Cosa Nostra

John Dickie · Capítulo 12 de 46

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2 La Mafia penetra en el sistema italiano (1876-1890)

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La Mafia penetra en el sistema italiano

(1876-1890)

«UN INSTRUMENTO DE GOBIERNO LOCAL»

Las evidencias de las desgracias del doctor Galati a manos de la Mafia de Uditore no se dejaron arrinconadas, ya que fueron añadidas a los documentos incluidos en una investigación parlamentaria a gran escala sobre la ley y el orden en Sicilia, creada en el verano de 1875, aunque no haría públicas sus conclusiones hasta enero de 1877. La historia de la investigación parlamentaria —la primera que abordaba explícitamente la cuestión de la Mafia— muestra lo que sabían los gobernantes italianos del problema de la Mafia en Sicilia. También forma parte de un drama político de mucha mayor envergadura que tuvo lugar entre 1875 y 1877, ilustrando cómo el sistema político italiano no solo no fue capaz de combatir a la Mafia en sus primeros años, sino que además contribuyó activamente a su desarrollo.

El mapa de la política italiana tras la unificación era parecido al plano de Palermo en aquella época: un laberinto de pequeños callejones dentro de los sencillos contornos de las calles principales. Durante una década y media a partir de la unificación, Italia estuvo gobernada por una vaga coalición denominada «la derecha», cuyo núcleo estaba integrado por terratenientes conservadores del norte del país. La oposición, un grupo aún más vago denominado «la izquierda», y cuyos principales reductos se hallaban en el sur de Italia y en Sicilia, era favorable a un mayor gasto público y a una mayor democracia. Pero las diferencias entre las dos coaliciones eran tanto culturales como políticas. A menudo la derecha tenía la impresión —no del todo sin razón, cabría añadir— de que muchos miembros parlamentarios del sur de Italia y de Sicilia debían su elección a una política caciquil y a una maquinaria electoral que sobornaba a los partidarios e intimidaba a los oponentes. A la izquierda, por su parte, la derecha le parecía arrogante e hipócrita; había traicionado los ideales que habían conducido a la fundación del Estado italiano y había ignorado abiertamente al Sur.

La historia de la investigación parlamentaria se inicia en 1874, en un momento en el que la coalición de la derecha empezaba a tener graves problemas. Sicilia —donde los partidarios de la derecha siempre habían sido escasos— constituía la causa principal de las dificultades del gobierno. En 1874, y por varias razones (la primera de las cuales era la política fiscal), Sicilia se estaba alejando completamente de la influencia política de la derecha. En las elecciones de noviembre de aquel año, cuarenta de los cuarenta y ocho distritos electorales sicilianos devolvieron a los parlamentarios de la oposición a los escaños del Parlamento nacional de Roma. Un experto en la «secta», Nicolò Turrisi Colonna, se hallaba entre los principales gestores de la campaña electoral de la izquierda. Y le ayudaba en su tarea Antonino Giammona, su capo mafioso favorito y el perseguidor del doctor Galati. Giammona contaba con un grupo de seguidores que pusieron unos cincuenta votos directamente bajo su control, lo cual sucedía en una época en la que solo el 2 por ciento de la población tenía derecho a sufragio y normalmente bastaban unos centenares de votos para hacerse con un distrito electoral.

En Roma, tras las elecciones de noviembre de 1874, la derecha se aferraba al poder. Tanto durante la campaña electoral como después de ella, recurrió a una táctica que ya había utilizado anteriormente: sacar a relucir la cuestión de la delincuencia para desacreditar a la oposición. En un tono más estridente que nunca, la derecha acusó a los parlamentarios sicilianos de la izquierda de tratar de socavar la unidad del país, de ser unos corruptos, de utilizar a bandidos para obtener votos y de ser unos mafiosos.

Como parte de esta estrategia, poco después de las elecciones el gobierno propugnó algunas leyes extremadamente represivas; se proponía que los sospechosos de pertenecer a organizaciones criminales y sus amos políticos pudieran ser encarcelados sin juicio previo por un período de hasta cinco años. Se presentaron un montón de pruebas convincentes, recogidas de los prefectos, los jueces de instrucción y la policía, ante el comité encargado de examinar el proyecto de ley. Se señaló que durante el año 1873 se había producido un asesinato por cada 44.674 habitantes en la región septentrional de Lombardía, mientras que en Sicilia la cifra era de un asesinato por cada 3.194 habitantes. Los informes oficiales indicaban que la Mafia se extendía ahora por toda la Sicilia occidental e incluso había penetrado en algunas ciudades del este, como Messina, un importante puerto de la industria de los cítricos. Las opiniones de los prefectos estaban divididas con relación a si la Mafia era o no una organización unitaria y acerca del papel que desempeñaba en ella la mentalidad siciliana. Pero la mayoría de ellos tenían claro que la organización basaba su poder en los negocios de extorsión y en la intimidación de los testigos, y que entre las personas que reclutaba se incluían sicilianos de todas las clases sociales. El prefecto de Agrigento, en el sudoeste de Sicilia, creía que los mafiosos constituían una «categoría» especial de hombres:

La categoría de mafioso se adquiere mostrando evidencias de

coraje personal: llevar armas prohibidas, batirse en duelo por cualquier pretexto, apuñalar o traicionar a alguien, fingir que se perdona una ofensa con el fin de vengarse de ella en otro momento o lugar (tomar venganza personal por los agravios recibidos es la primera ley canónica de la Mafia), mantener absoluto silencio con respecto a tal o cual crimen, negar ante todas las autoridades y magistrados que se sepa nada de ningún crimen que se haya visto cometer, prestar falso testimonio con el fin de procurar la absolución

de los culpables, estafar de la manera que sea[19].

El sobrio y bien informado corresponsal del Times en Roma leyó parte de este material y concluyó alarmado que la Mafia era «una secta intangible cuya organización es tan perfecta como la de los jesuitas o los francmasones, y cuyos

secretos resultan aún más impenetrables»[20].

Al presentar todas estas evidencias y propugnar sus nuevas leyes contra el crimen, lo que hacía la derecha era una desesperada tentativa para dar la impresión de que representaba a un gobierno antimafia que se enfrentaba a una oposición promafiosa. A la izquierda, en cambio, le parecía que la derecha se había pasado de la raya. No solo eran los hombres como Turrisi Colonna quienes constituían el objetivo directo de las propuestas del gobierno, sino que también se sintieron amenazados por ellas muchos terratenientes sicilianos que simplemente eran víctimas de la Mafia. Desde la unificación, estos habían estado esperando en vano que el gobierno les ayudara a escapar de las garras del crimen organizado. Pero ahora que su paciencia se había agotado por completo y habían votado a los candidatos de la oposición, se encontraban con que se habían convertido en potenciales objetivos de la policía. Se había creado el caldo de cultivo para una confrontación política entre los dos bandos.

Dicha confrontación se produjo durante un tenso debate en el Parlamento en torno a las reformas propuestas que se desarrolló a lo largo de diez días en el mes de junio de 1875. Cuando se inició la discusión, un parlamentario siciliano tras otro se levantaron para defender la reputación de la isla. Algunos negaron la existencia de la Mafia; esta —afirmaban— constituía un mero pretexto para denigrar a la oposición. Señalaban los venenosos prejuicios antisicilianos exhibidos por un prefecto que afirmaba, en un informe que se había filtrado a la opinión pública, que los sicilianos eran gentes «moralmente pervertidas» que solo podían ser gobernadas por la fuerza.

Al final hubo una intervención que hizo estallar la polémica; gracias a ella, el debate sería recordado como el mayor alboroto producido desde la fundación del Parlamento en 1861. Durante los primeros discursos, varios oradores de la izquierda empezaron a preguntar en voz alta por qué un hombre sentado en sus propios escaños no había intervenido todavía. Alto y delgado, con anteojos y una incipiente calvicie, Diego Tajani, parlamentario del sur de Italia, había sido fiscal jefe del Tribunal de Apelación de Palermo entre 1868 y 1872, y, en consecuencia, sabía mucho acerca de cómo la derecha había gobernado Sicilia. Los parlamentarios de la izquierda le consideraban su arma secreta contra el gobierno, y sus comentarios pretendían hacerle decir lo que sabía. Como exfuncionario público, Tajani se mostraba renuente a hablar de las tareas que había desempeñado en el pasado. Pero al final, espoleado tanto por los comentarios de sus colegas de los escaños de la izquierda como por los intentos del gobierno de adjudicarse la preeminencia moral en la cuestión de la

delincuencia, se levantó para dirigirse a la cámara[21].

El discurso de Tajani empezó con una burla dirigida a los hombres de la izquierda que se sentaban junto a él: negar la existencia de la Mafia —les dijo— era como negar la existencia del sol. Luego se dispuso a lanzar pullas mucho más afiladas contra la derecha. Con lo que uno de los periódicos progubernamentales calificaría de «fría sonrisa» en los labios, Tajani reveló que, tras la revuelta de 1866, la derecha había instado a la policía a colaborar con la Mafia. Los mafiosos —alegó— obtendrían libertad de acción a cambio de proporcionar información a las autoridades sobre los criminales ajenos a la organización y sobre cualquiera que el gobierno considerara subversivo.

Tajani había estado implicado personalmente en los casos más escandalosos, centrados en la figura de Giuseppe Albanese, el jefe de la policía de Palermo, nombrado en 1867. Albanese no tenía ningún escrúpulo en confesarse admirador de un funcionario borbónico que había «hecho que la Mafia se interesara en mantener la paz»; era lo que un contemporáneo calificó de enfoque «homeopático» de la ley y el orden. Este implicaba hacer amigos entre los mafiosos, utilizándoles como captadores de votos y agentes de policía extraoficiales, y ayudándoles en contrapartida a mantener a raya a sus rivales.

En 1869 —explicó Tajani— el jefe de policía Albanese había sido apuñalado por un mafioso en una plaza de Palermo. Resultó que la agresión se debía a que había estado tratando de chantajear a su agresor. Albanese también estaba relacionado con una banda criminal que había entrado en las oficinas del Tribunal de Apelación, y desde allí había excavado un túnel por debajo de una calle principal para robar en una entidad de ahorro y llevarse una serie de objetos preciosos del museo de Palermo. Posteriormente todos aquellos objetos serían hallados en casa de un hombre que trabajaba en el despacho de Albanese, en la jefatura de policía.

Tajani aseguró al Parlamento que el jefe de policía Albanese representaba algo más que un caso aislado de agente de policía corrupto. En 1869, en el transcurso de su labor como fiscal jefe, Tajani había descubierto que en Monreale, cerca de Palermo, se habían cometido crímenes con la aprobación del comandante de la Guardia Nacional. Poco después de que se supiera la noticia, dos criminales que al parecer estaban dispuestos a proporcionar evidencias sobre el caso fueron víctimas de una emboscada y asesinados. El propio Albanese, a pesar de ser jefe de la policía, no solo desalentó la investigación acerca de cómo y por qué habían muerto los dos hombres, sino que incluso le dijo al magistrado responsable que habían sido «razones de orden público [las que] habían inducido a las autoridades a ordenar su muerte». En 1871, y a instancias de Tajani, se acusó a Albanese del asesinato de los soplones del caso Monreale. Y fue precisamente el hecho de que Albanese fuera liberado por falta de pruebas lo que hizo que Tajani dimitiera en señal de repulsa y se presentara a las elecciones bajo el estandarte de la izquierda.

Antes de que Tajani pudiera finalizar su discurso ante el Parlamento, fue airadamente interrumpido por Giovanni Lanza, un hombre sexagenario de aspecto demacrado. Lanza había sido primer ministro y ministro del Interior en la época de la supuesta política de confabulación con la Mafia. Hijo de un herrero, hombre austero y hecho a sí mismo, encarnaba las pretensiones de superioridad moral de la derecha sobre la izquierda. Pero apenas había empezado a descargar su ira en respuesta a las acusaciones de Tajani cuando sus palabras se vieron ahogadas por una oleada de gritos, abucheos y silbidos. Lo que había empezado como una sesión algo ruidosa degeneró en el caos, y los partidarios de ambos hombres empezaron a darse empujones y a intercambiar insultos. Tajani permaneció inmóvil, con su fría sonrisa fija en el rostro mientras contemplaba cómo cuatro de los amigos de Lanza sacaban al exprimer ministro de la cámara para protegerle. El alboroto se propagó a los pasillos del Parlamento y hubo que suspender la sesión.

Solo al día siguiente Tajani pudo llevar su discurso a su escueta conclusión: «La Mafia de Sicilia no es peligrosa o invencible por sí misma. Es peligrosa e invencible porque constituye un instrumento del gobierno local». Tras haber recuperado la calma, Lanza presentó una propuesta de investigación sobre aquellas acusaciones, pero el daño político al gobierno ya estaba hecho. La plataforma en favor de la ley y el orden de la derecha se había venido abajo. Nadie podía creer ahora que el Parlamento se hallara dividido entre políticos promafia y antimafia. Resultaba más fácil para ambos bandos olvidarse del asunto. Así, cuando se aprobaron las leyes represivas (que estaban destinadas a convertirse en letra muerta), tanto la izquierda como la derecha acordaron lo que para los políticos de todas partes constituye el medio preferido de suavizar cualquier cuestión polémica: crear una comisión de investigación parlamentaria. La Mafia figuraba en el ámbito de la investigación, pero esta incluía tantos otros temas relacionados con la sociedad siciliana que casi era inevitable que los verdaderos contornos del asunto de la Mafia acabaran por desdibujarse.

No resulta sorprendente que los dos intelectuales «británicos» Franchetti y Sonnino no confiaran en la capacidad de penetración de la investigación parlamentaria y posteriormente decidieran realizar en cambio su propia investigación privada. Las personas con las que hablaron Franchetti y Sonnino, una vez que la investigación parlamentaria hubo terminado de reunir evidencias en Sicilia, confirmarían la versión de los hechos que Tajani había dado al Parlamento. Hoy se sabe también que cuando la orden de arresto de Tajani pesaba sobre él, el jefe de policía Albanese huyó de Sicilia, y solo logró persuadirle de que regresara el entonces primer ministro Lanza, quien le recibió en su casa y le garantizó el respaldo del gobierno. También se cree que se estaba preparando un intento de asesinato de Tajani justo antes de que este presentara su dimisión.

Los nueve miembros de la comisión de investigación parlamentaria recorrieron Sicilia en el invierno de 1875-1876. En cada una de las poblaciones que visitaron se les dio una calurosa acogida —las bandas municipales o militares solían acompañarles hasta sus hoteles—, y mantuvieron entrevistas en los ayuntamientos. Varios senadores y parlamentarios utilizaron sus entrevistas con los comisionados como una oportunidad para justificar el problema del crimen: «¿Qué es la Maffia, entonces? En primer lugar, hay una Mafia benigna. La Maffia benigna es una especie de espíritu de desafío… Así que yo también podría ser un mafioso benigno. Por

supuesto, no lo soy. Pero cualquiera que se respete puede serlo»[22]. También proporcionaron evidencias otros políticos menos cínicos, abogados, agentes de policía y miembros de la administración, además de ciudadanos normales y corrientes como el doctor Gaspare Galati. Montones de testigos hablaron del papel de la Mafia en la industria de los cítricos y en las revueltas de 1860 y 1866. En conjunto, todos aquellos testimonios proporcionaban un confuso panorama, aunque profundamente preocupante, de crimen organizado y corrupción política. Los políticos italianos disponían ahora todavía de más evidencias sobre la Mafia.

Los trabajos de la investigación jamás se publicaron. Cuando llegó el momento de que la comisión presentara sus conclusiones al Parlamento, a principios de 1877, la coalición de la derecha había caído. Ahora no existía ya la menor voluntad de hacer un uso político de la cuestión de la Mafia. Ni la derecha ni la izquierda tenían demasiado interés en conocer seriamente el crimen organizado en Sicilia (y de ahí también el escaso eco que tuvo en la misma época el trabajo de Franchetti sobre la industria de la violencia).

El informe final de la comisión parlamentaria se presentó ante una Cámara de Diputados casi vacía. La conclusión a la que llegaba era tan insulsa como errónea; se definía a la Mafia como «una forma de solidaridad instintiva, brutal y sesgada entre aquellos individuos y grupos sociales inferiores que prefieren vivir de la violencia que del arduo trabajo. Esta les une contra el Estado, la ley y los organismos

regulares»[23]. En resumen, se minimizaba convenientemente a la Mafia considerándola una pandilla desorganizada de malhechores pobres y perezosos, enemigos del Estado antes que «instrumentos del gobierno local». Así pues, en 1877 los políticos italianos disponían de la mayoría de los conocimientos sobre la Mafia que necesitaban para combatirla, pero también tenían todas las razones que necesitaban para olvidar lo que sabían. La primera etapa del proceso de penetración de la Mafia en el sistema italiano se había completado.

 

La segunda etapa se inició al formarse un gobierno de coalición de la izquierda, en marzo de 1876. A él se unieron, cautelosamente, los parlamentarios sicilianos que habían sido elegidos en la oposición en 1874. El nuevo ministro del Interior era Giovanni Nicotera, un abogado que había luchado con Garibaldi y que conocía mejor que nadie la política caciquil de la Italia meridional por la sencilla razón de que él mismo constituía su principal exponente. Nicotera se propuso convertir el edificio del Ministerio del Interior, en la piazza Navona, en una formidable máquina recolectora de votos para la izquierda: los partidarios de la oposición fueron eliminados del censo electoral o acosados por la policía; se pusieron fondos y empleos públicos a disposición de los candidatos amistosos, etc. En noviembre de 1876 Nicotera manejó las elecciones con tanto éxito que la izquierda obtuvo 414 escaños parlamentarios, dejando solo 94 a la derecha. Él mismo, en su distrito electoral de Salerno, obtuvo 1.184 votos, frente a un solo voto de su adversario; cabe esperar que al menos se permitiera abstenerse a los miembros de la familia del pobre hombre.

Nicotera abordó con el mismo entusiasmo la cuestión del crimen. En 1876 el estado de la ley y el orden en Sicilia seguía siendo intolerable. Para empezar, se había producido una embarazosa situación de ámbito internacional. El 13 de noviembre el joven gerente inglés de una compañía azufrera, John Forester Rose, fue secuestrado en las afueras de la ciudad minera de Lercara Friddi. Según informó el Times, la víctima recibió un trato correcto hasta que se realizó el pago del rescate y fue liberado, aunque posteriormente la prensa estadounidense dijo que la esposa de Rose había recibido sus dos orejas por correo antes de decidirse a pagar. En cualquier caso, lo que sí resultó evidente es que los secuestradores tenían informadores en los círculos acomodados que frecuentaba Rose, y que el rescate se pagó a través de un intermediario de la Mafia.

Nicotera sabía que tenía que hacer algo. Estaba claro que en política no era ningún ingenuo; entre las fuentes de apoyo con las que contaba en su propio feudo se incluían los francmasones, y se sospechaba que también la Camorra, el equivalente napolitano de la Mafia. Pero no conocía bien Sicilia, ni contaba allí con una base de poder. En consecuencia, al asumir el cargo se sintió sinceramente asombrado cuando sus funcionarios le hablaron de los vínculos de la Mafia con las personas más poderosas de Sicilia y de su extensa influencia en la policía y la magistratura, lo que le llevó a la conclusión de que las clases más acomodadas de Sicilia estaban «fuertemente comprometidas con la Mafia».

Un mes después del secuestro de Rose, y sin molestarse siquiera en proponer leyes autoritarias en la línea que había deseado la derecha dos años antes, Nicotera nombró un nuevo prefecto de Palermo, tan duro como el anterior, y le dio instrucciones de llevar a cabo nuevas medidas enérgicas, tan brutales como las anteriores, para reprimir el crimen. Así, tal como había ocurrido bajo el gobierno de la derecha, se rodearon de noche poblaciones enteras y se realizaron deportaciones masivas de sospechosos. Tal como había hecho bajo el gobierno de la derecha, la policía se confabuló con algunos criminales en contra de otros. Y al igual que sucedió con ese mismo gobierno, la represión levantó gritos de protesta entre algunos políticos sicilianos —incluyendo al amigo de la «secta», el barón Turrisi Colonna— por los medios ilegales empleados por la policía. Y también tal como había hecho Lanza, su predecesor derechista, Nicotera utilizó la represión para atacar a cualquiera que considerara subversivo y para someter a sus potenciales aliados. Cuando un terrateniente siciliano del que se sospechaban fuertes vínculos con la Mafia escribió un artículo de periódico en el que criticaba la campaña antimafia de Nicotera, el hermano del director del periódico fue arrestado, y solo sería puesto en libertad después de prometer que cambiaría la línea poco cooperadora de la publicación.

No obstante, y a diferencia de las campañas de represión de la derecha, la de Nicotera se reveló fructífera. En noviembre de 1877, un año después de su triunfo electoral, el ministro pudo anunciar la completa derrota de los «bandidos» que habían aterrorizado la campiña siciliana desde 1860. Incluso el hombre que había secuestrado al infortunado Rose fue abatido a tiros. El secreto de Nicotera era que había ofrecido un acuerdo implícito a los políticos de Sicilia: el gobierno les daría un trato favorable a cambio de que entregaran a los bandidos. En este caso, por «bandidos» había que entender a los mafiosos que creaban problemas al gobierno o que no contaban con la adecuada protección política. Se pedía a los políticos que se aseguraran de que sus amigos de la industria de la violencia redujeran los delitos tales como el secuestro a niveles políticamente aceptables. Solo se abordarían los aspectos más flagrantes de la profundamente arraigada cuestión del crimen en el proceso de hacer finalmente gobernable la isla. Para demostrar que el acuerdo había sido aceptado, setenta ayuntamientos de la provincia de Palermo enviaron cartas y peticiones en apoyo de Nicotera y de la policía. Aquella cálida demostración de lealtad probablemente fue orquestada por el prefecto de Nicotera, pero al menos vino a mostrar que, diecisiete años después de que Garibaldi invadiera la isla en nombre de la nación italiana, finalmente se configuraba una especie de consenso político entre Roma y Sicilia.

Un mes después de proclamar la completa derrota del «bandidaje» siciliano, Nicotera fue destituido del cargo. Su desvergonzado autoritarismo le había convertido tanto en una amenaza como en un objetivo fácil para los líderes de otras facciones rivales de la izquierda. Hasta ese momento su red había arrastrado a algunas organizaciones criminales de tipo mafioso, y las actuaciones contra dichas organizaciones no se interrumpieron con la marcha de Nicotera. Durante los años siguientes se produjeron varios importantes juicios resultantes de diversas investigaciones sobre grupos como los Stuppagghieri («Detonadores») de Monreale, los «Hermanos» de Bagheria, la Fontana Nuova de Misilmeri y una banda de extorsionistas de Palermo. (La historia de esta última organización, la denominada Fratellanza —o «Hermandad»— de Favara, se abordará en el próximo apartado).

El panorama del crimen organizado que surgió a partir de aquellos juicios era tan sombrío como previsible. Aparecieron algunos pentiti, de los que uno o dos fueron asesinados. Pero por cada testigo cuya credibilidad se veía póstumamente confirmada de ese modo había otro que resultaba hallarse demasiado próximo a las autoridades para ser fiable, y otro más que al final contaba con importantes amigos políticos que le protegían frente a un posible procesamiento. Mientras que algunos agentes de policía mostraban un excesivo celo en su búsqueda de evidencias sobre sociedades secretas, otros se hallaban ellos mismos vinculados a bandas criminales. Consecuentemente, los veredictos variaron desde la completa absolución, como en el caso de los Stuppagghieri, hasta las doce penas de muerte impuestas en 1883 a la cosca de la piazza Montalto, situada en el límite sudeste de Palermo. Los pocos sospechosos de alto nivel arrestados por sus presuntos vínculos con el crimen organizado salieron indemnes. Muchos mafiosos no se vieron afectados por la represión en la medida en que gozaban de la adecuada cobertura política.

Mientras los juicios se sucedían uno tras otro, a finales de la década de 1870 y principios de la de 1880, se hizo evidente que el acuerdo impulsado por Nicotera estaba marcando un punto de inflexión. Los gobiernos de Roma se resignaban a trabajar con políticos sicilianos que tenían el respaldo de la Mafia. Los mafiosos iban poco a poco formando parte de una nueva normalidad política. Los hombres de honor creaban sus negocios de extorsión y otros intereses comerciales, pero también aprendían que las amistades políticas se habían hecho más importantes que nunca para su supervivencia. Por su parte, a los políticos sicilianos se les daba la oportunidad que la derecha les había negado durante tanto tiempo; ahora podían lanzarse al ruedo nacional, al misterioso baile de socios de coalición que determinaba cómo se distribuían el poder y los recursos desde Roma. También existía la ventaja añadida de que la izquierda gastaba mucho más dinero público que la derecha en Sicilia: en carreteras, puentes, puertos, hospitales, escuelas, saneamiento, deschabolización y asilos. Todo ello representaba potenciales fuentes de renta y de poder tanto para los políticos como para los criminales. Así, los mafiosos se encontraron con que la izquierda estaba dispuesta a utilizarlos como un «instrumento de gobierno local» tal como había hecho la derecha, aunque de una manera ligeramente distinta: mientras que la derecha había tratado de gobernar Sicilia a tiros, la izquierda prefería el soborno. Bajo el gobierno de la izquierda, la Mafia y los políticos con los que esta trataba empezaron a meter las manos cada vez más profundamente en los chanchullos de Roma.

El acuerdo de Nicotera creó, pues, una pauta para gobernar Sicilia que se mantendría más o menos en vigor durante los cuarenta años siguientes. De hecho, aún hoy la Mafia aspira a ser un «instrumento de gobierno local» como lo fue bajo el gobierno de la izquierda. Y en la actualidad, al igual que durante el período crítico de 1875-1877, no son los hombres de honor quienes establecen la agenda política; solo muy raramente tienen la inclinación o el poder de cambiar el rumbo de la política italiana. Se limitan a adaptarse a las circunstancias haciendo tratos con políticos de todos los colores.