Cosa Nostra
Introducción
El término mafia es hoy uno más de una larga lista de vocablos —como pizza, espagueti, ópera y casino— que el italiano ha dado a muchas otras lenguas de todo el mundo. Se aplica normalmente a criminales de ámbitos geográficos totalmente alejados de Sicilia y de Estados Unidos, que son los lugares donde está establecida la Mafia en sentido estricto. Mafia se ha convertido en una especie de etiqueta común que define a toda una panoplia de bandas —china, japonesa, rusa, chechena, albanesa, turca, etc.— que tienen poco o nada que ver con la organización siciliana originaria.
Existen otras organizaciones criminales establecidas en otras regiones del sur de Italia, y a todas ellas se les atribuye en ocasiones el calificativo de mafia: la Sacra Corona Unita, en Puglia (el talón de la «bota» italiana); la ’Ndrangheta, en Calabria (el dedo), y la Camorra, en la ciudad de Nápoles y sus alrededores (la espinilla). Todas estas otras organizaciones cuentan con su propia y fascinante historia —una de ellas, la Camorra, es incluso un poco más antigua que la Mafia—, pero aquí solo aludiremos a ellas cuando resulte pertinente para la historia de la Cosa Nostra siciliana. La razón es sencillamente que ninguna otra sociedad ilegal italiana resulta ni de lejos tan poderosa y tan bien organizada, o ha llegado a tener el éxito de la Mafia. No es casualidad que haya sido este término siciliano el que se haya convertido en el más ampliamente utilizado.
Este libro sigue un enfoque selectivo en cuanto que abarca estrictamente la historia de la Mafia de Sicilia. Algunos de los más famosos mafiosos estadounidenses —hombres como Lucky Luciano y Al Capone— aparecerán también en estas páginas, ya que no es posible contar la historia de la Mafia siciliana sin relatar al mismo tiempo la historia de la Mafia norteamericana a la que aquella dio origen. Estados Unidos ha resultado un entorno próspero para la delincuencia organizada durante los últimos dos siglos, pero solo una fracción del crimen organizado estadounidense ha formado parte de la Mafia. En consecuencia, la Mafia norteamericana se sitúa aquí en su correcta y más reveladora perspectiva. Solo cuando se contempla desde la costa de la pequeña isla triangular del Mediterráneo empieza a tener sentido la historia de la Mafia en Estados Unidos, al menos en sus primeras etapas.
La Mafia de Sicilia busca el poder y el dinero cultivando el arte de matar gente y salir impune, y organizándose de una forma única que combina los atributos de un Estado paralelo, un negocio ilegal y una sociedad secreta sometida a juramento como la francmasonería.
La Cosa Nostra es como un Estado ya que aspira a controlar un territorio. Con el acuerdo de la Mafia en su conjunto, cada «familia» mafiosa (el término italiano utilizado a lo largo de gran parte de la historia de la Mafia es el de cosca) ejerce un gobierno paralelo sobre los habitantes de su territorio. La extorsión es para una familia mafiosa lo que los impuestos para un gobierno legítimo. Aunque hay una diferencia: que la Mafia trata de «gravar» toda actividad económica, sea legal o ilegal, y tenderos y ladrones pagan al alimón lo que se conoce como el pizzo. Un mafioso puede muy bien acabar protegiendo tanto al propietario de un concesionario de automóviles como a la banda de ladrones de coches que viven a su costa. Así, el único grupo que está absolutamente garantizado que se beneficia de cualquier acuerdo de protección es la propia Mafia. Como un Estado, la Mafia también se arroga el poder sobre la vida y la muerte de sus súbditos. Pero la organización no es un gobierno alternativo; su existencia se basa en infiltrarse en el Estado legítimo y distorsionarlo para sus propios fines.
La Cosa Nostra es un negocio porque trata de obtener beneficios, aunque sea por medio de la intimidación. Pero raramente obtiene grandes márgenes de sus actividades «gubernamentales». La mayoría de los ingresos procedentes de la extorsión tienden a reinvertirse para mantener su capacidad homicida, comprando a abogados, jueces, policías, periodistas, políticos y trabajadores eventuales, y apoyando a los mafiosos que han tenido la mala suerte de ir a la cárcel. La Cosa Nostra asume esos costes fijos con el fin de construir lo que algunos «mafiólogos» denominan su peculiar «marca» de intimidación. Esta marca mafiosa puede materializarse en toda clase de mercados, como el del fraude en la construcción o el del contrabando de tabaco. Por regla general, cuanto más traicionero, violento y provechoso sea un mercado —el caso más evidente es el del tráfico y venta de narcóticos—, más se beneficiarán los mafiosos que entren en dicho mercado de contar con el respaldo de una marca mundialmente conocida y absolutamente fiable de atroz intimidación.
La Cosa Nostra es una exclusiva sociedad secreta porque necesita seleccionar con gran cuidado a sus afiliados e imponer restricciones a su conducta a cambio de los beneficios que les reporta su afiliación. La principal exigencia que la Cosa Nostra plantea a sus miembros es la de que sean discretos, obedientes y despiadadamente violentos.
La historia de esta organización resulta fascinante en sí misma. Pero su historia no puede tratar únicamente de la Mafia, de los actos de los hombres de honor. Antes que Falcone y Borsellino, hubo muchas otras personas que murieron luchando contra la Mafia. Algunas de ellas son personajes del drama que aquí se relata, puesto que una parte fundamental de la historia de la Mafia es el relato de la lucha de la organización contra los sicilianos y otros que se opusieron a ella desde el principio. La historia de la Mafia abarca también a las personas que, por toda una serie de motivos que van desde el temor racional hasta la complicidad deliberada, pasando por el cinismo político, han favorecido la causa de la organización.
Pero incluso una historia de la Mafia que incluyera todas estas cosas dejaría todavía muchas preguntas sin responder. Dado que todo el mundo fuera de Italia sabe qué es la Mafia, o al menos cree que lo sabe, parece incomprensible que hubiera que esperar a 1992 para que se viera confirmada toda la verdad sobre la Mafia siciliana. ¿Cómo es posible que una organización ilegal fuera tan poderosa y resultara tan difícil de conocer durante tanto tiempo? Parte de la explicación reside en la falta de evidencias. La Mafia sobrevivió y prosperó intimidando a los testigos, y confundiendo y corrompiendo a la policía y los tribunales. Con demasiada frecuencia, en el pasado las autoridades —y, siguiendo su ejemplo, los historiadores— hubieron de limitarse a contar los cadáveres y a preguntarse qué extraña lógica subyacía a todo aquel derramamiento de sangre.
El problema tenía raíces muy profundas; de hecho, llegaba hasta el mismo corazón del sistema de gobierno italiano. Cuando menos, durante el último siglo —e incluso más— el Estado italiano se ha mostrado extremadamente pasivo en lo relativo a la Mafia siciliana. En las escasas ocasiones en que la información sobre la Mafia llegó a penetrar en las instituciones del gobierno, de inmediato fue olvidada de nuevo. Pero incluso cuando se recordó durante algún tiempo, tampoco se le supo dar un buen uso. Italia perdió una y otra vez la oportunidad de averiguar algunas de las verdades que los jueces Falcone y Borsellino revelaron finalmente a costa de su vida. La Mafia era un secreto a voces. Por esa razón, el repetido fracaso de Italia a la hora de comprender la Mafia ha propiciado una historia mucho más rica de lo que hubiera sido el caso si todo se hubiera reducido a una conspiración de capa y espada protagonizada por unos cuantos individuos empeñados en mantener la verdad oculta. Y también por esa razón, este libro, además de ser una historia de la Mafia, es asimismo una historia del fracaso de Italia a la hora de comprender y combatir algo que en todo momento fue visible.
Hay un montón de ejemplos contemporáneos que sugieren que el profundamente arraigado problema de la Mafia en Italia sigue vivo todavía hoy. En el momento de redactar estas líneas, Giulio Andreotti, siete veces primer ministro italiano y senador vitalicio, acaba de ser condenado por hacer que la Mafia matara a un periodista que le estaba haciendo chantaje (el soplón Tommaso Buscetta, el antiguo «capo de dos mundos», ha sido un testigo clave en el juicio). Giuffrèti ha apelado al Tribunal de Casación. Otro célebre caso relacionado con la Mafia es el que afecta al ejecutivo publicitario que en 1993 fundó Forza Italia, el partido político del actual primer ministro y magnate mediático Silvio Berlusconi. Un reciente desertor de la Mafia ha declarado que hubo reuniones de alto nivel con el fin de establecer un pacto entre la Cosa Nostra y Forza Italia. Sin embargo, dichas acusaciones han sido rotundamente desmentidas, y no conviene sacar conclusiones precipitadas sobre estos juicios concretos, ninguno de los cuales ha alcanzado todavía un veredicto definitivo. Pero aparte de hacernos fruncir el entrecejo, también plantean preguntas históricas acerca de cómo se las arregló Italia para verse en esa situación.
Los historiadores que primero trataron de responder a esas preguntas a raíz de las evidencias presentadas por Buscetta no tardaron en hacer un extraordinario descubrimiento que no hizo sino hacer más profundo el misterio de por qué Italia no había sido capaz de comprender antes a la Mafia. En realidad Buscetta no era ni mucho menos el primer hombre de honor que quebrantaba el famoso código de silencio de la Mafia conocido como la omertà; ni siquiera era el primero a cuyo testimonio se había dado credibilidad. Ha habido soplones de la Mafia casi desde que hay mafiosos. Además, desde el primer momento existía un diálogo furtivo, y a menudo íntimo, entre los hombres de honor y quienes ostentaban el poder: policía, magistrados, políticos, etc. Los historiadores pueden ahora escuchar a escondidas algunos pasajes de ese diálogo; eso lo hace fascinante e incómodo de oír, puesto que revela el alcance de la complicidad del Estado italiano con los asesinos.
Aun después del descubrimiento de aquellos primeros desertores de la Mafia seguía existiendo el profundo problema de cómo interpretar lo que habían dicho; policías y jueces habían estado luchando con ese problema desde los comienzos de la historia de la Mafia y hasta el mismo macrojuicio de Falcone y Borsellino. ¿Por qué iba a creer nadie a unos profesionales del crimen que tenían un montón de razones para mentir? Las evidencias proporcionadas por los soplones de la Mafia a menudo se descartaban considerándolas sencillamente demasiado poco fiables para poder ser utilizadas en los tribunales; o, para el caso, en un libro de historia. Los testimonios de los hombres de honor, aunque sean pentiti, resultan siempre difíciles de interpretar. De hecho, incluso el propio término pentito resulta engañoso; el verdadero arrepentimiento en un hombre de honor constituye un fenómeno relativamente raro. A lo largo de toda la historia de la organización, los miembros de la Mafia generalmente han dado sus testimonios al Estado como un modo de vengarse de otros mafiosos que les han traicionado y que les han derrotado en una guerra. Las confesiones se producen cuando a los perdedores no les queda otra arma. Buscetta era uno de esos perdedores, y en consecuencia, al igual que en el caso de otros pentiti, su testimonio resulta parcial.
Hay sin embargo otro aspecto que se debe tener en cuenta en las evidencias de Buscetta, algo que hacía de ellas algo más que una versión subjetiva de los acontecimientos, convirtiéndolas, en cambio, en una auténtica piedra de Rosetta de los testimonios mafiosos. Buscetta explicó exactamente cómo piensan los hombres de honor, puesto que reveló tanto las extrañas reglas que siguen como las razones por las que suelen quebrantarlas. El propio «capo de dos mundos» sentía todavía el poder de tales reglas, y negó siempre que hubiera dejado de ser un hombre de honor para convertirse en un pentito. La gran lección de Buscetta tanto para los jueces como para los historiadores es que hay que tomarse en serio las reglas de la Mafia, lo que en absoluto significa dar por supuesto que siempre se obedecen.
Tommaso Buscetta nunca dejó de subrayar la importancia de una regla concreta dentro de la Cosa Nostra. Es la relativa a la verdad. Gracias a él hoy sabemos que para los mafiosos la verdad constituye un bien especialmente precioso y peligroso. Cuando un hombre de honor es iniciado en la Mafia siciliana, una de las cosas que jura es no mentir jamás a otros mafiosos, sean o no de su misma «familia». En consecuencia, cualquier hombre de honor que mienta puede encontrarse fácilmente con que tiene todos los números para acabar en un baño con ácido. Pero al mismo tiempo, una mentira bien disfrazada puede ser un arma muy poderosa en la permanente lucha por el poder dentro de la Cosa Nostra. El resultado es evidente: una aguda paranoia. Como explicaba el propio Buscetta: «Un mafioso vive aterrado ante la posibilidad de ser juzgado, no por las leyes de los hombres, sino por las maliciosas habladurías internas de la Cosa Nostra. El temor a que alguien pueda hablar mal de él
es constante»[2].
En tales circunstancias no resulta sorprendente descubrir que todos los hombres de honor se muestran prodigiosamente hábiles a la hora de mantener la boca cerrada. Antes de convertirse en testigo del Estado, Buscetta había compartido tres años la misma celda con un hombre de honor que recientemente había cumplido la orden de matar a un tercer mafioso, un amigo íntimo de Buscetta. Durante aquellos tres años los dos enemigos no intercambiaron una sola palabra hostil, e incluso compartieron la cena de Navidad. Buscetta sabía que su compañero de celda había sido ya condenado a muerte por la Cosa Nostra, aunque se ignora si este era también consciente de que se había ordenado su ejecución. Tras su liberación, fue «debidamente» asesinado.
Los hombres de honor prefieren no decir nada a nadie que no sepa ya previamente de qué están hablando; se comunican a través de códigos, señales, fragmentos de frases, miradas imperturbables y significativos silencios. En la Cosa Nostra nadie pregunta ni dice nada más de lo absolutamente necesario; nadie se hace jamás preguntas en voz alta. El juez Falcone observaba que «la interpretación de signos, gestos, mensajes y silencios constituye una de las principales actividades de
un hombre de honor»[3]. Buscetta se mostró particularmente elocuente a la hora de explicar qué se siente al vivir en ese mundo:
En la Cosa Nostra hay obligación de decir la verdad, pero también
existe una gran reserva. Y esta reserva, lo que no se dice, actúa como una maldición irrevocable sobre todos los hombres de honor. Hace
todas las relaciones profundamente falsas y absurdas[4].
Por la misma razón por la que se muestran tan renuentes a hablar abiertamente, cuando los hombres de honor se cuentan cosas, lo que dicen nunca es palabrería. Si, por ejemplo, el mafioso A le dice al mafioso B que él ha matado al empresario X o que el político Y está a sueldo de la Cosa Nostra, probablemente es cierto, y cuando no lo es, se trata de una mentira táctica que a su modo resulta tan significativa como la propia verdad. Así pues, desde Buscetta se ha dejado de ver a los mafiosos como testigos inherentemente poco fiables. Interpretar los testimonios de los mafiosos, sean o no «arrepentidos», se considera ahora que facilita la posibilidad de establecer una pauta que diferencie las verdades de las mentiras tácticas, y de encontrar otras evidencias que corroboren dicha pauta. Esto tiene importantes consecuencias para la historia de la Mafia. Dicha historia se basa en todas las fuentes habituales: archivos policiales, investigaciones gubernamentales, noticias de prensa, memorias, confesiones, etc. Pero como una especie de filigrana grabada con sangre en muchos de esos documentos, tanto si reproducen directamente las palabras de hombres de honor como si solo contienen sus desdibujadas huellas, están presentes los signos del mortífero juego de la verdad que es la vida en el seno de la Mafia.
Dado que resulta inevitable que en cualquier historia persista siempre un elemento de incertidumbre, y no digamos en una historia que se aventura en el intrincado mundo de la Mafia siciliana, este libro no puede decir la última palabra sobre la culpabilidad o la inocencia de los personajes cuyos avatares aparecen en él; la historia de la Mafia no es un juicio retrospectivo. Pero tampoco es un conjunto de meras conjeturas. Aunque sería a la vez equivocado y fútil tratar de encerrar en una cárcel imaginaria a personajes históricos muertos hace mucho tiempo, lo que sí podemos hacer es percibir el acre «olor a Mafia» —como reza la expresión italiana— que todavía desprenden.
La historia de la Mafia cuenta, pues, con muchos personajes y numerosos estratos. En consecuencia, los distintos capítulos de este libro narrarán distintas clases de historias. Se moverán entre los soldados y los capos, pero también penetrarán en los márgenes de la Mafia para hablar de sus víctimas, sus enemigos y sus amigos, desde los más pobres hasta los más poderosos de la sociedad. En uno o dos de los capítulos, y debido a la falta de evidencias históricas, la Mafia aparecerá como lo que a menudo parecía ser en aquel momento: una maléfica presencia espectral.
Antes de hablar de la génesis de la Mafia, esta historia nos da una idea de cómo es actualmente la vida en el seno de la Cosa Nostra, con el código de honor que obedecen los hombres que son miembros de la organización. Varios desertores recientes nos han proporcionado una buena perspectiva acerca de cómo piensan y sienten hoy los mafiosos, lo que sencillamente no resulta posible para períodos anteriores; y obviamente sería simplista utilizar lo que sabemos sobre cosas tales como el actual código de honor para llenar las inevitables lagunas de la historia de la Mafia. En cualquier caso, a medida que se avanza en dicha historia, lo que se va haciendo cada vez más evidente es que la famosa organización criminal siciliana ha cambiado sorprendentemente poco desde sus comienzos, hace unos ciento cuarenta años. Nunca hubo una Mafia buena que en un momento determinado se volviera corrupta y violenta. Jamás hubo una Mafia tradicional que luego se hiciera moderna y organizada, y adoptara una mentalidad empresarial. El mundo ha cambiado, pero la Mafia siciliana se ha limitado a adaptarse, y hoy en día es lo mismo que ha sido siempre desde su nacimiento: una sociedad secreta sometida a juramento, que busca el poder y el dinero cultivando el arte de matar gente y salir impune.