Cosa Nostra

John Dickie · Capítulo 33 de 46

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La crisis espiritual de Leonardo Vitale

La historia de la Mafia siciliana no se compone solo de alta política, grandes negocios y guerras. La década de 1970 fue también el escenario de dos tragedias —que relataremos en este apartado y en el próximo—, las cuales nos hablan de las intensas inquietudes cotidianas que afectaban a los hombres, mujeres y niños que vivían en lo más profundo del sistema mafioso.

Alrededor de las once de la noche del 29 de marzo de 1973, Leonardo Vitale se dirigía al cuartel local de la brigada móvil de Palermo para declarar que estaba atravesando una crisis espiritual y tenía la intención de comenzar una nueva vida. Tenía entonces treinta y dos años, y era un hombre de honor de la «familia» mafiosa de Altarello Di Baida, en la que ostentaba el rango de capodecina. En presencia de unos agentes mudos de asombro, Vitale admitió dos asesinatos consumados, un intento de asesinato, un secuestro y un montón de delitos menores. Asimismo, dio los nombres de los culpables de otros homicidios. Explicó cómo se organizaba una «familia» mafiosa, quiénes eran los miembros de su propia «familia», y reveló la existencia de la comisión. Aunque dentro de la organización ocupaba un nivel demasiado bajo para saber quién formaba parte exactamente de la comisión, sí explicó que en cierta ocasión el corleonese y miembro del triunvirato Totò el Corto Riina había acudido a dirimir una disputa entre su familia y la vecina. Cuando la noticia llegó a la prensa, Vitale fue apodado «el Valachi de las afueras de Palermo». Una vez más, y mucho antes que Tommaso Buscetta, un pentito había revelado secretos de la Mafia a cualquiera que estuviera dispuesto a escucharlos.

Tres semanas después de que Vitale se hubiera entregado, un juez de instrucción invitó a un equipo de psiquiatras forenses a la cárcel de Ucciardone, y les dio instrucciones de que averiguaran si el pentito estaba lo bastante cuerdo como para resultar un testigo creíble en un juicio. De hecho, se habían evidenciado ya algunos signos de que su estado mental era frágil. Anteriormente, aquel mismo año, cuando había estado retenido durante una semana en la isla de Asinara bajo la sospecha de haber tomado parte en un secuestro, se había cubierto con sus propios excrementos. Vitale les explicó por qué a los psiquiatras:

Hacer algo así me ayudó a entender de algún modo… a entender

que algo así no es malo, pero otras cosas son malas. Algo así no puede hacer daño a la gente, pero otras cosas son malas… las que yo hacía

antes[103].

El gesto de Vitale de embadurnarse de heces resultaba mucho más elocuente que sus palabras, ya que era un hombre de pocas luces. Pero a pesar de sus dificultades de expresión, la historia que contó a los psiquiatras forenses proporciona una de las más reveladoras perspectivas sobre el coste emocional de pertenecer a una organización que actúa en un reino de silencio y de muerte.

El hombre más influyente en la vida de Vitale, el hombre en el que buscó el afecto que le faltó tras el fallecimiento de su padre, fue su tío, que también se convirtió en su capo. «Él lo era todo para mí», diría Vitale. La inquietud que más influyó en su vida giraba en torno a su incierta masculinidad: «Yo creía que era un pederasta, y siempre he tenido que cargar con ello». A los catorce años de edad dejó de ir a misa porque culpaba a Dios de los «malos pensamientos» que atravesaban su mente. Se convirtió en mafioso —explicaría— «como protesta contra mi propia naturaleza, porque Dios me había dado aquellos complejos. Una protesta contra Dios,

por el complejo de no ser un hombre»[104].

Pero no fue culpa de ningún «complejo» que el destino de Leonardo Vitale se decidiera ya cuando solo era un muchacho. En la familia Vitale el sistema de valores de la Mafia se había ido transmitiendo de generación en generación, y probablemente él era descendiente de un asesino que había sido absuelto de trabajar para don Raffaele Palizzolo allá en la década de 1890. Siguiendo la tradición familiar, cuando el tío de Leonardo percibió la admiración que el joven sentía por él, empezó a poner a prueba su temple, diciéndole en cierta ocasión: «¿Ves mis manos? Pues están manchadas de sangre, y las manos de tu padre aún estaban más manchadas que las mías». Su tío le pidió que demostrara su «valor», primero matando un caballo, y luego, a los diecinueve años, matando a un hombre; para ello le llevaron en un pequeño Fiat 500 que adelantó a la víctima, y a continuación él le disparó con una escopeta apostado en el asiento trasero. La recompensa de Leonardo fue que su tío le llevó a cazar alondras, después de lo cual sería iniciado en la «familia» de Altarello Di Baida. En lo que hoy identificamos como una variante con sabor histórico del habitual ritual de iniciación, le pincharon en el dedo con la espina de un naranjo amargo, un árbol cuyo fruto ha sido apreciado por su zumo desde la época de los árabes.

Envenenando a perros guardianes, quemando automóviles, destrozando árboles frutales, matando a un ladrón de limones, enviando cartas amenazadoras con calaveras dibujadas, poniendo bombas en despachos, destrozando maquinaria en los solares de construcción y dedicando mucho tiempo a haraganear, durante los trece años siguientes Leonardo Vitale participó en el negocio cotidiano de la extorsión, actuando como «recaudador» del territorio de su «familia» a las órdenes de su tío. En 1969 Vitale subió de categoría al matar a otro mafioso. Como consecuencia de ello, su tío empezó a revelarle más secretos de la organización, hablándole de la existencia de la comisión, que había ordenado su más reciente asesinato, así como el del periodista de L’Ora Mauro De Mauro, que desapareció en 1970. Vitale fue ascendido y se convirtió en capodecina, lo cual no significaba gran cosa para él aparte de quedarse con una parte mayor del botín.

Vitale explicó a los psiquiatras que había dejado atrás su antiguo Yo y sus inquietudes revelando los secretos de la Mafia. Era —decía— como si sus crímenes los hubiera cometido otra persona. Había reencontrado a Dios, su paz interior, y con ella, el definitivo convencimiento de que en realidad no era un pederasta. Pero a medida que iba contando más detalles de su historia a los psiquiatras, se percibía que su estado de ánimo se hacía más depresivo e impredecible. Un día apareció con cortes en los brazos que se había hecho él mismo; luego empezó a ir sin zapatos y con una larga barba, declarando: «¡Un loco, yo era un loco!». Los jueces empezaron a preguntarse si todavía experimentaba la crisis espiritual que le había llevado a desertar de la Mafia, o si le habían presionado para que se fingiera demente con el fin de socavar su testimonio. Cuando concluyó el examen psiquiátrico, Vitale fue declarado «semidébil mental»; pero los expertos también decidieron que su enfermedad no afectaba a su memoria, ni, en consecuencia, a la credibilidad de su testimonio. La propia reacción escrita de Vitale a cómo le clasificaron los psiquiatras resulta desgarradora en su tensa lucidez:

Semidebilidad mental = enfermedad psíquica. Mafia =

enfermedad social. Mafia política = enfermedad social. Autoridades corruptas = enfermedad social. Prostitución = enfermedad social, sífilis, condiloma, etc. = enfermedad física que influye en la psique del enfermo desde la misma infancia. Crisis religiosa = enfermedad psíquica que se deriva de esas otras enfermedades. Esos son los males de los que yo, Leonardo Vitale, resucitado en la fe del verdadero Dios,

he sido víctima[105].

El caso llegó a juicio en 1977. De los veintiocho acusados, solo Vitale y su tío fueron condenados. La «semidebilidad mental» y el comportamiento errático de Leonardo habían sido suficientes para debilitar fatalmente la base de la acusación. Si aquellas absoluciones resultaban, pues, comprensibles, no puede decirse lo mismo del modo en que la profunda e importante perspectiva que proporcionara Vitale de la naturaleza de la Mafia resultaría a continuación completamente ignorada por las autoridades. Leonardo Vitale fue condenado a veinticinco años de cárcel. Tras pasar la mayor parte de su condena en instituciones mentales, sería puesto en libertad en junio de 1984. Poco después, gran parte de lo que había dicho ya en 1973 se vería confirmado cuando Tommaso Buscetta se convirtió en testigo de cargo. El domingo 2 de diciembre de 1984 Vitale volvía de misa con su madre y su hermana, cuando un individuo no identificado le disparó dos veces en la cabeza. Más tarde, aquel mismo año, Giovanni Falcone y Paolo Borsellino presentaron sus evidencias en apoyo del «teorema de Buscetta» como preparación para el macrojuicio. Iniciaban el documento contando la historia de Leonardo Vitale, una historia que concluían con las siguientes palabras: «Cabe esperar que al menos después de su muerte se dé a Vitale el crédito que merecía».