Cosa Nostra
Iniciación
Aunque la policía no logró entregar a la justicia a los mafiosos de Uditore tras el memorándum del doctor Galati sobre sus desafortunadas relaciones con la cosca de Antonino Giammona, el caso sí sacó a la luz los primeros signos de que la Mafia era una organización secreta unida por un juramento de sangre. Hay que señalar que no solo los hombres que estaban al mando de Antonino Giammona pasaban por un ritual de iniciación, sino que este era prácticamente idéntico al que todavía realizan actualmente los hombres de honor. Cuando el doctor Giuseppe Galati envió su memorándum al ministro del Interior, en 1875, provocó que este último pidiera un informe al jefe de la policía de Palermo. Fue en dicho informe donde el jefe de la policía reveló por primera vez la existencia de un ritual de iniciación mafioso. La fuente de esta revelación era fiable; probablemente provenía de los propios policías, los cuales, como resulta evidente por la historia del doctor Galati, mantenían una estrecha y ambigua relación con la Mafia ya desde sus mismos comienzos.
Según el informe del jefe de la policía, en la Mafia de la década de 1870 cualquier hombre de honor que fuera a iniciarse era llevado en presencia de un grupo de jefes y subjefes. Uno de aquellos hombres pinchaba entonces al aspirante a mafioso en el brazo o en la mano, y le pedía que untara una imagen sagrada con la sangre que emanaba de la herida. Luego se tomaba el juramento de lealtad mientras la imagen se quemaba y se esparcían sus cenizas, simbolizando con ello la aniquilación de todos los traidores.
Un enviado especial del gobierno que viajó a Sicilia respondió al jefe de la policía en nombre del ministro: «¡Enhorabuena! Ahora las autoridades han abierto un nuevo e intrincado campo de investigación». Sin duda el enviado habría quedado sorprendido si hubiera sabido que su «campo de investigación» seguiría siendo enorme e intrincado todavía un siglo después, cuando en mayo de 1976 Giovanni lo Scannacristiani Brusca fue «iniciado» (de hecho, la palabra que utiliza el propio Brusca es combinato, un término italiano vago y corriente que significa «combinado» o «concertado»). El ritual realizado por Brusca resulta asombrosamente parecido a la versión de 1875, y esa semejanza favorece una mejor comprensión de cómo y por qué tenía sentido para la Mafia ser una organización secreta ya desde sus mismos comienzos.
El hombre que más tarde haría volar en pedazos al juez Falcone en Capaci se inició muy joven, a los diecinueve años de edad. El hecho de que su padre fuera un capo le había ayudado a avanzar con rapidez, y de hecho tenía ya un asesinato a sus espaldas. Un día Brusca fue conducido a una casa de campo con la excusa de que iba a celebrarse allí uno de los periódicos banquetes de la organización. Se hallaban presentes muchos hombres de honor, incluyendo el capo de capos, Totò el Corto Riina, a quien el joven llamaba ya padrino. Algunos de los hombres empezaron a preguntarle a Brusca: «¿Cómo te sentirías si mataras a un hombre, si cometieras un crimen?». Aquello parecía bastante extraño; él ya había matado, y sin embargo le preguntaban cómo se sentiría. Él no lo sabía, pero el ritual de iniciación había empezado ya.
En un momento determinado, los demás se reunieron en una habitación, dejando fuera a Brusca. Cuando le llamaron, un rato después, vio que su padre se había retirado y que los otros gángsteres se habían sentado en torno a una gran mesa redonda en cuyo centro había una pistola, una daga y una pequeña estampa de un santo. Los hombres de honor empezaron a bombardear a Brusca con preguntas: «Si acabas en la cárcel, ¿serás fiel, y no un traidor?», «¿Quieres formar parte de la sociedad llamada Cosa Nostra?».
A medida que iba ganando confianza, Brusca empezó a responder con entusiasmo: «Me gustan esas amistades, me gustan los crímenes».
Luego, uno de los hombres de honor le cogió de un dedo y le pinchó con un alfiler; Brusca untó con la sangre la imagen del santo, que luego sostuvo con las manos en forma de cuenco mientras el propio Riina le prendía fuego. El padrino pronunció estas palabras: «Si traicionas a la Cosa Nostra, tu carne se quemará como
este santo»[10], mientras cubría la llama con sus propias manos para evitar que el iniciado dejara caer la estampa.
Entre los estatutos de la organización que Riina le expuso a Brusca aquel día se hallaba el hoy célebre relacionado con la presentación. No se permitía a nadie presentarse como mafioso, ni siquiera ante otro hombre de honor. En lugar de ello, había de ser un tercero, que también hubiera sido iniciado, quien debía presentarlos a ambos utilizando una fórmula parecida a «Es un amigo nuestro» o «Los dos sois lo mismo que yo». Esa fue incluso la frase pronunciada por Riina cuando, una vez que el padre de Brusca fue readmitido en la habitación para las oportunas felicitaciones, «presentó» a padre e hijo como hombres de honor.
Las reglas sobre las presentaciones tal como le fueron explicadas a Brusca revelan algunas interesantes diferencias con respecto a la versión original contenida en el informe del jefe de la policía en 1875. Un siglo antes de que Brusca fuera iniciado, los mafiosos utilizaban un sistema de reconocimiento mutuo mucho más elaborado, un diálogo codificado que empezaba con una conversación sobre un «dolor de muelas»:
A: ¡Por la sangre de Cristo! ¡Cómo me duele esta muela!
(señalándose uno de los caninos superiores).
B: A mí también.
A: ¿Desde cuándo te duele?
B: Desde el día de Nuestra Señora de la Anunciación. A: ¿Dónde estabas?
B: En Passo di Rigano.
A: ¿Y quién estaba allí?
B: Buena gente.
A: ¿Quiénes eran?
B: Antonino Giammona, número uno; Alfonso Spatola, número
dos, etc.
A: ¿Y cómo hicieron la mala obra?
B: Lo echaron a suertes, y ganó Alfonso Spatola. Cogió un santo,
lo tiñó con mi sangre, me lo puso en la palma de la mano y lo quemó. Luego echó al aire las cenizas.
A: ¿A quiénes te dijeron que adoraras?
B: Al sol y la luna.
A: ¿Y quién es tu dios?
B: Un «Aire».
A: ¿A qué reino perteneces?
B: Al dedo índice[11].
Passo di Rigano, aquí mencionado, es otra aldea de las afueras de Palermo. Las referencias «al sol y la luna», al «Aire» y al «dedo índice» son claramente referencias a la «familia» de la Mafia en la que había iniciado el mafioso B.
Esta original ceremonia de reconocimiento resulta más engorrosa y menos fiable que la versión contemporánea explicada a Giovanni Brusca (uno se pregunta, por ejemplo, cómo los dos gángsteres saben cuál de ellos se supone que debe tomar la iniciativa). Sea como fuere, por primera vez este extraño diálogo confirma algo muy sencillo y muy importante sobre los primeros tiempos de la Mafia: se trataba una organización tan extensa que sus miembros no siempre se conocían. Mafia era algo más que un término para designar a un conjunto de bandas locales aisladas o una red de criminales enfrentados entre sí.
Más que ningún otro aspecto de la Mafia, el ritual de iniciación refuerza los mitos generalizados sobre la supuesta antigüedad de la organización. En realidad es tan moderno como todo lo que tiene que ver con la Mafia, y es casi seguro que originariamente se tomó prestado de los masones. Las sociedades secretas masónicas, importadas a Sicilia desde Francia a través de Nápoles en torno a la década de 1820, se hicieron rápidamente muy populares entre los ambiciosos adversarios de clase media del régimen borbónico. Obviamente, dichas sociedades tenían rituales de iniciación, y algunas de sus salas de reunión estaban decoradas con dagas ensangrentadas a modo de advertencia a los posibles traidores. Una secta masónica conocida como los «carbonarios» (término derivado del italiano carbonari, «carboneros») aspiraba a la revolución patriótica. En Sicilia tales grupos se convirtieron a veces en facciones políticas e incluso en bandas criminales; un informe oficial de 1830 habla de un círculo carbonario dedicado a monopolizar los contratos del gobierno local.
Convertirse en una singular organización secreta que utilizaba esa clase de ritos masónicos ofrecía numerosas ventajas a la Mafia. Crear una siniestra ceremonia, y una constitución cuyo primer artículo establecía el castigo a los traidores, ayudaba a crear un clima de confianza, ya que constituía una delicada manera de fijar el precio de la traición entre unos criminales que normalmente no dudarían ni un momento en traicionarse mutuamente. De ese modo, los elevados riesgos implicados en las actividades de extorsión se verían reducidos para todo aquel que se uniera a la organización. Es probable que el ritual resultara especialmente eficaz a la hora de mantener a raya a los miembros más jóvenes y agresivos. La sociedad secreta también ofrecía un sistema de garantías mutuas frente a las bandas vecinas que permitía a cada cosca operar con relativa tranquilidad en su propio territorio. Había asimismo grandes ventajas frente a los criminales externos a la organización, que habían de contar con la aprobación de la Mafia para poder actuar o enfrentarse a su oposición unitaria. Muchas actividades ilegales, como el robo y el contrabando de ganado, comportaban la necesidad no solo de atravesar territorios controlados por otras bandas, sino también de encontrar socios comerciales fiables a lo largo de toda la ruta. Ser miembro de la organización ofrecía las garantías requeridas por todas las partes implicadas en dichas actividades.
En 1875, cuando el ministro del Interior italiano supo del encuentro del doctor Galati con la cosca de Uditore, la historia de la génesis de la Mafia casi se había completado. Sin embargo todavía falta por explicar de dónde venía la Mafia. Queda aún mucho por descubrir sobre el «taciturno, orgulloso y cauto» Antonino Giammona, y ello requiere retroceder algo más en la década anterior a la historia del Fondo Riella.