Cosa Nostra

John Dickie · Capítulo 38 de 46

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Cosa Nostra

10 Terra infidelium (1983-1992)

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Terra infidelium

(1983-1992)

LA MINORÍA VIRTUOSA

Un historiador británico ha hablado de las «minorías virtuosas» del Estado italiano. Unos pocos países son lo bastante afortunados como para poder dar ciertas cosas casi por descontadas, como la noción de que todo el mundo es igual ante la ley, o de que el Estado debe servir a los intereses de todos sus ciudadanos antes que a los amigos y la familia de quienquiera que ejerza el poder en aquel momento, ya sea en un ministerio nacional o en un hospital local. Con demasiada frecuencia, en Italia —pero no solo en Italia— hay una minoría virtuosa, de todas las extracciones sociales y de todas las convicciones políticas, que tiene que luchar día a día por esos valores. No se trata evidentemente de que la mayoría de los italianos sean corruptos, o de que la vida pública italiana esté podrida por completo; como sin duda ocurre en la mayor parte de las sociedades de todo el mundo, la mayoría sencillamente se adapta para sobrevivir en el entorno en el que se encuentra.

Las minorías virtuosas de Italia raras veces han parecido estar tan acosadas como durante la década de 1980. La oleada terrorista remitía poco a poco, el movimiento obrero iba en retirada, disminuía el apoyo al PCI y empezaba a cobrar impulso un nuevo boom económico; pero al mismo tiempo la sordidez impregnaba más que nunca el tejido de la sociedad. El Partido Socialista, ahora un socio permanente en las coaliciones de gobierno, casi había abandonado sus objetivos reformistas y luchaba por «ocupar el Estado» tal como lo había hecho la DC desde la década de 1950. Eran los años de lo que los italianos denominaban la «partidocracia», cuando todos los empleados públicos, desde los directivos de los bancos nacionalizados hasta los conserjes de las escuelas, parecían haber sido elegidos basándose en su afiliación al partido gobernante. Para las empresas de algunas ciudades, adjudicarse un contrato público de la clase que fuera comportaba inevitablemente el pago de alguna comisión a los encargados de las finanzas del partido.

En medio del constante regateo entre las diversas facciones del Parlamento, y con una opinión pública cada vez más resignada y desilusionada, era poco probable que la clase política italiana de la década de 1980 cambiara su secular hábito de tratar a la sociedad siciliana como si esta no fuera más que una pandilla de políticos mal avenidos a los que comprar. Por desgracia sería esa misma clase política la que se vería llamada a enfrentarse a la Cosa Nostra en un momento en el que esta se había hecho más rica y sedienta de sangre que nunca.

La Mafia siciliana siempre ha hecho salir a la luz lo peor y lo mejor del Estado italiano, tanto a sus más arteros villanos como a los más virtuosos miembros de las minorías virtuosas. El año antes de su muerte, Giovanni Falcone concedió una serie de entrevistas a un periodista francés en las que explicaba claramente que él no era ningún Robin Hood suicida: «Soy simplemente un servidor del Estado en terra infidelium»; es decir, en «tierra de infieles». En un país que ahora ocupaba el respetable puesto de quinta economía industrial del planeta, Sicilia seguía siendo todavía una especie de Far West fuera del alcance del Estado de derecho.

Falcone representaba en muchos aspectos el mascarón de proa de las minorías virtuosas de Italia, y no es caer en la hagiografía decir que mostraba sus virtudes de una forma pura: coraje, obviamente, pero también devoción a su trabajo y una legendaria capacidad de esfuerzo. Falcone era también rigurosamente honesto y correcto en su trato con la gente, un rasgo que a veces podía hacerle parecer rígido y antipático. Pero más que una faceta de su carácter, se trataba de un calculado mecanismo de defensa tanto para él como para quienes le rodeaban. Cualquiera que pudiera acceder al juez con regularidad, incluso los más honrados de sus amigos, representaba un posible canal a través del cual la Cosa Nostra podía acercarse a él.

Francesco La Licata, un periodista que solía entrevistar a Falcone, experimentó ese acercamiento en su propia carne. Su insólito encuentro con la Mafia se inició una mañana cuando tomaba café en un bar y alguien le preguntó: «¿Se acuerda de mí?». Era Gregorio, un hombre del mismo barrio en el que se había criado La Licata, y que ahora vivía en los márgenes del crimen organizado. «Vamos a dar una vuelta en coche —le sugirió—, y así podremos charlar de cómo eran las cosas cuando éramos niños.» Receloso, La Licata aceptó subir al Volkswagen rojo de Gregorio, pero apenas se hubo sentado pudo observar la culata de una pistola que sobresalía de un bolsillo del asiento. «Hay unas personas que quieren hablar con usted. Pero no se preocupe. Todo va bien», le dijo Gregorio con una sonrisa.

Durante el trayecto, La Licata trató de calcular cuál era la probabilidad de que le asesinaran. Tras un cambio de automóvil, se internaron en lo más profundo de un limonar situado en lo que quedaba de la Conca d’Oro. Allí le condujeron ante un capofamiglia, al que reconoció por una foto policial. Este empezó a hablarle: «Por favor, excúsenos por el modo en que le hemos invitado aquí. Pero como usted sabe, estoy huyendo de la ley. Nos hemos estado informando sobre usted. Sabemos que es

un tipo fiable y que hace su trabajo honestamente»[119]. Luego el mafioso se lanzó a un tortuoso y sensiblero discurso en su propia defensa. Mientras tanto, La Licata trataba de prestar atención a lo que le decía a la vez que lanzaba nerviosas miradas a las profundas aguas de una cisterna situada cerca de donde estaban.

Finalmente el capo llegó a donde quería: «Sabemos que usted puede hablar con el juez Falcone. Tiene que decirle cómo están las cosas, que solo somos hombres de familia víctimas de una vergonzosa calumnia. Lo único que tiene que decirle a él es

lo que yo acabo de decirle a usted»[120]. Era el clásico movimiento de apertura de la Mafia; establecer una conexión de este tipo siquiera fuera vagamente comprometedora con un juez podía abrir la vía al intercambio de favores, al chantaje o a la intimidación.

La Licata sabía que negarse en redondo a actuar de mediador podía fácilmente tener resultados fatales. Pensando frenéticamente y hablando con mesurada cortesía, explicó que cualquiera que se pusiera en contacto con Falcone en nombre de un mafioso era probable que fuera sometido a investigación; sugirió que, en lugar de ello, el capo podía dar su versión a través de una entrevista de prensa. «No estoy autorizado —fue la respuesta—. Nosotros no hacemos esa clase de cosas.» La segunda sugerencia de La Licata —un comunicado enviado a Falcone y a la prensa a través de sus abogados— tuvo mejor acogida: «¡Bien pensado! ¡Buena idea! De ese modo Falcone no se ofenderá. Tiene muy mal carácter».

En el espacio de aquella breve conversación, La Licata había salido airoso tras poner la mano en el fuego por la reputación de rigurosa honestidad y correcto proceder de Falcone; lo que el mafioso llamaba su «mal carácter». Sintiéndose como si hubiera sobrevivido a un desastre, el periodista fue conducido de nuevo sano y salvo al bar de donde había salido unas horas antes. Pasarían varios años antes de que le contara a Falcone la historia de su rapto. A modo de respuesta, el juez le confirmó que, en efecto, le habría sometido a investigación. Los dos hombres se hicieron amigos.