Brujas
Plantas
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Antes de que comenzara oficialmente la caza de brujas, a finales del siglo XV, ya existían casos documentados de mujeres vascas acusadas de brujería.
En el año 1279, en Tudela, una mujer, cuyo nombre se desconoce, fue acusada « por dar yerbas» y castigada a pagar 200 sueldos de multa.
En el año 1329, en Bastida (Labastide-Clairance), en Lapurdi, ardió en la hoguera Juana la leprosa acusada de fabricar filtros. Junto a ella murieron otras cuatro mujeres: Peyrona de Posac, Arnauda de Bosc, Dominica de Burban y Juana Fillola.
En el año 1330, en Garazi, Baja Navarra, Jurdana de Irisarri, fue condenada a la hoguera por herbolera y Alemana de Mearin lo fue por
«faytillera», es decir: bruja.
En el año 1334, en Isaba, valle del Ronkal, fue quemada Arnalda de Leiza por haber dado unas hierbas a su vecino Sancho de Aurreberatsa que le causaron la muerte.
En el año 1349, en Tudela, murió en el fuego Sanchuelo de Luesia, llamado «el broxo», es decir, el brujo.
En el año 1370, en Garris, Baja Navarra, se acusó a Guillaume Arnaud de Ibharrat del asesinato de su sobrina. El hombre acusó a sus cómplices, Pes de Goiti y Condesa de Beheiti, ambos de Ilharre, de ser brujos al igual que él mismo, siendo quemados los tres en la hoguera.
Como puede apreciarse, algunas de estas condenas se debieron al hecho de dar yerbas con resultado de muerte por ingestión de las mismas.
Hasta épocas muy recientes, y en muchos lugares, la terapia natural a base de hierbas y plantas era la única medicina posible. El conocimiento de
las propiedades de las mismas era casi exclusivamente de dominio femenino y se utilizaba tanto en personas como en animales. Dicho saber se transmitió de madres a hijas durante siglos de experiencia y puede apreciarse su importancia en el propio idioma vasco, que asocia con las brujas nombres de plantas y animales como sorginbaratxuri ajo silvestre, sorginira una variedad de helecho, sorginkilo junco, sorginorratz caballito del Diablo, insecto parecido a la libélula, sorgin-luma la primera plumilla de los pájaros, sorgin-mandaturi mariposa. Las herboleras eran respetadas y, a la vez, temidas, pues, como ya se ha dicho, tenían en sus manos los remedios para curar y también para matar, pero sus prácticas no han de confundirse con las supersticiones populares sin fundamento alguno.
Así, por poner un ejemplo, para curar el dolor de muelas se mezclaban con vino hojas de hiedra, saúco y media cucharada de sal. El saúco tienen propiedades antisépticas y bactericidas; la hiedra es cicatrizante y un analgésico, si bien puede también ser altamente tóxica, y la sal tiene multitud de propiedades medicinales. Puede verse que la receta tenía su razón de ser aunque las herboleras no fueran capaces de dar un razonamiento «científico».
Curiosamente, la iconografía cristiana tiene su propia santa para la curación del dolor de muelas: Santa Polonia. Según la historia de los santos, Santa Polonia, presa por los sicarios de Dedo, fue conducida ante el Emperador, el cual le pidió renunciara a la fe cristiana, y no habiéndolo conseguido, la condenó al horrible tormento de arrancarle brutalmente las muelas y los dientes. Nada la amedrentó, el martirio, la amenaza de arrojarla viva al fuego; y elevando los ojos al cielo, pidió al Señor que liberara de los dolores de muelas a los que fervorosamente lo pidieran; oyendo ella estas palabras: ¡Oh, desposada de Cristo, tú has conseguido de Dios lo que has pedido! Arrojóse a continuación sobre la hoguera, quedando consternados de admiración todos los presentes. Así que el pueblo acudía con fe a Urkiola y tomaba un sorbo de agua de la ermita de Santa Polonia, daba tres vueltas a la dicha ermita y arrojaba el agua dentro de la misma.
También se preconizaban otros remedios como el de dar mordiscos a una cruz de hierro que se hallaba a las afueras de la aldea de Langarika, en
Álava, lo que probablemente era una formula muy eficaz puesto que el sufriente se quedaba sin dentadura y ya no tenía más problemas.
De los tres remedios, la lógica nos dice que el primero, el de las herboleras, era el único que podría tener un resultado satisfactorio.
En el caso de Arnalda de Leiza la acusación de asesinato por la que fue condenada partió de la mujer de la supuesta víctima, quien afirmó que la herbolera había estado suministrando a su marido unas hierbas en las comidas. Nadie se preguntó cómo pudo ser que la vecina entrara en la casa y echara el supuesto tósigo en el alimento de la víctima con el conocimiento de su mujer y que ésta no fuera inculpada, al menos como cómplice. Puede ser que la acusada únicamente tratara de aliviar inútilmente una enfermedad incurable.
En la Edad Media la enfermedad llamada «fuego de San Antonio» causó miles de muertes. Hacía su aparición súbitamente y provocaba unos dolores abdominales muy fuertes. El único remedio para combatirla eran la oración y las hierbas, si bien ambas resultaran inútiles. La causa se hallaba en un hongo venenoso: el cornezuelo del centeno. La harina de centeno se utilizaba para elaborar el pan, alimento básico y a veces único de las poblaciones, y de ahí que las intoxicaciones fueran habituales. Sus propiedades abortivas y alucinógenas eran conocidas por parteras y curanderas.
Otras plantas como la belladona, el beleño o la mandrágora y además de diferentes clases de hongos y setas como la amanita muscaria, que se dan con profusión en nuestros montes y bosques son asimismo alucinógenas. Su ingestión produce sensaciones encontradas. El beleño provoca un estado de gran ligereza y la persona que lo ha tomado cree estar volando, mientras que la belladona es excitante y provoca carcajadas delirantes. La mandrágora, por su parte, es sedante y antiespasmódica, pero también extremadamente tóxica y puede provocar una disminución del ritmo cardíaco y la muerte. Esta misma planta mezclada con la grasa de niño asesinado y «la piedra de Menfis» —una especie de asfalto utilizada por los
egipcios en sus curaciones que, triturada y mezclada con vinagre, tenía efectos anestésicos— conformaban el ungüento que permitía volar al akelarre, como declaró María Dindarte de Sara.
Los efectos de los hongos eran muy conocidos en todas las culturas primitivas y continúan siéndolo en muchas regiones del mundo donde chamanes, curanderos y videntes los ingieren para sumirse en estados hipnóticos, entrar en contacto con el mundo de los muertos o predecir el futuro. El conocido «monguis», la Psilocybe semilanceata, continúa siendo utilizado en Centroamérica por los adivinadores. Aunque no hay constancia escrita ni oral de su uso por parte de las brujas vascas, en euskara esta setilla se denomina sorgin zorrotz bruja picuda y, según algunas informaciones, todavía se utiliza para «volar», si bien no precisamente por alguna bruja vasca a falta de escoba.
El poder que se creía tenían las brujas para volar tuvo encandilada y preocupada a la humanidad durante siglos. El ser humano ha envidiado de siempre la capacidad de las aves para alzar el vuelo y trasladarse de un lugar a otro por los aires sin esfuerzo aparente. De hecho, las tres religiones monoteístas más importantes del planeta: la hebrea, la cristiana y la musulmana, dotan de alas a los ángeles, emisarios del propio Dios y próximos al trono celestial. Y a Satanás, aun cuando las suyas sean negras en contraste con la blancura angelical, símbolo de la pureza.
También las religiones paganas tenían sus personajes alados. Los griegos, por ejemplo, describían a las sirenas con rostros humanos y cuerpos de ave y al dios Hermes, después Mercurio para los romanos, con alas en los talones. Cisnes, dragones, leones, toros y caballos son una y otra vez representados con alas en las mitologías africanas, mesopotámicas, egipcias o celtas. Y no hay que olvidar a las hadas, que también vuelan.
Pero no hay bondad sin maldad. El lado oscuro lo personificaban las Arpías, monstruos alados con cabezas y pechos de mujer y cuerpo y garras de ave. Eran hermosas en un principio, pero con el paso del tiempo se convirtieron en horribles ancianas de pechos caídos, antecesoras de las brujas en el imaginario popular medieval.
Sin embargo, la verdadera antecesora de las brujas voladoras es Artemisa/Diana, diosa lunar, de la caza, de los animales salvajes, de la
curación, las tierras no cultivadas, la castidad y también de la fertilidad y de los partos pues había ayudado a su madre en el de su hermano gemelo, Apolo. Su culto se menciona en «Los Hechos de los Apóstoles» con motivo de un viaje de Pablo a Efeso. No obstante, casi mil años más tarde, a comienzos del siglo X, se hace mención a ella en un texto escrito por Reginone di Prüm refiriéndose a zonas del sur de Europa: « No hay que callar que ciertas mujeres malvadas, convertidas en seguidoras de Satanás, seducidas por las fantásticas ilusiones del demonio, sostienen que por la noche cabalgan sobre cierta bestia junto a Diana, diosa de los paganos, y a una gran multitud de mujeres; que recorren grandes distancias en silencio de noches profundas; que obedecen las órdenes de la diosa como si fuese su señora; que son llevadas en determinas noches para que la sirvan». Diana sería, a su vez, la cara romana de la diosa celta Epona y de otras diosas matriarcales europeas, entre las que se encuentra nuestra Mari, quien además de poseer el don de volar, dispone de su propio caballo alado.
Pardal, o a veces toma su forma, según testimonios recogidos en algunas leyendas.
Los vuelos de las personas acusadas de brujería tenían más que ver con sustancias alucinógenas que con la magia, por mucho que se afirmase —y lo hiciesen los propios encausados— que volaban a las juntas transformadas en animales, a lomos de carneros u otros animales mágicos o encima de escobas o palos. Durante muchos siglos, la Iglesia católica sostuvo que los vuelos de las brujas eran sueños o producto de la imaginación de personas enfermas o bajo el efecto de las drogas, negándose dicha capacidad, si bien a partir del siglo XV dio un giro en sus opiniones.
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