Cosa Nostra

John Dickie · Capítulo 34 de 46

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Muerte de un «fanático izquierdista»: Peppino Impastato

MUERTE DE UN «FANÁTICO IZQUIERDISTA»: PEPPINO

IMPASTATO

En la década de 1970 —conocida como los «años de plomo»—, la democracia italiana tuvo que enfrentarse a su época más oscura desde la caída del fascismo. Una vez más, conocer la Mafia y luchar contra ella no constituía una de las principales prioridades de la nación. El 12 de diciembre de 1969, dos días más tarde del ataque a Michele el Cobra Cavataio que señaló la reanudación de la actividad de la Cosa Nostra después de los tranquilos años de mediados de la década de 1960, estalló una bomba en un banco de la piazza Fontana, en el centro de Milán; dieciséis personas resultaron muertas y varias docenas heridas. Tres días después, un anarquista inocente al que se había detenido para interrogarle con relación al atentado de la piazza Fontana murió al caer por la ventana de un cuarto piso en el cuartel de la

policía de dicha ciudad[106]. Al poco tiempo empezaron a surgir evidencias que vinculaban a grupos neofascistas con la matanza, y que asimismo conectaban a diversos elementos de los servicios secretos italianos con dichos neofascistas. Los grupos de izquierdas más combativos adoptaron el eslogan: «Fue una matanza estatal». Pero no eran ni mucho menos los únicos que creían que se estaba tramando un complot para acabar con la democracia. No cabe duda de que tal complot existía; la única cuestión, que todavía sigue abierta, es hasta qué punto se había extendido en el seno de las instituciones. Se trataba de una «estrategia de tensión»; un programa de atentados terroristas destinados a preparar el terreno para un golpe de Estado de la derecha.

La estrategia de tensión era una respuesta directa a lo que se percibía como una amenaza de la izquierda. Los años 1967-1968 presenciaron una oleada de protestas estudiantiles que la reacción policial, a menudo excesivamente contundente, no hizo sino radicalizar. Más grave aún resultaba la serie de huelgas y manifestaciones iniciadas en el «otoño caliente» de 1969; por un momento pareció que el movimiento obrero estuviera a punto de situarse más a la izquierda que el Partido Comunista.

El atentado de la piazza Fontana anunciaba un nuevo período de inestabilidad política y violencia. Durante aquella década, y aun después, seguirían nuevos actos terroristas con el sello de la derecha. La peor de las atrocidades sería el asesinato de ochenta y cinco personas por una bomba colocada en la sala de espera de segunda clase de la estación de Bolonia, en agosto de 1980. Pero la violencia política no se limitaba ni mucho menos a la extrema derecha. A mediados de la década de 1970, mientras la crisis económica mundial contribuía a reprimir la militancia laboral, el grupo de partidos situados a la izquierda del Partido Comunista de Italia —con elevados ideales, pero extremadamente beligerantes— empezaron a darse cuenta de que la revolución no estaba a la vuelta de la esquina, como habían creído a finales de la década de 1960. Para una pequeña minoría de aquellos militantes de izquierdas, la acción armada, orientada a exacerbar el conflicto social y preparar el terreno para una insurrección obrera, constituía la respuesta apropiada a la reducción de las huelgas y las «matanzas estatales». Las Brigadas Rojas propugnaban «un ataque al corazón del Estado», y a finales de la década de 1970 y principios de la de 1980 organizaron prominentes asesinatos de policías, jueces, empresarios, periodistas e incluso miembros del Partido Comunista sospechosos de colaborar con el «Estado de las multinacionales».

La implicación de la Mafia en la estrategia de tensión y en las conspiraciones de la derecha desde 1969 constituye uno de los temas favoritos de los «detrasólogos». Hay de hecho uno o dos vínculos inequívocos. En diciembre de 1970 un príncipe neofascista ocupó el Ministerio del Interior en un intento de desencadenar un golpe de Estado; se retiró pacíficamente al cabo de unas horas, y la opinión pública no se enteró del incidente hasta unos meses después. Posteriormente, Tommaso Buscetta y otros pentiti revelarían que se había pedido a los líderes de la Mafia que participaran en el golpe a cambio de la revisión de ciertos veredictos judiciales importantes. Buscetta y Pajarito Greco incluso cruzaron el Atlántico para tratar del tema con Leggio y los demás en una serie de reuniones celebradas en Catania, Roma, Milán y Zurich durante el verano de 1970. Parece ser que muchos de los principales capos no acababan de decidirse por aceptar o no la propuesta. Un pentito observaría con aspereza que en aquel momento se jugaba el mundial de fútbol, y que a medida que Italia iba progresando a lo largo del torneo hasta jugar con Brasil en la final, muchos hombres de honor se mostraban más interesados en ver los partidos en televisión que en reunirse para tratar de la revolución fascista. Finalmente la Mafia aceptó participar en la revuelta, pero al parecer ello se debió al deseo de vigilar de cerca los acontecimientos antes que al hecho de que hubiera compromiso alguno con la causa. La represión de la Mafia a manos del «prefecto de hierro» Cesare Mori había dejado un poso de desconfianza entre la extrema derecha y la Cosa Nostra.

Aparte del abortado golpe de Estado de 1970, se sabe también que la Mafia ayudó a los terroristas de extrema derecha a poner una bomba en un tren que circulaba entre Milán y Nápoles el 23 de diciembre de 1984, de la que resultaron muertas dieciséis personas. Tales episodios han contribuido a alimentar las especulaciones acerca de la posibilidad de que la propia Cosa Nostra fuera una mera herramienta de las sombrías figuras que recorrían los pasillos de los ministerios en Roma, y de que por encima de los más altos escalones de la organización se hallara la mano rectora de un misterioso titiritero moviendo sus hilos. Esto constituye casi con toda certeza una mera fantasía. La historia de la Cosa Nostra sugiere que, cuando esta ha colaborado con subversivos violentos de la derecha, probablemente lo ha hecho solo poniendo sus propias condiciones, con la esperanza de obtener concesiones precisas. La revisión de veredictos judiciales probablemente representa un arquetipo de lo que la Mafia deseaba conseguir con cualquiera de tales acuerdos.

Detrás del derramamiento de sangre y las conspiraciones de finales de la década de 1960 y principios de la de 1970, estaban produciéndose en el sistema judicial italiano una serie de cambios menos llamativos que tendrían una profunda influencia en la futura historia de la Mafia. En Sicilia, como en muchas otras partes de Italia, los magistrados de la vieja guardia eran instintivamente conservadores, y algunos de ellos se hallaban en estrecha vinculación con la clase política a través de sociedades masónicas y lazos familiares. Aun en el caso de que a escala individual ninguno de ellos se confabulara directamente con la Cosa Nostra, como organismo no era probable que aquellos hombres —y todos lo eran— tuvieran el ánimo requerido para enfrentarse al crimen organizado en sus más altos niveles.

Pero entonces, en la década de 1960, la extensión de la enseñanza superior a una parte mayor de la población aumentó también el número de aspirantes a la judicatura. Al mismo tiempo, esta obtuvo finalmente su propio órgano rector, y con él, un grado de independencia del gobierno superior incluso al de otros países europeos. Hacia finales de la década, una organización denominada Magistratura Democrática encabezó un movimiento de los jueces más jóvenes en favor de una reforma del esclerótico sistema judicial. Parte de la nueva generación de magistrados aspiraba a poder llamar al orden a toda una serie de delincuentes de cuello blanco: contaminadores, especuladores inmobiliarios, políticos corruptos, etc.

A medida que el poder de los jueces fue aumentando, estos también se fueron politizando y organizándose en facciones políticamente alineadas. En parte como resultado de ello, la sospecha de que se iniciaban investigaciones, e incluso se dictaban sentencias, por motivos políticos partidistas, se convirtió en un motivo de queja cada vez más frecuente. Pese a esto, los grandes éxitos en la lucha contra la Mafia de los años venideros habrían resultado impensables sin esta lenta transformación del sistema judicial italiano. Se trataba, no obstante, de cambios que tardarían años en tener efectos en la batalla contra la Cosa Nostra.

 

Durante la década de 1970 hubo veces en que pareció que la democracia italiana no sobreviviría al ataque combinado de la estrategia de tensión y el terrorismo de izquierdas. El momento más preocupante se produjo el 16 de marzo de 1978, cuando las Brigadas Rojas secuestraron a la figura más influyente de la Democracia Cristiana, el exprimer ministro Aldo Moro, en un ataque en el que resultaron muertos su chófer y todos los miembros de su escolta. Durante cincuenta y cinco días Italia contuvo el aliento, mientras los políticos de todos los partidos discutían si era mejor mantenerse firmes frente a las demandas de los secuestradores o negociar para tratar de salvar la vida del político. Finalmente, el 9 de mayo, Moro sería asesinado y su cuerpo abandonado en el maletero de un Renault rojo en una callejuela de Roma situada a solo unas docenas de metros de las sedes centrales tanto de la DC como del PCI.

Comprensiblemente, estas emergencias terroristas contribuyeron a sofocar la preocupación por el resurgimiento de la Mafia y por su cotidiano régimen de terror en Sicilia occidental. No hay ilustración más clara de ello que una noticia que apareció el mismo día en el que se encontró el cadáver de Moro en Roma. El periódico milanés conservador Corriere della Sera informaba brevemente de un incidente ocurrido en Cinisi, una pequeña población de la costa occidental de Sicilia, lejos del «corazón del Estado». El titular era: «Fanático izquierdista destrozado por su propia bomba en la vía férrea».

El «fanático izquierdista» era Giuseppe Peppino Impastato. Pero su muerte, a los treinta años de edad, no fue el resultado de un ataque terrorista fallido, ni tampoco de un suicidio, como se afirmaría más tarde. Peppino Impastato fue asesinado por la Mafia de Cinisi, aunque haría falta casi un cuarto de siglo y una tenaz campaña de sus amigos y parientes para que se le hiciera justicia. Para que el lector empiece a comprender por qué este hecho resulta históricamente significativo, basta con que eche un vistazo a la fotografía publicada en el presente volumen en la que aparecen un grupo de «hombres de respeto» de Cinisi, una foto tomada a principios de la década de 1950. Peppino es el menor de los dos niños vestidos con pantalón corto, el que coge con su mano izquierda la derecha de su padre.

 

Cinisi, 1952. Peppino Impastato, que posteriormente se convertiría en un mártir de la lucha contra la Cosa Nostra, es el menor de los dos niños, a la izquierda de la imagen. [Reproducida con la amable autorización de Giovanni Impastato.]

El niño de la foto se convertiría en un militante de izquierdas; un rebelde inteligente, en ocasiones torturado, que dedicó la mitad de su vida a la causa de la lucha contra el capitalismo y la opresión. Como muchos jóvenes italianos de la época, participaba apasionadamente en lo que hoy nos parecen arcanas disputas sectarias realizadas en una árida jerga marxista; discutía de todo desde su postura ideológica, desde la guerra de Vietnam hasta el nudismo; pasaba de un minúsculo partido revolucionario o iniciativa a otro, oscilando constantemente entre la euforia y la desesperación (ya que las relaciones personales y amorosas le resultaban difíciles). Pero si en el caso de Peppino la política constituye un ingrediente esencial de su historia, aún más importante resulta el hecho de que su rebelión se viviera en el seno de uno de los entornos familiares más saturados de Mafia que es posible imaginar. El padre de Peppino era mafioso, un miembro de bajo rango de la «familia» de Cinisi. En la familia consanguínea extensa había asimismo otros hombres de honor, como los había habido durante décadas. La rebelión de Peppino contra este entorno familiar resultaba insólita.

Los miembros supervivientes de la familia Impastato recordarían posteriormente cierto momento de 1963 como el primer signo de la revuelta de Peppino contra la cultura mafiosa en la que había estado inmerso durante toda su infancia. Cuando Peppino tenía quince años, Cesare Manzella, el entonces capo de Cinisi —que también era su tío por matrimonio— fue asesinado utilizando un Alfa Romeo Giulietta cargado de TNT durante la primera guerra mafiosa. El adolescente Peppino se sintió horrorizado. Como todo el pueblo sabía, se encontraron partes del cuerpo de su tío colgadas en limoneros situados a cientos de metros del cráter abierto donde había estado el coche. Impastato le preguntó a otro tío suyo: «¿Qué debió de sentir?». La respuesta —«Todo ocurrió en un instante»— hizo bien poco para calmar la ansiedad del muchacho.

Cuando tenía diecisiete años Peppino era ya un activista, dirigía mítines y coeditaba una hoja informativa, El Ideal Socialista. Su enfrentamiento con la Mafia fue inmediato, directo y asombrosamente valiente en una población en la que la eliminación criminal del movimiento campesino de izquierdas en los años de posguerra constituía todavía un recuerdo reciente. En 1966 escribió un artículo titulado «Mafia: una montaña de mierda». Después de leerlo, uno de sus muchos parientes mafiosos advirtió a su padre: «Si fuera hijo mío, cavaría una zanja y le

enterraría»[107]. A continuación se prohibió a Peppino entrar en casa de sus padres.

Cinisi, la aldea natal de Peppino Impastato, no constituía precisamente una avanzadilla menor en el imperio de la Cosa Nostra. En la década de 1960 fue uno de los más importantes centros de actividad mafiosa de Sicilia occidental. El nuevo aeropuerto de Palermo —obviamente un punto clave en las actividades ilícitas y las operaciones de contrabando— se había construido allí, a finales de la década de 1950. De los ocho mil habitantes de Cinisi, el 80 por ciento tenían parientes en Estados Unidos. No es casualidad que la población fuera uno de los principales centros de almacenaje y distribución del tráfico de heroína transatlántico. El capo de Cinisi, don Tano Badalamenti, tenía fuertes vínculos familiares con el hampa de Detroit, contaba con bases para sus operaciones de tráfico de droga en Roma y Milán, y controlaba toda una serie de empresas de construcción. Asimismo ejercía una enorme influencia en el seno de la Cosa Nostra. Había ayudado a Tommaso Buscetta a elaborar las reglas de la primera comisión en 1957, y sería uno de los miembros del triunvirato establecido en 1970. Según un pentito, tras asumir su puesto en el triunvirato, su primera medida fue ordenar que se disparara a un criminal napolitano de poca monta, se trataba del hombre que unos años antes había abofeteado a Lucky Luciano en un hipódromo de Nápoles. Así, ocho años después de la muerte de Luciano, Badalamenti pudo informar a sus contactos de la Cosa Nostra estadounidense de que el insulto había sido vengado. Cuando se reconstituyó plenamente la comisión, en 1974, sería Badalamenti quien la presidiría.

 

La revuelta de Peppino vino a ahondar unas fisuras que ya existían previamente en la familia Impastato. Su madre, Felicia Bartolotta Impastato, había de darle de comer a escondidas. Ella se había unido a la Mafia por su matrimonio, pero no tenía parientes de sangre que fueran hombres de honor. El padre de Peppino era un hombre dominante y con dificultades de expresión, que solo permitía a su esposa que se juntara con otras esposas de la Mafia. Además, descargaba en ella el «deshonor» y la inquietud que su incapacidad para controlar a su propio hijo le había acarreado. «Aquello era una dictadura. Desesperación… temor. Cuando le oía entrar en casa me meaba», recordaría más tarde. Aunque Felicia tenía demasiado miedo para asistir a los mítines de Peppino, trataba de persuadir a su hijo de que moderara el tono de su campaña: «Mira, Giuseppe, yo también estoy en contra de la Mafia. Pero ¿acaso no

ves cómo es tu padre? ¡Ten cuidado, hijo mío!»[108].

Pese a las amenazas de la Mafia y los temores de su madre, Peppino siguió adelante. En palabras de su madre, luchaba por «cosas justas y necesarias», cosas que casi siempre chocaban con los intereses de la organización. Participó intensamente en una campaña en apoyo de los campesinos cuyas tierras iban a ser expropiadas para que se construyera una tercera pista en el aeropuerto. Asimismo, luchó junto a los obreros de la construcción explotados por empresarios protegidos por la Mafia. A mediados de la década de 1970, dedicó gran parte de su tiempo a la lucha contra lo que el Partido Comunista de Italia denominaba su «compromiso histórico»: la decisión de respaldar a los gobiernos de la Democracia Cristiana cuando juzgara que estos iban en una dirección progresista. Los izquierdistas lo consideraban una traición, si bien se le ha dado cierta justificación argumentando que el «compromiso histórico» salvó a Italia del destino de Chile, donde en 1973 el sangriento golpe de Estado de Pinochet derrocó a un gobierno democrático. Cualesquiera que fueran los aciertos y errores de la estrategia moderada del PCI en el resto de Italia, en Sicilia occidental el compromiso con la DC equivalía, a los ojos de Peppino y de sus camaradas, a colaborar con la Mafia.

Peppino también se mostraba riguroso en su crítica ideológica a los hippies, que habían establecido la primera comuna de Italia en una cercana villa abandonada de los Florio; consideraba desalentador que hubieran renunciado a la política en favor del nudismo y el cannabis. En 1977 fundó una diminuta emisora local de radio, Radio Aut, cuya emisión más destacada era un programa nocturno de música y sátiras dirigidas contra la «Mafiópolis» y su «Mafiacipalidad» (o lo que es lo mismo, Cinisi y su municipalidad o ayuntamiento, dominado por la DC). Los sketches del programa ridiculizaban a la familia mafiosa local y sus turbios asuntos parodiándola en versiones grotescas de la Divina Comedia de Dante o en escenas de western; así, al capo Tano Badalamenti se le parodiaba abiertamente con el personaje de Tano Seduto («Tano [Toro] Sentado»). En un artículo de periódico, Peppino se refería también a Badalamenti como «un rostro pálido aficionado al tráfico de droga y al uso de la escopeta de cañones recortados». En la primavera de 1978 Peppino colaboró en el montaje en Cinisi de una exposición fotográfica titulada «La Mafia y el paisaje», donde se mostraban los daños causados por la construcción de una carretera ilegal. En la misma época fue elegido candidato en las elecciones locales. Existe una escalofriante foto en la que aparecen varios hombres de honor examinando detenidamente uno de los paneles de la exposición sobre «La Mafia y el paisaje»; se tomó un día antes de que Peppino fuera asesinado.

Peppino Impastato sabía el riesgo que corría. Su madre le había advertido de que los mafiosos eran «animales», para quienes «apagar una vela no significaba nada». Probablemente calculó que el hecho de que su padre fuera un hombre de honor le protegería en cierta medida. Hoy sabemos que, en efecto, su padre asumió considerables riesgos para proteger a su hijo de la venganza de Badalamenti. Luego, en septiembre de 1977, murió atropellado por un automóvil. Durante muchos años la familia creyó que su muerte había sido accidental, aunque actualmente ha llegado a la conclusión de que se trató de un asesinato. Cualquiera que sea la verdad, el caso es que la muerte de su padre dejó a Peppino sin protección. En el funeral Peppino se negó a dar la mano a los mafiosos que acudieron a presentar sus respetos, lo que equivalía a un rotundo insulto. Tampoco durante los meses siguientes disminuyó la intensidad de su campaña. Casi con toda certeza sabía que iba a ser asesinado.

La noche del 8 al 9 de mayo de 1978, Peppino fue secuestrado cuando volvía de Radio Aut y trasladado en su propio coche a una destartalada choza de piedra situada a unos metros de la vía del ferrocarril Palermo-Trapani, junto a la valla que rodeaba el aeropuerto. Allí fue golpeado y torturado antes de ser arrojado a la vía con varios cartuchos de dinamita sujetos al torso.

A primera hora de la mañana siguiente, los trabajadores del ferrocarril informaron de que se había dañado una sección de la vía de cincuenta centímetros. Cuando los carabineros llegaron a la escena, encontraron el coche de Peppino, sus zuecos Scholl blancos y sus gafas junto al agujero abierto por la explosión. Los fragmentos de su cuerpo y de sus ropas se habían esparcido por un radio de trescientos metros; solo resultaban reconocibles las piernas, parte del rostro y algunos dedos. La muerte de Peppino representaba un horroroso eco del modo en que había muerto su tío el mafioso en 1963; aquel mismo asesinato que le había llevado a preguntar: «¿Qué debió de sentir?», y a iniciar su rebelión contra la Mafia.

 

El 6 de diciembre de 2000, veintidós años después, una comisión de investigación parlamentaria publicaría un informe sobre el modo en que las autoridades habían manejado la muerte de Peppino Impastato. El informe concluía que la investigación se había realizado de una manera insensible y descuidada, que, en la práctica, venía a apoyar los esfuerzos de los asesinos para hacer que la muerte de Peppino pareciera un ataque terrorista suicida. Los amigos y la familia de Impastato habían proclamado siempre que aquello era una tapadera.

Increíblemente, pese a la conocida campaña de Peppino contra la Mafia, pese al hecho de que Cinisi fuera un notorio reducto mafioso, pese a las amenazas de las que habían sido objeto los activistas, y pese al hecho de que incluso los propios carabineros habían declarado anteriormente que Peppino y sus camaradas eran «incapaces» de cometer actos terroristas, los encargados de realizar las investigaciones que siguieron a la muerte del izquierdista ni siquiera consideraron la posibilidad de que pudiera haber sido asesinado, y aún menos de que lo hubiera sido a manos de hombres de honor. Los testigos presentes en la inspección inicial de la escena, incluyendo el empleado de la funeraria que fue a recoger lo que quedaba del cuerpo de la víctima, están seguros de que había claros rastros de sangre dentro de la choza en la que Peppino fue torturado. Dado que esta no tenía ninguna abertura encarada a la vía del tren, aquellos rastros de sangre no podían haber llegado allí como resultado de la explosión. Y sin embargo el primer informe del caso realizado por los carabineros no menciona ni siquiera la existencia de la choza, a pesar de que el coche de Peppino se encontró junto a ella.

A la mañana siguiente de la muerte de Impastato, los carabineros hicieron una redada en Radio Aut y en las viviendas de sus amigos y parientes. La casa de su madre se registró antes incluso de comunicarle que su hijo había muerto. En casa de su tía encontraron una carta de puño y letra de Peppino escrita unos meses antes; en ella mencionaba su «fracaso como hombre y como revolucionario» e insinuaba la posibilidad de quitarse la vida. Este sería el escaso fundamento de la conclusión del «terrorista suicida» a la que llegaba el informe inicial sobre el incidente. La misma historia se filtró de inmediato a la prensa. En los días siguientes, al revelarse las evidencias de las manchas de sangre en la choza, se produjeron nuevas filtraciones engañosas a los periódicos. Un artículo anónimo publicado en el Giornale di Sicilia sostenía que la sangre era menstrual y que procedía de unas compresas que se habían encontrado cerca. En realidad no se había hallado compresa alguna. Los amigos de Peppino acudieron al lugar y pasaron un día entero de inconcebible angustia llenando varias bolsas de plástico con trozos del cuerpo de la víctima que las autoridades se habían olvidado de recoger. Asimismo, en la choza encontraron una piedra cubierta de sangre; cuando la llevaron a analizar a un forense independiente, la sangre resultó ser del mismo grupo que la del izquierdista.

En los días siguientes las casas de los amigos de Peppino fueron objeto de misteriosos robos. En Cinisi corría el rumor de que Peppino tenía un dossier sobre la Mafia local y sus vínculos políticos y comerciales —él mismo lo había insinuado—, pero jamás se encontró tal dossier. La tensión aumentó; en el cortejo fúnebre de Impastato, mil activistas y amigos suyos llevaron pancartas en las que se leía: «Peppino asesinado por la Mafia», «Seguiremos adelante con las ideas y el coraje de Peppino». Más tarde, algunos de ellos se reunieron ante la casa de don Tano Badalamenti, gritando: «¡Carnicero!».

La investigación parlamentaria del año 2000 constituye un lastimoso catálogo de omisiones y sospechas. El hermano de Peppino declaró ante la comisión que antes del asesinato las relaciones entre la Mafia local y los carabineros parecían ser buenas: «A menudo les veía [a los carabineros] paseando del brazo de Tano Badalamenti y sus secuaces. No se puede tener fe en las instituciones cuando se ve a los mafiosos del

brazo de los carabineros»[109] La comisión de investigación concluía que aquello era un síntoma de la manera en que, en lugares como Cinisi, las autoridades tradicionalmente habían procurado vivir codo a codo con el poder extraoficial de la Mafia.

Cualesquiera que fueran las razones del modo en que se manejó la investigación en sus primeras etapas, lo cierto es que, para cuando hubo otros jueces de instrucción más competentes que se hicieron cargo del caso, las pistas ya se habían difuminado. Así, estos no pudieron sino concluir, en 1984, que Peppino realmente había sido asesinado por la Mafia, pero que no era posible identificar a los culpables concretos.

El caso se reabriría ocho años después como resultado de la campaña de varias personas cercanas a Peppino, especialmente su madre, su hermano y el historiador Umberto Santino. Pero incluso entonces, en 1992, los investigadores hubieron de concluir que no había suficientes pruebas para un juicio. Finalmente, diversos nuevos testimonios de pentiti harían que don Tano Badalamenti fuera llamado a juicio en 1999; por entonces ya estaba cumpliendo una larga condena en una penitenciaría de New Jersey por tráfico de drogas. Mientras se realizaba el juicio, y mientras la comisión parlamentaria investigaba el caso, un intenso filme sobre la historia de Peppino Impastato ganó el León de Oro en el Festival de Cine de Venecia; se titulaba I cento passi («Los cien pasos»), porque esa era la distancia exacta entre la casa de Peppino y la de Tano Badalamenti.

Finalmente, en abril de 2002, don Tano fue condenado a cadena perpetua por haber ordenado el asesinato. La reacción de Felicia Bartolotta Impastato ante el veredicto fue de una extrema dignidad:

Jamás he tenido ningún sentimiento de vendetta. Lo único que he

hecho es pedir justicia por la muerte de mi hijo. Tengo que confesar que, después de tantos años de espera, había perdido la fe, y no creí que llegaríamos a este punto. Ahora siento un gran contento, una gran satisfacción. Siempre supe lo que había ocurrido. Badalamenti solía llamar a mi marido Luigi para quejarse de Peppino y mi marido le

rogaba que no matara al chico[110].

Estas palabras revelan la astronómica distancia que existe hoy entre la madre de Peppino y el mortal entorno doméstico de honor y omertà en el que durante tanto tiempo estuvo confinada. Su experiencia ha proporcionado una perspectiva crucial sobre el papel de las mujeres en la Cosa Nostra, ya que es precisamente a través de las mujeres de las familias próximas a la organización como los valores de la Mafia —el código de honor, el desprecio por la ley, la tolerancia frente a la violencia— se enseñan a los más jóvenes y se transmiten de generación en generación. Entrevistada en 2001, la madre de Peppino dejó claro lo importantes que eran las mujeres para la Mafia y lo orgullosas que se sentían algunas mujeres de Cinisi de llamarse mafiosas; tal como oyó decir a una de ellas: «Mis hermanos nacieron mafiosos. Hay quien nace estúpido y hay quien nace mafioso. ¡Pues mis hermanos nacieron mafiosos!».

Hoy, quienes hacen campaña contra la Mafia ya no se encuentran tan aislados y tan distanciados de las autoridades como Peppino Impastato. Sicilia cuenta actualmente con toda una constelación de asociaciones antimafia. Felicia Bartolotta Impastato, como su hijo, se ha convertido en uno de los símbolos de este amplio movimiento. Sin embargo, el propio hecho de que Sicilia necesite todavía de los símbolos que estas personas representan constituye un signo revelador de su desgracia. Y resulta difícil concluir que la justicia que dichas personas finalmente han conseguido después de un cuarto de siglo sea una auténtica justicia.

 

Las mujeres del entorno de la Mafia pueden plantear una amenaza a la organización: Serafina Battaglia fotografiada durante el juicio de los dos mafiosos sospechosos (aunque posteriormente absueltos) de haber matado a su hijo. Anteriormente ella había instado a este último a vengar el asesinato de su esposo, que también había muerto en una disputa mafiosa. Década de 1960. [Labruzzo, Palermo.]