Cosa Nostra
El barón Turrisi Colonna y la «secta»
A principios del verano de 1863 —tres años después de la expedición de Garibaldi—, un noble siciliano, que poco después escribiría el primer estudio sobre la Mafia, fue objeto de un intento de asesinato muy bien planeado. Nicolò Turrisi Coloniza, barón de Buonvicino, regresaba una tarde a Palermo de visitar una de sus fincas. La carretera por la que viajaba, flanqueada de limoneros, discurría por los prósperos campos situados justo al lado de las murallas de la ciudad. En un punto situado entre las aldeas de Noce y Olivuzza, cinco hombres, disparando en la cuneta desde distintas posiciones, derribaron a tiros a los caballos del carruaje antes de apuntar a su ocupante. Turrisi Colonna y su cochero se apresuraron a sacar sus revólveres y devolver los disparos, al tiempo que corrían a ponerse a cubierto. El ruido atrajo a uno de los propios vigilantes de Turrisi Colonna. Tras escucharse el bramido de su escopeta, entre el follaje de la cuneta surgió un grito de dolor. Los aspirantes a asesinos desistieron y se llevaron a rastras a su compañero herido.
Un año después de ser atacado, Turrisi Colonna escribió un estudio titulado Pubblica Sicurezza in Sicilia nel 1864. Aquel fue el primero de los numerosos libros publicados tras la unificación italiana que hicieron de la Mafia siciliana objeto de análisis, controversia y confusión. Con la ventaja de la visión retrospectiva aportada por el trabajo del juez Falcone, hoy los historiadores saben muy bien a quiénes deben creer de entre todos los que participaron en aquellos primeros debates sobre la Mafia. Y precisamente Turrisi Colonna proporciona una versión creíble y especialmente bien documentada.
Parte de la razón por la que Turrisi Colonna resulta ser tan buen testimonio se deriva de su estatus social y del importante papel que desempeñó en los dramas de principios de la década de 1860. Tenía un historial impecable como patriota italiano. En 1860, y gracias a sus esfuerzos como líder de la nueva Guardia Nacional de Palermo, Turrisi Colonna contribuyó a que la revolución no desembocara en la anarquía. Cuando escribió su librito sobre la delincuencia, en 1864, era ya miembro del Parlamento italiano. Mucho después, en la década de 1880, Turrisi Colonna sería alcalde de Palermo en dos ocasiones. Todavía hoy se honra su memoria con un busto de mármol en la sala de juntas del Palazzo delle Aquile, la sede del ayuntamiento de Palermo. Sus severos rasgos aparecen adornados con una de aquellas barbas —parece resueltamente pegada bajo la nariz— que para sus contemporáneos definían a un hombre como «augusto» y «estadista» aún más claramente que las medallas que ostentaba su pecho.
Nicolò Turrisi Colonna, barón de Buonvicino y enigmático experto en la «secta». Su busto se alza en el Palazzo delle Aquile, sede del ayuntamiento de Palermo. [John Dickie.]
Turrisi Colonna mostraba una ecuanimidad equiparable a su estatus. Cuando escribió su opúsculo, en 1864, la cuestión de la ley y el orden constituía un candente tema de actualidad política en Italia. El gobierno sostenía que la oposición conspiraba contra el nuevo Estado italiano y estaba empeñada en provocar desórdenes para favorecer sus objetivos. Los políticos de la oposición afirmaban que el gobierno estaba exagerando la crisis de la ley y el orden en un intento de colgarles la etiqueta de criminales. Turrisi Colonna adoptó una postura mesurada que seguramente no debió de agradar a ninguno de los dos bandos; señaló que los criminales organizados constituían una poderosa fuerza en Sicilia, y lo habían sido durante muchos años, pero también argumentaba que las duras medidas del nuevo gobierno no habían hecho sino empeorar la situación.
El estudio de Turrisi Colonna se basaba en una sombría observación: los periódicos estaban llenos de noticias de extorsiones, robos y asesinatos —explicaba —, pero solo se informaba de una parte de los delitos cometidos en los alrededores de Palermo debido a que el problema iba mucho más allá de la delincuencia ordinaria:
No debemos seguir engañándonos. En Sicilia existe una secta de
ladrones cuyos vínculos se extienden por toda la isla… La secta protege a todos los que tienen que vivir en el campo, como los granjeros arrendatarios y los pastores, y es protegida por estos. Da protección a los comerciantes a la vez que obtiene su ayuda. La policía causa poco o ningún temor a la secta, puesto que esta confía en que no tendrá problema alguno en escabullirse de cualquier persecución policial. Tampoco los tribunales causan temor a la secta; esta se jacta del hecho de que raramente se producen evidencias que permitan su procesamiento gracias a la presión que ejerce sobre los
testigos[12].
Aquella secta —suponía Turrisi Colonna— tenía unos veinte años de antigüedad. En cada zona reclutaba a sus afiliados de entre los campesinos más listos, los vigilantes que custodiaban las fincas de los alrededores de Palermo, y las legiones de contrabandistas que entraban cereales y otros artículos fuertemente gravados a través de los puestos aduaneros de cuyos ingresos dependía la ciudad. Los miembros de la secta tenían señales especiales que utilizaban para reconocerse cuando transportaban ganado robado por el campo hasta diversos mataderos de la ciudad. Algunos de dichos miembros se especializaban en robar ganado; otros, en transportar a los animales y quitarles las marcas de identificación, y otros, en organizar mataderos ilegales. En algunos lugares la secta estaba tan bien organizada, recibiendo incluso protección política de diversas facciones de mala reputación que dominaban el gobierno local, que podía aterrorizar a cualquier ciudadano. Incluso algunos hombres honestos se veían en la necesidad de acudir a la secta con la esperanza de que esta aportara al campo algo parecido a la seguridad.
Favorecida por su odio a la brutal y corrupta policía borbónica, la secta había ofrecido sus servicios a los revolucionarios de 1848 y 1860. Como muchos hombres violentos, los miembros de la secta tenían interés en la revolución porque esta ofrecía la posibilidad de abrir las cárceles, quemar los archivos policiales y matar a policías y soplones aprovechando la confusión. La secta confiaba en que un gobierno revolucionario garantizaría una amnistía a las personas «perseguidas» por el antiguo régimen, formaría nuevas milicias que necesitarían reclutas curtidos y daría trabajo a los héroes de la lucha para derrocar el antiguo orden. Pero la revolución de 1860 había traído muy pocas de esas ventajas, y la respuesta indiscriminadamente severa del nuevo gobierno italiano a la oleada de crímenes que sobrevino no hizo sino aumentar el deseo de la secta de causar problemas.
No sería hasta cuatro meses después de la publicación del informe de Turrisi Colonna cuando la secta adquiriría su nombre actual, al escribirse por primera vez la palabra mafia. Y dado lo que actualmente sabemos de la Mafia, la descripción de la secta por Turrisi Colonna resulta sorprendentemente familiar. Menciona, por ejemplo, el mismo tipo de parodia de tribunal que se puede encontrar en muchas descripciones posteriores de los asuntos de la Mafia; los miembros de la secta se reúnen para decidir el destino de alguno de sus miembros que ha roto las reglas, con el resultado final de una condena a muerte. Turrisi Colonna pasa luego a describir el código de silencio y lealtad de la secta en términos que concuerdan extrañamente con los actuales conocimientos:
En sus reglas, esta malévola secta ve en cualquier ciudadano que
se acerque a un carabinero y hable con él, o siquiera cruce una palabra o un saludo con él, un villano al que hay que castigar con la muerte. Ese hombre es culpable de un horrendo crimen contra la «humildad».
La «humildad» implica respeto y devoción hacia la secta. Nadie
debe cometer ningún acto que pueda perjudicar directa o indirectamente a los intereses de los miembros. Nadie debe proporcionar a la policía o a los juzgados datos que ayuden a
descubrir absolutamente ningún crimen[13].
El de humildad —umiltà en italiano o umirtà en siciliano— es un término que llama de inmediato la atención. En la actualidad se considera que es el origen más probable de la palabra omertà, que define el código de silencio de la Mafia y la obligación de no hablar con la policía que aquella impone a todos los que se hallan bajo su esfera de influencia. Obviamente la omertà constituía en sus inicios un código de sumisión.
Turrisi Colonna aconsejaba al gobierno que no respondiera a la secta «con el patíbulo y la tortura». En lugar de ello, ofrecía algunas reformas muy bien pensadas que confiaba en que cambiarían el modo de actuar de las gentes de Sicilia, proporcionándoles «un segundo bautismo, un bautismo civil». El equilibrio, astucia y honestidad que demostraba Turrisi Colonna en esta descripción de la secta era equiparable a su caballerosa reserva. Era demasiado modesto incluso para mencionar el intento de asesinato que él mismo había sufrido el año anterior; al fin y al cabo, aquel había sido solo uno más de los numerosos episodios violentos producidos en la campiña que circundaba Palermo en los difíciles años que siguieron a la expedición de Garibaldi. La discreción de Turrisi Colonna se traduce en que no sepamos quién le tendió la emboscada y por qué, o qué fue de los atacantes, aunque actualmente hay sobradas razones para sospechar que posiblemente no vivieron mucho tiempo.
Doce años después, el 1 de marzo de 1876, Leopoldo Franchetti y Sidney Sonnino, dos acaudalados y brillantes jóvenes intelectuales judíos de la Toscana, llegaron a Palermo con un amigo y su criado para llevar a cabo una investigación privada sobre el estado de la sociedad siciliana. Por aquel entonces —el año anterior había sido el del memorándum del doctor Galati—, el término mafia llevaba ya una década en boca de todo el mundo, pero había todavía una gran confusión con respecto a lo que significaba, si es que de hecho significaba algo en absoluto. (Existía incluso cierta incertidumbre a la hora de escribirlo; en el siglo XIX, mafia aparecía a veces escrita con una sola «f» y otras con dos, sin que hubiera ninguna diferencia de contenido). Franchetti y Sonnino no albergaban dudas de que la Mafia constituía una peligrosa forma de criminalidad, y pretendían disipar la imprecisión de las distintas opiniones que la rodeaban.
El día después de su llegada a Sicilia, Sonnino escribió a un amigo pidiéndole que le preparara cartas de presentación para Nicolò Turrisi Colonna, barón de Buonvicino y experto en la secta:
Aquí dicen que está vinculado a la Mafia. Pero eso no nos
importa. Queremos oír lo que tenga que decir… Ten cuidado de no contarle a nadie lo que te he dicho sobre el barón Turrisi Colonna y sus supuestos vínculos con la Mafia. Algunos amigos suyos podrían
escribirle contándoselo, lo cual nos haría un flaco favor[14].
Hay un montón de evidencias que sugieren que Turrisi Colonna, autor del análisis de la secta, era en realidad un estratégico protector político del mafioso más importante e implacable de Palermo. Los rumores sobre sus relaciones con la Mafia estaban en boca de todos; incluso los miembros de su propio grupo político expresaban sus inquietudes sobre él en Roma.
En 1860 Turrisi Colonna había nombrado capitán de su unidad de la Guardia Nacional a un destacado miembro de la secta. Elegido por su autoridad y su experiencia militar, anteriormente había dirigido una de las bandas revolucionarias que descendieron sobre Palermo de la campiña circundante al estallar la revolución patriótica. El hombre en cuestión era un astuto matón llamado Antonino Giammona, el mismo Antonino Giammona que posteriormente orquestaría la campaña para arrebatar el Fondo Riella de manos del doctor Galati. Turrisi Colonna fue asimismo uno de los terratenientes que respaldaron a Giammona cuando el Ministerio del Interior investigó las acusaciones de Galati, y fueron también los abogados de Turrisi Colonna los que prepararon la argumentación de la defensa de Giammona. Según el informe del jefe de la policía de 1875, los rituales de iniciación de la Mafia tenían lugar precisamente en una de las fincas del barón.
En tres entrevistas distintas con Franchetti y Sonnino, realizadas en 1876, Turrisi Colonna se mostró tan lúcido como siempre en materia económica. Además de su interés por la secta, era un granjero y agrónomo de ideas avanzadas, con una larga lista de publicaciones académicas sobre la industria de los cítricos en su haber. Pero al tratar de cuestiones criminales se mostró extrañamente evasivo. Dos años antes, cuatro de sus hombres habían sido detenidos en su finca de Cefalù. Ante Franchetti y Sonnino defendió su inocencia, como había hecho también en el momento de la detención. Los terratenientes como él —se quejaba— no eran sino las víctimas; allí fuera, en sus fincas rurales, se veían obligados a pactar con los bandidos, ya que, de lo contrario, no podían proteger sus valiosos cultivos y árboles. No hizo mención alguna de ninguna secta.
Cuando más tarde Franchetti y Sonnino entrevistaron al jefe de la policía de Palermo, le encontraron bastante pesimista respecto a la posibilidad de procesar a los hombres de Turrisi Colonna, ya que el barón tenía las conexiones políticas necesarias para socavar el juicio. Otros entrevistados cambiaron rápidamente de tema cuando se les pidió su opinión sobre el barón.
Turrisi Colonna encarna los enigmas de los años violentos que vieron aparecer a la Mafia. Probablemente su opúsculo sobre la secta de 1864 se basaba en fuentes internas; quizá incluso en lo que le contó el propio Antonino Giammona. Cuando lo escribió, es posible asimismo que confiara genuinamente en que la unificación con Italia pudiera normalizar Sicilia. Puede que fuera víctima de intimidación por parte de la Mafia, y que deseara un nuevo Estado fuerte y eficaz que ayudara a los terratenientes como él a poner a los mafiosos en su sitio. Quizá consideraba que había de colaborar de mala gana con hombres como Giammona a corto plazo, mientras aguardaba a que el gobierno italiano extirpara la violencia de la sociedad siciliana. Si era así, se trataba de esperanzas perdidas mucho antes de que fuera entrevistado por Franchetti y Sonnino en 1876.
Una interpretación menos generosa es la de que Turrisi Colonna jamás fue una víctima. Puede que su relación con Giammona se basara más en la deferencia que en la intimidación. Tal vez Turrisi Colonna fue simplemente el primero de los numerosos políticos italianos cuyas declaraciones sobre la Mafia no se corresponderían con sus actos. Pese a toda la sofisticación de su estructura y el insidioso control de su código de honor, la Mafia siciliana no sería nada sin sus vínculos con políticos como Turrisi Colonna. En última instancia, tendría poco sentido que la organización corrompiera a policías y jueces si los dignatarios ante los que esos funcionarios responden siguieran resueltos a sostener el Estado de derecho de manera imparcial. Y en el libro de contabilidad de la Mafia, un político amigo resulta más valioso cuanto más creíble sea. Si dicha credibilidad tiene que construirse a base de retumbantes discursos contra el crimen, o con eruditos diagnósticos sobre el estado de la ley y el orden en Sicilia, que así sea.
La Mafia trata con los políticos en una moneda que raramente se refleja en las actas parlamentarias y en los libros de leyes. Antes bien se estampa en el oro sólido de los pequeños favores: filtraciones de noticias sobre contratos públicos o sobre ventas de terrenos, investigadores con exceso de celo obligados a proseguir su carrera fuera de la isla, puestos de trabajo para los amigos en la administración local, etc. Así, de cara al público puede que Turrisi Colonna tuviera un interés científico e imparcial en la secta, observándola desde las alturas de su prestigio intelectual y social. Pero en privado, lejos del ámbito del debate abierto, la estrecha relación con hombres como Antonino Giammona constituía un elemento fundamental para sus intereses comerciales y su respaldo político.
Sea lo que fuere lo que hubiera entre el capo mafioso Giammona y el político, intelectual y terrateniente Turrisi Colonna, la revuelta que tuvo lugar en Palermo dos años después de la publicación del opúsculo del barón probablemente marcó una importante etapa en su relación. En septiembre de 1866, diversas bandas armadas procedentes de las aldeas circundantes marcharon de nuevo sobre la ciudad. La Guardia Nacional de Turrisi Colonna, capitaneada por Antonino Giammona, se enfrentó a la revuelta. Aunque Giammona, al igual que muchos otros hombres violentos, había coqueteado con la revolución en el pasado, ahora era consciente de que el Estado italiano era un organismo con el que podía hacer negocio. Diversos miembros clave de la secta, como Giammona, estaban empezando a dejar atrás su pasado revolucionario, y al hacerlo, la secta se incorporaba al torrente sanguíneo de la nueva Italia. Al igual que otros destacados defensores del orden, Turrisi Colonna fue entrevistado durante una investigación del gobierno sobre los disturbios de 1866, y no tuvo ninguna duda en utilizar el nuevo término mafia para referirse a algunos de los alborotadores que habían provocado la revuelta: «Los juicios no se pueden concluir porque los testigos no son sinceros. Solo empezarán a decir la verdad cuando termine
la pesadilla de la Mafia»[15]. Era evidente que Turrisi Colonna había decidido que mafia aludía únicamente a criminales que él no conocía personalmente.
La cuestión que sigue abierta es la de cómo se inició esa «pesadilla de la Mafia». En 1877 los dos hombres que entrevistaron a Turrisi Colonna publicaron los resultados de su propia investigación sobre Sicilia en un sustancial informe en dos partes. En la primera parte, Sidney Sonnino, un personaje profundamente melancólico que más adelante llegaría a ser primer ministro de Italia, analizaba las vidas de los campesinos sin tierra de la isla. La parte del informe correspondiente a Leopoldo Franchetti lleva el anodino título de «Condiciones políticas y administrativas de Sicilia». Sin embargo tiene una calidad excepcional. Se trata de un análisis de la Mafia del siglo XIX que en el XXI sigue considerándose una obra de referencia sobre la materia. A la larga, Franchetti influiría en el pensamiento sobre la Mafia más que ninguna otra persona hasta la época del juez Giovanni Falcone, más de cien años después. «Condiciones políticas y administrativas de Sicilia» constituye la primera explicación convincente acerca de cómo la Mafia empezó a existir.