Cosa Nostra
Los Greco
El futuro de la Mafia a largo plazo no estaba, sin embargo, en la pequeña Villalba, sino en los tradicionales reductos mafiosos de los alrededores de Palermo. La recuperación de la Mafia de la paliza que le había infligido el «prefecto de hierro» Cesare Mori se debió en gran parte al hecho de que sus métodos estaban bien arraigados en esas áreas. Y dichos métodos funcionaban en buena medida porque, en una sociedad inestable, permitían a los hombres de honor proporcionar riqueza y prestigio a sus familias.
Los años 1946 y 1947 presenciaron una guerra mafiosa especialmente salvaje en la aldea frutícola de Ciaculli, situada frente al mar, en la ladera de una elevada cordillera justo al este de Palermo. Como descubriría posteriormente una investigación parlamentaria sobre la Mafia, la guerra enfrentó a dos familias consanguíneas, de cuya lucha surgirían algunos de los más poderosos mafiosos de las décadas siguientes. A primera vista, la guerra de Ciaculli de 1946-1947 parece sacada directamente del folclore siciliano. Representa con exactitud lo que los profanos suelen esperar cuando la Mafia anda de por medio: deudas de honor, que precipitan a las familias en una espiral de rencillas. Parece un caso más de «sangre lavada con sangre», por citar un dicho siciliano repetido hasta la saciedad.
Ha habido un apellido que se ha ganado el respeto incondicional de la zona de Ciaculli durante generaciones: Greco. En 1946 había hombres con ese apellido gobernando tanto en Ciaculli como en otra aldea vecina, Croce Verde Giardini. Probablemente los dos clanes Greco tenían un antepasado común en la persona de Salvatore Greco, calificado en el Informe Sangiorgi de capomafia de Ciaculli a finales del siglo XIX. Como si pretendieran mostrar los estrechos vínculos que las unían, las dos ramas de la familia elegían los nombres de sus hijos entre una reducida franja de opciones; así, se contaban entre ellos tres Francescos, tres Rosas, tres Girolamas, cuatro Salvatores y cuatro Giuseppes. Los apodos resultaban, pues, esenciales. Las buenas relaciones entre las dos familias se habían cimentado cuando el capo de Ciaculli se había casado con la hermana del capo de Giardini.
La guerra que enfrentó a los Grecos de Giardini con los de Ciaculli empezó de verdad el 26 de agosto de 1946. Las víctimas fueron los dos patriarcas de la rama de Ciaculli de la familia, dos hermanos de cincuenta y nueve y setenta y siete años de edad. La ferocidad del ataque a los dos veteranos mafiosos —se utilizaron metralletas y granadas— no dejaba lugar a dudas sobre su importancia.
Una vez más, nadie fue condenado por el doble asesinato. Pero en Ciaculli todo el mundo sospechaba que el capo de Giardini, otro Greco, era quien había organizado el ataque; a este se le conocía como Piddu el Teniente debido a su historial militar. Los Greco de Ciaculli reaccionarían a sus sospechas unos meses más tarde. Dos de los hombres de Piddu el Teniente cayeron víctimas de la escopeta siciliana de cañón corto conocida allí como lupara. En represalia por aquel acto de venganza, la cosca de Giardini secuestró a dos de sus enemigos. Jamás se hallaría otra cosa que sus ropas (los sicilianos denominan a esta clase de desapariciones asesinatos de lupara bianca, o «escopeta blanca»).
La lucha entre los dos clanes Greco llegó a su punto culminante con un tiroteo a gran escala producido en la plaza de Ciaculli el 17 de septiembre de 1947. Primero, un importante miembro de la cosca de Giardini fue abatido por una ráfaga de ametralladora. Observando en un balcón había dos mujeres Greco: Antonina (de cincuenta y un años) y Rosalia (de diecinueve), la viuda y la hija de uno de los capos de Ciaculli asesinados el año anterior. Cuando se dieron cuenta de que el hombre que había debajo no había muerto a consecuencia de las heridas, bajaron a la calle y le remataron con cuchillos de cocina (resulta excepcionalmente raro que las mujeres tomen parte de ese modo en los aspectos militares de la actividad de la Mafia). Antonina y Rosalia fueron entonces tiroteadas por el hermano y la hermana de su víctima; Antonina resultó herida, y su hija, muerta. A continuación su atacante murió a tiros a manos del hijo de Antonina, de dieciocho años de edad.
Los capos de Palermo empezaron a presionar a Piddu el Teniente para que pusiera fin a la carnicería. Los incidentes espectaculares como la batalla de Ciaculli atraían una atención no deseada de la opinión pública hacia todo el sistema de la Mafia en su conjunto. Es más, con la muerte de los dos veteranos hermanos Greco de Ciaculli se esperaba que Piddu el Teniente asumiera ahora la responsabilidad de velar por el bienestar de las dos ramas de la familia en disputa. Su prestigio entre los capos dependería en parte de cómo afrontara esa responsabilidad.
Piddu buscó la ayuda del capo de la cercana Villabate, un capo temido y especialmente respetado debido a los vínculos de su familia con algunos importantes mafiosos de Estados Unidos. Era este un período en el que la riqueza relativamente extravagante de muchos hombres de honor norteamericanos les otorgaba un gran prestigio en Sicilia. Un signo de su influencia es el hecho de que fue más o menos en esa época cuando se importó de Estados Unidos el término familia para referirse a unas organizaciones mafiosas (cosche) cuyos miembros no tienen por qué estar en absoluto emparentados. Joe Profaci, nacido en Villalba, era un gángster de los muelles de Brooklyn al que Joe Bananas Bonanno mencionaría posteriormente como el jefe de una de las cinco «familias» neoyorquinas. En la época de la guerra de los Greco, Profaci residía en Sicilia, y parece ser que desempeñó un papel clave a la hora de traer la paz a Ciaculli.
Piddu el Teniente siguió el consejo que le ofrecía Profaci. A dos de sus sobrinos huérfanos se les dio trabajo en la granja frutícola que él regentaba (la granja producía mandarinas, producto por el que es famoso Ciaculli). Los primos Greco que habían estado en guerra no tardaron en convertirse en copropietarios de un negocio de exportación de cítricos, además de socios de una compañía de autobuses. La paz aumentó el prestigio de Piddu el Teniente. Su relación con la Mafia de Villabate se formalizó cuando su hijo se casó con la hija del capo de esta última población.
La policía apenas tenía idea de qué era lo que había causado el derramamiento de sangre producido entre los Greco. Desde el doble asesinato inicial, un muro de omertà había bloqueado sus investigaciones. Los contactos policiales en Ciaculli decían que el tumulto se había originado por un deseo de venganza derivado de una disputa entre primos acaecida siete años antes en la fiesta de la Cruz. La fiesta se celebraba cada año en Ciaculli el primero de octubre. Ese día, en 1939, seis hombres jóvenes de Giardini acudieron a Ciaculli para ver la cruz expuesta a la adoración de los fieles. Dos de ellos eran hijos de Piddu el Teniente. Siguiendo el ejemplo de los habitantes locales, entraron en la iglesia y cogieron un banco para sentarse. Entonces se entabló una disputa por el banco con unos muchachos de Ciaculli de parecida edad, entre ellos un primo de los dos Greco de Giardini. Al regresar a casa más tarde, aquella misma noche, el grupo de Giardini se encontró de repente frente a unos cuantos Greco de Ciaculli armados con pistolas y cuchillos. El hijo de Piddu el Teniente, Giuseppe, de diecisiete años, resultó muerto de un disparo; su primo de Ciaculli resultó herido, y moriría en la cárcel cuatro años después por causas naturales mientras aguardaba el juicio.
De modo que una rencilla familiar —según los rumores que circulaban en Ciaculli— era el origen de la guerra que explotaría en 1946. Pero actualmente los historiadores se muestran bastante escépticos con respecto a esta teoría. No se duda de lo que realmente ocurrió; lo que se pone en cuestión es si realmente se habría permitido que una riña de adolescentes se convirtiera en catalizador de una hecatombe que podía poner en peligro los intereses de la Mafia en toda el área oriental de Palermo. También resulta sorprendente que seis de las víctimas de la guerra no ostentaran el apellido Greco. Lo que estaba en juego era el control del negocio de la fruta en una época en la que la Mafia empezaba a emerger tras haber quedado aplastada bajo la bota de Mussolini. En otras palabras, se trataba probablemente de una guerra entre cosche —o entre facciones de una misma cosca—, motivada por el poder y el dinero, y no entre familias de sangre y motivada por el honor y la venganza.
Lo que se deduce de ello es que Piddu el Teniente se guardó la muerte de su hijo en 1939 y la utilizó más adelante para justificar su calculada tentativa de controlar toda el área de Ciaculli y Giardini en 1946-1947. Una vez hubo asesinado a los capos de Ciaculli, puso en marcha la fábrica de rumores de la Mafia para que difundiera la historia de la guerra como si todo hubiera empezado con la disputa de unos primos adolescentes por un banco de iglesia, como si todo fuera una cuestión de sangre. Cuando se ve que un capo cuida de su parentela, su honor como mafioso y su prestigio en la comunidad se ven reforzados; pasa a conocérsele como alguien cuya amistad merece la pena cultivar. Al hacer ver que estaba defendiendo agresivamente a su propia familia, Piddu el Teniente lograba de paso aumentar su reputación comercial.
En otras palabras, lo más probable es que otra vez se estuviera utilizando una nueva versión del mito de la «caballerosidad rústica» como un instrumento en favor de los intereses de la Mafia. Hay un precedente de esa clase de engaño en la propia Ciaculli. Ya en 1916 el cura de la aldea fue asesinado a tiros. Los Greco, como miembros destacados de la hermandad religiosa de Ciaculli, organizaron el funeral y asumieron en él un papel prominente. Al mismo tiempo hicieron correr el rumor de que el cura era un donjuán que había muerto a manos de un marido de cuyos cuernos era responsable. Parecía, pues, un crimen «típicamente siciliano» de pasión y honor familiar. En realidad, el cura, un hombre honesto y valeroso, había estado tratando de sacar a la luz los turbios manejos de los Greco en la administración de diversas propiedades eclesiásticas y fondos benéficos.
Gracias a esa manipulación de la verdad, cuando los Greco de Giardini salieron victoriosos de la guerra de 1946-1947, sin duda pudieron contemplar con mayor tranquilidad su papel en ella. Piddu el Teniente podía decirse a sí mismo que había reconciliado sus deberes de padre con sus deberes de capo. Pero este representa solo un ejemplo del cuidado con el que los mafiosos gestionan la delicada interrelación entre el negocio y la familia. Gran parte de ese cuidado se manifiesta en una serie de reglas. Las diversas normas sobre el lugar de los miembros de la familia en la organización mafiosa se elaboran, tergiversan, quebrantan y rehacen constantemente; no se puede admitir como miembros de una «familia» mafiosa dada a más de dos hijos del mismo padre; los hijos de padres mafiosos que hayan sido asesinados en una lucha de poder tienen prohibido afiliarse a la organización por miedo a que traten de buscar venganza.
Siguiendo las reglas cuidadosamente, los hombres de honor pueden convertir a sus familias de sangre en dinastías mafiosas. Los Greco constituyen el mejor ejemplo de ello. Uno de los hijos de Piddu el Teniente, Michele, tenía poco más de veinte años de edad en la época de la guerra de 1946-1947. Treinta años después, Michele Greco se convertiría en capo de capos. Representaba el arquetipo de un capo mafioso: serio, taciturno, proclive a hablar únicamente con máximas y parábolas alusivas, etc. Las personas más influyentes de la sociedad, desde banqueros hasta aristócratas, acudían a su finca invitadas a cazar y a comer. La propiedad contaba también con una refinería de heroína, y en una notable ocasión, durante la guerra mafiosa de 1982, decenas de mafiosos —prácticamente toda la «familia» Partanna Mondello de la Cosa Nostra— serían asesinados allí después de hacer una barbacoa. Michele Greco vestía con ropas caras y estilo clásico, comportándose con una dignidad casi eclesiástica; de hecho, su apodo era el Papa. Pero sus maneras no se debían a reticencia o afectación, sino que formaban parte de un conjunto de habilidades profesionales que sus antepasados habían ido transmitiendo durante casi un siglo.
La guerra de los Greco de 1946-1947 vino a pacificar Ciaculli. Pero la calma no volvería al resto de la isla hasta que Salvatore Giuliano, el último bandido, fuera abatido a tiros.
La puerta del Fondo Favarella, en Ciaculli, donde Michele el Papa Greco producía a la vez mandarinas y heroína. Las raíces de la Mafia, y su historia reciente, han de buscarse tras los muros de las huertas de cítricos de los alrededores de Palermo. [John Dickie.]