Brujas
Capítulo XXIV
El infanticidio, sin embargo, tiene unas connotaciones mucho más profundas de lo que en principio pueda parecer. En dicho término se englobaban, asimismo, las prácticas anticonceptivas y las abortivas. Los autores del Malleus Maleficorum hacen en su obra una afirmación sorprendente si de lo que se trata es de descubrirá supuestas brujas. Dicen:
« Nadie es más peligrosa y perniciosa a la Fe Católica que la partera» y dejan bien claro el número de maldades cometidas por ellas, « siete métodos mediante los cuales infectan con brujería el acto venéreo y la concepción en el vientre»:
1. Inclinara las mentes de los hombres a pasiones irregulares.
2. Obstruir la fuerza generativa.
3. Extirpar los miembros acomodados para esos actos.
4. Transformar a los hombres en bestias, mediante sus artes mágicas.
5. Destruir la fuerza generativa en las mujeres.
6. Hacer abortar.
7. Ofrecer niños al demonio.
Como se ve, las «maldades» de parteras y herboleras giran en torno al sexo: fornicación, adulterio, homosexualidad, impotencia, infertilidad, castración, bestialidad, control de la natalidad, aborto e infanticidio. Se les achacaban todas estas intervenciones en aspectos de la sexualidad y todas ellas, de una u otra manera, estaban destinadas a impedir la procreación o el buen término de los nacimientos.
Otra teoría existente, sobre el porqué de la caza dirigida contra parteras y herboleras, es la de las causas economicistas. Barajada en repetidas ocasiones, tiene cierta lógica, puesto que en el transfondo de toda guerra, conquista o matanza a gran escala, subyacen siempre motivos económicos.
La caza de brujas conoció su máximo desarrollo en los siglos XVI y XVII,
con las parteras y las herboleras como principales protagonistas. Cierto es que el mantenimiento de ciertos ritos precristianos y el deseo de acabar con la competencia por parte de los médicos no justifican las masacres llevadas a cabo por parte de los cazadores de brujas, ni la insistencia obsesiva sobre cuestiones sexuales de los inquisidores durante los interrogatorios.
Es preciso recordar que el número de muertos por la peste bubónica durante el siglo XIV se estima en veinticinco millones de europeos, y sólo en el siglo XV se registraron treinta grandes epidemias. Por decirlo de otra manera: faltaron manos para trabajar, para arar los campos, para ocuparse de los ganados. La sociedad medieval se dividía en tres grandes clases: los
«bellatores» o soldados que guerreaban, los «oratores» o clérigos que se ocupaban de las necesidades espirituales y los «laboratores» o trabajadores que producían para alimentar y sostener a los otros dos grupos. Estos últimos, labradores y artesanos, formaban con gran diferencia el conjunto más numeroso, el que pagaba los impuestos y, también, el más diezmado en caso de una plaga.
Por otra parte, durante la Edad Media y el Renacimiento, además del elevado número de fallecimientos infantiles, tanto en el momento de nacer como durante los primeros años de vida, muchas madres solteras sin medios dejaban morir a sus recién nacidos o los mataban. Lo mismo hacían los campesinos en épocas de necesidad, guerra o pandemia, sobre todo si eran niñas, y este hecho provocaba que naciesen menos criaturas en la siguiente generación. Si faltaban brazos para trabajar, tanto la clase civil dirigente como la religiosa sufrían las consecuencias y dejaban de percibir no solamente los alimentos, sino también los tributos, alcabalas, pechas, gabelas y demás gravámenes. En Europa, la Iglesia, en concreto, poseía entre el 20 y el 30 % de las tierras cultivables, el resto pertenecía a la clase dirigente, reyes y señores feudales. Es fácilmente entendible que ambos estamentos lucharan por evitar la caída demográfica que les hurtaba por un lado mano de obra e ingresos y, por otro, de carne de cañón para sus continuas guerras. De ahí que se persiguiera a las parteras y herboleras y se intentara acabar con ellas acusándolas de brujería.
Los métodos anticonceptivos y los abortos provocados no son una cuestión moderna. En todas las sociedades y en todas las épocas las mujeres
han sabido la forma de evitar un embarazo no deseado o de interrumpirlo y existen suficientes testimonios documentados de que, en efecto, así fue. La sal, la miel, el aceite, la brea, el plomo, el jugo de menta, la semilla de col o el cornezuelo de centeno se utilizaban como anticonceptivos, así como los casquetes uterinos y los bloqueadores vaginales elaborados con cera de abeja y retales de lino, además de los preservativos masculinos hechos con tripas de cordero. El aborto se provocaba con mirto, coriandro, hojas de sauce, semillas de trébol, perejil, ruda, orina de animal y otras fórmulas a los que la imaginación popular, alentada por sus dirigentes políticos y religiosos, añadieron todo tipo de componentes escabrosos.
Asimismo, las muertes súbitas, ataques de corazón o hemorragias cerebrales y las enfermedades en general eran, también, atribuidas a intervenciones brujeriles. La medicina oficial se basaba en purgas, sangrías, sanguijuelas y productos químicos tóxicos como el mercurio. En muchas ocasiones, allí donde los médicos diplomados por las Universidades fracasaban, tenía éxito la experiencia de las mujeres sabias. Ante su propia incompetencia, los galenos echaban las culpas de su fracaso a la brujería, las gentes creían a pies juntillas que parteras y herboleras eran brujas, que sus maldades eran reales, y las mujeres incriminadas, a veces, alimentaban dichas creencias de manera incomprensible. Así, aseguraban que a un niño se le cayó el sombrero durante el oficio en la iglesia de Mendiondo, en Lapurdi, y que una bruja lo recogió y se lo devolvió. En cuanto el niño se lo puso en la cabeza, comenzó a sentirse mal y después murió. Asimismo, una joven de Hendaia afirmó que había producido un ataque de epilepsia a un hombre con sólo tocarlo y cerca de Donapaleu, en la Baja Navarra, se creía que las brujas metían moscas en la boca de los niños y éstos enloquecían hasta que eran llevados al cura, que leía los Evangelios y les daba una tisana de hierbas que los sanaba. Una joven bruja vizcaína, a su vez, declaró « que un hombre principal, habiéndose de purgar, puso la purga al sereno en una ventana, y llegó ella por arte del demonio, y de un sapo que llevaba estrujó el veneno en el vaso de la purga y tomándolo el hombre reventó y murió de aquello».
El canibalismo y el vampirismo eran otras facetas que tenían amedrentadas a las crédulas poblaciones y que salían a relucir en los interrogatorios. Los propios encausados declaraban una y otra vez que acudían a los cementerios en busca de cadáveres —sobre todo, a por las ternillas de los huesos que tanto gustaban al Diablo— y los devoraban durante las asambleas, a pesar de que las carnes de los difuntos eran « malas y hediondas» y les hacían vomitar, según propias afirmaciones.
Es conocida la costumbre de los indios caribes, guaraníes, toltecas, aztecas, mayas y otros de la llamada América Latina de comerse el corazón y también la carne de los enemigos, hábito este que causó una conmoción extraordinaria en los conquistadores que arribaron a aquellas tierras. Los indios creían que devorando a sus enemigos obtenían su valor y su fuerza.
Era un ritual religioso, al igual que los celtas creían que la cabeza del enemigo valeroso poseía propiedades mágicas y descabezaban a los vencidos para guardar sus cráneos. También en muchos pueblos africanos se devoraban los cuerpos de los prisioneros, y en Oceanía, y en el sureste asiático.
Sin embargo, en Europa, sólo puede rastrearse dicha práctica en algunas excavaciones prehistóricas, aunque no se sabe si era por ritual o por hambre por lo que aquellas gentes se comían a sus semejantes. El dios Cronos, Saturno de la mitología griega, se comía a sus hijos y lo mismo hacían Moloc-Baal y todos los dioses del Oriente medio. Los hebreos abominaron de dichas creencias y el cristianismo siguió sus pasos. La imagen de un ser humano comiéndose a otro resultaba horripilante y, en la mentalidad judeo-cristiana, únicamente los seguidores del demonio podían ser capaces de tal atrocidad. Sólo los hombres-lobo, los vampiros y las brujas eran considerados capaces de practicarla. Por supuesto, en este grupo de caníbales también entraron los judíos medievales.
En el caso de los brujos europeos y, más concretamente, de los vascos, que es el que nos ocupa, las acusaciones de antropofagia por parte de inquisidores, autoridades y el pueblo en general, resultan totalmente desatinadas, más propias de una psicosis colectiva dispuesta a inventar hechos repugnantes para justificar la persecución, que de una realidad comprobada. No existe testimonio alguno de que nuestros antepasados fueran caníbales, ni siquiera de ritos macabros en torno a la muerte. No obstante, los propios encausados declaraban que, en efecto, muchas veces cenaban en los akelarres y, entre otras cosas, comían carne de cadáveres desenterrados. Tomasa de Ituren, Petri del Espinal, María Ansorena, Joana de Legasa, por poner unos ejemplos, y muchos otros aseguraron que los brujos se comían los cuerpos de otros brujos y difuntos que no lo eran; que las cenas estaban presididas por el demonio; que lo hacían sobre manteles negros y que, además, comían pan negro y cebollas y bebían vino. El vino era un producto caro difícil de encontrar, es decir un lujo, de ahí que normalmente se bebiese sidra o agua. Desconozco si las cebollas también resultaban un manjar, pero dichas declaraciones eran disparates sin sentido inventados por los declarantes o inducidos por sus interrogadores.
En cuanto al vampirismo, a pesar de lo que algunos puedan creer, no es una fábula del siglo XIX inventada por el escritor irlandés Bram Stoker quien, a su vez, se basó en viejas leyendas celtas y rumanas para escribir su
«Drácula» en 1897. La sangre humana y animal ha sido de siempre motivo de reverencia, no en vano es elemento imprescindible para mantener un cuerpo con vida, incluso cuando otros órganos, como el cerebro, han dejado de funcionar. Vivir eternamente ha sido —y puede que siga siéndolo— el sueño de muchos seres humanos, en especial de aquellos con poder y riquezas que no se resignan a dejar este mundo, a pesar de las promesas de eternidad espiritual de las diversas religiones. Incluso la religión católica
promete la vida eterna y su sacramento más importante es la Eucaristía, la consagración del pan y el vino en el Cuerpo y Sangre de Cristo.
Además de la ya mencionada asirio-mesopotámica y hebrea Lilith, que mata niños y chupa su sangre, existen vampiros en todas las mitologías del mundo: japonesa, rusa, azteca, china, india, guineana, brasileña o centroeuropea. La mayoría son de género femenino: las Estriges, mujeres brujas, fruto de la unión de hombres y arpías, que comían carne humana y bebían su sangre; las Empusas, demonios femeninos, que adoptaban el aspecto de doncellas para atraer a los hombres y succionarles la fuerza vital; las Strigoi Vii rumanas, brujas vampiras; las Baobhan Sith, las mujeres blancas de las Higlands escocesas, vampiras que asumían la forma de hermosas mujeres que invitaban a los hombres a bailar con ellas y después bebían su sangre. Aquí cerca, en Asturias, se creía en las Guaxas, muy parecidas a las Sacaúntos cántabras, mujeres viejas y feas, con los ojos en fuego y un solo diente, que lo utilizaban para chupar la sangre de los niños.
Y también estaban Lamia y sus discípulas.
Nuestras lamias serían un pálido reflejo de dichas discípulas. En ninguna de las leyendas vascas que se han conservado aparecen comiendo niños o chupando la sangre a pobres hombres seducidos. Nuestras tradiciones hablan de hermosas mujeres con pies de oca o de cabra que peinan sus largos cabellos junto a los ríos y de pastores que se enamoran, siendo correspondidos por ellas. Pero no es posible el amor entre un mortal y una lamia. El joven acabará muriendo de amor y las lágrimas de la enamorada caen tan abundantes que de ellas brotan las cascadas y las fuentes. Otras leyendas hablan de lamias que necesitan a una partera para dar a luz y a la que regalan una carda de oro que desaparece por no obedecer y girar la cabeza —algo parecido a lo que le ocurrió a la mujer de Lot, si bien no tan dramático— y de lamias golosas que entran en las casas para beber leche caliente o untar aceite frito. En Aezkoa, donde se les llamaba Eleilamias, se decía que andaban hasta que cantaba el gallo, tras lo cual llegaba el turno de las brujas. Y en Baja Navarra aseguraban que lavaban su ropa a media noche. Como puede apreciarse, nada que ver con las chupasangres y devoradoras de niños de otras culturas, aunque algunos de los declarantes en los juicios, cuyas actas se han conservado, afirmaban
haber sido chupados por el Diablo y sus secuaces y, como prueba, mostraban señales de cardenales.
La fabricación de ponzoñas para acabar con las cosechas, provocar sequías y envenenar el agua de los pozos fue otra de las acusaciones ampliamente confirmada por los propios inculpados. Según éstos, a veces en compañía del Diablo y otras por su cuenta, iban por los campos a la caza y captura de lagartijas, sapos, murciélagos, culebras, limacos, y a los cementerios a por sesos y huesos de cadáveres, en especial de niños. Solamente las
«maestras» y «maestros», por lo general personas de edad, se ocupaban de los venenos y los hacían durante el akelarre y, como declaró María Pérez de Barrenetxea, de Zugarramurdi, ellos mismos llevaban al lugar de la junta las ollas y utensilios necesarios para su elaboración. Con los ingredientes arriba mencionados se fabricaban filtros, que, vertidos en los pozos, envenenaban las aguas. Marie Larralde declaró que las brujas atrapaban sapos a dentelladas y otros inculpados explicaron que los desollaban, los tostaban en ceniza, los molían y esparcían el polvo por los campos al tiempo que decían: «¡ Esto para el trigo! ¡Esto para la manzana!». Otra receta que parece tenía éxito era la elaborada con sapos, semillas, la corteza y la médula del cornejo y arañas.
Sin embargo, en ningún caso pudieron los supuestos brujos y brujas presentar una sola prueba que confirmara la existencia de dichos venenos, ni dieron las fórmulas exactas, ni las cantidades. Las únicas pruebas de los inquisidores fueron las vagas declaraciones orales de los acusados que, en muchos casos, llevaron a éstos a la hoguera.
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