Brujas

Toti Martinez de Lezea · Capítulo 15 de 48

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Brujas

Capítulo XIV

La Inquisición de Logroño redactó una lista de preguntas y pasos a seguir que Valle Alvarado debía tener en cuenta durante los interrogatorios a los acusados de Zugarramurdi y que da buena prueba de la idea que los inquisidores tenían sobre el tema de las juntas brujeriles a las que, como puede observarse, no se refieren en ningún momento como «akelarres»:

—En qué días tenían lugar las Juntas y cuánto tiempo permanecían en ellas y a qué hora iban y volvían y si estando allá o yendo o viniendo oían campanas o perros o gallos del lugar más cercano y a cuánto estaba el lugar más cercano de la zona donde se Juntaban.

—Si sabían los días y horas en que se reunían, o si había alguna persona que avisaba y llamaba y quién era.

—Si tenían maridos, o mujeres, padres o madres, parientes y criados y si dormían en un mismo aposento y se les echaba de menos alguna vez o veces o cuál era la causa por la cual no les echaban en falta o si alguno de los susodichos les habían reñido por esto.

—Si criaban con leche y si llevaban a las criaturas consigo; o a quién las dejaban encomendadas o qué era lo que se hacía con ellas.

—Si iban vestidas o desnudas y dónde dejaban los vestidos y si los hallaban en el mismo sitio donde los habían dejado o en otro.

—Cuánto tiempo tardaban en ir desde sus casas al lugar de las juntas y qué espacio y trecho había hasta allí y si topaban a la ida o a la vuelta con algunas personas y si iban deprisa o despacio, por su cuenta o llevadas por otros, si iban en compañía a la ida y a la vuelta y si estando en las juntas veían pasar o atravesar a algunos caminantes pastores o a otras personas por la zona en la que se encontraban.

—Si yendo a o viniendo de las dichas juntas o estando en ellas por decir el nombre de Jesús o por otra causa se habían deshecho las

juntas o se quedaban en el camino sin poder el demonio darles más ayuda.

—Si se untaban para ir a las dichas juntas y en qué parte y si decían algunas palabras y cuáles y con qué ungüento y cómo se hacía y quién lo hacía y si tenían el ungüento y las cosas con que se elaboraba y si lo tenían que lo buscaran y una vez hallado lo mostraran a médicos y boticarios para que declarasen sobre la forma en la que estaba elaborado y los efectos que naturalmente podía obrar.

—Si para ir era necesario que se untasen o si fueron a alguna y podían ir sin untarse.

—Si entre junta y junta se comunicaban unos con otros y hablaban de lo que había ocurrido en la junta o juntas y de cuándo habría otra junta o de otras cosas tocantes a esto.

—Si se confesaban en ese tiempo y si confesaban estas cosas a sus confesores y cuántas veces las confesaron y si recibían el Santísimo Sacramento y cuántas veces lo hicieron y si decían oraciones de cristianos y cuáles.

—Si tenían por cierto que iban corporalmente a las dichas juntas o si con el dicho ungüento se adormecían y dichas cosas eran producto de la imaginación o fantasía.

—Si hubiese habido muertes de niños o de otras personas, o si se habían sacado los corazones a los niños, se procurase verificar estos delitos y actos con testigos.

—Cuando se examinase a algún testigo o reo se le preguntase sobre los cómplices y a cada uno de los cómplices se le preguntase lo mismo para ver si concordaban en los actos y delitos y en la complicidad, para que mejor pudiera averiguarse y aclarar la verdad.

Las declaraciones aumentaron en detalles a medida que pasaban los años y que los cazadores de brujas iban perfeccionando el esquema de la representación que sus mentes enfermas imaginaban, en las que la sexualidad adquiría una importancia primordial. También aparecieron descripciones de las «anti-misas», misas negras en las que el propio Belcebú oficiaba con una hostia de color negro —o una suela de zapato—

mientras los asistentes decían: akerra gora, akerra behera «chivo arriba, chivo abajo» y maldecían a Jesucristo, a la Virgen María y a los santos.

En sus declaraciones, los acusados hablaban de rebaños de sapos cuidados por niños raptados de sus camas, de neófitas presentadas al Diablo para su iniciación, de relaciones sexuales con íncubos y súcubos —

demonios que asumían forma de hombres y mujeres respectivamente—, de apaleamientos y castigos para quienes no cumpliesen con sus deberes de brujos.

No faltaba en ningún akelarre que se preciase una buena comida a base de cordero o cabrito —aunque hubo quien aseguró que la comida por excelencia eran cadáveres putrefactos—, montones de sidra y, por supuesto, un baile amenizado por la alboka, el txistu y el tamboril, instrumentos satánicos según opinión de los inquisidores. El jolgorio finalizaba con el canto del gallo a la salida del sol, si bien podía ocurrir que alguien pronunciase el nombre de Jesús o de María para que el Diablo desapareciese en medio de un gran estruendo y todos los asistentes regresasen a sus hogares a toda prisa.

Algo así ocurrió durante un akelarre celebrado en Banka, Baja Navarra.

Un criado escuchó ruidos en la casa en la que servía y, al acudir a la cocina, halló a la señora que estaba planchando. Al preguntarle qué hacía, la mujer respondió que tenía que ir a una reunión de brujas, que si quería ir con ella.

El criado aceptó y ella lo sacó chimenea arriba, echándoselo al hombro. Al llegar a la junta, el joven encontró a su novia entre otras muchas brujas.

—¡Jesús, María y José! ¿Tú también aquí? —exclamó sorprendido.

Al escuchar sus palabras, todas las brujas desaparecieron y el joven no pudo encontrar su casa en dos o tres días.

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