Cosa Nostra

John Dickie · Capítulo 42 de 46

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Cosa Nostra

11 Bombas e «inmersión» (1992-2003)

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Bombas e «inmersión»

(1992-2003)

LA VILLA DE TOTÒ RIINA

La Escuela Agrícola de Corleone es un curioso edificio que se parece muy poco a lo que cabría esperar de una institución educativa pública. De construcción relativamente nueva, con tres altas torres y situada en una calle residencial, cuenta con aparcamiento subterráneo, ascensores, aire acondicionado y calefacción integral, y un cuidado jardín pavimentado. Su parte frontal está recargada de ostentosa metalistería, con balcones, verjas decorativas, una imponente puerta y varias farolas. Dentro, pupitres, pizarras y ordenadores contrastan con los suelos de mármol negro y rojo, las pesadas puertas de madera maciza y las paredes estucadas. En realidad, el Istituto Professionale di Stato per l’Agricoltura de Corleone no inició su vida como una escuela, sino exactamente como lo que parece ser: una lujosa villa construida por un gerifalte local, un tal Totò el Corto Riina.

Nadie le ha preguntado nunca a Riina para qué quería una casa que jamás llegaría a ocupar. Pero es probable que fuera allí donde tuviera planeado congregar a su extensa familia cuando su larga carrera llegara al final. Era el lugar de retiro que Riina se había construido con la esperanza de que podría arreglárselas para que la sentencia del macrojuicio se revocara y él pudiera volver a casa a disfrutar del fruto de su trabajo. Así, aunque es fácil reírse del llamativo aspecto de la villa de Riina, resulta a la vez difícil no sentirse impresionado por la confianza que revela, por la propia incapacidad de Riina para entender siquiera que el Estado pudiera tener algún derecho a impugnar una fortuna ganada con décadas de asesinatos.

Afortunadamente la confianza de Riina ha resultado equivocada. A finales de 1995, al capo de capos se le había confiscado un total de aproximadamente 225 millones de dólares, principalmente en propiedades, aunque es casi seguro que esta extraordinaria cifra no represente toda la fortuna del Corto Riina. Su villa de Corleone fue confiscada en 1992, y luego, en 1997, entregada a la ciudad tras una demanda civil contra la familia interpuesta por un valiente y joven alcalde antimafia. El pueblo de Corleone sabía bien lo que hacía al convertir la villa de Riina en algo tan normal y corriente como una institución educativa pública. La Cosa Nostra trata toda la riqueza pública, por muy esencial que sea —fuentes, carreteras, hospitales, escuelas—, como un posible botín. Como resultado, durante generaciones ha negado a todas las familias sicilianas que no caían dentro de su órbita esas banales, aunque cruciales, vías de progreso. Y cuando el Estado hace, de este modo, cosas buenas y normales con antiguas propiedades de la Mafia, no solo está perjudicando financieramente a los hombres de honor, sino que golpea directamente en el corazón a la justificación que estos dan a lo que hacen, puesto que, rodeados de traición y muerte, en última instancia se aferran a la creencia de que todo lo hacen por sus seres queridos.

Desde que Buscetta se convirtiera en testigo de cargo, en 1984, Riina había prometido a sus hombres que si la intimidación y la corrupción no lograban detener la oposición judicial a la Cosa Nostra en Palermo, entonces sus contactos políticos la detendrían en Roma. El problema al que se enfrentaba para cumplir esa promesa era que la relación de la Cosa Nostra con la DC estaba cayendo en picado. Las atrocidades perpetradas en la década de 1980 habían desembocado directamente en una serie de leyes antimafia que la Cosa Nostra deseaba revocar urgentemente. Riina necesitaba ahora influir en las directrices políticas del gobierno, y no solo conseguir favores puntuales entre bastidores. Pero cuantos más «cadáveres eminentes» había, más renuentes se mostraban los políticos a exponerse por defender a la Mafia.

El problema alcanzó su punto culminante cuando Falcone fue a Roma en 1991. Los mafiosos interpretaron su traslado a la capital como un signo de que pronto sería absorbido por el cenagal de la política italiana, desacreditado y reducido a la impotencia. Pero los éxitos de Falcone en el Ministerio de Justicia resultarían un asombroso revés para tales expectativas. Era aquel un espectáculo espeluznante para los mafiosos, que estaban acostumbrados a ver a los partidos gobernantes como socios pasivos de desgobierno; pero he ahí ahora al mortal enemigo de la Cosa Nostra configurando las políticas de lucha contra la delincuencia de un ministro de Justicia socialista al amparo de un gobierno presidido por un primer ministro democratacristiano. Entre muchos otros cambios, el año 1991 presenció la aprobación de nuevas leyes para evitar el blanqueo de dinero, permitir el uso de escuchas telefónicas con los mafiosos y dotar al gobierno del poder de disolver los ayuntamientos infiltrados por el crimen organizado.

Por preocupantes que resultaran todos estos acontecimientos para la Cosa Nostra, a las bases de la organización se las llevó a creer que el «matasentencias» juez Carnevale constituía la última garantía de que al final las aguas volverían a su cauce. En consecuencia, el fallo del Tribunal de Casación, en enero de 1992, representó un terrible golpe tanto para los planes de Riina sobre el futuro de su familia como para su prestigio dentro de la Cosa Nostra. Era la prueba definitiva de que el capo más poderoso de toda la historia de la Mafia había hecho a la organización políticamente huérfana.

Lo que estaba en juego ahora era la propia supervivencia de Riina. Como explica el juez de instrucción Guido Lo Forte: «En la Mafia no puedes presentar tu renuncia. Simplemente te eliminan. El caso [para Riina y sus hombres] era o bien aceptar su propia eliminación, o bien tratar de reafirmar su poder a ojos del conjunto de todos

los miembros»[128]. Riina eligió reafirmar su poder mediante una asombrosa escalada del conflicto entre la Cosa Nostra y el Estado italiano. La Mafia necesitaba influir más que nunca en el proceso político, pero solo le quedaba un medio de hacerlo: la violencia. Había que bombardear el Estado hasta que se retractara en aquello que más importaba a Riina y sus secuaces: el fallo del macrojuicio y la ley de 1982 que permitía a las autoridades confiscar las riquezas de la Mafia. Se dice que Riina declaró: «Debemos hacer la guerra para poder forjar la paz». Las condenas a muerte de Falcone y Borsellino dictadas por la comisión —pendientes desde hacía tiempo— se reactivaron a los pocos días de que se pronunciara la sentencia del Tribunal de Casación.

Aquellos años 1992 y 1993 —los inmediatamente posteriores a la histórica decisión del Tribunal de Casación— serían los más dramáticos en toda la historia de la Mafia siciliana. La confrontación de Riina con el Estado se tradujo en una campaña de atentados terroristas a gran escala en toda la península italiana. Esta acción militar sin precedentes terminaría en una derrota tan grave que pondría en duda la propia supervivencia de la organización por primera vez desde los tiempos de Mussolini. Y de hecho, tanto la Cosa Nostra como Italia están viviendo todavía hoy las consecuencias del fracaso de los planes de jubilación de Riina.