Brujas

Toti Martinez de Lezea · Capítulo 22 de 48

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Brujas

Capítulo XXI

En otros casos de curación, como la impotencia masculina, la cresta de un gallo debía ser mano de santo aunque, previamente, había que habérsela arrancado al animal estando éste vivito y coleando.

Y si de lo que se trataba era de que apareciese una bruja, en muchos lugares de Euskal Herria se aconsejaba clavar alfileres en el corazón de un gallo. Este experimento no parece muy complicado y todo es cuestión de probar si alguien está interesado en comprobar su eficacia.

El gallo aparece en nuestras leyendas casi siempre en el momento de anunciar el amanecer y su canto provoca la huida de las brujas reunidas en el akelarre.

El novillo rojo, Aatxegorri, la vaca roja, Behigorri, o el toro de fuego, Zezengorri, son asimismo metamorfosis de la diosa Mari en algunos lugares de nuestra geografía, aunque en otros lo es del mismísimo Diablo, que hace su aparición bajo este aspecto, como ocurre en Lezea, en Sara, en la sima de Agamunda de Ataun en Gatika, en Murumendi, en Usategi o en la cueva de Atxulaur en la zona de Orozko. Un toro echando fuego por la boca aparecía en varios lugares impidiendo la entrada en determinadas cuevas en las que se suponía existía un tesoro oculto. Dentro del ámbito cultural prehistórico pirenaico, aparecen toros pintados en las cuevas de Altamira y de Lascaux, al igual que en la de Santimamiñe en Kortezubi.

No se relaciona directamente al toro con las brujas, pero sí con los genios malignos que habitan dentro de la Tierra y no es recomendable tirar piedras dentro de las cuevas porque puede ocurrir lo que a aquellos pastores de Murumendi, a los que se les apareció un ternero rojo que los persiguió hasta que murieron de agotamiento. También pueden causar terribles daños como el ocasionado por un toro que con el rabo y los cuernos en fuego bajó del monte Burgo y prendió fuego a Bermeo.

En muchos de nuestros pueblos subsiste el ritual del «toro de fuego»

durante las fiestas, si bien, y en buena hora, el animal ha sido sustituido por una cabeza de mimbre o madera. No se conoce su origen a ciencia cierta, si bien hay quien señala que es relativamente moderno y que llegó a la Península procedente de Grecia u otros países mediterráneos. Puede que este festejo tenga su origen en aquella leyenda griega según la cual Prometeo, el creador del primer hombre, robó el fuego a Zeus para dárselo a su criatura que tiritaba de frío. El dios, bajo la forma de un toro —la misma adoptada para raptar a Europa—, defiende su preciada propiedad ante los humanos. De todos modos, el toro era adorado en las civilizaciones antiguas porque representaba lo masculino, como el caballo representaba lo femenino, y puede que su escasa presencia en los mitos vascos se deba al hecho de que la nuestra es esencialmente una cultura matriarcal.

En cuanto al cuervo, su visión era tenida como presagio de muerte. Se creía que si un cuervo daba tres vueltas por encima de una casa, sus ocupantes podían tener la certeza de que alguno de ellos enfermaría o moriría en los días siguientes. Y lo mismo ocurría cuando se escuchaba el silbido de la lechuza. Sin embargo, uno de los aspectos que adopta Amari es el de un cuervo negro que en la mitología celta está relacionado con el sol.

Recordemos que, en la misma, tanto los ritos solares como lunares eran femeninos y que Eguzki, el sol, era un ente femenino en las antiguas creencias vascas.

La lechuza aparece en muchas culturas tan diferentes como la chilena, la gallega o la checa emparejada con las brujas. En ocasiones este animal las acompaña, en otras son ellas las que asumen su aspecto. Asimismo es el símbolo de Atenea, la diosa griega de la inteligencia siempre vigilante —

aunque también lo es de la guerra.

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