Cosa Nostra
Hombres de honor
Innumerables películas y novelas han contribuido a prestar un siniestro glamour a la Mafia. Esas historias mafiosas resultan tan irresistibles porque dramatizan lo cotidiano, añadiéndole la escalofriante emoción que surge cuando se mezcla el peligro con la astucia carente de escrúpulos. El mundo de la Mafia cinematográfica es un mundo en el que los conflictos que todos tenemos —entre los intereses enfrentados de la ambición, la responsabilidad y la familia— se convierten en cuestión de vida o muerte.
Resultaría hipócrita, además de erróneo, decir que la Mafia presentada en la ficción es sencillamente falsa; no es solo eso, también es idealizada. Y a los mafiosos, como a todos los demás, les gusta ver la tele e ir al cine para contemplar esa versión idealizada de sus propios dramas cotidianos representada en la pantalla. Tommaso Buscetta era fan de El padrino, si bien consideraba que la escena del final en la que los otros mafiosos besan la mano de Michael Corleone resultaba poco realista. Las exigencias enfrentadas que subyacen tras las motivaciones de un personaje de ficción como el Michael Corleone interpretado por Al Pacino —ambición, responsabilidad, familia— son de hecho las mismas que constituyen el eje fundamental de la vida de los mafiosos reales.
Pero lo que evidentemente sí es distinto es que nada del glamour del cine puede sobrevivir a un encuentro con la horripilante realidad de la Cosa Nostra. Otra diferencia menos obvia, aunque en última instancia más importante, es que mientras que la historia de Michael Corleone trata de los peligros morales de un poder que no tiene restricción alguna, los auténticos mafiosos sicilianos sienten verdadera obsesión por las reglas del honor que limitan sus acciones. Un hombre de honor puede eludir, manipular y reescribir tales reglas, pero siempre es consciente de que estas configuran el modo en que sus colegas lo perciben. Eso no significa que los valores del honor mafioso tengan mucho que ver con lo que convencionalmente se considera «honorable». En la Cosa Nostra el honor tiene un significado concreto que informa incluso las acciones más execrables de sus miembros, tal como viene a demostrar el inquietante caso de Giovanni Brusca, el hombre que apretó el detonador de la bomba de Capaci.
Brusca era conocido en los círculos de la Cosa Nostra como lo Scannacristiani («el matacristianos»). En Sicilia, cristiano significa sencillamente «ser humano»; en la Mafia equivale a «hombre de honor». Brusca formaba parte de un escuadrón de la muerte que actuaba bajo las órdenes directas del capo de capos, el líder de los corleonesi, Totò el Corto Riina. Tras el atentado de Capaci, Giovanni Brusca no se mantuvo ocioso. Mató al jefe de la «familia» Alcamo, que había empezado a cuestionar la autoridad de Riina. Unos días después, varios miembros del grupo de Brusca estrangularon a la compañera embarazada del mismo hombre. Luego Brusca mató a un empresario y hombre de honor espectacularmente rico que no había utilizado sus contactos políticos para proteger a la Mafia del macrojuicio.
Pero lo que vendría a continuación aún sería peor. Lo Scannacristiani era amigo de otro hombre de honor, Santino Di Matteo, cuyo hijo pequeño, Giuseppe, solía jugar con Brusca en el jardín familiar. Así era al menos antes de que Santino Di Matteo decidiera revelar al Estado diversos secretos de la Cosa Nostra; fue el primer mafioso que explicó a las autoridades cómo se había llevado a cabo el asesinato de Falcone. La respuesta de Brusca fue secuestrar al pequeño Giuseppe Di Mateo en una gincana y mantenerlo cautivo en un sótano durante veintiséis meses. Finalmente, en enero de 1996, cuando Giuseppe tenía catorce años, Brusca ordenó que lo estrangularan y que disolvieran su cuerpo en ácido.
Lo Scannacristiani fue capturado el 20 de mayo de 1996 en el campo, cerca de Agrigento. Cuatrocientos policías rodearon la casa rectangular de dos pisos donde se ocultaba. Alrededor de las nueve de la noche, un grupo de treinta agentes irrumpieron en la vivienda rompiendo las puertas y las ventanas. Encontraron a Brusca y su familia sentados a la mesa viendo un programa de televisión sobre Giovanni Falcone (hacía solo dos días que se había cumplido el cuarto aniversario de su muerte). En el dormitorio la policía encontró un armario lleno de ropa de Versace y Armani, además de una gran bolsa roja que contenía unos quince mil dólares en moneda italiana y estadounidense, dos teléfonos móviles y varias joyas, entre las que se incluían relojes Cartier. Sobre la mesa del comedor hallaron una pistola de cañón corto; era de plástico y pertenecía al hijo pequeño de Brusca, Davide.
Hoy Brusca está colaborando con la justicia. Según su propia confesión, inquietantemente imprecisa, ha matado «a muchas más de cien, pero menos de doscientas personas». Esto es lo que dice sobre el asesinato de Giuseppe Di Matteo:
Si hubiera tenido un momento para reflexionar, un poco más de
calma para pensar, como hice con otros crímenes, quizá habría habido una posibilidad entre mil, entre un millón, de que hoy el chico estuviera vivo. Pero ahora sería inútil tratar de justificarlo.
Sencillamente en aquel momento no lo pensé detenidamente[5].
«El matacristianos»: Giovanni lo Scannacristiani Brusca poco después de ser detenido, en mayo de 1996. Brusca fue quien apretó el detonador de la bomba que mató al juez Falcone. [Olympia, Milán.]
Lo terrible de la Mafia siciliana es que los hombres como lo Scannacristiani no son desequilibrados. Ni sus acciones resultan en absoluto incompatibles con el código de honor ni, en realidad, con el hecho de ser esposos y padres a ojos de la Cosa Nostra. Hasta el día en que decidió convertirse en testigo de cargo y contar su historia, nada de lo que hizo Brusca, incluyendo matar a un niño no mucho mayor que su hijo, era considerado intrínsecamente deshonroso por los mafiosos.
Después de la bomba de Capaci hubo más mafiosos que se convirtieron en testigos de cargo, y algunos de esos «arrepentidos» justificaron su decisión diciendo que los asesinos como lo Scannacristiani habían traicionado los valores tradicionales, el código de honor. Tommaso Buscetta había utilizado el mismo razonamiento, argumentando: «no fui yo quien dejó la Cosa Nostra, sino la Cosa Nostra la que me dejó a mí». Pero se trata de una endeble justificación históricamente hablando, ya que en el seno de la Mafia la traición y la brutalidad han sido compatibles con el honor desde el principio. Giovanni Brusca representa un caso más típico de lo que algunos desertores de la Mafia han hecho creer al mundo.
Esta nueva oleada de pentiti posterior a Capaci ha permitido a los investigadores corroborar las evidencias sobre la cultura interna de la Mafia que habían sido proporcionadas por la anterior generación de desertores, incluyendo al propio Buscetta. Lo que hoy resulta evidente es que el código de honor es mucho más que una lista de reglas. Convertirse en hombre de honor equivale a adquirir una identidad completamente nueva, entrar en un universo moral distinto. El honor de un mafioso es la marca de esa nueva identidad, de esa nueva sensibilidad moral.
Tommaso Buscetta le esbozó por primera vez el código de honor de la Cosa Nostra a Falcone ya en 1984. Le habló del rito de iniciación de la organización, en el que el candidato a miembro sostiene una imagen en llamas —normalmente de la Madonna o de la Anunciación— mientras jura lealtad y silencio hasta la muerte. Diversos rumores sobre la existencia de este pintoresco ritual se habían descartado previamente considerándolos mero folclore, y todavía hay partes de las evidencias proporcionadas por Buscetta que parecen ir en contra del sentido común. Sin embargo ha quedado muy claro a partir de los testimonios de Buscetta, de lo Scannacristiani y de otros que los mafiosos se toman estas cosas muy en serio, como cuestiones de honor.
El ritual de iniciación muestra que el honor constituye un estatus que hay que ganarse. Hasta que se convierte en un hombre de honor, el aspirante a mafioso es minuciosamente vigilado, supervisado y sometido a prueba; cometer un asesinato constituye casi siempre un requisito previo para ser admitido. Durante este periodo de preparación se le recuerda constantemente que hasta que no supere el ritual de afiliación es una nulidad, «un cero a la izquierda». Y cuando llega la iniciación, esta constituye a menudo el momento más importante en la vida de un mafioso. La quema de la imagen sagrada simboliza su muerte como hombre común y corriente, y su renacimiento como hombre de honor.
En la iniciación el nuevo mafioso jura obediencia, el primer pilar del código de honor. Un hombre de honor es siempre obediente a su capo; jamás pregunta por qué. Una manera de entender las consecuencias de esta obligación tiene que ver con algo que también constituye una prueba fundamental para el código de honor en su conjunto: el asesinato de mujeres y niños. Esta ha sido siempre una cuestión delicada para la Mafia siciliana; de hecho, los mafiosos han afirmado con frecuencia que jamás tocan a las mujeres y los niños. Hay que decir que muchos hombres de honor se aferran todo lo que pueden a ese principio. Ciertamente, la Cosa Nostra no va por ahí mandando matar a bebés por las buenas o por las malas, sobre todo porque hacerlo dañaría su imagen y le haría perder a algunos de sus más cercanos partidarios.
Sin embargo Giuseppe Di Matteo no era ni mucho menos el primer niño a cuya vida habían puesto fin deliberadamente los hombres de honor. Eliminar a mujeres y niños solo se considera deshonroso cuando es innecesario, pero puede resultar necesario cuando está en juego la supervivencia de un mafioso; y simplemente por ser miembro de la Cosa Nostra, un mafioso pone a menudo en peligro su vida.
Como casi todos los asesinatos de la Mafia, el de Giuseppe Di Matteo se cometió después de que se decidiera colectivamente que era necesario. La muerte del chico formaba parte de una estrategia adoptada por algunos de los líderes de la Cosa Nostra frente a las familias de los desertores que estaban poniendo en peligro a toda la organización. Una vez tomada tal decisión, se habría considerado deshonroso no ponerla en práctica.
Aquí es donde entra en juego la obediencia. El mafioso que de hecho ejecutó la decisión y estranguló a Giuseppe Di Matteo siguiendo las órdenes de Brusca explicaría posteriormente su manera de pensar ante un tribunal:
Si alguien quiere hacer una buena carrera [en la Cosa Nostra] ha
de estar siempre disponible… Yo quería hacer carrera, y lo acepté desde el primer momento porque me puse muy contento. En aquella época yo era un soldado de la Cosa Nostra, obedecía órdenes, y sabía que estrangulando a un niño podría hacer carrera. Estaba muy
contento[6].
El honor se acumula a través de la obediencia; a cambio de lo que ellos denominan «disponibilidad», cada mafioso individual puede aumentar sus reservas de honor y, con ello, obtener acceso a más dinero, información y poder. Pertenecer a la Cosa Nostra ofrece las mismas ventajas que la pertenencia a otras organizaciones, incluyendo el cumplimiento de las propias aspiraciones, un eufórico sentimiento de categoría y camaradería, y la posibilidad de delegar la responsabilidad, moral o de otra clase, en los propios jefes. Todas estas cosas son ingredientes del honor mafioso.
El honor implica también la obligación de decir la verdad a los otros hombres de honor y, en consecuencia, el modo de hablar notoriamente elíptico de los mafiosos. Giovanni Brusca relata que cuando visitó a varios mafiosos estadounidenses en New Jersey, se sintió horrorizado al ver lo habladores que se mostraban sus anfitriones en comparación. Se celebró una cena para darle la bienvenida; al llegar al restaurante, Brusca se asombró de ver que todos los mafiosos habían llevado a sus queridas y de que charlaran abiertamente acerca de a qué «familias» pertenecían los diversos gángsteres. «En Sicilia a ninguno de nosotros se le ocurriría hablar así en público. Ni siquiera en privado. Todo el mundo sabe lo que necesita saber.» Brusca afirma que se sintió tan turbado que pidió excusas y se marchó. «Es una mentalidad distinta — concluiría acerca de su experiencia norteamericana—. Viven a la luz del día. Solo cometen asesinatos en circunstancias excepcionales. Jamás llevan a cabo matanzas
como las que tenemos en Sicilia[7]».
El deber del mafioso de decir la verdad constituye en parte una manera de fomentar la clase de confianza mutua que tanto escasea entre los delincuentes. Esta necesidad de confianza explica también los componentes del honor mafioso relacionados con el sexo y el matrimonio. Los gángsteres recién iniciados juran no ganar dinero con la prostitución, y si se acuestan con la mujer de otro mafioso, se enfrentan a la pena de muerte. Además, si un mafioso apuesta, es mujeriego y hace alarde de su riqueza, es probable que se le considere poco digno de confianza y, por lo tanto, prescindible. Seguir estas reglas constituye una manera importante de demostrar a los demás hombres de honor que pueden confiar en uno. Por la misma razón, el alto mando de la Mafia considera una virtud ensuciarse las manos, y el machismo patriarcal de la vieja escuela constituye una parte fundamental de la cultura de la organización. Así, por ejemplo, hay acontecimientos sociales que normalmente giran en torno a actividades característicamente masculinas, como partidas de caza y banquetes.
El honor también tiene que ver con la lealtad. Ser miembro de lo que los mafiosos solían denominar la «honorable sociedad» comporta nuevas lealtades que resultan más importantes que los vínculos de sangre. El honor implica que un mafioso debe anteponer los intereses de la Cosa Nostra a los de su parentela. Enzo Brusca, hermano de lo Scannacristiani, trabajó para la organización y tomó parte en asesinatos, pero jamás se convirtió en hombre de honor. Tal como convenía, no hacía preguntas. Todo lo que sabía de sus parientes de la Cosa Nostra provenía de rumores y de los medios de comunicación; así, por ejemplo, durante mucho tiempo ignoró que su padre era el jefe del mandamento local. En consecuencia, aunque Enzo Brusca formaba parte del operativo de la Mafia y era miembro de la misma «familia» que los hombres de honor, eso no le daba derecho a estar al corriente de los negocios de dicha «familia».
No sucede lo mismo en el caso contrario, ya que un jefe de la Mafia tiene pleno derecho a controlar la vida personal de sus hombres. Así, por ejemplo, un mafioso necesitará con frecuencia el permiso de su capo para casarse. Es fundamental que cada mafioso en particular se muestre sensato a la hora de elegir a su pareja conyugal y se comporte de manera honorable en su matrimonio. Los mafiosos necesitan aún más que otros maridos ser amables con sus esposas, sencillamente porque una esposa de mafioso enfadada podría causar un gran perjuicio a toda la «familia» si habla con la policía. Los miembros de la Cosa Nostra deben tener especial cuidado a la hora de preservar el prestigio de sus mujeres; una importante razón por la que existe el tabú del proxenetismo es la de asegurarse de que las esposas de los hombres de honor, tal como explicaba el juez Falcone, «no se ven humilladas en su propio entorno social». Los mafiosos suelen casarse con las hermanas e hijas de otros hombres de honor, mujeres que han vivido toda su vida en un entorno mafioso y, en consecuencia, resulta más probable que tengan la clase de discreción o sumisión que la organización requiere de ellas. Las mujeres también pueden respaldar activamente el trabajo de sus hombres, si bien en un papel subordinado, ya que no se las puede admitir oficialmente en la Mafia; el honor constituye exclusivamente una cualidad masculina. No obstante, el honor de un mafioso confiere prestigio a su esposa, y el buen comportamiento de esta redunda en el nivel de honor de él.
El juez Falcone comparó en cierta ocasión el hecho de entrar en la Mafia con una conversión religiosa: «Uno jamás deja de ser sacerdote. Ni tampoco mafioso». Los paralelismos entre la religión y la Mafia no acaban aquí, en gran medida debido a que los hombres de honor son creyentes. El capo de Catania Nitto Santapaola había hecho construir un altar y una pequeña capilla en su finca; según un pentito, eso no impidió que en una ocasión también hiciera agarrotar y echar a un pozo a cuatro muchachos por atracar a su madre. El actual capo de capos, Bernardo el Tractor Provenzano, se comunica desde su escondite mediante pequeñas notas, algunas de las cuales han sido recientemente interceptadas y siempre contienen bendiciones e invocaciones a la protección divina, como «Por voluntad de Dios deseo servir». Un antiguo capo que dirigía un escuadrón de la muerte como lo Scannacristiani solía rezar antes de emprender cualquier acción: «Dios sabe que son ellos quienes desean hacerse matar y que yo no tengo ninguna culpa».
Sentimientos como estos son en parte el resultado de la tolerancia hacia la Mafia mostrada durante mucho tiempo por la Iglesia católica. Los clérigos han tratado a menudo a hombres cuyo poder se basaba en el asesinato rutinario como si fueran pecadores de la misma ralea que todos los demás. Han pasado por alto la mala influencia de la Mafia porque esta parecía compartir los mismos valores de deferencia, humildad, tradición y familia que la Iglesia. Han aceptado donativos procedentes de actividades criminales para sus procesiones y organizaciones benéficas. Se han mostrado satisfechos de ver las cosche (el plural de cosca) disfrazadas de confraternidades religiosas, y de confiar la administración de fondos benéficos a dignatarios que tenían las manos manchadas de sangre. Algunos eclesiásticos incluso han sido asesinos ellos mismos. La historia de las relaciones de la Iglesia con la Mafia está llena de episodios así.
Pero eso no significa, como algunos quisieran afirmar, que la Mafia sea poco más que una rama de la Iglesia católica. La religión de un mafioso no tiene nada que ver con la Iglesia en cuanto institución. De hecho, el secreto de la religión en la Mafia es que esta sirve a los mismos fines que el código de honor; expresa meramente lo mismo en un lenguaje distinto. En la Mafia, la religión genera un sentimiento de pertenencia, de confianza y un conjunto de reglas flexibles con términos prestados del credo católico, exactamente tal como hace el código de honor remedando los términos caballerescos que todavía utilizaba la nobleza en los comienzos de la Mafia.
Al igual que el honor, en la Mafia la religión ayuda a los mafiosos a justificar sus actos ante ellos mismos, ante los demás y ante sus familias. A los mafiosos suele gustarles pensar que matan en nombre de algo superior al dinero y el poder, y los dos términos que normalmente sacan a relucir son los de honor y Dios. De hecho, la religión profesada por los mafiosos y sus familias es como tantas otras cosas en el universo moral del honor mafioso, en cuanto que resulta difícil saber dónde termina la auténtica —aunque equivocada— creencia y dónde empieza la cínica falsedad. Comprender cómo piensa la Mafia significa entender que en la mente de todos sus miembros las reglas del honor se confunden con una calculada falsedad y un despiadado salvajismo.
Así, honor se traduce en este contexto como un sentimiento de valía profesional, un sistema de valores y el símbolo de la identidad de grupo de una organización que se considera a sí misma por encima del bien y del mal. Y como tal, nada tiene que ver con las tradiciones sicilianas, la caballerosidad o el catolicismo. Se exprese en términos religiosos o en el lenguaje seudoaristocrático del «honor», el código está ahí para asegurar que todos los aspectos de la vida del mafioso se hallen completamente subordinados a los intereses de «lo nuestro».
Cuando funciona bien, el código produce un orgulloso sentimiento de compañerismo. El mafioso de Catania Antonino Calderone hablaba en nombre de toda la organización cuando decía: «Nosotros somos mafiosos; los demás son solo hombres». Pero por esa misma razón un mafioso sin honor no es nadie; es un hombre muerto. Para un miembro de la Cosa Nostra, ser derrotado en una de las guerras internas de la organización y perder el honor pueden ser exactamente lo mismo.
No resulta sorprendente, pues, que la decisión de quebrantar el código de honor y convertirse en testigo de cargo resulte traumática para algunos mafiosos. Tal decisión significa abandonar tanto una identidad como un denso entramado de amistades y lazos familiares; significa tratar de hallar el modo de aceptar una vida basada en el asesinato; significa incurrir automáticamente en una condena a muerte. Giovanni Brusca sostiene que tuvo que reunir más valor para convertirse en testigo de cargo del que necesitaba para matar.
Nino Gioè era el mafioso que le gritó «Vai!» a Brusca cuando este tenía que accionar el detonador de la bomba de Capaci. Poco después de ser capturado y encerrado en una celda de aislamiento, en el verano de 1993, Gioè empezó a sentir la presión acumulada de los largos años vividos según las reglas de la Cosa Nostra. Sabía que la policía había escuchado algunas de sus conversaciones, y que probablemente había suministrado pruebas que irían en contra de otros hombres de honor; inconscientemente había quebrantado el más sagrado de los principios de la Cosa Nostra. Sentía crecer el recelo entre los mafiosos encerrados en las celdas de la misma ala. A medida que la presión aumentaba, comenzó a hacerse evidente; Gioè se dejó crecer la barba y empezó a descuidar la limpieza de su ropa. Se espera que los hombres de honor mantengan la compostura en la cárcel; por ello, el declive de su aspecto no hizo sino aumentar entre quienes le rodeaban los temores de que estuviera a punto de venirse abajo y contar al Estado todo lo que sabía. Pero lejos de ello, el 28 de julio de 1993, Gioè utilizó los cordones de sus zapatillas de tenis para colgarse en su celda. Aunque es muy raro que los hombres de honor acaben con su propia vida, la nota de suicidio de Gioè puede servir como resumen último de lo que significa vivir y morir bajo el código de honor:
Esta noche encontraré la paz y la serenidad que perdí hará unos
diecisiete años [al iniciarse en la Cosa Nostra]. Cuando las perdí, me convertí en un monstruo. He sido un monstruo hasta que mi mano ha cogido el lápiz para escribir estas líneas… Antes de irme, pido perdón a mi madre y a Dios, puesto que su amor no tiene límites. El resto del
mundo jamás podrá perdonarme[8].
La cuestión histórica que plantea este retrato de la vida en el seno de la Cosa Nostra es sencilla: ¿ha sido siempre así? La respuesta, igualmente sencilla, es que nadie lo sabrá nunca con certeza. Puede que los pentiti hayan hablado con la policía en numerosas ocasiones, pero cuando lo han hecho, han tendido a hablar sobre crímenes concretos y no acerca de cómo era eso de ser un mafioso. Pero lo que sí sugieren las evidencias es que en todo momento ha existido algo parecido a ese código de honor. Al fin y al cabo, si no hubiera existido, la Mafia no habría sobrevivido durante tanto tiempo; de hecho, puede que incluso ni siquiera hubiera surgido.