Cosa Nostra

John Dickie · Capítulo 32 de 46

Páginas del PDF

Cosa Nostra

9 Los orígenes de la segunda guerra mafiosa (1970-1982)

9

 

Los orígenes de la segunda guerra mafiosa

(1970-1982)

EL AUGE DE LOS «CORLEONESI»

1. LUCIANO LEGGIO (1943-1970)

Como suele ocurrir con la mayoría de las películas norteamericanas sobre la Mafia, El padrino de Francis Ford Coppola tuvo una escasa acogida por parte de la crítica cuando se estrenó en Italia, en 1972. Un crítico la calificó de «síntesis de todos los lugares comunes sobre los gángsteres italoamericanos». Se trata de una opinión que posiblemente le deba algo a un cierto resentimiento italiano por el modo en que, a través de Hollywood, Estados Unidos se ha apropiado de la Mafia. El mismo crítico consideraba «ofensivamente estúpido» el episodio siciliano de El padrino, y en este aspecto tenía razón, las secuencias sicilianas de los padrinos de todos los filmes norteamericanos sobre la Mafia resultan innegablemente burdas. En una de las escenas, por ejemplo, el Michael Corleone interpretado por Al Pacino deambula por las calles de la población cuyo nombre ostenta. Sorprendido al ver a las viudas vestidas de negro y los anuncios de funerales pegados en las paredes, se pregunta en voz alta adónde han ido los hombres. «Están todos muertos —le responde uno de sus guardaespaldas locales—, por la vendetta», y recalca el término como si se tratara de alguna perversa fuerza de la naturaleza, una variante de la peste negra que solo aniquilara a los hombres sicilianos.

En la época en la que Michael Corleone realizó su imaginaria visita a la aldea natal de su padre, el tifus constituía un peligro mayor para la población que los crímenes de la Mafia. En el verano de 1947, por ejemplo, unas cuarenta personas sucumbieron a la enfermedad. Corleone, con sus calles y su sistema de alcantarillado dañados por el paso de los tanques estadounidenses, seguía siendo un lugar de extremada pobreza. Aunque en aquellos años el índice de homicidios no alcanzaba los apocalípticos niveles sugeridos por El padrino, sí era, no obstante, llamativamente alto. Así, en 1944 hubo once asesinatos; en 1945, dieciséis; en 1946, diecisiete; en 1947, ocho, y en 1948, cinco. Como en el resto de Sicilia occidental, aquellos eran los años del resurgimiento de la Mafia y de su brutal respuesta a la renovada militancia campesina. Sin embargo, en Corleone, contempladas retrospectivamente, las estadísticas sobre asesinatos han adquirido un significado especialmente siniestro debido al hecho de que incluyen los primeros crímenes cometidos por Luciano Leggio, un mafioso que llegaría a ejercer una influencia dominante en el seno de la Cosa Nostra. Siguiendo el ejemplo de Leggio, su pupilo favorito Totò el Corto Riina, corleonese como él, orquestaría una matanza de hombres de honor sin precedentes; una matanza que pasaría a conocerse como la segunda guerra mafiosa de 1981-1983. Bajo la batuta de Riina, los corleonesi establecerían una dictadura en la organización, y al hacerlo, casi pondrían fin a su historia. Aún hoy el sucesor de Riina como capo de capos es un hombre nacido en Corleone e instruido por Luciano Leggio. Así, y por mera casualidad, cuando el autor de El padrino, Mario Puzo, hubo de elegir el lugar de nacimiento de don Vito Corleone (cuyo verdadero apellido era Andolini), fue a escoger precisamente la población que más tarde habría de dar al mundo los más temidos y poderosos hombres de honor de toda la historia de la organización.

Las fotografías más conocidas de Luciano Leggio datan de una comparecencia ante los tribunales en Palermo, en 1974. Es difícil al observarlas no sacar la conclusión de que el mafioso decidió adoptar para la ocasión un aire basado en el don Corleone de Marlon Brando. Y con su cigarro, su amplia y fuerte mandíbula y su porte arrogante parece que en efecto lo consigue, ya que se puede observar algo más que un ligero parecido físico entre los dos. En realidad el rostro de Leggio era ya famoso antes de que se estrenara El padrino. El análisis que de él hiciera la comisión Antimafia, publicado el mismo año en que apareció la película, no es un documento que precisamente tienda a extenderse en aspectos tan frívolos como la apariencia física. Y sin embargo no puede dejar de observar el «rostro grande, redondo y frío» de Leggio, ni su «irónica y desdeñosa» mirada. Si el cinematográfico don Vito era el rostro de la Mafia según la imagen que esta tiene de sí misma —juiciosa y centrada en la familia—, entonces los rasgos de Luciano Leggio, por contraste, eran el emblema de un terror caprichoso. Mientras que los pesados párpados de Brando dotaban a su personaje de una reserva casi noble, los penetrantes ojos de Leggio sugieren que era tan imprevisible como malévolo. Un pentito dijo una vez que Leggio «tenía una mirada que provocaba temor incluso entre nosotros los mafiosos. Bastaba con que hubiera la más mínima cosa que le inquietara, y aparecía una extraña luz en sus ojos que hacía callar a todos los que le rodeaban… podías sentir la muerte

flotando en el aire»[102]. Era un hombre que en cierta ocasión, y según el mismo pentito, había matado a un mafioso y a su amante, y después había violado y asesinado a la hija de esta, de quince años de edad.

 

Luciano Leggio en los tribunales, en la década de 1970, adoptando una pose que parece deberle mucho a Marlon Brando en su interpretación del ficticio don Corleone. [Labruzzo, Palermo.]

Pero al igual que tantas otras biografías auténticas de mafiosos, la historia de Luciano Leggio, si se narra desde una perspectiva psicológica, no hace sino caer en el estéril cliché del gangsterismo. Aunque Leggio inspirara un gran temor, la razón de que él y sus seguidores llegaran a ser tan poderosos dentro de la Cosa Nostra no era que estuvieran hechos de una pasta que les hiciera más temibles que a los demás, sino más bien el hecho de que reinventaron las tácticas de la Mafia creando una nueva combinación de métodos antiguos. Los corleonesi desarrollaron un sistema para dominar la Mafia siciliana que se adaptaba al nuevo clima surgido en los años de la Antimafia, cuando el Estado y la opinión pública adquirieron una mayor conciencia del problema y el negocio de las drogas vino a añadir nuevas tensiones a la estructura tradicional de las «familias». En cierto sentido, los corleonesi pasaron a ser para la Cosa Nostra lo que esta era para Sicilia: un secreto y mortal parásito. Para comprender cómo evolucionaron esas tácticas, merece la pena seguir el rastro del auge de los corleonesi desde los primeros asesinatos de Leggio, en la década de 1940.

 

Luciano Leggio nació en 1925 en un ambiente pobre. Cuando la «honorable sociedad» resurgió tras la invasión aliada de 1943, Leggio, que entonces era solo un ladrón de poca monta, fue reclutado por Michele Navarra, un médico de cabeza redonda que era también el capo de Corleone. (Hay una larga tradición de médicos mafiosos como Navarra, que ejercía la medicina general en Corleone; en 1946 se convertiría en director del hospital después de que su predecesor fuera asesinado por un desconocido). Gracias al patrocinio de Navarra, cuando solo tenía veinte años Leggio consiguió un empleo como vigilante en una finca cercana a Corleone. Ya desde antes del asesinato del líder de los fascios Bernardino Verro, este tipo de puestos estaban dominados por la Mafia de Corleone y se utilizaban para hacer contrabando, robar, intimidar a los trabajadores y extorsionar a los terratenientes.

En 1948, probablemente siguiendo órdenes de Navarra, Leggio cometió uno de los más notorios asesinatos políticos de los años de posguerra, con el que daría a los campesinos de Corleone un nuevo mártir socialista al que llorar. La tarde del 10 de marzo —la fecha no es casual, ya que las primeras elecciones parlamentarias de la República italiana eran inminentes— Leggio se llevó al sindicalista y veterano de la resistencia Placido Rizzotto fuera de la ciudad a punta de pistola, luego le obligó a arrodillarse antes de dispararle tres veces a quemarropa en la cabeza. Los restos de Rizzotto, junto con otros dos esqueletos humanos, se encontrarían al cabo de dieciocho meses en una cueva de seis metros de profundidad. Solo unos trozos de ropa y un par de zapatos con suela de goma permitieron a su madre identificarle. Leggio jamás sería condenado por el crimen, pese a la declaración de dos hombres que le habían ayudado a realizar el secuestro y que dijeron a las autoridades dónde podían encontrar el cadáver de la víctima. Placido Rizzotto nunca ha tenido una tumba, pero hoy se alza un busto suyo, inaugurado en 1996, frente al ayuntamiento de Corleone.

Leggio huyó poco después del asesinato de Rizzotto. Fue capturado en 1964, desapareció de nuevo en 1970 y fue encarcelado por última vez en 1974. Fue un fugitivo de la justicia durante tanto tiempo que adquirió el apodo de Pimpinela Escarlata de Corleone. Pero estaba lejos de ser el apuesto personaje que parecería sugerir este paralelismo literario; sufría de problemas de próstata crónicos, así como de espondilosis, una inflamación de la columna vertebral que le obligaba a llevar un aparato ortopédico de cuero. Debido a su mala salud, en realidad gran parte del tiempo que estuvo «huido» lo pasó en costosas clínicas y balnearios. Hay que decir que no tenía nada de extraño que un mafioso desapareciera del mapa durante un tiempo, incluso el gordo y anciano padrino don Calò Vizzini lo había hecho. Pero la vida de casi permanente ocultación de Leggio iba a crear escuela. Todos los corleonesi serían pimpinelas escarlatas, invisibles no solo para las fuerzas de la ley y el orden, sino también para los mafiosos rivales. Esta invisibilidad formaría parte de un nuevo modelo de poder mafioso; a partir de entonces, el capo dejaría de recibir a sus súbditos en la mesa de un café de la plaza local. La única señal manifiesta del poder de los corleonesi sería su salvajismo.

En 1956 Leggio, todavía oculto oficialmente, puso en marcha un negocio de cría de ganado como tapadera de su verdadera actividad, que era el contrabando de ganado vacuno. Esta sería la base de su desafío a la autoridad de su propio jefe, Michele Navarra. Primero, Leggio intimidó a uno de los hombres de Navarra para que renunciara a su parte en la empresa de ganado. Luego, cuando uno de los principales lugartenientes de Navarra compró unas tierras adyacentes a las suyas, Leggio le convirtió en el objetivo de una campaña de actos vandálicos. Predeciblemente, en junio de 1958 Leggio cayó en una emboscada preparada en su propia granja por asesinos de Navarra. Pero parece ser que estos recelaron tanto de su reputación de buen tirador que abrieron fuego desde demasiado lejos, lo que permitió a Leggio repeler el ataque, que solo le costó una rozadura en la mano.

Sería la última oportunidad para el médico. Dos meses después, Navarra regresaba en coche a Corleone de Lercara Friddi acompañado de otro médico, un hombre completamente inocente. Al doblar una curva se encontraron con el Alfa Romeo 1900 de Leggio, que bloqueaba la carretera. Cuando la policía y los periodistas llegaron a la escena, poco tiempo después, se encontraron con que alguien había arrojado el coche de la víctima por la cuneta; las docenas de agujeros de bala que mostraba le otorgaban un revelador interés fotográfico «estilo Chicago». Aquel sería el primer asesinato mafioso de Corleone que acapararía los titulares de la prensa desde la desaparición de Placido Rizzotto, una década antes. Y la fama de Leggio se extendería mucho más allá de la pequeña población siciliana.

La maniobra contra Navarra fue un acto de extraordinaria osadía. El malvado doctor de Corleone representaba la clase de estabilidad y protección política que la Cosa Nostra tanto valora. Aparte de sus responsabilidades médicas, era presidente de la federación de campesinos de Corleone, administrador del sindicato de agricultores e inspector del plan de seguros de enfermedad para la región; colocó a sus amigos en un montón de influyentes organismos semipúblicos, y uno de sus hermanos dirigía la compañía regional de autobuses que el propio Navarra había iniciado con vehículos militares abandonados en 1943. El médico de Corleone controlaba un significativo paquete de votos favorables a la DC, tenía el respaldo de los demás capos mafiosos de la región, y en su clan se contaban hombres de honor con una considerable experiencia, además de contactos en Estados Unidos. Incluso se le había concedido el título de cavaliere poco antes de ser asesinado a tiros, y ello pese a haber tenido que sufrir un período de exilio interior por las sospechas relativas a su implicación en la muerte de Rizzotto. No es extraño, pues, que los campesinos de la región le llamaran U patri nostru («Nuestro Padre»). Los mafiosos raramente tienen interés en permitir que un asesino de a pie como Leggio venga a trastornar un prestigio tan pacientemente acumulado y provechoso.

 

Funeral celebrado en «la Lápida», en el que se lleva a enterrar a varios seguidores de Michele Nuestro Padre Navarra tras un tiroteo con los hombres de Luciano Leggio en el centro de la población. Corleone, 1958. [Copyright desconocido.]

Tras asesinar a Navarra, la banda de Leggio no tenía otra alternativa que aprovechar el impulso de su ofensiva; en aquel momento, supervivencia y victoria eran una misma cosa. Un mes después de la muerte del doctor, tres de sus más temidos soldados fueron asesinados a tiros en una batalla en la que participaron decenas de pistoleros y que se libró en el mismo centro de Corleone; varios transeúntes resultaron heridos, incluyendo niños. Corleone llegaría a adquirir entonces el sobrenombre de la Lápida. En octubre de ese mismo año, 1958, L’Ora publicó a toda plana un informe sobre las actividades de Leggio bajo un titular que contenía una sola palabra: «Peligroso». Tres días después las oficinas del periódico serían objeto de un atentado con bomba.

El espectacular golpe de Leggio contra los capos establecidos de Corleone constituía algo poco habitual, pero que no carecía ni mucho menos de precedentes. En cierto sentido representaba una confirmación de algo que probablemente se había ido repitiendo a lo largo de toda la historia de la Mafia. Aunque la influencia política es importante, el poder último en el seno de la organización radica en su ala militar antes que en su ala política. La predisposición a pagar a corto plazo el precio político de utilizar una violencia desmesurada —como mostró Leggio en 1958— se convertiría en un rasgo distintivo de las tácticas adoptadas por los corleonesi a partir de aquel momento.

Los tiroteos y los secuestros se prolongaron en Corleone durante cinco años. Los advenedizos de Leggio se hallaban a punto de alcanzar la victoria total sobre el establishment de Navarra cuando, el 30 de junio de 1963, el coche bomba de Ciaculli generó una oleada de detenciones masivas e interrumpió temporalmente casi toda la actividad de la Mafia en Sicilia occidental. El propio Pimpinela Escarlata al final sería arrestado en Corleone en 1964, en una casa propiedad de una solterona de mediana edad a la que se había considerado fuera de toda sospecha por la sencilla razón de que había sido la prometida del malogrado sindicalista Placido Rizzotto.

Cuando finalmente se juzgó a sesenta y cuatro de los participantes en la guerra entre los leggiani y los navarriani, en 1969, todos fueron absueltos. Sorprendentemente, y pese a llevar casi un cuarto de siglo como asesino de la Mafia, Leggio solo tenía una condena en su historial delictivo por haber robado unas cuantas gavillas de maíz. El informe final de la comisión de investigación parlamentaria Antimafia criticaría posteriormente aquella sentencia, culpando de ello al modo en que Leggio y sus hombres habían intimidado a los testigos, y la «inconsciente» tendencia del juez a mostrarse inusualmente riguroso a la hora de evaluar las pruebas de la acusación. Parece ser que Leggio también había hallado el modo de destruir pruebas materiales en algún momento del período transcurrido entre las investigaciones y el juicio; en la escena del asesinato de Navarra se habían encontrado fragmentos del piloto trasero de un automóvil, que en aquel momento se habían identificado como procedentes de un Alfa Romeo como el que tenía Leggio; cuando se abrió la bolsa que contenía aquella evidencia para volver a inspeccionarla, muchos meses después, se descubrió que los fragmentos se habían sustituido por otros procedentes de una marca de coche distinta. La acusación recurrió la sentencia absolutoria, pero cuando Leggio fue condenado a cadena perpetua en un segundo juicio, había desaparecido de nuevo.

La actividad de la Mafia se reinició en serio en 1969, tras la absolución de Leggio y sus hombres. Y cuando eso ocurrió, se hizo visible la existencia de un nuevo mapa de poderes en el seno de la organización. Entre el grupo de pistoleros disfrazados de policías que habían ejecutado a Michele el Cobra Cavataio en el viale Lazio se encontraban dos de los principales asesinos de Leggio: Calogero Bagarella (el hombre que resultó muerto en el ataque y cuyo cuerpo cargaron sus compañeros en el maletero del coche preparado para la fuga) y Bernardo el Tractor Provenzano (el hombre que en el momento de escribir estas líneas es el actual capo de capos). El estatus que entonces poseía Leggio en el seno de la Cosa Nostra se vio confirmado cuando, poco después, se constituyó de nuevo la comisión. Como medida provisional, esta inicialmente solo estaba integrada por tres miembros. El primero de ellos era Gaetano Tano Badalamenti, un importante traficante de droga con sólidos vínculos al otro lado del Atlántico y uno de los tres hombres del «grupo de trabajo constitucional» que habían elaborado el reglamento de la comisión. El segundo era Stefano Bontate, conocido como el Príncipe de Villagrazia, capo de la mayor «familia» de Palermo y vástago de una prestigiosa dinastía mafiosa (su padre había sido uno de los portadores del féretro de don Calò Vizzini). El tercero era el propio Luciano Leggio, aunque con frecuencia le representaba en las reuniones su lugarteniente de confianza Totò Riina, apodado u Curtu («el Corto»).

La composición de este triunvirato constituía un signo de que la nueva comisión iba a ser un organismo distinto del creado inicialmente tras la visita de Joe Bananas a Sicilia en 1957. La norma que impedía que los jefes de las «familias» tuvieran un asiento en la comisión había desaparecido. En ese momento los tres miembros del triunvirato eran sin duda los más poderosos hombres de honor de la provincia de Palermo, y, en consecuencia, de toda la Mafia siciliana. La comisión ya no actuaba como un mero contrapeso a la autoridad que ejercían los jefes de las «familias» locales sobre los hombres de honor individuales, como deseara Buscetta en 1957. De hecho, lo que estaba haciendo actualmente era reactivar y reorganizar a las «familias» desde arriba. Cuando la comisión pasara a ser plenamente operativa, en 1974, la Cosa Nostra asumiría una estructura de mando más jerárquica, la misma que Tommaso Buscetta le describiría al juez Falcone y que hoy sigue estando vigente.

La cuestión es cómo Luciano Leggio, procediendo como procedía de la atrasada Corleone, llegó a hacerse un sitio entre la elite de Palermo. Ciertamente, y pese a la notoriedad que le han otorgado tanto Leggio como Marlon Brando, Corleone no es la «capital» de la Mafia. Pero el caso es que, mucho antes de ser detenido por primera vez en 1964, Leggio era ya algo más que el jefe de la «familia» de Corleone; había extendido su influencia allí donde realmente importaba: en Palermo.

Palermo era el lugar donde Leggio pasaba la mayor parte del tiempo que permanecía oculto; el mercado mayorista de carne de la ciudad era donde su pequeña empresa de transportes llevaba el ganado ilegalmente sacrificado; era en Palermo donde el «agresivo malversador de Corleone» Vito Ciancimino se abría paso a codazos hacia el poder en el ayuntamiento; era en Palermo donde Leggio tenía una empresa que alquilaba tragaperras que expedían regalos sorpresa y que estaban llenas de cigarrillos de contrabando; Leggio mantenía asimismo estrechas relaciones con gángsteres que fueron los principales implicados en la primera guerra mafiosa: La Barbera, Buscetta, Greco, Cavataio, Torretta; Palermo era donde la Mafia tenía sus raíces, donde todavía se concentraba el poder en el seno de la «honorable sociedad». Palermo habría de ser, pues, el trofeo de la segunda guerra mafiosa.