Cosa Nostra

John Dickie · Capítulo 14 de 46

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Cosa Nostra

Primitivos

En la época en la que se descubrió la Hermandad de Favara, la Mafia había dejado los titulares de los periódicos y había entrado en el ámbito más sereno del debate académico. El fiscal jefe del caso de Favara envió un informe sobre las acciones de la Hermandad a una revista académica, Archivio di Psichiatría Scienze Penali ed Antropología Criminale. Dicha revista la dirigía el destacado criminólogo Cesare Lombroso, el intelectual italiano más famoso de su época en todo el mundo. El libro que le había valido su reputación era L’uomo delinquente, publicado inicialmente en 1876. En él afirmaba que se podía identificar a los criminales por ciertas deformidades físicas: orejas con forma de asa de jarra, frente baja, brazos largos, etc. Denominaba a tales signos físicos «estigmas criminales». Lo que estos demostraban, según Lombroso, era que los malhechores constituían en realidad anacronismos biológicos, retrocesos accidentales a un estadio anterior de la evolución humana. De ahí que se parecieran a los «primitivos» pueblos no europeos, e incluso a los animales. Lombroso suponía confiadamente que los no europeos se situaban en un peldaño inferior de la escala del desarrollo racial y, en consecuencia, eran intrínsecamente criminales. Llevando al límite su propia lógica, Lombroso creía también que todos los animales eran criminales.

El carácter disparatado de lo que Lombroso denominaba su «antropología criminal» resulta hoy considerablemente más evidente que entonces. Los italianos eran los preocupados ciudadanos de un frágil y nuevo Estado, y desde la unificación habían sido las víctimas de una alarmante oleada de crímenes. Como resultado, muchos de ellos consideraron tranquilizadoras las ideas de Lombroso. La consecuencia de su teoría era que el hecho de que hubiera tantos malhechores no era culpa de Italia; la biología se convertía en un buen chivo expiatorio. Además de ofrecer consuelo público, las numerosas ediciones de L’uomo delinquente (y su secuela aún más racista, La donna delinquente) proporcionaban a los lectores de Lombroso una lasciva emoción con sus copiosas ilustraciones de orejas de criminales, genitales de delincuentes, etc. Ante las grandes audiencias que acudían a sus conferencias en la Universidad de Turín, Lombroso —un hombre rechoncho, listo como una ardilla— demostraba la presencia de los estigmas de la delincuencia en los cuerpos de criminales vivos.

El pensamiento de Lombroso sobre la Mafia era algo más enrevesado de lo habitual; la atribuía a toda una serie de causas, incluyendo la raza, el clima, la «hibridación social» —sea esta lo que fuere—, y el hecho de que los monasterios habían fomentado la ociosidad al repartir comida gratis. Hubo un montón de críticos que se apresuraron a señalar que sus teorías eran contradictorias y no contaban con el respaldo de evidencia alguna. Pero muchos de aquellos críticos también subestimaban seriamente a la Mafia. El crimen —sostenían— tenía causas sociales. Era la pobreza la que llevaba a los campesinos y trabajadores a formar sociedades secretas. Es cierto que la Mafia era primitiva, pero era primitiva socialmente. Existía porque Sicilia seguía estancada en la Edad Media. Algunos pensadores de izquierdas veían la Hermandad de Favara como una especie de sindicato muy rudimentario. Y confiaban en que la modernización económica y el avance de la clase trabajadora pronto pondrían fin a todos los síntomas de atraso como la Mafia (esta ilusión eclipsaría el pensamiento de la izquierda sobre la Mafia durante varias décadas más).

En la década de 1880, los nuevos ideales de la criminología científica y el progreso social inspiraron a una nueva generación de policías que empezaban a acumular una considerable experiencia en la lucha contra el crimen organizado. Uno de aquellos policías, por lo demás seguidor de Lombroso, era Giuseppe Alongi. Su libro La mafia nei suoi fattori e pelle sue manifestazioni, publicado en 1886, daba una gran importancia a la psicología étnica de los sicilianos. Estos manifestaban «un egoísmo sin límites», «una exagerada percepción de sí mismos», «una capacidad para un desprecio y un odio violentos y tenaces, que son implacables hasta que se logra la

vendetta»[27]. Alongi no creía que tales personas fueran capaces de crear una gran organización criminal que tuviera reglas fijas. La Mafia —sostenía— no era más que una etiqueta que abarcaba una serie de cosche dispares y autónomas situadas en barrios y pueblos concretos. La Hermandad de Favara era un ejemplo de ello. Puede que Alongi estuviera en lo cierto al descartar la teoría de que la Mafia representaba una conspiración centralizada. Pero casi con la misma certeza se equivocaba al desechar la posibilidad de que muchas cosche locales formaran parte de una red de mayor envergadura.

Pese a sus prejuicios primitivistas, Alongi era un astuto observador del estilo de vida de las familias que se beneficiaban del constante goteo de ingresos procedentes del crimen en las áreas de actividad mafiosa. Veía que el dinero se gastaba de manera ostensible en las poblaciones de los alrededores de Palermo. Los hombres llevaban sombreros, botas y guantes caros, y exhibían gruesas cadenas de reloj y anillos de oro. Los domingos, las mujeres se ponían vestidos de seda y sombreritos de plumas. En los días de fiesta se consumía gran cantidad de carnes y postres. Las familias de los médicos, los profesionales y los burócratas no podían competir con la elegancia en el vestir que mostraban sus inferiores sociales.

Alongi observaba asimismo que a los prestamistas les iba muy bien. Como señalara el doctor Galati hablando de la cosca de Uditore una década antes, solo los capos de la Mafia se hacían auténticamente ricos: «La mayoría de ellos despilfarran el fruto de sus robos. Se lo gastan en darse la gran vida, y se entregan al libertinaje, a

la glotonería y a toda clase de vicios»[28]. Según Alongi, el exceso de aquel estilo de vida no se reflejaba en el modo en que los propios hombres de honor hablaban y se comportaban:

Esas gentes son imaginativas, y sus aldeas, calurosas; su lenguaje

cotidiano es melifluo, exagerado, lleno de imágenes. Pero el lenguaje

del mafioso es breve, sobrio, cortante… La expresión lassalu iri («déjalo correr») tiene un significado desdeñoso, con estas connotaciones: «Mi querido amigo, el hombre con el que tratas es un imbécil. Elegirle como enemigo no hace sino comprometer tu dignidad»… Otra expresión —be’lassalu stari («déjalo estar»)— parece idéntica, pero tiene el significado opuesto. Se traduce por «Ese hombre merece una buena lección. Pero ahora no es el momento. Esperemos. Luego, cuando menos se lo espere, ya le cogeremos»… El auténtico mafioso viste con modestia. Afecta una afabilidad fraternal en su actitud y en su manera de hablar. Finge ser ingenuo, estar estúpidamente atento a lo que le dices. Soporta con paciencia

insultos y bofetadas. Y luego, esa misma noche, te mata[29].

El libro ayudó a Alongi a hacer una excelente carrera profesional. Su insistencia en que la Mafia era una banda primitiva y el hecho de que se mostrara tan reticente con respecto a sus conexiones con políticos, policías y jueces probablemente tuvo algo que ver con su éxito.

 

La fascinación de Italia por sus «primitivos» tenía también un lado más débil, aunque, en última instancia, más siniestro. Durante más de cuatro décadas antes de la Primera Guerra Mundial, Giuseppe Pitrè, un médico enjuto y erudito, recorrió Palermo y sus alrededores en un destartalado carruaje que también hacía las veces de oficina, ya que su interior se hallaba permanentemente abarrotado de papeles y notas. A su paso iba recogiendo dichos, fábulas, canciones, costumbres, ritos y supersticiones campesinas. Pitrè, a quien le gustaba considerarse a sí mismo un «demopsicólogo», elaboraba un vasto retrato de la mentalidad colectiva siciliana. El resultado de ello fue un inestimable —aunque sensiblero— archivo de un mundo «primitivo» en extinción. Casi todo lo que la gente ha pensado acerca del folclore siciliano desde finales del siglo XIX —y casi todos los estereotipos sobre el carácter siciliano— tiene su origen en dicho archivo.

He aquí cómo definía a la Mafia en 1889 este profesor de «demopsicología»:

Mafia no es ni una secta ni una asociación, no tiene reglas ni

estatutos. El mafioso no es un ladrón o un criminal… Mafia es la conciencia del propio ser, una exagerada noción de la propia fuerza individual… El mafioso es alguien que siempre desea dar y recibir

respeto. Si alguien le ofende, no acude a la ley[30].

Cuando la Cavalleria rusticana alcanzó su asombroso éxito al año siguiente de que Pitrè publicara estas palabras, puede que sintiera un orgullo perfectamente justificado. La ópera que vendió al mundo el mito de la caballerosidad rústica se basaba en una breve historia y en una obra en un acto de un destacado autor siciliano de la época, Giovanni Verga, quien a su vez se había basado en gran medida en el trabajo de Pitrè. Aunque filtrada a través de las palabras de otros hombres, la Sicilia a la que Mascagni puso música, y legó a la posteridad, es en buena medida la Sicilia de Pitrè.

Pitrè se convertiría en un talismán para los gángsteres sicilianos y sus abogados durante mucho tiempo; su cómoda definición de la Mafia fue incluso citada ante los tribunales a mediados de la década de 1970 por un temible capo de Corleone, Luciano Leggio. No es probable que el propio Pitrè fuera miembro de la Mafia; sin embargo, en la época en la que se representó por primera vez la Cavalleria rusticana, en 1890, trabajaba en el gobierno local de Palermo en estrecha colaboración con un miembro del Parlamento del que proclamó efusivamente que era «un auténtico caballero… un administrador extremadamente recto y honesto». Aquel «honesto administrador» fue en realidad el mafioso más célebre del cambio de siglo, un hombre que desmentía cualquier posible relación de la Mafia con el atraso: don Raffaele Palizzolo. Cuando la opinión pública llegara a saber más sobre don Raffaele, descubriría también lo profundamente que la Mafia había llegado a extender su poder en el sistema de gobierno italiano, y ello en la misma época en la que el país se dedicaba a convencerse a sí mismo de que los hombres de honor no eran más que primitivos.