aquella a quien llaman divina entre las mujeres.
Yo separé la tierra del cielo, hice manifiestos los caminos de las estrellas, prescribí el curso del sol y de la luna.
Reconcilié los hombres con las mujeres.
Nadie puede disolverlo que yo he convertido en ley.
Y en la misma línea y en una cultura tan aparentemente patriarcal como la árabe existe el siguiente proverbio:
Para un hombre sin mujer, no existe paraíso ni en el cielo ni en la tierra. Sin la mujer, no existiría ni el sol, ni la luna, ni la agricultura, ni el fuego.
El matriarcado vasco, tan mencionado, tan manido, motivo de chanzas, no tiene nada que ver con el poder, el ordeno y mando en manos de la mujer.
Es únicamente una pálida memoria de la creencia profunda en la divinidad materna.
La Mari de los vascos es una reminiscencia viva de la Diosa Madre europea. Hay quien cree que su nombre derivaría de los «Mairi», los constructores de los dólmenes; de los «Maide», genios de los montes, constructores de los cromlechs; de los «Maindi», las almas de los antepasados que aparecen de noche en sus antiguos hogares, o de los
«mairu». Se llamaba mairu a los infieles. En Garazi, Baja Navarra, un mairu-beso es el brazo de un niño no bautizado o que ha muerto sin haberlo sido. Se creía que un brazo o un hueso del mismo, de un mairu, tenía virtudes mágicas y servía para alumbrar la noche y adormecer a los habitantes de las casas. Uno de los procesados de Zugarramurdi, Miguel de Goiburu, declaró que cuando iban al cementerio a por huesecillos de muertos se alumbraban « con una hacha hecha con el brazo de un niño que haya muerto sin haber sido bautizado».
En Portugal y en Galicia existía la creencia en las mouras, genios femeninos de las aguas, muy parecidas a nuestras lamias.
También hay quien opina que Mari es una derivación de «Amari» ama ari da «la que es madre», convertida en algún momento de la cristianización de Euskal Herria en «Mari», cuya connotación fonética se asemeja a María, la madre de Jesús. Al igual que en otras muchas ocasiones, fiestas, santorales y advocaciones, la Iglesia católica se apropió de una creencia pagana difícil de erradicar. De todos modos, la equiparación tampoco es un dislate. Amari representaba para los antiguos vascos la fertilidad, la maternidad y la vida. Eguzkia, el sol, e Ilargia, la luna, eran hijas suyas. Es curioso que en la tradición euskaldun el sol sea «hija» y no
«hijo» teniendo en cuenta que es un elemento principal en las religiones patriarcales, en contraposición con la luna que lo es en las matriarcales.
María es venerada exclusivamente por su condición de madre de Cristo, cuyo natalicio se celebra el mismo día que la antigüedad festejaba el nacimiento del sol invicto y el alargamiento de los días, es decir, el solsticio del invierno. Hasta tal punto llega la simbiosis entre Mari y María que a la imagen de la Virgen se le denomina Andra Mari y existen en nuestro territorio muchas iglesias con dicho nombre. Sin embargo la traducción literal sería «Señora Mari», muy lejos del «Santa María» que se le supone y cuya traducción debería ser Miren Deune. En diversas localidades vascas y en varias de nuestras leyendas, la diosa Mari recibe el nombre de Andra Mari.
Si bien hoy en día ya nadie cree en ella, sigue viva en muchos de nuestros pueblos y costumbres. En la zona del Duranguesado, durante la lluvia de estrellas que tiene lugar en agosto, y que recibe el nombre de
«lágrimas de San Lorenzo», hay todavía quien al ver una estrella fugaz exclama: « Hor doa Anbotoko Mari» «¡Ahí va Mari de Anboto!». En estas mismas tierras, en Aramaio en Álava, en los pueblos que rodean al monte Txindoki en Gipuzkoa, en el valle del Ronkal en Navarra, en las tierras vascas allende los Pirineos, en nombres de cuevas y fuentes, en leyendas o en dichos, todavía está vivo el recuerdo de la Diosa Madre. Aparece en forma de viento en Eskoriatza; como nube blanca o arco iris en Durango y en Ispaster; como bola de fuego en Oñati, Segura u Orozko; como mujer
envuelta en llamas en Zaldibia; conduciendo un carro tirado por cuatro caballos en Amezketa o volando por los aires en Bedoña.
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