Cosa Nostra
Cadáveres eminentes
Emanuele Notarbartolo, el banquero y exalcalde de Palermo apuñalado hasta morir en un tren en 1893, y Joe Petrosino, el policía neoyorquino asesinado a tiros en Sicilia en 1909; en su primer siglo de existencia la Mafia siciliana solo mató a dos personajes destacados, dos hombres cuyo estatus en el mundo de los negocios, la política, la administración, el periodismo, la justicia o las fuerzas del orden les cualificaba de cadaveri eccellenti. En cambio, desde finales de la década de 1970, a medida que el poder de los corleonesi ha ido en aumento, ha habido docenas de tales «cadáveres eminentes». Algunos de ellos eran amigos que no habían respetado su pacto con los capos, pero la inmensa mayoría han sido enemigos de la Cosa Nostra. A partir de 1979 la violencia se convirtió en la nota dominante del dueto de la Mafia con el mundo superior de las instituciones. Y dicha violencia iría ín crescendo cuando Falcone y otros miembros de la minoría virtuosa realizaran avances sin precedentes en la lucha para derrotar a la Cosa Nostra.
Visto retrospectivamente, el primer signo de aquella nueva agresividad se produjo en 1970 con la desaparición del periodista de investigación de L’Ora Mauro De Mauro. Todavía no está claro qué había descubierto; quizá evidencias del tráfico de heroína o del golpe de estado neofascista el año en que se pidió a la Cosa Nostra que tomara parte en él. En 1971 el fiscal de Palermo Pietro Scaglioni fue asesinado a tiros cuando acababa de visitar la tumba de su madre. En aquella época había considerables sospechas en torno a Scaglioni (para empezar, solía jugar al póquer regularmente con Vito Ciancimino); por esa razón, en algunos círculos su muerte se consideró de inmediato un asunto interno de la Mafia. Incluso el asesinato en 1977 de un coronel de los carabineros cerca de Corleone podía considerarse todavía una anomalía. Pero en 1979 la nueva pauta que marcaba las tácticas de la Mafia se hizo ya inequívoca. Aquel año, como si tratara de mostrar el alcance de su ataque a las instituciones, la Cosa Nostra mató a un periodista (el responsable de sucesos del Giornale di Sicilia), a un político (el líder de la DC de Palermo), a un policía (el jefe de la brigada móvil de Palermo) y a un juez (Cesare Terranova, el hombre que había dirigido las investigaciones sobre la primera guerra mafiosa). El mensaje de la Mafia estaba claro, por muy prominente que fuera, cualquier figura pública que se interpusiera en el camino de aquel estado dentro del Estado que era la organización sería asesinado.
La reveladora temeridad y brutalidad con que se perpetraron muchos de esos asesinatos por parte de los corleonesi entrañaba también su propio mensaje implícito. Terranova murió en la calle ante su casa de Palermo; pese al riesgo de ser vistos, los tres asesinos hicieron más de treinta disparos de pistola y de rifle, e incluso se tomaron el tiempo necesario para acercarse al magistrado y rematarle. Una y otra vez, en torno a los cadáveres eminentes se desparramaban los cuerpos de vigilantes, chóferes, familiares, amigos y transeúntes. La Cosa Nostra esgrimía así su fuerza salvaje. Al año siguiente, 1980, hubo otros tres cadáveres eminentes: el capitán de los carabineros de Monreale, el presidente de la Región Siciliana y el fiscal jefe de Palermo. Este último fue abatido a tiros en el propio centro de la ciudad, delante mismo del Teatro Massimo (lo que vendría a ser el equivalente siciliano de llevar a cabo una ejecución, por ejemplo, en la londinense Piccadilly Circus); este asesinato fue ordenado de hecho por Bontate e Inzerillo para mostrar que también ellos podían dejar cadáveres eminentes con el mismo abandono que los corleonesi.
El año 1981 marcó el inicio de la mattanza, con su espectáculo casi diario de asesinatos, cuyos cadáveres se dejaban cerca de los cuarteles de policía o simplemente se quemaban en la calle. Una de las víctimas más destacadas de la Mafia cayó en el punto álgido de la carnicería. Pio La Torre era un activista campesino que hablaba claro y directo, y que había llegado a convertirse en parlamentario comunista, líder del PCI en Sicilia y uno de los miembros más dinámicos de la comisión de investigación Antimafia. En abril de 1982 cayó víctima de una emboscada cuidadosamente planeada, de nuevo en una concurrida calle de Palermo.
La respuesta del Estado italiano fue enviar al general Carlo Alberto Dalla Chiesa a ocupar el cargo de prefecto de la capital siciliana. Dalla Chiesa tenía un largo historial de lucha contra la Mafia, e incluso estaba destinado en Corleone cuando Luciano Leggio inició su ascenso. Pero más importante aún es el hecho de que el general acababa de convertirse en un héroe nacional gracias al éxito de su lucha contra el terrorismo de izquierda. Antes de partir hacia Sicilia, dejó claro a sus patronos políticos de Roma que no tenía intenciones de mostrarse blando con el ala política de la Mafia. A los pocos meses de su llegada a Palermo, un grupo de pistoleros integrado por unos doce mafiosos bloquearon la carretera al paso de su automóvil en la via Carini, y le ametrallaron a él, a su joven esposa y a su escolta. Al día siguiente alguien garabateó en un muro junto a la escena del crimen: «Aquí murió la esperanza de todos los sicilianos honestos». El funeral fue televisado en directo en toda Italia, y todo el país pudo ver cómo la multitud airada arrojaba monedas a los ministros del gobierno que asistieron al acto.
Los políticos no habían sido capaces de dar a Dalla Chiesa los poderes que este quería, y una crítica campaña de prensa había creado la clara impresión de que estaba aislado, tal como había explicado su hijo cinco días antes del asesinato:
Durante la lucha contra el terrorismo mi padre estaba
acostumbrado a tener las espaldas cubiertas, a contar con el respaldo de todos los partidos políticos constitucionales, empezando por la DC. Esta vez, en cuanto llegó a Palermo comprendió que una parte de la DC no estaba dispuesta a cubrirle. Más aún, se mostraba activamente
hostil[121].
Con aquel tibio respaldo al general Dalla Chiesa, la Cosa Nostra se sintió con derecho a tratar su nombramiento como otro gesto vacuo más, y a calcular que el precio político de asesinarle sería consecuentemente bajo. Resultaría tentador calificar las tácticas de la Mafia a principios de la década de 1980 de terroristas, si no fuera por el hecho de que los terroristas suelen verse a sí mismos como representantes de los oprimidos, como solitarios combatientes que se enfrentan a un poderoso Estado con las únicas armas de las que disponen los débiles y desesperados. La Cosa Nostra, en cambio, con su nueva riqueza derivada de la heroína y su antiguo historial de impunidad, se limitaba sencillamente a no tomar en serio al Estado italiano. Más que de una campaña de terror, se trataba aquí de una campaña de desprecio.
Pronto se añadirían otros nombres a la lista de cadáveres eminentes. Contemplando retrospectivamente aquel catálogo de atrocidades, uno empieza a hacerse idea de cómo se sentían en aquel momento un creciente número de sicilianos, de su exasperada esperanza de que finalmente uno de aquellos asesinatos marcara un punto de inflexión, señalando el momento en el que el Estado italiano encontrara la determinación necesaria para enfrentarse a la amenaza de la Mafia. Ciertamente hubo ocasiones en las que el Estado respondió. Tras la muerte del general Dalla Chiesa se aprobó por fin una ley propugnada por el líder comunista asesinado Pio La Torre; según dicha ley, por primera vez pasaba a ser delito la pertenencia a una «organización de tipo mafioso», definida como una organización criminal basada en la intimidación sistemática, la omertà, y la infiltración en la economía a través de actividades de extorsión realizadas sobre una base territorial (en Estados Unidos se habían aprobado ya medidas similares en 1970). La ley también permitía al Estado confiscar las ganancias ilícitas de un mafioso. Eran, pues, nuevas armas de enorme importancia en la lucha por llevar a la Cosa Nostra ante la justicia. Pero los mensajes de los políticos siguieron siendo ambivalentes. Nunca fue «el Estado italiano» como tal el que se enfrentó a la Cosa Nostra. Jamás hubo punto de inflexión. La batalla contra la Mafia continuarían librándola una heroica minoría de jueces y policías, respaldados por otra minoría de políticos, miembros de la administración, periodistas y ciudadanos normales y corrientes.
El 29 de julio de 1983 la Cosa Nostra puso un coche bomba en el centro de Palermo para matar al superior de Falcone, el juez de instrucción jefe Rocco Chinnici; sus dos guardaespaldas y el conserje del bloque de pisos donde vivía también murieron en la explosión. La primera guerra mafiosa había llevado a los periodistas a buscar paralelismos entre Palermo y el Chicago de la ley seca; ahora Beirut parecía ser la única ciudad comparable a la capital siciliana. Un policía anónimo describía a L’Ora la desesperación de los investigadores:
Estamos en guerra, pero para el Estado y las autoridades de esta
ciudad, de esta isla, es como si no pasara nada… Los mafiosos disparan con metralletas y TNT. Nosotros solo podemos responder
con palabras. Hay miles de ellos, y solo unos centenares de nosotros. Nosotros establecemos espectaculares controles en el centro de la ciudad, mientras ellos se pasean tranquilamente por Corso dei Mille,
Brancaccio y Uditore[122].
La muerte de Chinnici condujo a un callado acto de extraordinario heroísmo, típico del modo en que una minoría heroica libraba su batalla contra la Mafia. La noticia del fallecimiento de Chinnici tuvo un profundo efecto en Antonino Caponnetto, un pálido y tímido magistrado siciliano aficionado a criar canarios. Caponnetto tenía un empleo seguro y prestigioso en Florencia y estaba a punto de jubilarse. Sin embargo, a los pocos días de la muerte de Chinnici envió una solicitud para ocupar el puesto del juez asesinado. Como explicaría posteriormente: «Fue un impulso que vino en parte del espíritu de servicio que siempre ha motivado mi
trabajo. Pero en parte vino también de mi identidad siciliana»[123]. Cuando entró en su nuevo despacho, en el Palacio de Justicia de Palermo, encontró un telegrama de felicitación sobre su escritorio. Se suponía que había de decir «Le deseo éxito», pero había sido alterado para que, en lugar de ello, dijera «Le deseo la muerte». Caponnetto pasaría los siguientes cuatro años y medio viviendo en una diminuta habitación del cuartel de carabineros por su propia seguridad.
En cuanto llegó, Caponnetto reunió a un pequeño equipo de magistrados que llegarían a infligir colosales golpes a la Mafia siciliana. Su idea, prestada de la campaña contra el terrorismo de izquierda, consistía en formar un «consorcio» de jueces especializados antimafia que compartieran toda la información, reduciendo, en consecuencia, el riesgo de represalias. Caponnetto eligió a un equipo capaz de crear un panorama «orgánico y completo» del problema de la Mafia; el consorcio estaba integrado por Giovanni Falcone, Paolo Borsellino, Giuseppe Di Lello y Leonardo Guarnotta. En la atmósfera de callada determinación creada bajo el liderazgo de Caponnetto, pusieron manos a la obra.
La opinión pública solo llegó a ser consciente del impresionante éxito del consorcio cuando Caponnetto dio una conferencia de prensa en el Palacio de Justicia, el 29 de septiembre de 1984. El veterano magistrado dio entonces la noticia de que Tommaso Buscetta, el «capo de dos mundos», estaba colaborando con la justicia; como resultado de ello se habían emitido 366 órdenes de detención. Incluso al «agresivo malversador» Vito Ciancimino se le había notificado que estaba sometido a investigación, ya que Buscetta había revelado que estaba en manos de los corleonesi (posteriormente, Ciancimino y los dos primos Salvo, los magnates del sistema privado de recaudación de impuestos de Italia, serían arrestados). Muchos de los acusados eran ya prófugos de la justicia, pero a la policía de Palermo todavía le faltaban esposas para capturarlos a todos. Con una amplia sonrisa en su fino rostro, Caponnetto explicó así el significado de las evidencias acumuladas:
Lo que aquí tenemos no es solo una diversidad de casos mafiosos.
Es la Mafia como tal la que va a ir a juicio. Por lo tanto, no sería precipitado decir que esta es una operación histórica. Finalmente hemos logrado penetrar en el mismo corazón de la estructura de la
Mafia [124].
El enorme juicio al que aludía Caponnetto aspiraría a demostrar la tesis de que la Mafia constituía una sola estructura unificada; el «teorema de Buscetta», como pasaría a denominarlo la prensa. Aquello representaría una revolución copernicana en el pensamiento sobre la «honorable sociedad».
Los corleonesi respondieron a la noticia de la deserción de Buscetta con ataques a los pentiti y a sus parientes. Leonardo Vitale, el capodecina que había acudido a la policía durante su crisis espiritual, fue abatido a tiros en diciembre, como también lo fue el cuñado de Buscetta (hay que decir que Italia no contaba con nada parecido a un programa de protección de testigos). Y cuando la policía estaba a punto de acorralar a los capos que todavía seguían ocultos, la Cosa Nostra se vengó de inmediato. A finales de julio de 1985 Beppe Montana, el oficial de la brigada móvil responsable de dar caza a los mafiosos fugitivos, fue asesinado a tiros en el barrio marítimo de Porticello. A pesar de que en aquel momento se encontraba fuera de servicio, Montana estaba utilizando su pequeña motora para espiar las residencias veraniegas de los mafiosos. Había corrido el rumor de que la policía había decidido no coger vivos a dos destacados asesinos de la Mafia. Al matar a Montana, la Cosa Nostra daba su cruenta respuesta a aquel desafío: los asesinos usaron balas de expansión. A la novia de Montana, que estaba a solo unos metros del lugar en donde este fue asesinado, se le perdonó la vida para que tuviera que correr de casa en casa tratando frenéticamente de encontrar un teléfono, mientras las calles se vaciaban y las persianas se bajaban. No podía haber imagen más clara del temor y la omertà que se habían apoderado de Sicilia occidental.
Montana era el tercer hombre de su unidad que moría asesinado. El sindicato de policía se quejaba de que en Sicilia el Estado solo se dejaba ver en los funerales de los policías que mataba la Mafia. Pero los problemas de la policía no hicieron sino aumentar cuando capturaron a un joven futbolista semiprofesional y pescador de erizos que se creía que había sido el vigía de los asesinos; mientras estaba detenido fue torturado y golpeado, y para cuando lo llevaron al hospital era ya demasiado tarde. Después de que los intentos de tapar el asunto fracasaran estrepitosamente, la muerte del sospechoso fue acogida con furia. El ministro del Interior reaccionó con inusitada diligencia y desmanteló el grupo de policías y carabineros que habían sido responsables de la mayoría de los éxitos en la lucha contra la Cosa Nostra durante los años anteriores.
Menos de veinticuatro horas después de que se anunciara la decisión del ministro, otro oficial de alto rango de la brigada móvil, Ninni Cassará, murió víctima de una emboscada. La violencia de su muerte resultaba espantosa incluso en comparación con la norma habitual en Palermo en la década de 1980. Un pelotón de entre doce y quince asesinos ocuparon el edificio situado frente a la vivienda de Cassará y abrieron fuego cuando este bajaba de su coche blindado. Su esposa solo pudo ver impotente desde el balcón cómo acribillaban a su marido con más de doscientas balas. Con él murió el policía Roberto Antiochia, de veintitrés años de edad, quien, sabiendo lo vulnerable que resultaba su superior, había vuelto antes de tiempo de sus vacaciones para ofrecerle protección. Solo unos días antes Cassará había concedido una entrevista en la que había dicho: «Cualquiera que se tome en serio su trabajo acaba asesinado antes o después».
La sensación de aislamiento que sentía la policía dio lugar a una explosión de rabia. Los miembros de la brigada móvil amenazaron con solicitar un traslado en masa. Se quejaron de la falta de testigos que se presentaban voluntarios, y empezaron a echar a la gente que acudía a la comisaría para renovar el pasaporte; a un ciudadano que telefoneó para hacer una consulta rutinaria se le respondió simplemente: «¡Vete a la mierda!». En el funeral de Antiochia, la presencia del ministro del Interior y del presidente de la República casi provocó una revuelta policial delante de la catedral de Palermo, de ochocientos años de antigüedad. Los colegas del agente muerto escupieron a los dos estadistas, insultándoles a gritos: «¡Bastardos! ¡Asesinos! ¡Payasos!». Luego estalló una refriega entre la brigada móvil y los carabineros. Un agente aireó su furia ante un periodista:
¡Estamos hartos! No necesitamos funerales de Estado. Siempre las
mismas caras, las mismas palabras, las mismas condolencias… Al cabo de dos días la opinión pública se apacigua… y todo sigue como antes. Y mientras, nosotros haciéndonos matar como gilipollas porque
nos atacan tanto la Mafia como nuestros líderes[125].
Jamás ha habido indicio alguno de que los dos estadistas contra los que la policía decidió desahogar su rabia fueran culpables de complicidad con la Cosa Nostra. Pero, sin embargo, el mensaje estaba claro: no era Italia la que luchaba contra la Mafia; era una asediada minoría unida por un fuerte espíritu de equipo y por su sentido del deber.