Cosa Nostra

John Dickie · Capítulo 40 de 46

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Cosa Nostra

Mirando la corrida

Giovanni Falcone y Paolo Borsellino eran viejos amigos en la época en la que preparaban la acusación del macrojuicio (aunque su trabajo no incluía la posibilidad de ejercer la abogacía en los tribunales). Tenían casi la misma edad y se habían criado en el mismo pequeño barrio del centro de Palermo, en el seno del mismo tipo de familia de clase media; el padre de Falcone era químico, y el de Borsellino, farmacéutico. Ambos hombres compartían la misma devoción por el deber y la misma fe inquebrantable en la justicia. Pero eran muy distintos y tenían diferentes creencias políticas. Sin afiliarse jamás a ningún partido político, Falcone simpatizaba con la izquierda. Borsellino, en cambio, se había unido de joven a un grupo neofascista y conservaba una fe católica mucho más fuerte que su colega. Ambos jueces se resistieron siempre rigurosamente a cualquier insinuación de partidos políticos que trataran de capitalizar su reputación.

Falcone y Borsellino también tenían distintas actitudes frente a la ciudad en la que vivían y trabajaban. Falcone, quizá en sintonía con su personalidad más retraída, se mostraba más pesimista con relación al grado en que Palermo respaldaba su trabajo. Cada día acudía a su trabajo en un convoy de cuatro coches blindados que se desplazaban a gran velocidad, llenos de agentes con metralletas y chalecos antibalas, al tiempo que un helicóptero vigilaba la ruta. A juzgar por las cartas al director publicadas en aquella época en el Giornale di Sicilia, algunos de los habitantes de Palermo consideraban que la congestión de tráfico creada por aquellos convoyes representaba un problema mucho más serio que la Mafia. Falcone se sentía especialmente molesto cuando uno de sus conciudadanos escribía para sugerir que se le debería obligar a vivir en las afueras. Borsellino, un hombre más extrovertido y con una saludable vena hedonista, se mostraba más optimista: «¡Nos están dando ánimos!».

Ambos hombres sacaban fuerzas de la creciente voz del movimiento antimafia de Sicilia. Los estudiantes organizaban manifestaciones contra la Cosa Nostra en las calles de la ciudad. El movimiento incluso había creado un centro de estudios bautizado como «Peppino Impastato». En esos momentos Sicilia contaba, en la persona de Salvatore Pappalardo, con un cardenal primado que no tenía miedo de utilizar la palabra mafia o de denunciar la inacción del Estado frente a las matanzas; debido a ello, en 1983, la misa de Pascua celebrada por el cardenal en la cárcel de Ucciardone fue boicoteada por los reclusos. Pero algunos clérigos de base se mostraban aún más enérgicos en su oposición a la Mafia.

Incluso dentro de la propia Democracia Cristiana aumentaban las fuerzas favorables al cambio. Leoluca Orlando, alcalde de la DC de Palermo —elegido en julio de 1985—, y destacado adversario de la Mafia, se aseguró de que el ayuntamiento estuviera representado en el macrojuicio como acusación particular. El mandato de Orlando presidía lo que pasaría a conocerse como la «primavera de Palermo», que supuso un estimulante contraste con el triste invierno de connivencia que se había apoderado de la mayor parte del ayuntamiento de Palermo desde la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, la actitud de la mayoría de los palermitanos ante la batalla de los jueces seguía siendo de una nerviosa neutralidad; como diría Falcone: «Me parece que la ciudad está mirando desde la ventana, esperando a ver cómo acaba la corrida».

El macrojuicio se inició el 10 de febrero de 1986, y duraría casi dos años enteros. Al iniciarse el proceso, una tensa calma se adueñó de Palermo. Los asesinos de la Cosa Nostra tenían órdenes de permanecer ocultos mientras el drama pasaba de las calles a un enorme búnker de hormigón iluminado con luz artificial que lindaba con la cárcel de Ucciardone y que albergaba la sala especialmente construida para el caso. El búnker mostraba que el rechazo público a todos los cadáveres eminentes había forzado por fin al Estado italiano a realizar una demostración tangible de su compromiso de enfrentarse a la Cosa Nostra. Pero ni mucho menos representaba una imagen tranquilizadora; un periodista dijo que parecía que una gigantesca nave espacial judicial hubiera aterrizado en Palermo. La sala principal era de color verde y tenía forma octogonal, con treinta cubículos situados en su perímetro exterior para albergar a los 208 acusados más peligrosos. Del total de 474 hombres que se enfrentaban a diversos cargos, 119 seguían en paradero desconocido, destacando entre ellos las «bestias» de Luciano Leggio, el Corto Riina y el Tractor Provenzano. El propio Leggio, vestido con chandal azul y bambas blancas, fue el primero en hablar; desde el cubículo 23 anunció que se encargaría de su propia defensa contra la acusación de que había estado dirigiendo la facción corleonese desde la cárcel.

 

Un día en el tribunal para los acusados del macrojuicio, 1986. [Olympia, Milán.]

Cuando empezó el juicio, los periodistas sondearon a la opinión pública. En las calles de Palermo muchas personas se mostraban renuentes a hablar. Algunas se manifestaban abiertamente en contra del juicio, diciendo que, ahora que la Mafia se había puesto a la defensiva, había aumentado el paro. La mayoría eran escépticas: «Es una farsa. Solo cogerán a los que se han puesto demasiado en evidencia. Los grandes políticos serán los que decidirán cómo acabará el juicio». Buscetta había dejado claro que él no creía que Italia estuviera preparada todavía para oír todos sus secretos, y se guardaba para sí lo que sabía sobre los vínculos de la Mafia con los más altos hombres de Estado. Mucha gente pensaba que los mafiosos que habían perpetrado la mattanza no eran más que matones, y que la verdadera Mafia la integraban quienes movían las cuerdas desde mucho más arriba.

Pero las dudas sobre el macrojuicio no se limitaban a los sondeos de opinión pública. Algunos de los más reflexivos líderes de opinión de Sicilia sencillamente no acababan de ver la verdadera trascendencia del juicio. Para empezar, las propias dimensiones del caso resultaban desconcertantes. El cardenal Pappalardo, por ejemplo, lo calificaba de «espectáculo opresivo». En una discutida entrevista concedida justo antes de que se iniciara el proceso, el cardenal parecía haber retrocedido con respecto a la anterior firmeza de su actitud frente a la Mafia. Así, declaró que el aborto mataba a más personas que dicha organización, y mostraba su preocupación por el efecto que toda la atención de los medios de comunicación sobre el juicio tendría en la imagen de Palermo. Al preguntarle si él se definiría como un prelado antimafia, respondió significativamente con una evasiva: «No se puede construir nada con una actitud puramente negativa. No basta con ser antialgo».

Muchas personas compartían el temor de que el macrojuicio constituyera un intento de impartir justicia al por mayor, y de que resultara imposible evaluar cuidadosamente la culpabilidad o inocencia de cada uno de los acusados. Algunos sospechaban que la escala del juicio no reflejaba otra cosa que el tamaño del ego de los jueces.

También las evidencias proporcionadas por los pentiti planteaban dudas. Muchos espectadores mostraban su preocupación por la fiabilidad de sus testimonios. En 1985 una destacada personalidad de la televisión había sido víctima de un grave error judicial derivado de las falsas pruebas proporcionadas por un pentito de la Camorra napolitana. Para muchos observadores, utilizar el testimonio de Tommaso Buscetta presentaba los mismos riesgos, aunque a mucha mayor escala.

Durante los meses del macrojuicio quedó muy poco margen para la neutralidad. El teorema de Buscetta contradecía toda una serie de presupuestos profundamente arraigados sobre la Mafia y sobre lo que significaba ser siciliano. Captar las consecuencias de ello llevaría a dar un paso de gigante en la comprensión de la organización. Pero era un paso que incluso algunos de los más directos enemigos de la Mafia sencillamente no podían dar. Un famoso y sorprendente nombre vendría a simbolizar lo difícil que resultaba para muchos sicilianos aceptar lo que hacían Falcone y Borsellino, y verles como la solución antes que como parte del problema: Leonardo Sciascia.

Sciascia era el novelista que tanto había hecho para llamar la atención pública sobre la Mafia a finales de la década de 1950 y principios de la de 1960. Todavía hoy la mayoría de los no italianos acuden precisamente a novelas como Il giorno della civetta cuando desean saber algo sobre la organización. Durante más de tres décadas, todo el mundo de Sciascia, sus obras, su sentido de la propia identidad siciliana, le habían enfrentado a la Mafia. Por desgracia, en enero de 1987 esas mismas fuerzas le condujeron al lado equivocado de una ciudad dividida y desconcertada por el macrojuicio.

A los once meses de iniciarse el proceso, Sciascia escribió un artículo en el Corriere della Sera que vendría a socavar fatalmente su reputación de adversario de la Mafia. El artículo se inspiraba en dos acontecimientos recientes: la publicación de un libro sobre la cruzada del «prefecto de hierro» contra el crimen organizado durante la época fascista, y el ascenso de Paolo Borsellino (que acababa de ser nombrado responsable de la oficina de instrucción de Marsala, en el extremo occidental de Sicilia, donde los corleonesi contaban con estrechos aliados). Sciascia argumentaba apasionadamente que el macrojuicio amenazaba con pisotear las libertades civiles tal como lo había hecho el fascismo. Arremetía contra un clima —hoy lo llamaríamos «políticamente correcto»— en el que cualquier crítica a los jueces antimafia se trataba como si fuera un signo de complicidad con los capos. Y concluía su polémico artículo acusando a Borsellino de arribista: «No hay nada mejor para destacar en la magistratura que tomar parte en los juicios antimafia».

El arrebato de Sciascia causó una profunda conmoción en Italia, donde la gente tiende a buscar en los escritores e intelectuales la clase de liderazgo moral que con demasiada frecuencia los políticos no son capaces de proporcionar. Y era un papel que Sciascia se tomaba muy en serio; a su manera, se veía como una voz de la razón en terra infidelium, tan solitario y racional como los detectives de sus novelas que trataban sin éxito de quebrantar el muro de la omertà. Razón de más para que Borsellino se sintiera profundamente herido por el artículo del Corriere della Sera; además —decía—, Sciascia había sido como un padre intelectual para él. Posteriormente, algunos de los políticos de la Mafia hallarían un cínico placer en citar las palabras del novelista contra los magistrados a los que él mismo había inspirado.

En la época en la que redactó su ataque a los jueces antimafia, el autor de Il giorno della civetta estaba mortalmente enfermo. Durante muchos años de soledad había dedicado todas las sutilezas de su arte a comprender las pautas del pensamiento mafioso, y ahora se resentía de toda la retórica antimafia que tanto abundaba. Pero la polémica de Sciascia era algo más que el arrebato de un hombre díscolo y moribundo. Era la voz de la desconfianza que varias generaciones de sicilianos parecían sentir tanto frente a la Mafia como frente al Estado italiano.

Sciascia era el hijo autodidacta de un hombre que había trabajado en las minas de azufre de la provincia de Agrigento. De niño había presenciado las hipócritas brutalidades del régimen fascista, y había visto a la Mafia matar a líderes sindicales en las minas de azufre después de la guerra. En su opinión la organización era una rama extraoficial de la policía italiana; tanto el Estado como la Mafia tenían los mismos reflejos represivos. La lección tanto de su propia vida como de la historia de Sicilia era que la isla no podía esperar nada más que problemas de las autoridades. El pesimismo de Sciascia con respecto al Estado italiano se parangonaba con su fatalismo en relación con Sicilia. Durante mucho tiempo había creído que en sus orígenes la Mafia no había sido una organización consciente de serlo, sino un estado mental que actuaba como una especie de cárcel aun para las más racionales de las mentes sicilianas:

Cuando clamo contra la Mafia eso también me hace sufrir, ya que

en mi interior, como en el de cualquier siciliano, todavía sigue vivo el residuo de un sentimiento mafioso. Así, cuando lucho contra la Mafia estoy luchando también contra mí mismo; es como una escisión,

como un desgarro[126].

Afortunadamente para la isla, Caponnetto, Borsellino, Falcone y muchos como ellos no se sentían afligidos por el «desgarro» de Sciascia, y tenían una idea muy distinta de lo que significa ser siciliano.